Solo sobreviví Capítulo 28
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Capítulo 28

Llamé a la puerta de la habitación de Anna al mismo tiempo que hablaba. Esperaba que me oyera porque unos minutos antes me había dicho que iba a darse una ducha.

—Anna, me voy ya.

Esperé unos segundos a que contestara, pero, antes de hacerlo, abrió la puerta con una toalla enrollada alrededor del cuerpo y otra en las manos, con la que se estaba secando el pelo.

—No te espero despierta, ¿no? —preguntó conteniendo la risa.

—Pues no lo sé. Lo mismo vuelvo mañana a la hora del desayuno o dentro de media hora estoy otra vez aquí. No tengo ni idea de lo que va a pasar.

Y era cierto.

Iba completamente a ciegas a mi supuesta cita con Storm. Cuando salimos de trabajar aquella tarde, se había limitado a decirme que me esperaba a las nueve en su apartamento para cenar y hablar.

Desde la visita de Ingrid a su despacho aquella mañana apenas habíamos tenido ocasión de intercambiar dos frases que no estuvieran relacionadas con el trabajo.

Exactamente cinco minutos después de que yo saliera, lo hizo ella, totalmente indignada y gritando a pleno pulmón que Storm era un gilipollas y que acabaría arrepintiéndose.

Después, las reuniones y las llamadas habían ocupado prácticamente toda la jornada.

Así que subía a su casa con una incertidumbre enorme.

No sabía qué quería contarme ni qué esperaba exactamente de nosotros. Que deseaba acostarse conmigo estaba bastante claro después de lo ocurrido aquella misma mañana, pero no tenía ni idea de si quería algo más.

—Todo va a ir bien —afirmó Anna muy convencida.

—Si tú lo dices…

—Lo digo yo y también la mirada de mi hermano. Está chocho contigo, rubita .

La muy capulla pronunció el último apelativo con toda la guasa del mundo.

—Me voy. No quiero llegar tarde porque tu queridísimo hermano es todavía peor que tú con la puntualidad. Parece que Molly os metió en la barriga con un reloj y, de tanto mirarlo durante nueve meses, salisteis así.

—Cada día te superas con una chorrada nueva.

—Y las que me callo para no asustaros, que, si no…

Se echó a reír y negó con la cabeza mientras yo me despedía moviendo los dedos.

A cada paso que daba por las escaleras hacia el apartamento de Storm, mis nervios aumentaban de manera meteórica.

Llamé al timbre con la mano ligeramente temblorosa y, durante el poco tiempo que tardó en abrirme, dudé al menos diez veces entre quedarme allí o salir corriendo.

Me quedé.

Claro que me quedé.

Las ganas de saber ganaron al miedo.

Mira que yo nunca había sido especialmente curiosa ni cotilla, pero, por lo visto, vivir con la reina del cotilleo empezaba a afectarme.

¿Sería contagioso?

Pensaba precisamente en eso cuando alcé la mirada y me encontré con Storm en el umbral, observándome con una sonrisa.

—¿En qué pensabas?

—No quieres saberlo —contesté riéndome.

—Sí quiero. Quiero saberlo todo de ti.

Pues mal empezábamos porque había una parte de mi vida que era mejor que no conociera ni entonces ni nunca.

—Era una chorrada relacionada con tu hermana.

—Aun así quiero saberla. Pasa, rubita, y me la cuentas mientras cenamos. Pero antes salúdame como Dios manda.

En realidad, fue él quien me saludó a mí.

Me dio todo un señor besazo que terminó interrumpiendo a regañadientes porque los dos sabíamos que, si seguíamos, la cosa se pondría demasiado intensa y acabaríamos sin cenar ni mantener la conversación para la que habíamos quedado.

Nos sentamos en el salón, que, igual que el de su hermana, estaba decorado con un gusto increíble gracias, en gran parte, a la ayuda de Molly.

La cena ya estaba servida sobre la mesa.

Todos eran platos fríos que, según me explicó, había pedido un rato antes a un restaurante cercano donde lo conocían perfectamente de la cantidad de veces que encargaba comida.

Todo estaba buenísimo y dimos buena cuenta de ello mientras le contaba la tontería del reloj en la barriga de su madre. Terminó riéndose a carcajadas.

También hablamos del trabajo, de Anna y de Oskar.

Y, por supuesto, acabó contándome qué había ocurrido con Ingrid y por qué había salido de su despacho hecha una furia.

La había conocido una noche en un pub cuando estaba con Oskar y aquella misma noche se acostaron por primera vez. Después hubo algunos encuentros más, pero Storm nunca quiso que aquello fuera más allá.

Ella, en cambio, sí.

Ingrid decidió por su cuenta que debían convertirse en pareja y, cada vez que se lo planteó, Storm dejó claro que no quería lo mismo.

Según me contó, llegó un momento en el que su insistencia empezó a rozar el acoso. Lo llamaba a todas horas, le enviaba cientos de mensajes y aparecía sin avisar en lugares donde sabía que estaba, montándole escenas de celos.

La última vez que se vieron fue en una discoteca, donde organizó tal escándalo que el personal de seguridad tuvo que sacarla del local. Aquella noche, Storm le dejó muy claro que, si no lo dejaba en paz, acabaría denunciándola.

Después de eso, Ingrid desapareció de su vida durante seis meses porque se marchó fuera de Copenhague por trabajo.

Pero, en cuanto regresó, lo primero que hizo fue presentarse de nuevo en su despacho.

Allí Storm volvió a dejarle claro que entre ellos nunca habría nada y que, si continuaba acosándolo, cumpliría su amenaza de denunciarla. También le recordó que algo así podía resultar muy perjudicial para una carrera que le había costado años construir.

Por lo visto, aquello consiguió hacerla entrar en razón.

Aunque, antes de marcharse, no pudo evitar montar su último numerito, insultarlo y salir del despacho dando voces.

El tema de nosotros pareció reservarlo para después de cenar.

Fue cuando salimos a la terraza y nos sentamos con un refresco en la mano cuando, por fin, se puso serio.

—Astrid, antes de contarte todo lo demás, quiero pedirte perdón.

—¿Por qué exactamente?

—Porque sé que fui un cabrón hace seis años y que te hice muchísimo daño. Lo nuestro no merecía terminar así. Lo de aquel día con esa chica lo hice por rabia. Quería que sufrieras como estaba sufriendo yo al pensar que iba a perderte.

Cerré los ojos durante un segundo.

—No ibas a perderme. Precisamente fui a tu habitación para explicarte lo que no me dejaste decir durante nuestra discusión.

Abrió los ojos como platos.

—No me digas que ibas a decirme que no te marchabas porque entonces sí que me muero.

Decidí ser sincera.

Le expliqué que mi intención nunca había sido irme para siempre. Quería acompañar a mi padre durante un tiempo, ayudarlo a instalarse y asegurarme de que estaba bien. Después pensaba regresar porque lo quería y no concebía construir una vida en la que él no estuviera.

—Joder, rubita… —murmuró con los ojos humedecidos.

—Sé que nunca te dije que te quería durante los dos años que estuvimos juntos, pero no quería quedar como una idiota. Yo pensaba que para ti no era la única y aquel día me lo confirmó. Creí que tú no sentías por mí lo mismo que yo por ti y, por eso, nunca dije nada.

Soltó una risa amarga.

—Astrid, nunca hubo nadie más. Aquella chica fue una excepción y el mayor error de toda mi vida. El dolor, el orgullo y la rabia me hicieron cometer una estupidez que acabó costándome lo más importante que tenía. Llevo seis años maldiciéndome por ello.

Aquello sí consiguió sorprenderme.

Y mucho.

—¿No hubo nadie más…? —pregunté con miedo.

—No, rubita, nunca hubo nadie más. Para mí solo existías tú. Mi corazón es tuyo desde que eras solo una cría y nunca nadie podrá tenerlo.

Lo miré alucinada porque lo había dicho en presente y no en pasado.

—¿Es? —murmuré.

—Sí, lo has oído bien. Lo era, lo es y será tuyo para siempre. Yo tampoco te lo dije porque no quería asustarte, ya que eras muy joven. Pero te amaba y mis planes eran pasar el resto de nuestra vida juntos. Quería todo contigo.

—¿Todo?

Se echó a reír al ver mi cara de pasmo.

—Sí, todo. Quería acabar pidiéndote, cuando fueras mayor, que te casaras conmigo y que formáramos una familia.

Joder, se me estaba formando tal nudo en la garganta que no era capaz ni de tragar saliva. Eso sin contar el estrujamiento que sentía en el pecho al saber todo lo que pudo ser y que, por su orgullo, por su parte, y por no explicarme a tiempo, por la mía, todo aquello se había perdido.

—Me habría encantado hacer todo eso contigo, rubio —dije conteniendo las lágrimas.

—Si quieres, aún es posible. Yo te sigo amando, nunca he dejado de hacerlo. Si me perdonas y, con el tiempo, quizá vuelves a quererme, podemos ser muy felices.

—No.

—¿No? —preguntó desolado.

—No podría volver a quererte porque nunca dejé de hacerlo, ni siquiera cuando me fui con el corazón roto.

Ya no pude contenerme más y, mientras le decía aquello, las dos primeras lágrimas de las muchas que vinieron después cayeron por mis mejillas.

Storm, al verme así, no dudó, ni siquiera lo pensó. Desde la hamaca en la que estaba sentado, me agarró por la cintura y me sentó en su regazo.

—Te amo, Astrid. Eso no cambiará nunca, pase lo que pase.

Algo dentro de mí me gritó que le contara la verdad sobre lo que había hecho para sobrevivir. Me dijo que él tenía que saberlo, pero fui una cobarde y, por qué no decirlo, también un poco egoísta.

Quería que estuviéramos juntos, quería esa vida de la que me había hablado y confesarle la verdad era arriesgarme a que aquello no pasara, así que callé.

Me dije a mí misma que los dos únicos que lo sabían de nuestro círculo eran Anna y Oskar y que ellos, en quienes confiaba al cien por cien, nunca le contarían nada. Que sería un secreto entre los tres para siempre.

Qué equivocada estaba en aquel momento. Si hubiera sabido lo que pasaría después, me habría arriesgado a confesar la verdad, aun a riesgo de perderlo.

Porque lo perdería, pero, al menos, lo haría habiendo sido yo quien le dijera la verdad y no alguien que regresó de mi pasado en Nueva York.

—Yo también te amo y quiero todo eso que me has dicho. Y, para empezar, no estaría mal que me hicieras el amor durante toda la noche —respondí mientras los dos nos abrazábamos.

Me levantó en brazos y me llevó a la habitación.

Allí nos desnudamos despacio.

No paramos de demostrarnos cuánto nos queríamos durante toda la noche. Entre besos y caricias, también nos dijimos cuánto nos habíamos echado de menos y decenas de «te quiero» salieron de la boca de ambos.

Y entre sus brazos me desperté al día siguiente mientras me besaba el cuello, riéndose, para darme los buenos días y decirme que era hora de que nos levantáramos para ir a la empresa.

Le devolví los besos y algo más antes de ponernos en funcionamiento.