Solo sobreviví Capítulo 27
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Capítulo 27

Anna se bajó en su planta y yo continué en el ascensor hasta la mía.

Nada más salir, el primero con el que me encontré fue Oskar, que desde la puerta de su despacho me dedicó una sonrisa preciosa y muy amigable.

Se acercó hasta mi mesa, donde me había detenido para dejar el bolso, y se sentó en uno de los extremos.

—¿Cómo está la mujer más bonita de todo Copenhague?

Lo miré alzando una ceja y, un segundo después, me eché a reír.

—No me des coba, Oskar. ¿Qué quieres?

—¿Yo? Nada, mujer. Era un saludo cariñoso y, además, tampoco he dicho ninguna mentira. Eres preciosa y lo sabes.

—Sí, preciosísima —murmuré entre dientes mientras pensaba en la rubia que se había quedado en la cafetería.

—¿Qué?

—Nada, nada.

—Oye, ¿por qué te largaste el sábado como si fueras una ladrona? Habría estado bien desayunar contigo.

Coño, me entró la tos y hasta me atraganté con mi propia saliva.

—No me largué como una ladrona. Os dejé durmiendo como dos cestos y me fui a casa de Anna a ducharme. Porque, chico, cuando desperté parecía una chuleta entre dos brasas. La Virgen, qué calor dais los dos.

Se echó a reír.

—La próxima vez ponemos el aire acondicionado.

—¿La próxima vez?

—Si tú quieres que haya una próxima vez, la habrá. Por lo menos por mi parte. Aunque también me gustaría volver a pasar una noche a solas contigo, aunque solo fuera una vez más.

—Oskar…

—Que sí, que ya sé lo que hay. No soy tonto. Pero eso no significa que no podamos pasarlo bien.

—¿Y qué es exactamente lo que hay según tú?

—Que Storm y tú estáis enamorados el uno del otro y no precisamente desde ahora. Lo vuestro viene de lejos. A ver si espabiláis, habláis y os dais una segunda oportunidad de una vez, leñe, que quiero ser tío pronto.

Lo miré como si de repente se hubiera convertido en un extraterrestre.

Madre mía, iba a tener que llamar al ayuntamiento, a Sanidad o a quien coño correspondiera para dar la voz de alarma porque estaba segura de que estaban echando algún tipo de alucinógeno en el agua de Copenhague.

Tenía que ser eso.

Porque las idas de olla que llevábamos todos últimamente no eran ni medio normales.

—Tú no estás bien de la cabeza. ¿Qué dices de críos? Si ni siquiera somos pareja y ya te adelanto que dudo mucho que lleguemos a serlo.

Frunció el ceño.

—¿Y eso por qué?

—Sabes lo que he sido. ¿Tú crees que Storm podría soportar estar con alguien como yo? Ya te doy la respuesta: no.

—Si te quiere de verdad, y yo sé que te quiere, no debería importarle lo que tuviste que hacer para sobrevivir. Si yo estuviera en su lugar, no me importaría.

Solté una risa amarga.

—Pero a él sí le importará, estoy segura. No es como tú.

—Es una pena que entre tú y yo no haya…

Sonreí porque, al parecer, Oskar pensaba exactamente lo mismo que yo. Entre nosotros había deseo y una atracción enorme, pero fuera de eso no existía nada más.

Y nunca lo habría.

No solo porque yo siguiera enamorada de Storm, sino porque aquella chispa diferente simplemente no había surgido entre nosotros.

—Sí que es una pena —bromeé—. Pero lo que no es, no es. En el corazón no manda nadie. Ese va por libre y, por lo visto, el tuyo y el mío han decidido no juntarse.

—Astrid, quiero que sepas que, pase lo que pase, siempre voy a estar aquí. Puedes contar conmigo para lo que necesites. Como pareja, no, pero como amigo, hasta la muerte.

—Dios, qué profundo te has puesto de repente —dije sonriendo—. Pero me gusta y quiero que sepas que tendrás exactamente lo mismo por mi parte.

Nos quedamos mirándonos y el abrazo surgió solo.

Uno de amistad.

Sin dobles intenciones ni nada más detrás.

—Y ahora vamos a trabajar, que la semana se presenta intensa. Encima, el viernes, cuando estemos deseando terminar, tenemos la dichosa reunión de Aarhus.

—Lo sé. Voy a entrar a repasar la agenda con Storm y preguntarle cómo quiere que gestione la reserva.

El teléfono del despacho de Oskar empezó a sonar y me eché a reír al verlo resoplar.

—El deber me llama. Luego nos vemos.

—He quedado con Anna para comer. Te espero y bajamos juntos.

Asintió antes de meterse rápidamente en su despacho para atender la llamada.

Yo cogí la tableta y llené bien los pulmones de aire antes de llamar a la puerta de Storm.

—Adelante.

Entré.

—Buenos días. ¿Repasamos la agenda?

—Sí.

Se levantó del sillón y caminó hacia mí. A medida que se acercaba, mis nervios aumentaban.

Cuando llegó hasta donde estaba, me agarró de la cintura sin decir una palabra y me besó.

Pero no fue un beso salvaje como los que nos habíamos dado durante los últimos días. Fue lento, cargado de sentimiento y cariño, uno de esos besos en los que parecía que ambos estábamos diciendo muchas cosas sin pronunciar una sola palabra.

Cosas que llevaban demasiado tiempo dormidas y que habían regresado con más fuerza que nunca.

Cuando nos separamos, solo lo hicieron nuestros labios. Storm mantuvo la frente apoyada contra la mía y suspiró.

—Rubita…

—Rubio…

—Quiero que hablemos. Solos tú y yo.

Asentí.

—¿Quieres cenar conmigo esta noche?

Solté una risita contra sus labios.

—Señor Nielsen, ¿me está usted pidiendo una cita?

Me dio un beso suave.

—Así es. Creo que ya va siendo hora. En el pasado nunca tuvimos una oficialmente.

—Está bien, acepto. Pero ahora tenemos que trabajar.

Carraspeó.

—También podría sentarte sobre mi mesa y darte los buenos días como mereces.

—Sí, podrías, pero será mejor que lo dejemos para otro momento porque, como me sientes ahí, no vamos a hacer nada más durante toda la mañana.

De su garganta salió una queja.

—Algo rápido para empezar bien la semana, rubita.

—¿Qué?

—Que, si no te tengo ahora mismo, no voy a poder concentrarme en nada —dijo mientras deslizaba una mano bajo mi jersey.

—Storm…

—Shhh… No digas nada. Tú disfruta. Este es mi despacho y aquí mando yo. Lo del otro día fue una excepción.

No me dejó responder.

Se lanzó a mis labios, esa vez ya sí que para besarme de manera pasional.

Ni supe cómo, unos minutos después, estaba tumbada con la cara pegada a su mesa mientras él, detrás de mí, me embestía con fuerza, haciéndome jadear y disfrutar como me había prometido.

Cuando todo terminó, me giró para besarme como si hacerlo fuera una necesidad para él.

—Dios, rubita… Cada vez es mejor que la anterior. Siempre he sido adicto a ti. Eres mi complemento perfecto. Mi otra mitad.

Ojalá aquellas palabras fueran ciertas y terminara siendo realmente eso para él.

Pero algo dentro de mí insistía en avisarme de que las cosas no iban a ser tan sencillas.

Minutos después, ya recompuestos, nos sentamos cada uno en un sillón y empezamos por fin a repasar la agenda.

—Joder, vaya semanita nos espera —se quejó.

Solté una risita.

—Eso mismo me han dicho tu hermana y Oskar.

—Astrid…

—Dime.

—Respecto a Oskar…

Vi cómo se tensaba y lo mucho que le costaba formular la pregunta que realmente quería hacerme.

—Pregunta lo que quieras saber, Storm. Voy a ser sincera.

—¿Sientes algo por él?

—Deseo y atracción. Eso creo que ya lo tienes bastante claro porque, de lo contrario, nunca habría estado con él. Ni en Nueva York ni el viernes, cuando estuvimos los tres. Pero, si me estás preguntando si siento algo más, la respuesta es no. Solo amistad.

Soltó el aire que, al parecer, llevaba unos segundos conteniendo.

—¿Te gustaría repetir lo del otro día?

—¿Y a ti?

—Yo he preguntado primero —contestó riéndose.

—No me importaría si fuera algo esporádico, porque surge, pero no como algo habitual.

Sonrió.

Y lo hizo de verdad.

Aquello me dejó bastante claro que mi respuesta le había gustado.

—Yo pienso igual. No me importa que ocurra de vez en cuando, pero, si tú y yo tenemos algo…

La frase quedó suspendida en el aire cuando la puerta se abrió de golpe.

Quienquiera que fuera ni siquiera había tenido la decencia de llamar y, cuando vi quién entraba y con qué actitud lo hacía, entendí que aquello decía bastante de ella.

Era la rubia.

La que Anna me había presentado unas horas antes como la «amiguita» de Storm.

Él la miró como si no terminara de creerse que estuviera realmente allí, en su despacho o, por lo que me había contado Anna, siquiera en Copenhague.

—¿Ingrid? ¿Qué haces aquí? —preguntó levantándose mientras me miraba de reojo.

—Cariño, me miras con cara de susto. Cualquiera diría que no te alegras de verme.

Lo que ocurrió después no sé si Storm se lo esperaba.

Yo, desde luego, no.

Ingrid caminó hacia él moviendo bien las caderas, le agarró la cara entre las manos y le dio un suave beso en los labios.

Aparté la mirada.

Dolió.

Mucho más de lo que esperaba y bastante más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Porque, sin pedir permiso, regresaron a mi cabeza las imágenes de aquel día, años atrás, cuando lo encontré en su habitación con otra mujer.

Me levanté del sillón y, sin mirarlos, caminé hacia la puerta.

—Astrid, no te vayas. No hemos terminado.

Solté una risa amarga.

—Ni siquiera habíamos empezado, pero no importa. Le preguntaré a Oskar cómo hacéis normalmente las reservas. Tú, por lo visto, tienes cosas más importantes que atender.

Por la expresión de fastidio que apareció en su cara, supe que había entendido que aquello de que «ni siquiera habíamos empezado» no se refería únicamente al trabajo.

—Rubita, no necesitas preguntarle nada a Oskar. Dame cinco minutos y seguimos.

—¿Rubita? ¿Por qué narices llamas rubita a tu secretaria?

Bueno.

Vaya mala leche se gastaba la modelo.

Había elevado considerablemente el tono de voz y fulminaba a Storm con la mirada, aunque a mí directamente parecía querer atravesarme con ella.

—No tengo que darte ninguna explicación sobre cómo llamo a nadie ni sobre lo que hago con mi vida. Creía habértelo dejado bastante claro en nuestra última conversación.

»Tú y yo no somos nada ni vamos a serlo, así que no tienes ningún derecho a venir aquí a reclamarme nada.

Ingrid soltó un grito de rabia mientras apretaba los puños con fuerza.

Yo no tenía ninguna intención de quedarme a presenciar la bronca que estaba claro que iban a tener, así que recogí mis cosas y salí del despacho en silencio.