Solo sobreviví Capítulo 26
72%

Capítulo 26

El resto del fin de semana lo pasé con Anna.

De los chicos no tuve noticias y aquello me provocó sentimientos contradictorios. Por una parte, agradecí el silencio porque así pude pensar con calma qué quería hacer según fueran ocurriendo las cosas. Pero, por otra, que ninguno de los dos hubiera dado señales de vida me tenía un poco mosca.

Sí, era cierto que no habíamos quedado en nada, pero qué menos que un mensaje o una llamada para saber si estaba bien.

Vamos, digo yo.

Porque, leches, aquella ausencia de noticias había conseguido hacerme sentir igual que cuando estaba en Nueva York y terminaba un servicio. Casi nunca había despedidas ni por parte de los clientes ni por la mía. Era un «si te he visto, no me acuerdo» y a otra cosa.

Si Anna notó que por mi cabeza bullían mil pensamientos, no dijo ni pío. Sabía de sobra que, cuando mi mente entraba en bucle, era una tontería preguntarme nada hasta que yo misma decidiera hablar.

—Astrid, ¿estás lista?

—Sí. Solo me queda calzarme y coger el bolso.

Era un auténtico alivio que pudiéramos ir a la empresa vestidos de manera informal. Si hubiera tenido que llevar trajes, faldas de tubo y blusas todos los días, habría sido una buena faena porque no tenía dinero para renovar el armario.

Y aceptar más cosas de Anna tampoco entraba en mis planes.

Me puse unos botines negros que tenía desde hacía muchísimo tiempo, pero que, como apenas los había usado durante mi vida en Nueva York, seguían prácticamente nuevos. Con los vaqueros ajustados y el jersey de cuello vuelto azul celeste que llevaba, quedaban de lujo.

O eso pensé después de echarme un último vistazo en el espejo.

—Ya estoy. Podemos irnos cuando quieras.

Salimos de casa con cara de lunes.

Vamos, con sueño acumulado, pocas ganas de trabajar y pensando en lo larga que podía hacerse la semana.

Yo ya tenía prácticamente memorizada la agenda de Storm porque la había revisado el viernes antes de marcharme. Le esperaba una semana bastante completa entre reuniones con distintos departamentos, revisiones de nuevos proyectos y citas con clientes que querían renovar o ampliar sus contratos.

Además, nada más llegar tendría que reservarle un hotel para la noche del viernes porque tenía una reunión en Aarhus.

No estaba demasiado lejos. En coche eran unas tres horas y en avión, alrededor de cuarenta y cinco minutos, pero Amelia me había explicado que a Storm no le gustaba regresar de noche, independientemente del medio de transporte.

Solía terminar saturado después de aquellas reuniones largas que empezaban por la tarde y podían alargarse durante horas o acabar incluso con una cena junto al cliente. Por eso prefería quedarse a dormir en la ciudad en la que estuviera y regresar a Copenhague a la mañana siguiente, ya descansado.

—¿Sigues dándole vueltas a lo que pasó el sábado con tus dos pesadillas?

—Pues justo ahora no. Estaba repasando mentalmente la agenda de tu hermano y todas las cosas que tengo que contarle para que sepa la semanita de trabajo que le espera.

—¿Y qué vas a hacer cuando te cruces con ellos?

Pensé durante unos segundos.

¿Qué podía hacer?

Nada.

No iba a entrar allí como un toro de Miura y echarles en cara que ninguno de los dos me hubiera mandado ni un triste «¿qué tal?» desde que salí de casa de Storm.

Realmente no éramos nada. Ni siquiera podía decir que fuéramos amigos, así que no tenía derecho a pedirles explicaciones.

Y, por supuesto, tampoco pensaba permitir que ellos me las pidieran a mí.

—Nada. Voy a entrar y me pondré a trabajar.

Anna soltó una de aquellas risitas malvadas que ya conocía demasiado bien.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Astrid, tía, ¿de verdad crees que vas a poder entrar y comportarte como si no hubiera pasado nada?

—Pues no lo sé, pero, al menos, voy a intentarlo. Después, si alguno dice algo, ya improvisaré.

—A las dos en punto —recalcó especialmente las dos últimas palabras— te quiero en la cafetería con un informe completo de cómo ha ido todo.

—¿Te han nombrado cotilla oficial de la empresa y a mí no me ha llegado el comunicado o qué?

Soltó una carcajada.

—¿Y a quién vas a contarle tus penas si no es a mí? Tú me explicas lo que pasa, yo te aconsejo y después haces lo que te sale del papo, como siempre. Pero, mientras tanto, nos entretenemos.

—Te entretienes tú, querrás decir. Yo me desquicio.

—Le das demasiadas vueltas a todo, Astrid. Tienes que aprender a dejarte llevar un poco más y preocuparte, enfadarte o alegrarte cuando las cosas ocurran, no antes.

Pues no le faltaba razón.

Porque yo era exactamente así. Podía pasarme horas haciendo suposiciones, muchas veces absurdas, sobre cosas que luego ni siquiera sucedían y acabar cabreada conmigo misma por haber perdido el tiempo pensando gilipolleces en lugar de ocuparme de lo que estaba ocurriendo en ese momento.

Si era bueno, disfrutarlo.

Y, si era malo, ya lloraría cuando tocara.

—Tienes razón…

—Claro que la tengo. Pero no me basta con que me la des. Quiero que cambies un poco el chip y empieces a disfrutar del día a día. Deja fuera lo malo o lo que no te guste y quédate con lo que realmente merezca la pena.

Qué narices, tenía más razón que una santa. Iba a intentarlo o, más bien, tenía que hacerlo porque, de lo contrario, acabaría majara perdida.

—Voy a hacerlo —dije con seguridad.

—Estupendo. Eso era lo que quería oír.

Llegamos a la empresa y, como íbamos con tiempo, lo primero que hicimos fue entrar en la cafetería para tomarnos un café.

Nos sentamos en una mesa cerca de la puerta porque tampoco había mucho donde elegir. Aquello estaba hasta los topes.

—Mierda… ¿Y esta qué hace aquí ahora?

Fruncí el ceño porque no tenía ni idea de quién estaba hablando.

—¿Quién?

—Gírate un poco. La rubia que acaba de entrar y va hacia la barra.

Hice lo que me pedía, intentando no ser demasiado evidente, y enseguida vi a la mujer a la que se refería.

Tampoco era precisamente difícil localizarla porque destacaba bastante entre todos los demás.

Y no solo porque fuera guapísima, sino también por cómo iba vestida.

Llevaba un vestido precioso, todo había que decirlo, y unos zapatos con tacón de aguja que resonaban contra el suelo a cada paso. Parecía una modelo desfilando sobre una pasarela.

—Vaya pedazo de tía —dije recorriendo el aire con la mano de arriba abajo—. ¿Quién es?

Anna dudó.

Y aquella duda no me gustó ni un pelo porque, cuando mi amiga se pensaba demasiado cómo contarme algo, era porque estaba segura de que no me gustaría la respuesta.

—Anna, ¿quién es la rubia?

—Es… una amiga de mi hermano.

La entonación que utilizó al pronunciar «amiga» dejó bastante claro que no se trataba de una amistad cualquiera. Entre ellos había habido algo o todavía lo había.

—Genial —murmuré con ironía.

—Por lo que yo sabía, estaba de viaje y pensaba quedarse fuera una temporada bastante larga. Le habían ofrecido un contrato muy bueno.

—¿A qué se dedica?

—Es modelo de ropa interior.

Genial.

Simplemente genial.

¿Cómo coño iba a querer Storm tener algo conmigo teniendo semejante mujer en su vida?

Mirabas a aquella rubia y después me mirabas a mí y era como comparar caviar con un paté de los malos.

—Bueno, pues parece que vamos a empezar la semana estupendamente. Voy a subir y ponerme a trabajar para mantener la cabeza ocupada porque, si no, me va a explotar.

—Vamos, porque seguro que Miss Universo sube en cuanto termine su infusión para hablar con mi hermano. Tú pega bien la oreja, a ver si consigues enterarte de algo.

—Sí, claro. No tengo yo nada mejor que hacer que ponerme a espiarlos. Te acabo de decir que quiero tranquilidad, no alterarme todavía más.

Soltó un lamento.

—Jo, vaya mierda. Así no hay manera de enterarse de nada.

Negué con la cabeza mientras resoplaba.

—Lo que yo decía. Eres la mayor cotilla del reino.

Ni siquiera se molestó en contestarme.

Se echó a reír mientras las dos salíamos de la cafetería en dirección a los ascensores, donde ya esperaba bastante gente para subir a sus puestos de trabajo.