Solo sobreviví Capítulo 25
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Capítulo 25

Tenía calor, mucho calor.

Abrí los ojos preguntándome el motivo de aquella sensación tan agobiante y, cuando miré a ambos lados y vi lo que me rodeaba, comprendí por qué estaba así.

Estaba tumbada en una cama que, evidentemente, no era la mía. Era la del apartamento de Storm.

A mi lado derecho lo tenía a él, pegado a mí. Dormía como un tronco, con el gesto totalmente relajado, mientras me rodeaba la cintura con uno de sus brazos.

Giré la cabeza hacia el otro lado.

Allí, a mi izquierda, estaba Oskar. También dormía como el otro, con el gesto relajado y esa bonita sonrisa que ni siquiera mientras dormía desaparecía de su cara. Él también me tenía agarrada por la cintura y, además, una de sus piernas estaba enredada con las mías.

No me extrañaba que tuviera calor. Entre los dos, que pequeños no eran precisamente, me estaban haciendo un sándwich.

¿A ver cómo sales de aquí, Astrid?, me pregunté mientras pensaba cómo moverme sin despertar a ninguno de los dos.

No porque me importara hacerlo, sino porque no quería vivir el momento del despertar de ambos y que las cosas se pusieran un pelín incómodas.

Que lo mismo eso no pasaba, pero prefería evitar la situación y así sería todo más sencillo.

Cogí el brazo de Storm, que era el que menos aprisionada me tenía, lo moví con mucho cuidado y lo dejé apoyado sobre su abdomen. Al hacerlo, se removió un poco y contuve el aire mientras le pedía al cielo que no abriera los ojos y siguiera durmiendo.

Un segundo después se quedó quieto y continuó durmiendo.

Perfecto, ya estaba libre de uno. A por el otro, me dije para darme ánimos.

Hice el mismo movimiento con el brazo de Oskar y se lo dejé igualmente apoyado sobre el abdomen. Bien, primera parte hecha sin incidentes. Solo faltaba liberarme de su pierna para poder levantarme.

Menos mal que mis años en aquel oficio del que no quería ni acordarme me habían hecho ser ágil y flexible porque, de lo contrario, no habría sido capaz de sacar la pierna de entre las suyas sin hacer malabarismos como si fuera un mono.

Tardé tres minutos, pero lo conseguí.

El siguiente paso era bajarme de la cama y aquello me pareció lo más fácil de todo. Me deslicé entre los dos hasta llegar al final y me bajé con muchísimo cuidado para que el colchón no se moviera.

Olé, un punto para Astrid, me dije a mí misma mientras hacía un gesto con el brazo en señal de triunfo.

De puntillas, salí de la habitación y fui directamente al salón, donde sabía que estaba mi ropa tirada en el suelo junto a la de los chicos. Sonreí al recordarlo.

Ni siquiera habíamos llegado a la cama para tener el primer asalto de la noche. Allí mismo, en el salón, las ganas nos pudieron a los tres y, apenas cinco minutos después de entrar, estábamos desnudos en medio de la estancia dándonos placer.

Recogí el vestido y me lo puse tal y como cayó. No quería demorarme demasiado y, total, nadie iba a verme con aquellas pintas, o eso esperaba, ya que solo tendría que montarme en el ascensor y bajar dos pisos hasta la casa de Anna.

Cogí el bolso y los zapatos, que ni siquiera me molesté en ponerme, y salí con mucho sigilo del apartamento de Storm.

Cuando entré en casa de Anna, reinaba el silencio y era normal porque apenas estaba amaneciendo, así que seguiría en la cama durmiendo como una marmota.

Fui directamente a mi habitación y, de allí, a la ducha. Necesitaba refrescarme, y no solo por el calor y el sudor que tenía encima, sino también por el olor a sexo que desprendía mi cuerpo.

Algo normal después de la nochecita que había tenido.

Ni siquiera esperé a que el agua se calentara. Me metí directamente bajo el chorro helado, apoyé las manos en la pared y cerré los ojos para disfrutar de cómo el agua recorría mi cuerpo, refrescándome y destensándome todos los músculos.

Mientras resbalaba por mi piel, las imágenes de la noche anterior acudieron a mi cabeza sin que pudiera evitarlo.

La primera fue el momento en el que Oskar nos encontró a Storm y a mí en el despacho, justo al terminar nuestro primer encuentro después de tantos años.

Después recordé la conversación y el trato o la condición que les puse.

De ahí, las imágenes regresaron a la fiesta, donde nos quedamos los tres durante las siguientes dos horas.

Charlamos con los empleados, tomamos varios refrescos y comimos algunas de las cosas que ofrecía el magnífico bufé que habían preparado.

Oímos el discurso de Thomas y vimos cómo los trabajadores recibían muy contentos el detalle que el dueño les entregó a cada uno.

Entre los regalos había un sobre con un cheque cuya cantidad, aunque no era exagerada, sí resultaba generosa.

Incluso acabamos bailando todos juntos.

Pero llegó un momento en el que Oskar y Storm estaban ansiosos por que nos marcháramos a casa del segundo y, tras despedirnos de todos, sin decir ni dónde ni por qué nos íbamos, nos fuimos.

Aunque la muy cabrona de Anna sonrió de medio lado y me guiñó un ojo mientras me decía:

—Pásalo bien y espero que mañana puedas andar, que tenemos el plan hecho de ir a comer fuera tú y yo solas.

Puse los ojos en blanco y le saqué la lengua antes de darme la vuelta para marcharme.

Durante el trayecto que hicimos en el coche de Oskar apenas cruzamos cuatro palabras entre los tres.

Pero es que, al entrar en el apartamento, tampoco hubo demasiada conversación.

Directamente, entre los dos me acorralaron en el salón y, mientras uno prestaba atención a mis pechos nada más bajarme el vestido, el otro, en ese caso Oskar, se arrodilló a mis pies y, después de quitarme del todo el vestido y el tanga, me subió una pierna a su hombro para, un segundo después, devorar mi sexo con tantas ganas que me arrancó el primer orgasmo de la noche.

Cuando terminó, fui yo quien les dio placer a los dos a la vez, arrodillada a sus pies. A uno con la boca y al otro con la mano, y tampoco paré hasta conseguir que se corrieran al mismo tiempo.

A partir de ahí, la noche fue un no parar.

No sabría decir cuántas veces consiguieron que me corriera ni tampoco las que lo hicieron ellos, pero fueron bastantes.

Hicimos todo lo que se podía hacer entre tres personas. Con uno, con el otro, haciéndole una felación a uno mientras el otro me daba con todas sus ganas desde atrás, con las manos y las rodillas apoyadas en el suelo. Después cambiaron de posición.

Incluso, varias veces y en distintas posturas, me penetraron los dos a la vez por mis dos orificios mientras manteníamos un ritmo constante, pero frenético, y me besaban por turnos la boca y el resto del cuerpo.

Desde luego, había sido una noche para marcar en el calendario.

Una noche que no me importaría repetir, en la que me lo había pasado estupendamente y había estado muy a gusto entre los brazos de los dos.

Una noche en la que se notó en todo momento la conexión, el respeto y el deseo que sentíamos los tres.

Salí de la ducha y me enrosqué una toalla en la cabeza y otra alrededor del cuerpo. Aún era temprano, así que tenía pensado tumbarme en la cama y dormir un rato para recuperarme.

No tenía demasiado sueño, pero sí estaba cansada por el desgaste físico.

Sin embargo, mis planes se fueron al traste cuando entré en la habitación y encontré a Anna sentada en la cama al estilo indio, esperándome con la misma cara que ponen los agentes de policía cuando van a interrogar a un testigo.

—Que estarás cansadita, ¿no? Porque vaya horas de volver, guapa.

Primero la miré alzando una ceja y después me eché a reír a carcajadas. Parecía una madre regañona, la muy mamona, echándole la bronca a su hija adolescente porque había llegado a casa a deshoras.

—No, mami, cansada no estoy. Satisfecha, sí. Mucho, de hecho.

—Serás marrana y me lo sueltas así —dijo mientras me lanzaba un cojín a la cabeza.

—¿Y cómo quieres que te lo diga? ¿Te hago un resumen, un esquema o te lo escribo en braille? Lo que es, es, y no hay más.

—Entonces, ¿te lo has pasado bien? Porque tienes cara de bien follada…

—Oh… Cállate. ¿Por qué preguntas cosas que ya sabes?

Se echó a reír y yo con ella.

No dejaba de mirarme mientras me secaba, como si estuviera pensando en algo.

—Suéltalo, anda, que, si no, se te va a enquistar la pregunta dentro.

Suspiró y se puso seria.

—¿Qué va a pasar ahora?

No entendí la pregunta.

—¿Qué va a pasar con qué?

—Pues con mi hermano y Oskar. ¿Vais a repetir? ¿Vas a tener algo con alguno de los dos o con ninguno? ¿Qué quieres tú, Astrid?

Me senté a su lado y suspiré.

—Sinceramente, no lo sé.

—¿No lo sabes?

—No. Sé lo que pienso y siento yo, pero no sé qué quieren ellos ni qué sienten tampoco.

—¿Qué piensas?

—Que lo de esta noche ha estado muy bien, que no me importaría repetir, pero…

—¿Pero?

—Pero hay algo aquí dentro que no deja de darme la lata desde hace días o quizá desde hace años —dije llevándome una mano al pecho.

—Lo sabía —contestó sonriendo.

—¿Qué sabías?

—Pues que, por muy enfadada y dolida que hayas estado con mi hermano, lo que sentiste una vez no ha desaparecido. Sigue ahí, dentro de ti. Ha estado dormido o parado por las circunstancias, pero, nada más verlo, ha regresado y seguramente con más fuerza. ¿Es eso?

Joder con Anna. Había dado totalmente en el clavo. Lo que había dicho era exactamente lo que sentía.

—Eso es. Pero no quiero volver a sufrir, Anna. Tu hermano…

No me dejó terminar.

—Mi hermano está enamorado de ti. Creo que siempre lo ha estado y que no haya querido tener contacto contigo durante estos años debe de tener una explicación.

—Ayer me dijo que quiere que hablemos, que tenemos una conversación pendiente y que tiene varias cosas que contarme.

—Ahí lo tienes. Creo que deberías escucharlo y después, con todo claro, decidir qué hacer.

Sí, desde luego, eso era lo mejor que podía hacer. Cuando todas las cartas estuvieran sobre la mesa, entonces, y solo entonces, ya se vería por dónde iban las cosas. Pero, por el momento, lo mejor era no comerme la cabeza o al final sí que acabaría volviéndome loca.

—¿Y con Oskar qué?

Sonreí al pensar en él.

—Oskar es un tío estupendo, pero entre nosotros solo hay atracción, una muy fuerte, eso sí. Sin embargo, no hay nada más y creo que nunca podría haberlo. Por mi parte es así y, por la suya, creo que también. Nunca me ha mirado con nada que fuera más allá del deseo.

—Yo opino lo mismo. Sus miradas son diferentes; no tiene nada que ver la de uno con la del otro.

Seguimos hablando un poco más del tema hasta que las dos, tumbadas en la cama, acabamos quedándonos dormidas.

Yo, por lo evidente, y Anna porque, aunque me había reñido en broma por la hora a la que había llegado, la muy capulla lo había hecho después que yo, ya que había pasado la noche en casa de Alfred.