Capítulo 24
En cuanto nos montamos en el ascensor para ir al despacho de Storm, supe que estaba perdida.
Puede que lo de los detalles fuera cierto, pero no era el único motivo por el que me había pedido que lo acompañara. Lo vi en su mirada mientras me observaba a través del espejo.
Me estaba desnudando con los ojos.
Y, nada más entrar en el despacho y sentir la primera caricia de su mano recorriéndome la espalda, me rendí a lo inevitable.
¿Era débil?
Puede que sí.
Pero es que era Storm. Mi primer amor y, siendo completamente sincera conmigo misma, el único que había tenido.
Aunque me lo hubiera negado mil veces, aunque todavía doliera muchísimo recordar lo que me hizo y cómo me trató, aquellos sentimientos que siempre había tenido por él seguían dentro de mí.
Habían estado dormidos, en pausa o encerrados porque yo misma me había obligado a mantenerlos así, pero solo había necesitado volver a verlo para que despertaran.
Llevaba toda la semana esquivándolo e intentando ignorar cada una de sus descaradas insinuaciones, pero ya no tenía fuerzas ni, sinceramente, ganas de seguir haciéndolo.
Que lo deseaba tanto como él a mí era un hecho.
Había intentado mantenerme alejada porque no quería volver a sufrir por su culpa ni darle la oportunidad de despreciarme de nuevo. Si hacía algo parecido a lo que ocurrió en el pasado, sabía que esta vez me destrozaría por completo.
La primera vez había conseguido levantarme, más o menos, pero no estaba segura de poder hacerlo una segunda.
Entonces, ¿qué debía hacer?
Dicen que quien no arriesga no gana y volver a enredarme con Storm podía terminar en otro golpe tremendo si las cosas salían mal. Eso suponiendo, claro, que él quisiera algo más que sexo, porque tampoco lo tenía nada claro.
Si solo buscaba eso conmigo, me decepcionaría muchísimo, aunque lo pasáramos bien. Pero también era cierto que, si nunca dejaba que ocurriera nada, jamás sabría qué podía haber pasado entre nosotros.
Así que, mientras seguía acariciándome la espalda y dejando pequeños besos en mi cuello, cerré los ojos y tomé una decisión.
Me arriesgaría.
Dejaría que las cosas siguieran su curso y, si después me tocaba llorar, pues lloraría. Total, por desgracia, ya tenía bastante experiencia haciéndolo.
Lo peor sería que todo volviera a salir mal, porque entonces no podría quedarme ni en la empresa ni quizá tampoco en Copenhague y tendría que descubrir dónde coño empezar una nueva vida lejos de él y de todas las personas que se habían vuelto imprescindibles para mí.
Pero ya cruzaría ese puente cuando llegara. De momento, disfrutaría del presente e iría paso a paso.
Me giré y alcé la mirada hasta encontrarme con sus ojos.
—¿Qué haces? Has dicho que veníamos a por los detalles.
—Y a eso hemos venido, pero también a otra cosa. Ya no aguanto más, rubita.
—¿Qué es exactamente lo que no aguantas?
—No hacer esto.
Y lo hizo.
Me agarró de la cintura, me pegó a él y se lanzó a mis labios.
No fue un beso lento ni suave como los muchos que me había dado en el pasado, cuando era tan solo una niña inexperta.
Fue un beso lleno de pasión, un beso sucio, hambriento, con el que me demostró cuánto me deseaba y, por qué no decirlo, porque así lo sentí, lo mucho que me había echado de menos.
Yo no me contuve ni me privé de demostrarle lo mismo.
El beso duró hasta que a los dos nos faltó el aire y tuvimos que separarnos para respirar.
—Dios… Astrid. Te necesito. Necesito hacerte mía. Necesito sentirte de nuevo. Llevo soñando con este momento seis putos años. Seis años en los que he buscado en otras mujeres lo que tú me haces sentir y nunca lo he encontrado. Siempre fuiste tú.
Joder… Vaya declaración en toda regla.
No sabría decir si lo dijo para que aceptara acostarme con él, porque realmente era lo que sentía o porque así le salió en ese momento.
El caso es que, con esas palabras, terminó de derrumbar las últimas piedras que me quedaban del muro protector que había construido durante años, no solo para protegerme de él, sino de cualquiera, para no dejar entrar a nadie en mi corazón.
Cerré los ojos, respiré y me rendí a él.
—Hazlo. Hazme tuya.
Sus ojos se volvieron pura tormenta al oírme.
Sin verlo venir, me alzó en brazos y me llevó hasta el sofá que tenía en su despacho. Me dejó de pie y, con toda la calma del mundo, recorrió mi cuerpo con sus manos por encima del vestido.
Me estremecí entera.
—Necesito verte —dijo con la voz ronca.
Sonreí de forma pícara y, con una mano, lo empujé un poco hacia atrás para que, cuando hiciera lo que tenía pensado, me viera bien.
Llevé las manos a los tirantes del vestido y, con mucha lentitud, recreándome en el momento, me lo fui bajando poco a poco hasta que lo dejé caer a mis pies.
Saqué un pie lentamente y luego el otro, todo bajo su atenta mirada, esa que estaba totalmente cegada por el deseo que sabía que sentía.
Fue a dar un paso para tocarme, pero no se lo permití y lo detuve con la mano.
—No. Yo también quiero verte. Es lo justo.
—Lo es.
Tuve que aguantarme la risa al ver la velocidad a la que se quitó la ropa. Dos minutos exactos fue lo que tardó en quedarse delante de mí totalmente desnudo.
Me relamí al verlo así.
Siempre había sido un hombre impresionante, pero los seis años transcurridos y, suponía, el deporte que practicaba habían hecho que su cuerpo de chico se transformara en el de un hombre al que se le marcaban todos los músculos.
En el pasado siempre me había dejado hacer y había sido él quien marcaba el ritmo de lo que hacíamos cuando nos acostábamos, pero eso iba a cambiar, al menos aquella primera vez.
Sin darle opción a hacer nada, di un paso al frente y lo agarré de la mano para que se girara. De un empujón hice que se sentara en el sofá. Me miró extrañado, pero también muy intrigado por saber qué tenía pensado hacer a continuación.
Me arrodillé entre sus piernas, tomé su miembro con una mano y se lo acaricié lentamente, pero ejerciendo un poco de presión.
El primer jadeo salió de su garganta. Perfecto. Todo iba como yo quería.
Sin dejar de mirarlo a los ojos, acerqué la boca y, con los labios mojados, recorrí todo su tronco de arriba abajo.
Abrió los ojos, alucinado porque hubiera sido capaz de hacer algo así, algo que nunca había hecho en el pasado, ya que durante los dos años que estuvimos juntos no habíamos practicado sexo oral.
Sin dejar que se recuperara de la impresión provocada por mi descaro, me lo metí en la boca y empecé a mover la cabeza arriba y abajo lentamente, mientras, al llegar a la punta, lo succionaba con la lengua y los labios para proporcionarle más placer.
—Joder, Astrid… Qué boca tienes… Me estás matando…
Seguí un poco más y noté que el momento estaba a punto de llegar. Cada vez jadeaba más y era incapaz de estarse quieto; sus caderas se movían solas buscando mi boca.
—No quiero acabar en tu boca, no esta primera vez, al menos. Quítate, por favor —me rogó.
Lo hice porque yo también necesitaba tenerlo dentro de mí. Verlo disfrutar como lo había hecho me había puesto como una moto.
Me puse en pie y, sin que dejara de mirarme, me bajé el tanga. Me pasé la mano por mi zona y me acaricié el clítoris. Eso me hizo jadear.
Me miraba alucinado.
Hizo amago de levantarse, pero una vez más lo detuve.
Con las dos manos empujé su pecho para que se recostara contra el sofá y me senté encima de él a horcajadas.
—¿No me vas a dejar hacer nada, rubita?
—No, hoy mando yo.
—Joder, ni te imaginas lo cachondo que estoy viéndote tomar las riendas. Eres una diosa. No esperaba que esto fuera así, yo tenía otros recuerdos…
Claro que los tenía.
Recuerdos de nuestros encuentros en los que yo siempre me dejaba llevar y hacía lo que me pedía o lo que él quería, cambiando de posición si así lo necesitaba.
Echando la vista atrás, y después de lo que me había tocado vivir y de todas las cosas que había hecho, sí que tenía que reconocer que el sexo que practicábamos en el pasado era más bien torpe y soso.
Negué con la cabeza para apartar aquel pensamiento porque no quería que las frases que me dijo al final enturbiaran ese momento nuevo que estábamos compartiendo.
Dolía pensar que, porque él no me enseñó más, no quiso ir más allá conmigo o no me pidió otro tipo de cosas, hubiera tenido que ir a buscarlas con otras chicas.
No sabía si lo hizo porque pensaba que quizá yo no querría, porque no estaría a la altura o porque me veía demasiado niña para ciertas prácticas. El caso es que lo hizo y eso fue lo que me destrozó.
Cogí su miembro y lo llevé hacia mi entrada, rozándolo varias veces por toda mi apertura.
—Joder… Sí que vas a matarme hoy.
No le contesté con palabras. Mi respuesta fue dejarme caer de golpe para que entrara dentro de mí hasta lo más hondo.
—Dios… Qué maravilla. Estás caliente. Esto es la mejor sensación del mundo.
Empecé a moverme en círculos, arrancándonos a los dos jadeos que tuvimos que apagar besándonos para que no se enteraran hasta en la azotea de lo que estábamos haciendo.
Seguí y seguí sin darle tregua, intercalando movimientos lentos, en los que prácticamente sacaba entero su miembro para luego dejarme caer de golpe, con otros mucho más rápidos.
—Rubita, no puedo más…
—Hazlo, córrete. Yo voy contigo.
Y lo hicimos.
Juntos.
Con dos subidas y bajadas más, todo lo fuertes y duras que pude, conseguí que los dos llegáramos al clímax juntos mientras, entre jadeos y besos, pronunciábamos el nombre del otro sin contener el volumen.
No me levanté.
Me quedé varios minutos en esa misma posición mientras recuperábamos el aire que nos faltaba y nuestros corazones volvían a un ritmo normal.
Una risita a nuestra espalda nos hizo girarnos a los dos.
Oskar estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, y nos miraba divertido. Pero en sus ojos también estaban presentes el deseo y la excitación.
—Muy mal por vuestra parte montaros una fiestecita vosotros dos solos.
Solté una risita y Storm puso los ojos en blanco.
—Ya lo habíamos hablado, Oskar. Si ella no quiere, hay que respetarlo.
—¿Y quién te ha dicho a ti que no quiero?
Storm me miró alucinado. A cada segundo que pasaba, con mis actos y mis palabras, veía cómo lo dejaba más y más sorprendido.
—¿Quieres?
Miré a Oskar, que sonrió.
No sabía si estaba loca o a punto de estarlo, pero me dije: a tomar viento, ¿por qué no?
Como me había dicho Anna, y como yo ya sabía, me lo iba a pasar bien, así que me envalentoné y, con todo mi descaro, me incliné hacia Storm y le contesté contra sus labios.
—Sí, sí que quiero. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntaron los dos, ansiosos.
—Esto es lo que es. Solo sexo. No quiero después ni reproches, ni malentendidos ni enfados por parte de ninguno.
Se miraron, hablaron con la mirada, volvieron a observarme de manera lobuna y asintieron a la vez.
—Trato hecho. Así será —contestaron al unísono.