Capítulo 23
El resto de la semana fue una completa locura.
En el trabajo, sin embargo, todo fue de maravilla.
Para el miércoles ya me movía por la empresa como si llevara años allí. Tanto fue así que Amelia decidió pedirle a Storm los días de vacaciones que todavía tenía pendientes y que, en un principio, pensaba no coger.
Así que me quedé sola, pero en ese aspecto no tuve ningún problema.
Otro tema era lo de los otros dos.
Madre mía, no sabía cuál de ellos me tenía más loca: Storm, por decir demasiado, u Oskar, por callar y expresarlo todo con la mirada.
Las miradas incendiarias de Oskar iban y venían a todas horas y Storm tenía una frase subida de tono preparada cada vez que se cruzaba conmigo.
Era agotador.
Porque, coño, una no es de piedra y, entre tanta palabrita y tanta mirada, me tenían más caliente que el palo de un churrero. Pero todavía peor era pasarme el día entero en tensión, resistiéndome con todas mis fuerzas para no caer y sin saber cuánto tiempo sería capaz de seguir así.
Entre el calentón constante y la frustración que me provocaba la situación, necesitaba un desahogo urgente.
Que sí, que ya me había dado alguno yo sola en la ducha o en la cama por la noche, pero, al parecer, no era suficiente.
La madre del cordero sería que, después de haber usado tanto la pepitilla durante los dos últimos años, ahora que llevaba un tiempo sin hacerlo me estuviera dando una especie de síndrome de abstinencia sexual.
Me había hecho la misma pregunta varias veces durante aquellos días y seguía sin encontrar respuesta.
Y eso me estaba volviendo loca.
A ver si al final Anna iba a tener razón y necesitaba un exorcista o que me ingresaran directamente en un psiquiátrico.
—Estás muy pensativa.
Giré la cabeza hacia Anna, que había entrado en mi habitación sin que yo la oyera de lo perdida que estaba en mis pensamientos.
—Pensativa, no. Lo que estoy es hasta el higo de pensar en el panorama que tengo cada día con tu hermanito y su amigo. Me tienen frita, de verdad te lo digo.
Anna se echó a reír al verme resoplar y al comprobar mi cara de frustración.
—Si no quieres estar así, lo tienes fácil.
—Claro que lo tengo fácil. Buscaré otro trabajo porque, a este paso y con la tensión que llevo encima, te juro que no llego a final de mes.
Puso los ojos en blanco y se sentó a mi lado en la cama.
—Qué pesadita estás con irte. Lo que tienes que hacer es largarte con los dos cuando termine la fiesta de esta noche. Quemas toda esa tensión, les das un buen meneo y dejas que ellos te lo den a ti.
—¿Ese es tu consejo?
—Sí.
—Pues vaya consejo. ¿Tú sabes la que se puede formar si hago algo así? Joder, Anna, que después tendría que verlos todos los días y llevaría esas imágenes metidas en la cabeza a todas horas.
—Y no me digas que ahora no las tienes. Diferentes, porque todavía son imaginarias, pero las tienes. Y no lo niegues porque no te voy a creer ni un poquito.
Mierda.
Qué malo era que me conociera tan bien porque tenía razón.
Me bastaba verlos juntos o por separado en la oficina para que mi imaginación se fuera justo hacia donde no debía.
—Estoy hecha un lío, Anna.
—Pues, mientras te aclaras, date una alegría al cuerpo y, por lo menos, descargas tensión.
No sabía ni qué responderle, así que decidí cambiar de tema.
—Vamos a prepararnos. Quedaría feo que la hija del jefe llegara tarde a la fiesta de jubilación de su propio padre.
—Sí, vamos a ponernos monas. Bueno, tú ponte explosiva, que quiero ver sufrir a tus dos pesadillas toda la noche.
Después de decir aquello, salió de mi habitación riéndose.
Cuarenta minutos más tarde llegamos a la azotea de la empresa, que era donde habían decidido celebrar la fiesta.
Todo estaba decorado de manera espectacular. Las mesas del bufé estaban llenas de comida y los dos camareros de la barra apenas daban abasto sirviendo bebidas. La música sonaba al volumen perfecto para que la gente pudiera bailar o charlar sin problemas.
Cogí aire antes de cruzar la puerta.
Varias personas se giraron nada más vernos entrar y no precisamente porque fuéramos la hija del jefe y su amiga, sino porque los vestidos que llevábamos llamaban bastante la atención.
Yo había pensado ponerme uno sencillo que tenía o el negro que me había traído de Nueva York, el mismo que usé la noche que pasé con Oskar, más que nada porque no tenía ninguno más.
Pero Anna me sorprendió cuando apareció en mi habitación con un vestido que me había comprado como regalo de bienvenida.
Y vaya vestido.
Era precioso, eso no podía negarlo nadie, pero también era un poco demasiado de todo.
Elegante y sexi al mismo tiempo.
De color blanco roto, tenía un escote en uve que hacía imposible llevar sujetador, así que me había tocado ir con las niñas sueltas. Menos mal que era largo, casi hasta los tobillos, aunque la abertura lateral que me llegaba hasta el muslo quitaba hasta el hipo.
Anna me había descrito antes de salir como arrebatadora.
Exageraba.
No era para tanto.
Aunque sí tenía que reconocer que el vestido me quedaba como una segunda piel.
Por supuesto, me puse los zapatos rojos que había traído conmigo y con los que caminaba a la perfección.
Como para no hacerlo.
Había recorrido muchos kilómetros con ellos.
—Todo el mundo nos está mirando —susurré.
—No, hija. Te miran a ti porque eres la novedad. A mí ya me tienen muy vista.
—Qué ilusión ser el mono de feria, oye.
Anna soltó una risita y me agarró de la mano para que fuéramos juntas a pedir algo de beber.
Mira que yo casi nunca bebía, pero no sé por qué aquella noche necesitaba una copa más que el aire. Tenía que templar los nervios antes de que aparecieran mis dos pesadillas.
Porque aparecerían.
Y estaba segura de que me darían una nochecita de aúpa.
—¿Un refresco?
—Un whisky con naranja.
—Joder, sí que tienes que estar nerviosa para pedir una copa.
—Ya lo ves. Pediría una tila o un Valium, pero dudo que lo tengan en la carta.
—Pues se nos olvidó incluirlos. Lo apuntaré para la próxima.
Con la copa en la mano nos acercamos a saludar a Thomas y Molly, que estaban rodeados de gente, así que el saludo fue rápido.
Era su noche y tenían que atender a todo el mundo.
Un coñazo, seguramente, pero era lo que tenía haber sido un jefe excelente durante tantos años.
Anna y yo saludamos a algunas personas más antes de llegar a una zona algo más apartada de la azotea, donde había menos gente.
—Pesadilla uno y pesadilla dos, a tus cinco en punto.
—Perfecto. Pues hazte la tonta y no mires, a ver si no nos ven y consigo tener un rato más de paz.
—Tarde. Han estado repasando a todo el mundo como si buscaran a alguien y me parece que ya la han encontrado porque vienen hacia aquí.
—Mierda. Se acabó la paz.
Tardaron apenas dos minutos en llegar hasta nosotras.
—Chicas, estáis guapísimas —dijo Oskar mirando a las dos, aunque sus ojos terminaron clavándose en mí.
—Gracias. Vosotros tampoco estáis nada mal.
Y no, no lo estaban.
Estaban para hacerles un traje de saliva a cada uno.
Así es como estaban.
—Astrid… esos zapatos…
—Sí. Son los mismos.
Oskar sonrió de una forma bastante lobuna, seguramente recordándome con mi otra versión, la de Jazmín, y aquellos mismos zapatos puestos.
Storm, que hasta ese momento no había dicho una sola palabra, se acercó y se inclinó hacia mí para hablar lo bastante bajo como para que solo yo pudiera oírlo.
Vamos, como llevaba haciendo durante los últimos días cada vez que había alguien delante. Si no había nadie, soltaba las barbaridades en voz alta y se quedaba más ancho que largo.
—Esta noche no te escapas.
Me eché a reír.
—Sigue soñando.
—Eso es precisamente lo que no pienso seguir haciendo. Estoy cansado de soñar contigo y de imaginarte entre mis brazos. Seis años son demasiados y no voy a dejar que pase más tiempo.
Lo miré confundida.
Una cosa era que llevara días insinuándose. Eso podía ser simple deseo y punto.
Pero lo que acababa de decir era diferente.
Había hablado de seis años pensando en mí.
—No me mires así. Que te deseo lo sabes de sobra. Ha sido así desde que tenías catorce años. Pero te fuiste sin que te dijera muchas cosas y ya no pienso seguir guardándomelas.
—Storm…
—Te dije en el aeropuerto que teníamos una conversación pendiente y la vamos a tener. Puede que tú no quieras decir nada, pero yo sí tengo mucho que contar.
»No será hoy porque no es ni el momento ni el lugar, pero no pienso demorarlo mucho más.
¿Estaba intrigada?
Por supuesto.
¿Me daba miedo esa conversación?
Muchísimo.
Porque, mientras hablaba, vi en su mirada algo que siempre había creído que estaba allí y que, durante mucho tiempo, pensé que era amor.
Venga ya…
Solo me faltaba que la situación se complicara todavía más, pensé mientras le daba un buen trago a la copa.
No supe qué contestarle.
Ni le dije que sí ni le dije que no.
Anna, al ver mi cara de confusión, intervino rápidamente y empezó a hablar de lo bien organizada que estaba la fiesta. Así pasamos los cuatro la siguiente media hora charlando de cosas sin importancia.
—Ha llegado mi chico. Perdonadme, pero tengo que abandonaros.
Anna salió casi corriendo en cuanto vio entrar a Alfred, que por motivos de trabajo no había podido acompañarla desde el principio.
—Voy a pedir un refresco. ¿Queréis algo? —preguntó Oskar.
Los dos le dijimos que no y se marchó hacia la barra, dejándonos solos.
—Los detalles que mi padre quiere darles a los empleados están en mi despacho. ¿Me acompañas a buscarlos?
¿Podía negarme?
Sí.
¿Lo hice?
No.
Ante todo, era su asistente y negarme a cualquier cosa relacionada con la empresa, con su padre o con el trabajo habría sido poco profesional.
Y mezclar lo laboral con lo personal era algo que, por lo menos por mi parte, no pensaba hacer.
—Claro. Espera a que deje la copa y te ayudo a traerlos.
Storm asintió y esperó mientras me acercaba a la mesa más cercana para dejar el vaso, que ya estaba prácticamente vacío.
Después regresé a su lado y empezamos a caminar juntos hacia la salida, esquivando a la gente.
No me pasó desapercibida la mirada que cruzó con Oskar, que seguía junto a la barra. Los dos sonrieron y mantuvieron una especie de conversación silenciosa que preferí ignorar.
Bastante tenía yo con mis propios problemas.