Solo sobreviví Capítulo 22
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Capítulo 22

Aún seguíamos abrazados cuando un carraspeo hizo que nos separáramos de golpe y giráramos la cabeza al mismo tiempo para mirar a la persona que había entrado en el despacho sin que ninguno de los dos la oyera.

Era Storm.

Nos observaba con el ceño fruncido y, por su expresión, estaba claro que tenía unas cuantas preguntas. No debía de entender por qué Oskar y yo estábamos abrazados y parecíamos tener tanta confianza cuando, en teoría, no hacía ni una hora que nos conocíamos.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó señalándonos.

—Tranquila, por mi boca nunca sabrá…

Oskar me lo susurró al oído para que Storm no pudiera escucharlo y ni siquiera hizo falta que terminara la frase. Los dos sabíamos perfectamente a qué se refería.

Guardaría el secreto de que me había conocido siendo Jazmín incluso delante de su mejor amigo.

Y menos mal porque no tenía ni idea de lo que podría pensar Storm de aquella parte de mi vida.

Que no es que me importara.

Sí te importa, chilló la voz molesta de mi cabeza.

Bueno, pues, si no lo sabía, mucho mejor. Así me ahorraba escuchar las tonterías que seguramente saldrían de su boca.

—No está pasando nada —contesté antes de mirar la hora—. Es tarde. Me voy con Amelia.

Me levanté del sofá y apenas había dado dos pasos hacia la puerta cuando Storm se plantó delante de mí con los brazos cruzados.

—No tan deprisa, rubita. Explícame por qué estabas abrazada a Oskar.

Solté una risa sin humor.

—Uno: como vuelvas a llamarme rubita, me haré un collar con esas canicas que tienes entre las piernas. Dos: ¿quién coño te crees que eres para pedirme explicaciones?

Alzó una ceja.

—¿Hay un tres?

—Sí.

—¿Y cuál es?

—Que te follen, Storm. Déjame en paz. Me abrazo a quien me da la gana y hago lo que quiero.

Oskar se echó a reír por lo bajo.

—No te rías, joder. Explícame tú por qué la abrazabas. La acabas de conocer y parece que tenéis demasiada confianza. ¿A qué se debe?

Oskar y yo cruzamos una mirada.

Y aquello fue una cagada enorme porque Storm siempre había sido demasiado espabilado para no darse cuenta de que algo ocurría.

—Os conocéis.

No lo preguntó. Lo afirmó mientras nos miraba alternativamente, más confundido que enfadado.

A aquellas alturas, lo mejor era mentir lo menos posible. Si queríamos ocultar lo importante, debíamos mantenernos todo lo cerca de la verdad que pudiéramos y estaba claro que la conexión que existía entre Oskar y yo sería difícil de disimular.

Nos miramos de nuevo y llegamos al mismo acuerdo sin necesidad de hablar.

—Sí —contestamos a la vez.

—¿De qué? ¿Desde cuándo? ¿Dónde?

—Eres un cotilla y un preguntón.

—Soy curioso, eso ya lo sabes. Y esto es demasiado impactante como para no querer enterarme.

Suspiré y le hice un gesto a Oskar para que me dejara hablar. Él asintió.

—Nos conocimos en Nueva York hace unos meses, cuando Oskar fue a la despedida de soltero de su primo Liam.

—No jodas. ¿En serio?

—Sí.

—Vaya casualidad.

—Así es. Los dos nos hemos sorprendido mucho cuando nos hemos reconocido —intervino Oskar encogiéndose de hombros.

—Tu curiosidad ya está satisfecha. Ahora será mejor que nos pongamos todos a trabajar.

—Tengo más preguntas.

—Pues guárdatelas porque no necesitas saber nada más.

—Algunas puedo dejarlas pasar, pero hay una que necesito saber.

Por cómo me miró supe enseguida cuál era.

Volví a cruzar la mirada con Oskar y él negó ligeramente con la cabeza, porque también lo había adivinado.

Los dos conocíamos demasiado bien a Storm para saber lo cabezota, insistente y pesado que podía llegar a ser cuando quería enterarse de algo. Así que, a riesgo de que se liara allí mismo una muy gorda, abrí la bocaza y me adelanté.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí. Esa es la respuesta a la pregunta que estás a punto de hacer.

Abrió los ojos como platos y se giró de golpe hacia Oskar.

—¿Te has tirado a mi rubita?

Oskar resopló.

—Yo no sabía quién era ella ni ella sabía quién era yo.

Pero, después de aquella respuesta, ocurrió algo que jamás habría esperado y que consiguió sorprenderme más que todo lo que había sucedido durante la hora y pico que llevaba en aquella empresa.

Storm se echó a reír.

Sí, habéis leído bien.

Con dos cojones, dio una palmada y empezó a reírse mientras nos miraba de una forma muy extraña.

Aunque Oskar sí pareció entender aquella mirada porque se pasó las manos por la cara con desesperación mientras negaba con la cabeza.

—¿Por qué se ríe y nos mira así? —le pregunté.

—No quieres saberlo. Te lo aseguro.

—Sí quiero.

—Ay, rubita, esto es fantástico. Qué bien lo vamos a pasar.

—¿Qué coño dice? ¿Ha bebido tan temprano?

—No, pero no le hagas caso.

—Oskar, no seas aguafiestas. Si solo quiero saber si lo pasaste bien. Porque lo pasaste bien, ¿no? Pues juntos tiene que ser la hostia.

Ay, mi madre, mi padre y todos los santos ángeles que estaban en el cielo.

Di un paso atrás y giré la cabeza hacia Oskar, que me miraba como pidiéndome disculpas.

Qué coño iba a disculparse él si las chorradas no estaban saliendo de su boca, sino de la del trastornado de su amigo.

—Dime que no está insinuando lo que creo.

—Lo está haciendo.

Me giré hacia Storm, avancé tres pasos y le clavé un dedo en el pecho.

—Estás tú listo si piensas que voy a hacer algo así.

—Venga, no seas mojigata. Digo yo que algo habrás aprendido durante estos años. Lo pasaremos muy bien, te lo aseguro.

Mojigata precisamente no era y bien sabía Dios, y también Oskar, que después de todo lo que me había tocado vivir durante aquellos dos últimos años aquello era lo último que podía considerarme.

Y tampoco dudaba de que pudiera pasármelo bien.

Había tenido la oportunidad de estar en la cama con los dos y, por decirlo de alguna manera, ninguno pertenecía al grupo de hombres que solo pensaban en su propio placer.

Pero meterme en un lío de semejante calibre solo podía traerme problemas.

Muchos.

No solo porque algo así pudiera afectar a la amistad entre ellos, sino porque también corría peligro mi corazón y eso sí que era lo último que necesitaba. Podía acabar sintiendo algo por cualquiera de los dos y no quería ni plantearme esa posibilidad.

¿Qué coño habría hecho yo en otra vida para que en esta se empeñaran en ponerme las cosas tan difíciles?

Esquivé a Storm.

—No quiero volver a oír hablar de este tema. Estoy aquí para trabajar, no para seguirte en tus locuras.

—Vas a caer y lo sabes, rubita.

Eso fue lo último que le oí decir antes de salir del despacho y cerrar de un portazo.

El resto de la mañana se me pasó volando.

Tal y como había pensado nada más conocerla, Amelia era una mujer estupenda. Me explicó todo con muchísima paciencia y me enseñó a manejar los programas que utilizaban, algo que entendí en apenas unos minutos porque, por suerte, resultaban bastante sencillos.

—Astrid, eres muy espabilada. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que, si mañana no viniera, no tendrías ningún problema para desenvolverte sola. Lo has entendido todo a la primera y te manejas con mucha soltura.

—Gracias, Amelia. Pero gran parte del mérito es tuyo. Eres una profesora estupenda.

En ese momento, Oskar salió de su despacho y se acercó a nosotras.

—Astrid, habías quedado con Anna para comer, ¿no?

Miré el reloj.

Las dos y diez.

Ya podía prepararme para la bronca cuando llegara a la cafetería porque Anna era la reina de la puntualidad.

—Sí, y me va a caer una buena. No soporta que llegue tarde.

Amelia y Oskar se echaron a reír al ver mi expresión.

Entonces Amelia me explicó que aquella tarde tenía una cita médica de la que Storm ya estaba informado y que, como me veía perfectamente preparada, me dejaría al frente durante las tres horas de trabajo que quedaban después de comer.

Poco después, Oskar y yo bajamos juntos hacia la cafetería.

—No hagas caso a Storm. A veces se le va la olla.

—Lo sé. El problema es que esta vez no estaba bromeando.

—No. No lo estaba.

Había algo que llevaba carcomiéndome desde que Storm había hecho aquella insinuación y no pensaba quedarme con la duda.

—Oskar…

—¿Sí?

—Tú…

Joder.

No sabía cómo preguntárselo.

Anda que ahora me salía la vergüenza que no había tenido nunca. Pues vaya momento para aparecer, bonita, me quejé mentalmente.

Oskar, al ver mi apuro, se echó a reír.

Menos mal que estábamos solos en el ascensor porque aquella no era precisamente una conversación apta para oídos curiosos ni para gente demasiado cerrada de mente.

—Si lo que quieres saber es si lo haría, la respuesta es sí. Aquella noche lo pasé muy bien y eres explosiva en la cama. Así que no me importaría repetir. Los tres o solos tú y yo.

A tomar por culo la bicicleta.

Pues cada vez se me ponían mejor las cosas.

Uno, después de todo lo que me había hecho y como si se le hubiera olvidado por completo, llevaba desnudándome con la mirada desde que nos reencontramos cuatro días atrás y, al descubrir que me había acostado con su mejor amigo, en lugar de cabrearse había visto el cielo abierto pensando en lo bien que podríamos pasarlo los tres.

Y el otro no se andaba con insinuaciones.

Me lo acababa de dejar bastante claro.

No solo aceptaría acostarse conmigo y con Storm, sino que tampoco tendría ningún problema en repetir lo que había ocurrido entre nosotros en Nueva York.

Estás triunfando en tu vuelta a Copenhague, Astrid. Si montas un circo, no te crecen enanos: te aparece un poblado entero, pensé mientras intentaba decidir qué coño responderle.

Pero no me dio tiempo.

Oskar me acorraló contra la pared del ascensor y se lanzó sobre mis labios.

No me besó.

Me devoró.

Y menos mal que me sujetaba por la cintura porque, de lo contrario, estoy segura de que me habría caído allí mismo de la impresión.

Cuando se separó, yo seguía intentando recordar cómo se respiraba.

—Esto es solo un recordatorio y un pequeño adelanto de lo bueno que podría ser repetirlo. Piénsatelo.

Las puertas del ascensor se abrieron y salió tan tranquilo, como si no acabara de dejarme sin oxígeno y con las neuronas completamente inutilizadas.

¿Qué quería que pensara?

Si apenas me llegaba sangre al cerebro.

Sin decir nada más, llegamos a la cafetería. Oskar se dirigió directamente al bufé para coger su comida y yo fui hasta la mesa en la que Anna ya me esperaba.

—Llegas tarde —dijo con expresión enfadada.

—Cuando te cuente lo que acaba de pasarme, te importará una mierda que haya llegado diez minutos tarde.

—Habla. A ver si es verdad.

Me senté a su lado y me incliné hacia ella para evitar que alguien pudiera escucharnos.

—He hablado con Oskar. Todo perfecto. No va a contarle nada a nadie.

—¿Ves cómo te preocupabas por nada? Ya te dije que era un buen tío. ¿Y eso era todo lo que tenías que contarme? Porque, si es así, sigo enfadada.

—No. Lo mejor viene ahora.

—A ver si es verdad.

—Nos hemos abrazado cuando hemos terminado de hablar y tu hermano nos ha visto. Como es muy listo, enseguida se ha dado cuenta de que nos conocíamos.

»No lo hemos negado y, por cómo nos hemos mirado, también ha entendido que entre nosotros había pasado algo.

—¿Se ha cabreado?

—No. Le ha parecido fantástico. Tanto que ha insinuado que sería una idea estupenda que hiciéramos un trío.

Anna escupió prácticamente el agua que estaba bebiendo y poco faltó para que la palmara allí mismo.

Hice una nota mental de buscar una floristería cercana porque, al paso que íbamos, entre susto y susto alguien acabaría muriéndose de verdad.

—Pero ahí no acaba todo —añadí cuando vi que seguía sin ser capaz de hablar.

—¿Qué? ¿Hay más?

—Oskar me ha dicho que a él le parece bien. Que le gustaría hacer el trío o volver a acostarse conmigo a solas.

Las carcajadas de Anna hicieron que media cafetería se girara para mirarnos.

¿Y qué hice yo?

Pues, al comprender que mi vida se había convertido definitivamente en un puto chiste, me di por vencida y acabé riéndome con ella.

Mejor reírme de mi desgracia que ponerme a llorar o empezar a darme cabezazos contra la mesa, que seguramente era lo que debería haber hecho.