Capítulo 21
De la mano de Anna, di los primeros pasos hasta la puerta del despacho.
Allí nos miramos, asentimos y, después de soltarnos, entramos juntas.
—Buenos días —dijimos a la vez.
Storm y Oskar estaban de espaldas a la puerta y, al oírnos, se giraron.
Pasé la mirada de uno a otro.
Primero me fijé en Storm, que, pese a todo, era al que menos miedo me daba mirar en aquel momento.
El muy capullo sonrió nada más verme y en sus ojos pude distinguir varias cosas: diversión, triunfo al comprobar que finalmente me había presentado allí y también un rastro de deseo que reconocí enseguida porque ya lo había visto cientos de veces en el pasado.
Pues ya puedes ir borrando eso de tu cabeza porque no vas a tocarme, le dije con la mirada.
Pero el muy cabrón pareció adivinar lo que estaba pensando. Su sonrisa se ensanchó y su expresión me respondió con un claro: ya veremos cuánto tardas en tragarte esas palabras.
Entonces miré a Oskar.
Estaba serio.
Demasiado.
Si no lo conociera, podría haber pensado que aquella era su forma habitual de ser, pero, por suerte o por desgracia, lo conocía y durante todas las horas que habíamos pasado juntos en Nueva York nunca lo había visto así.
Cuando nuestros ojos se encontraron, lo supe.
Me había reconocido.
O, al menos, sospechaba quién era.
Me observaba completamente confundido y no dejaba de fijarse en mis rasgos, como si intentara decidir si de verdad era yo o su cabeza le estaba jugando una mala pasada.
—Oskar.
Anna pronunció su nombre y él sacudió ligeramente la cabeza, como si quisiera ordenar todos los pensamientos que debía de tener dando vueltas antes de romper el contacto visual conmigo.
—¿Sí?
—Ella es Astrid Mortensen, mi mejor amiga y, desde hoy, la nueva secretaria de Storm. Astrid, él es Oskar Falk, amigo de mi hermano y director de Estrategia y Desarrollo.
—Es mi mano derecha y el mejor en lo suyo —añadió Storm, dándole una palmada en la espalda y mirándolo con orgullo.
Oskar y yo volvimos a mirarnos y, después de dudar apenas un segundo, dimos a la vez los dos pasos que nos separaban.
Extendí la mano y él no dudó en estrechármela. Tuve que contener el aliento ante la sensación que me recorrió el cuerpo al volver a sentir su piel.
—Señor Falk, encantada.
—Llámame Oskar, por favor. Bienvenida a la empresa.
Me interrogó con la mirada y yo le pedí, o más bien le rogué, que no dijera nada en aquel momento. Ya hablaríamos.
Sonrió y asintió brevemente de una forma que solo yo pude percibir.
—¿Rubita, al final has cedido, eh…?
En cuanto Storm pronunció aquel apodo a nuestra espalda, la expresión de Oskar cambió por completo. La sonrisa desapareció de su cara y abrió los ojos como platos.
—¿Rubita? —preguntó girándose hacia él.
—Sí, ella es mi rubita. Ya te he hablado de ella.
Aquello consiguió cabrearme porque no tenía ni idea de qué coño podía haberle contado sobre mí.
Y, al parecer, la guerra iba a empezar nada más llegar.
—No soy nada tuyo. Y deja de llamarme así. Hace años que perdiste ese derecho.
El muy gilipollas se echó a reír y no pude evitar fulminarlo con la mirada.
—¿Entonces yo ya no soy tu rubio?
Solté una risa seca.
—Mira, Storm, vamos a dejar algo claro. Yo no soy nada tuyo y tú tampoco eres nada mío. Sabes que he aceptado este trabajo porque lo necesito, así que te agradecería que no me tocaras las narices más de lo imprescindible y no me obligaras a largarme para buscar otra cosa.
Me miró y chasqueó la lengua.
—Qué mala leche tienes.
—Siempre la he tenido, pero, por desgracia para ti, durante estos años la he multiplicado. Así que no me provoques.
—Vale, creo que con un asalto por hora será suficiente —intervino Anna, poniendo fin a la primera discusión de las muchas que seguramente estaban por llegar.
El teléfono de la mesa de Storm sonó y él resopló antes de acercarse a contestar.
—Son los nuevos clientes con los que tenemos una reunión el fin de semana. Son pesadísimos, así que tiene conversación para rato —dijo Oskar conteniendo la risa al ver la cara de perro pulgoso que puso Storm mientras se dejaba caer con desgana en su sillón.
—Pues es hora de irnos a lo nuestro. Vamos, Astrid, te presentaré a Amelia, que seguro que ya está en su mesa.
Los tres salimos del despacho y Oskar, que fue el último, cerró la puerta a su espalda.
Efectivamente, Amelia ya estaba en su puesto.
Ocupaba una mesa grande situada en uno de los lados de la antesala que daba acceso a los despachos de Storm y Oskar. Fue entonces cuando descubrí que el del moreno estaba justo al lado del de su amigo y que ellos dos eran los únicos que trabajaban en aquella planta.
Amelia me cayó genial desde el primer momento. Parecía una mujer entrañable y, solo con ver lo perfectamente organizado que tenía todo encima de la mesa, supe que debía de ser tremendamente eficiente.
Seguramente me enseñaría todo a la perfección para que no tuviera problemas cuando se jubilara tres semanas después.
—Empezamos cuando quieras.
—Ahora mismo —contesté contenta.
—Yo os dejo, que me esperan abajo. Astrid, te veo en la cafetería a las dos y comemos juntas —dijo Anna antes de despedirse con la mano.
Asentí e hice lo mismo.
—Astrid, antes de que empieces con Amelia, ¿me acompañas un momento a mi despacho? Quiero comentarte una cosa.
Mierda…
Sabía que Oskar y yo teníamos una conversación pendiente porque era imposible evitarla, pero había confiado en que pudiéramos dejarla para otro momento.
Por cómo me miraba, estaba claro que él no pensaba lo mismo.
Y, en parte, lo entendía. Debía de tener mil preguntas, como era lógico, aunque yo tuviera muy pocas ganas de responderlas. Aun así, no podía negarme y, pensándolo bien, cuanto antes aclaráramos las cosas, mucho mejor.
—Ahora vuelvo, Amelia.
—Tranquila, no tengas prisa. Hablad todo lo que necesitéis. También llevarás la agenda de Oskar, así que es mejor que conozcas cómo trabaja.
—Vamos —me indicó él con un gesto de la mano.
Caminé detrás de Oskar, nerviosa no, lo siguiente.
Estaba cagada de miedo porque no tenía ni idea de qué quería decirme ni de cómo iba a reaccionar.
Podía recriminarme cosas, interrogarme, enfadarse o vete tú a saber qué.
Abrió la puerta de su despacho, me cedió el paso y, cuando entró detrás de mí, la cerró.
Esperé a que hablara, pero no lo hizo, así que cogí aire y me giré para mirarlo. Estaba apoyado en la pared junto a la puerta, con los brazos cruzados, observándome o, mejor dicho, repasándome de arriba abajo con la mirada.
—Oskar…
—Joder, es que no me lo creo. Eres tú, pero no pareces tú. ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado? ¿Y qué te ha ocurrido en la cara? ¿Has tenido un accidente?
—Para, para…
—Dios, lo siento, pero es que tengo muchísimas preguntas. Estoy alucinando de verte aquí. Pero saber que eres la rubita de Storm… Madre mía, eso es lo peor de todo. Coño, que me he tirado a la chica de mi mejor amigo —dijo con auténtico pesar.
Vale.
Hasta ahí habíamos llegado.
Entendía que estuviera agobiado porque no sabía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, pero aquello de que se había acostado con la chica de su amigo había que aclararlo cuanto antes.
¿La chica de su amigo?
Ja, ja y ja.
Yo no era la chica de nadie y muchísimo menos de Storm.
Ni siquiera tenía claro si lo había sido alguna vez en el pasado, así que mucho menos lo era ahora.
—¿Nos sentamos y te explico algunas cosas? Por favor —le pedí señalando el sofá que tenía junto a la pared del fondo.
—Sí, claro. Porque de verdad que necesito entender algo de todo esto.
—Me lo imagino. Yo también me he llevado una buena sorpresa al encontrarte aquí. Casi me da un infarto.
Me cogió de la mano y tiró suavemente de mí para que nos sentáramos juntos en el sofá.
—Lo primero que quiero saber es si estás bien —dijo mientras rozaba con delicadeza la herida de mi ceja, que todavía se notaba.
—Sí, estoy bien.
—Vale —respondió, aunque por su expresión estaba claro que no terminaba de creérselo—. Ahora cuéntame algo. Lo que puedas o quieras.
—Puedo contártelo todo. Ya conoces mi principal secreto, que, por cierto, solo sabe Anna, así que lo demás será bastante más sencillo de explicar.
—Te escucho.
Al verme nerviosa y sin saber por dónde empezar, me cogió las manos y las apretó suavemente para darme ánimos.
La madre que lo parió.
Ya había notado en Nueva York que Oskar era un buen tío y, por lo visto, en eso no me había equivocado.
Y aquello podía convertirse en un problema porque…
No, Astrid. Esos pensamientos te los sacas de la cabeza ahora mismo, me reprendí mentalmente.
—Vale. Lo primero que quiero dejarte claro es que no soy la chica de Storm ni de nadie, ya que estamos. No sé qué te habrá contado él, pero hacía seis años que no nos veíamos. Es cierto que hubo algo entre nosotros en el pasado, pero se quedó precisamente ahí.
—Pues, por cómo te mira, yo diría que sigue habiendo algo y…
—Y nada. No sé qué sabes de lo que ocurrió entre nosotros, pero te aseguro que fue algo que me hizo muchísimo daño. Después de todo lo que me ha tocado vivir estos últimos años, necesito tranquilidad y tener algo con Storm es precisamente lo último que podría dármela.
—Puedes contarme tu versión si quieres. Yo conozco la suya, pero siempre es bueno saber las dos para poder tener una perspectiva completa.
—Me parece bien, pero primero te contaré lo demás. Quiero explicarte por qué tú me conociste siendo Jazmín.
Asintió y me indicó con un gesto que continuara.
Durante la siguiente media hora, Oskar no me interrumpió ni una sola vez.
Me escuchó con atención mientras le contaba todo.
Era increíble lo poco que me costó abrirme con él y hacer un recorrido por mi vida, incluyendo los malos y los peores momentos que había vivido en Nueva York. Bueno, apenas pude contarle ninguno porque, sinceramente, tampoco los había tenido.
No vi reproche, rechazo ni mucho menos asco en su mirada.
Solo comprensión.
También enfado por algunas de las cosas que le conté y, sobre todo, cariño.
Ese cariño que transmite alguien que está empatizando contigo mientras le explicas todo lo que has sufrido y las cosas que te has visto obligada a hacer porque no tenías otra salida.
En Nueva York había sentido una conexión muy fuerte con Oskar, pero allí, sentada a su lado en el despacho mientras le contaba mi vida y él no dejaba de acariciarme la mano para darme ánimos, la sentí todavía con más intensidad.
Y en aquel momento supe, con una certeza que no podía explicar, que aquel hombre acabaría convirtiéndose en alguien imprescindible en mi vida.
No sabía de qué manera.
Pero lo supe.
Cuando terminé, los dos permanecimos unos segundos en silencio.
Yo tenía un nudo tan fuerte en la garganta que apenas podía tragar saliva después de haber recorrido toda mi vida en tan poco tiempo. Él, seguramente, necesitaba unos instantes para procesar todo lo que acababa de escuchar.
Finalmente me miró, soltó mi mano y abrió los brazos. No dudé ni tuve que pensarlo antes de refugiarme en ellos porque aquel abrazo era exactamente lo que necesitaba en ese momento.
Fue un abrazo lleno de cariño y comprensión, nada más.
—Gracias por contármelo. Estoy aquí para lo que necesites y puedes contar conmigo para lo que sea.
»En Nueva York tengo que confesarte que me lo pasé muy bien aquella noche, muchísimo, de hecho. Pero regresé a casa con la sensación de que entre nosotros había habido una conexión que iba mucho más allá del sexo.
Me separé un poco y lo miré sonriendo.
—A mí me pasó lo mismo. Eres distinto. Así lo sentí aquella noche. Nunca te vi como a los demás ni me hiciste sentir como una…
—Porque para mí nunca lo fuiste —me interrumpió—. No te vi así ni un solo momento.