Capítulo 20
Los siguientes minutos, que ni siquiera sabría decir cuántos fueron, me parecieron horas.
Anna me miraba a mí, después a la puerta del despacho de su hermano y volvía otra vez hacia mí. Pero no hablaba. Hacía algún ligero amago, abriendo y cerrando la boca, aunque de ella no salía ningún sonido.
Tenía los ojos tan abiertos como la boca y creo que ni siquiera pestañeaba.
¿Se podía morir una persona por no pestañear y quedarse muda de repente?
Ay, madrecita, a ver si al final, en lugar de morirme yo de la impresión, por abrir la bocaza y contarle la verdad me la iba a cargar a ella.
Joder, que si se moría ni siquiera me había dicho qué flores quería que le llevara.
Deja de pensar en flores y comprueba cómo está, jodida tarada, me chilló de repente una voz dentro de la cabeza, dándome tal susto que hasta di un bote en el sofá.
Me giré hacia Anna y pasé una mano de un lado a otro frente a su cara para comprobar si veía algo o conseguía que pestañeara.
Nada. La tía seguía en trance, moviendo la mirada de un lado a otro de forma casi rítmica y, por su expresión, dudaba incluso de que estuviera viendo algo.
Lo que yo decía: a mi amiga le estaba dando un chungo por mi culpa y al final iba a tener que ser yo la que llamara a la funeraria.
—Anna —susurré.
No reaccionó.
—Anna —repetí mientras la agarraba del brazo y la zarandeaba un poco.
Vaya, eso pareció funcionar porque por fin pestañeó y yo solté de golpe el aire que estaba conteniendo.
Joder, que me estaba ahogando.
—No.
Fruncí el ceño.
—¿No qué?
—Dime que estabas bromeando. Dime que Oskar no es el tío de Nueva York.
—¿Tú crees que bromearía con algo así? Y luego me llamas loca a mí.
Se llevó las manos a la cara y vi cómo su cuerpo empezaba a moverse de arriba abajo, primero lentamente y después cada vez más deprisa.
¿Estaba llorando? ¿Por qué?
Me quedé observándola unos segundos más hasta que abrí los ojos todo lo que pude.
Coño, que no estaba llorando.
Se estaba riendo.
O, mejor dicho, se estaba descojonando mientras se tapaba la cara, no sabía si para que yo no la viera o para evitar que mis dos pesadillas —porque ahora ya no tenía una, sino dos— la oyeran desde dentro del despacho.
—¿Te ríes? ¿En serio te estás riendo?
Separó un poco las manos y vi que hasta tenía lágrimas en los ojos.
De la risa, la muy cabrona.
—Ay, Astrid… Es que… esto… es…
Resoplé.
Casi ni podía hablar y, sinceramente, a mí pocas ganas de reírme me estaban dando con el lío que tenía encima.
—Esto es una puta mierda.
—Esto lo cuentas por ahí y no se lo cree nadie.
—Sí, claro, como si fuera algo para ir contándolo. Ni bajo tortura suelto yo una cosa así.
—El día ya se presentaba interesante, pero acaba de pasar a ser imposible de describir.
Solté un lamento y apoyé la cabeza en el respaldo del sofá.
—Tía, debí de hacer algo muy malo en una vida pasada. Creo que Lucifer, a mi lado, era un santo porque, si no, no entiendo todas las desgracias que me están haciendo pagar en esta.
—Bueno, tampoco te pongas dramática. Lo mismo no te reconoce.
Solté una risa amarga.
—Pues no sé cómo podría ser posible, a no ser que haya perdido la memoria.
—Ibas con peluca, ¿no?
—Sí, claro. Con la de color caoba. Pero mis ojos, mi voz y mi cara siguen siendo los mismos. Tú me viste la última noche también con la peluca morena y estaba diferente, pero me reconociste igualmente, ¿no?
—Sí, pero…
—Pero nada, Anna. Yo me largo de aquí —dije mientras me levantaba de un salto.
—¿Dónde coño vas?
—No lo sé. Lejos. Muy lejos de aquí. No puedo dejar que me vea ni quiero que se sepa lo que hice.
—Oskar es un buen tío. No dirá nada aunque te reconozca.
—Eso no lo sabemos.
—Astrid, te aseguro que Oskar es un buen tío. Lo conozco desde hace años. Él y Storm son mejores amigos desde que se conocieron y, además de verlo por aquí, muchas veces salgo con ellos.
La miré alucinada.
—Madre mía… Lo que faltaba —susurré.
—¿Qué pasa ahora?
Suspiré.
Sí, otra vez.
Dudé un instante si contárselo porque aquello era muy fuerte, pero, a esas alturas, ya daba casi lo mismo.
—¿Astrid?
—Es que…
—Habla. Después de esto, ya nada puede sorprenderme.
—No estoy yo tan segura.
—Prueba.
Cerré los ojos y me dije que ya qué más daba. Total, todo era una mierda y Anna acabaría enterándose tarde o temprano de lo que todavía me faltaba por contarle.
—Tu hermano y Oskar se acuestan algunas veces con las mismas mujeres.
—¡¿Qué?!
—Has dicho que no ibas a sorprenderte.
—Coño, pero es que esto es muy fuerte. Entonces, ¿ellos…?
—Sí. Hacen tríos juntos —contesté mientras volvía a suspirar.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Aquella noche Oskar y yo hablamos de algunas cosas y me contó que lo hacía con su mejor amigo. Si ese mejor amigo es tu hermano, pues más claro, agua.
—La madre que me parió.
Se quedó unos segundos en silencio y vi perfectamente cómo su cabeza empezaba a maquinar algo que estaba segura de que no me iba a gustar ni un pelo.
—Ten cuidado con lo que vas a decir porque, lo mismo, de verdad acabas en el cementerio haciéndome compañía.
—Solo es algo que se me ha pasado de repente por la cabeza.
—Las cosas que se te pasan de repente por la cabeza no suelen ser buenas.
—Pues esta sí. Al menos para ti.
—A ver qué brillante idea se te ha ocurrido. Dilo.
—Quizá…
—¿Quizá qué?
—Que tú con ellos…
—¿Qué yo con ellos qué?
—Pues que podrías hacer eso y pasarlo bien.
Alcé una ceja y la miré confundida porque no estaba entendiendo absolutamente nada.
—Hacer un trío, hija. Eso es lo que quiero decir.
Me llevé las manos a la cabeza. Mejor a la mía que a la suya y acabar despeinándola por la barbaridad que acababa de soltar.
La miré y la señalé con un dedo de forma amenazante, aunque lo que realmente me apetecía era matarla por sugerir algo así. Pero era mi mejor amiga, la única que tenía, y no quería perderla, así que me contuve.
—Definitivamente, tú no estás bien de la cabeza. ¿Cómo coño se te ocurre decir, ni siquiera pensar, algo así? Dios mío…
—¿Qué? Tampoco sería algo tan raro. Total, ya te has tirado a los dos.
De mi garganta salió una especie de gemido o gruñido. Ni siquiera sabría decir qué fue exactamente.
—Mira, esta conversación se acaba aquí y ahora. No quiero escuchar una sola idea descabellada más de las tuyas. Y ahora me largo. Ya veré adónde.
—Qué pesadita estás con lo de irte, joder. No va a pasar nada. Venga, vamos a entrar. Cuanto antes te vea, antes sabremos si te reconoce y podremos decidir qué hacer.
—Eso me lo ahorro si me voy. Ya te lo he dicho.
Resopló.
—¿Y dónde coño piensas ir?
En eso tenía razón.
¿Dónde podía irme?
No tenía dinero y, además, le debía una cantidad importante a Anna que pensaba devolverle. Tampoco podía alquilar nada y no conocía a nadie fuera de Copenhague.
Bueno, en Nueva York sí.
Pero allí no volvería ni loca.
—Astrid…
—Joder, soy una desgraciada. No tengo ni dónde caerme muerta y tampoco puedo huir a ningún sitio —dije mientras los ojos se me llenaban de lágrimas.
Anna se levantó de golpe y me abrazó con fuerza.
—Venga, no seas tonta. Y no vuelvas a llamarte desgraciada porque te voy a dar un collejón que hará que se te coloquen las ideas en su sitio. Eres una superviviente. Hiciste lo que tenías que hacer para seguir adelante y nadie tiene derecho a criticarte por ello.
—Anna, gracias. Gracias por todo y por estar siempre ahí. Si no hubiera sido por ti, no sé si habría podido aguantar.
—No tienes que agradecerme nada. Voy a estar siempre que me necesites y también cuando no lo hagas. Eres mi hermana y eso no va a cambiar nunca.
La abracé con más fuerza.
Ella también lo era para mí. Era la única persona que, pese a saberlo todo, nunca se había separado de mi lado ni me había mirado de otra manera al descubrir lo que había tenido que hacer.
No cualquiera entendía que hubieras vendido tu cuerpo para poder seguir adelante.
Ella sí.
Que puso el grito en el cielo cuando se lo confesé, pues claro. Pero no por asco ni por rechazo, sino por miedo a que pudiera pasarme algo.
—Tú también lo eres para mí.
Se separó, limpió con cuidado los restos de mis lágrimas y después hizo lo mismo con las suyas.
Entonces me miró y me tendió la mano.
No necesitó decir nada para pedirme que siguiéramos adelante.
Cogí aire, entrelacé los dedos con los suyos y le apreté la mano con fuerza.
Si aquello era otra prueba que el destino había decidido ponerme en el camino, tendría que enfrentarme a ella como había hecho con todas las anteriores.
No me quedaba otra que seguir.