Solo sobreviví Capítulo 19
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Capítulo 19

Antes de entrar y sabiendo perfectamente lo que me esperaba, porque lo sabía, me detuve un segundo en la calle e hice varias respiraciones profundas para armarme de valor, llenarme de paciencia y preparar la mente para el primer asalto del día —porque estaba segura de que lo habría— y, seguramente, de la semana.

—¿Qué haces?

—Meditación.

Anna volvió a reír.

—Estás como una chota.

—Todavía no, pero no descarto estarlo al final de la semana si la policía, la funeraria o los sanitarios no han tenido que intervenir antes.

Resopló y me agarró del brazo para tirar de mí.

Cruzamos las puertas, pero me solté para detenerme en medio del vestíbulo y mirar alrededor. Todo seguía prácticamente igual a como lo recordaba de las veces que había ido con Anna a buscar a su padre años atrás.

Solo había cambiado el color de las paredes, que antes eran crema y ahora estaban pintadas de azul cielo, y habían añadido algunos cuadros nuevos.

La recepción continuaba en el mismo sitio y, a un lado, había una mesa de cristal acompañada por dos sofás de cuero blanco que también eran nuevos, aunque mantenían el mismo estilo de los anteriores.

Al otro lado seguía la puerta que daba a la cafetería de la empresa, donde no solo servían cafés y desayunos, sino también comidas. Allí comían tanto Anna y Storm como muchos de los empleados.

En la planta baja había otras dos puertas. Una daba a una especie de auditorio en el que hacían presentaciones para nuevos clientes o mostraban proyectos a los que ya trabajaban con ellos. La otra conducía a una enorme sala de exposiciones llena de maquetas de paneles solares y parques eólicos.

El edificio tenía ocho plantas y, según me había contado Anna, la distribución de los departamentos apenas había cambiado, así que todavía recordaba bastante bien dónde estaba cada cosa.

Había recorrido aquel lugar muchas veces junto a ella y, en alguna ocasión, también con Storm.

Recursos Humanos, Finanzas —donde trabajaba Anna—, Jurídico, Ingeniería y Desarrollo, Operaciones Internacionales, Innovación y, por supuesto, Dirección, en la sexta planta, que era precisamente donde me tocaría pasar mis días junto a mi pesadilla particular.

Por último, estaba uno de los lugares que más nos había gustado siempre a Anna y a mí.

La azotea.

Era enorme y, al menos en el pasado, tenía una decoración preciosa, con paneles solares, un jardín espectacular y unas de las mejores vistas de la ciudad. Thomas solía organizar allí eventos con clientes después de cerrar algún acuerdo importante y suponía que ahora Storm haría lo mismo.

—¿Quieres un café antes de subir?

—Un caldero de tila acompañado de algún calmante me vendría mejor.

Anna puso los ojos en blanco y tiró de mi mano para llevarme hacia la cafetería.

Dentro ya se notaba que la jornada estaba a punto de empezar. Muchos trabajadores, todos vestidos de manera informal pero correcta, bebían café o desayunaban mientras charlaban. Unos hablaban de trabajo, otros de cómo habían pasado el fin de semana y algunos de sus cosas personales.

El ambiente parecía bueno.

Incluso podía llegar a sentirme a gusto allí si no fuera por el pequeño detalle de tener que compartir espacio con mi pesadilla particular, pensé mientras daba el último sorbo al café que Anna me había pedido, ignorando por completo mi petición de una tila.

—Vamos. No quiero que la primera bronca sea por llegar tarde —dije poniéndome en pie.

—Vamos. Tengo ganas de ver el primer asalto.

—Joder, estás disfrutando con esto.

—No sabes cuánto. Hasta he pensado que podrías acabar siendo mi cuñada.

Me detuve tan en seco que por un momento me pareció que se me habían clavado los pies al suelo.

—Dime que lo que acabas de decir es una puta broma o producto de alguna sustancia que te han echado en el café.

—No es una broma. Yo creo que os queríais y que tu marcha hizo que ocurrieran cosas muy malas entre vosotros. Puede que ahora sí sea vuestro momento.

—¿Cosas malas? No me jodas, Anna. Se tiró a otra sabiendo que yo iría a verlo. Lo hizo para hacerme daño y, después, remató la faena con lo que me dijo.

—Lo hizo porque se le fue la cabeza al pensar que te perdía.

Resoplé.

—¿Lo estás defendiendo?

—¡No! Claro que no. Lo que hizo estuvo fatal, pero todos merecemos que nos perdonen alguna vez cuando la cagamos y que nos den una segunda oportunidad.

—Anna…

—Astrid… He visto cómo lo miras. Puede que ya no lo quieras como antes, pero hay algo dentro de ti que sigue ahí. No lo has olvidado.

—Te juro que, como sigas insistiendo con este tema, no solo me largo ahora mismo de la empresa, sino también del país.

—Valeee… No diré nada más. Pero piénsalo, ¿sí?

—No tengo nada que pensar.

—Ya veremos —murmuró.

Entramos en el ascensor y, como no éramos las únicas, la conversación terminó, a Dios gracias. Aunque sabía perfectamente que Anna volvería a sacar el tema en cualquier momento.

Salimos en la sexta planta y suspiré antes de seguirla hasta el despacho de su hermano.

Iba a tener que comprarme un saco para guardar todos los suspiros que se me escaparían a partir de aquel día y otro para las maldiciones que pasarían constantemente por mi cabeza.

Eso iba pensando mientras Anna caminaba a mi lado con una sonrisa que empezaba a despertarme serias ganas de estrangularla.

Llegamos al despacho que hasta tres días atrás había pertenecido a Thomas, ya que el mismo día de mi llegada a Copenhague había sido oficialmente el último de su vida laboral.

Aunque, conociéndolo, estaba segura de que aparecería por allí más de una vez para echar una mano a Storm o comprobar que sus vástagos cuidaban de la empresa como él había hecho durante tantos años.

Cuando llegamos, volví a suspirar.

La puerta estaba abierta y del interior salían dos voces masculinas. Una era la de Storm, de eso no había ninguna duda. La otra me resultaba ligeramente familiar, pero no conseguía ubicarla.

Anna y yo nos detuvimos justo en el umbral.

Ellos no nos vieron.

Y menos mal.

Agarré con fuerza el brazo de Anna y tiré de ella hacia atrás.

—¿Qué…?

No pudo terminar la pregunta. En cuanto vio mi cara, frunció el ceño y sus ojos se llenaron de preocupación.

Y no era para menos.

Debía de estar blanca como una pared. La respiración empezó a acelerárseme tanto que apenas conseguía coger aire y el corazón me latía con tal fuerza que pensé que acabaría saliéndoseme por la boca.

—Astrid, ¿qué te pasa? Joder, me estás asustando.

—No… No puedo…

—Ven, siéntate.

Me agarró por la cintura y prácticamente me arrastró hasta un sofá que había algo alejado de la puerta.

—Tía, respira —dijo mientras me cogía de las manos.

—No… No…

Sacó el móvil a toda prisa del bolso e intentó desbloquearlo sin conseguirlo de lo nerviosa que se había puesto al verme así.

Hice un esfuerzo por coger aire y, aunque seguía sin respirar del todo bien, al menos conseguí calmarme un poco.

—¿Qué haces? —pregunté con la voz entrecortada.

—Ni lo sé —balbuceó—. ¿Llamar a alguien?

—¿A quién?

—Yo qué sé. A una ambulancia o a un exorcista. Viéndote así, todavía no lo tengo claro.

Quise reírme por la tontería, pero no pude.

—Llama a la funeraria —le pedí negando con la cabeza.

—¡¿Qué?!

—Que llames a la funeraria. Creo que me va a dar un infarto.

Me repasó de arriba abajo, intentando averiguar si estaba de broma, si aquello era sarcasmo o si realmente me iba a desplomar allí mismo.

Cosa que, sinceramente, tampoco descartaba.

—Tú eres gilipollas. Deja de decir esas cosas. Astrid, me estás asustando. ¿Qué coño te pasa?

—Tú, por si acaso, no guardes el móvil y recuerda que las rosas blancas son mis flores favoritas.

Me miró frunciendo tanto el ceño que parecía que le había aparecido una sola ceja. En cualquier otra situación me habría echado a reír al verla, pero en aquel momento no podía.

Estaba en shock .

—¿Qué dices de flores ahora? Joder, Astrid, de verdad que me estoy preocupando. Creo que va a ser mejor llamar al exorcista porque parece que estás poseída. O que te has vuelto loca directamente, que también puede ser.

—Que me gustan las rosas blancas, te digo.

—¿Y para qué coño quieres rosas?

—¿Yo? Para nada. Si no voy a verlas.

—¿Entonces? Te juro que voy a acabar igual o más loca que tú.

—Las flores son para mi tumba. Allí quiero que me las lleves porque te digo que voy a palmarla de un infarto antes de que acabe el día.

—Al final te doy una hostia para que salgas del trance en el que estás.

—Pues dame, pero fuerte, a ver si con el golpe pierdo la memoria.

—Ay, Dios… Que de verdad se está volviendo loca, le está dando un ictus o yo qué sé qué coño le pasa. Señor, ayúdala —murmuró mientras se ponía en pie y levantaba las manos al cielo.

—No, que no me ayude. Mejor que me lleve con él.

—De una patada te voy a mandar yo como no me digas de una vez qué te pasa. ¿Tomas alguna medicación y no me lo has contado?

De verdad que, si no estuviera tan impactada, me habría echado a reír a carcajadas con la conversación tan surrealista que estábamos teniendo.

—Hasta ahora no tomaba nada, pero no descarto tener que hacerlo en un futuro cercano si no me muero antes.

—Otra vez con lo de morirte. ¿Pero qué te ha dado con eso, hija?

—Es que de verdad que quiero morirme, Anna. Creo que, dadas las circunstancias, es la mejor opción.

—¿Pero qué circunstancias?

—Estas. Las mías. Las que tengo ahora mismo. Si tú estuvieras en mi lugar, querrías exactamente lo mismo.

—No descarto que tengan que enterrarnos juntas porque, con los nervios que me estás haciendo pasar, al final el ataque me va a dar a mí.

—¿Tú también quieres rosas?

—¡Otra vez con las putas rosas! ¿Quieres dejar de decir bobadas y contarme de una puñetera vez qué te pasa? Estabas bien, dentro de lo que cabe, hasta que hemos subido.

—Bueno, muy bien tampoco estaba. Yo quería una tila.

—Mira, pues ahora el caldero de tila lo necesito yo.

—¿Bajamos y pedimos dos?

Cualquier excusa me parecía buena para largarme cagando leches de allí. Eso sí, cuanto más lejos, mejor. Al Polo Norte, por ejemplo. O a Júpiter. Sí, en Júpiter estaría estupendamente.

Anna me miraba como si de verdad hubiera perdido la cabeza y, sinceramente, no podía culparla.

—No te vas a mover de ahí hasta que me expliques a qué viene este brote psicótico, paranoia o gilipollez que te ha dado. ¿Es por Storm?

No era directamente por su hermano, aunque, con lo que se avecinaba, porque estaba segura de que se avecinaba una buena, él acabaría metido en el ajo.

—Astrid, contesta, hermosa, que me tienes en ascuas. ¿Qué pasa? Oye, que si es por lo que te he dicho de ser mi cuñada, olvídalo. Prefiero que no lo seas y que sigas viva.

—Vaya, gracias por quererme.

—Después del susto que me has dado, te quiero un poco menos. Hablo de una puta vez.

Cerré los ojos y conté.

Claro que conté.

Como para no hacerlo.

Dudé un segundo si decírselo, pero aquello era demasiado fuerte para callármelo.

—Estoy esperando —insistió, cruzándose de brazos delante de mí, ya menos preocupada y bastante más cabreada.

—Es por él.

—¿Qué él?

—El hombre.

—¿Qué hombre?

Resoplé.

—¿Pues cuál va a ser? El que está dentro con Storm.

—Y yo qué sé de quién hablas, hija. Parece que estás mandando un telegrama. ¿Oskar? ¿Qué pasa con él?

Volví a cerrar los ojos al oírla pronunciar su nombre.

Durante aquellos minutos había conservado la absurda esperanza de que no fuera él. De que tuviera un doble, un gemelo o de que el hombre que estaba dentro hubiera conocido alguna vez al otro y decidido operarse para tener exactamente su misma cara.

Pero no había ninguna explicación absurda que pudiera salvarme.

Era Oskar.

Cogí aire y reuní las fuerzas necesarias para decirlo en voz alta. No quería hacerlo porque una parte de mí pensaba que, mientras no lo pronunciara, quizá no fuera real.

Pero lo hice.

No podía seguir callándomelo.

—Es él.

—Ya sé que es él. ¿Y qué pasa?

—Joder, Anna. Que el tío que está dentro con tu hermano es el hombre de la despedida de soltero de Nueva York. Con el que pasé aquella noche.

Anna tardó apenas dos segundos en comprender mis palabras y todo lo que implicaban. Tuvo que sentarse a mi lado.

—No… —susurró.

—Sí. Por desgracia, es él —contesté conteniendo un sollozo.