Capítulo 18
—No me puedo creer que al final me hayas convencido para hacer esto —dije resoplando.
—Te he repetido varias veces durante todo el fin de semana que es lo mejor. Es un buen trabajo, cómodo, está cerca de casa, el sueldo es fantástico y te vas a mover como pez en el agua.
Lo cierto era que sus argumentos eran buenos. Muy buenos, en realidad. Si el puesto hubiera sido en cualquier otro sitio, ni siquiera me lo habría pensado dos veces.
Pero no lo era.
Mi jefe sería Storm y eso era precisamente lo que me tenía desquiciada.
Nunca me había parado a pensar cómo sería reencontrarnos e interactuar de nuevo porque siempre di por hecho que nuestros caminos no volverían a cruzarse.
Sin embargo, después de su recibimiento en el aeropuerto, de la conversación frente a casa de sus padres y de la posterior discusión en la cocina, estaba segura al cien por cien de que íbamos a vivir en guerra permanente.
Él me picaría, yo no me quedaría callada y saltaría como una loba, y ya tendríamos el lío montado a todas horas. Y, sinceramente, después de todo lo que había vivido, lo único que quería y necesitaba era paz y tranquilidad, no tener que lidiar con él durante ocho horas al día.
Pero la muy desgraciada de Anna, porque no podía llamarla de otra manera, no había dejado de insistir desde que propuso la brillante idea de convertirme en secretaria y asistente de su hermano.
Habíamos llegado el viernes y ya sabéis todo lo que ocurrió aquel día. Pues, desde que nos levantamos el sábado hasta el domingo por la noche, había estado erre que erre con el mismo tema.
«Por favor, acepta».
«Vamos, será genial».
Genial los cojones.
Trabajar con su hermanito iba a convertirse en una lucha diaria y, si conseguía aguantar más de una semana, acabaría con veinte canas nuevas cada día en mi pelo rubio.
Se lo dije, lo de las canas, quiero decir, y la muy… ni sabía ya cómo llamarla se echó a reír y me contestó que, como tenía el pelo tan claro, ni siquiera se me notarían.
Pero no había sido la única en darme la brasa. Molly y Thomas también insistieron muchísimo y el puesto se convirtió en el tema principal de conversación durante la cena del sábado. Salí de allí con la cabeza como un bombo.
El domingo, mientras paseábamos, comíamos y yo me reencontraba con mi ciudad del brazo de Anna, la cosa siguió igual. Había perdido la cuenta de las veces que me dijo que lo intentara, que no podía saber si saldría bien sin darle una oportunidad.
Pero es que yo no necesitaba intentarlo para saber que aquello iba a ser un desastre.
Storm y yo arrastrábamos un pasado que yo creía muerto y enterrado.
Pues no.
Debía de haberse escapado de la tumba.
Porque, después de todo lo que habíamos hablado y de lo que yo misma había sentido al volver a verlo, algo que por mucho que quisiera no podía negar, tenía bastante claro que aquello seguía ahí. Muy presente.
Y ya veía venir desde lejos que ese pasado, al que ninguno de los dos parecía haberle puesto un cierre definitivo, acabaría explotándonos en la cara y se liaría la marimorena.
Pero debía de ser mucho más débil de lo que creía, la más tonta del culo del mundo o, sencillamente, me iba la marcha porque allí estaba, a las ocho menos veinte de la mañana, caminando al lado de una Anna de lo más feliz rumbo a las dichosas oficinas de la empresa familiar Nielsen.
—Chica, quita esa cara de acelga. Parece que llevas una semana sin ir al baño.
Me giré para mirarla y aproveché para fulminarla con los ojos.
—Al baño voy perfectamente. Y lo mismo a partir de hoy voy incluso más porque me voy a cagar en ti y en tus maravillosas ideas a todas horas.
Soltó una carcajada tan fuerte que una pareja que caminaba por la acera de enfrente nos miró sin ningún disimulo y con bastante mala cara, seguramente por alterar sus delicados oídos a aquellas horas de la mañana.
—Qué pesada eres. Todo va a ir bien.
—¿Pesada yo? Tiene cojones la cosa. La tía que hasta mientras me duchaba ha estado erre que erre rogándome que aceptara y resulta que la pesada soy yo.
Segunda carcajada.
Y segunda mirada, todavía peor, de la pareja cotilla de la otra acera, que parecía muy molesta pero llevaba la oreja bien puesta por si conseguía enterarse de qué hablábamos.
Qué vida tan aburrida tenía alguna gente para necesitar estar pendiente de la de los demás.
De verdad os lo digo.
—Tú solo vas, haces tu trabajo y ya está.
Esta vez la carcajada fue mía.
Ni me molesté en mirar hacia los cotillas. Seguro que a esas alturas se habían acercado hasta el bordillo para intentar escuchar mejor.
—«Y ya está», dice. Qué bonito suena cuando lo dices tú. En otra vida o en otra dimensión quizá, porque en esta sabes perfectamente que no va a ser así. Antes de que acabe la semana, si es que aguanto tanto, tu hermano y yo nos habremos sacado los ojos.
—O habréis acabado follando encima de la mesa de su despacho.
Me detuve en seco, abrí los ojos todo lo que pude y boqueé como un pez. Primero solo conseguí soltar un jadeo, pero, cuando el aire volvió a llegarme a los pulmones, pude hablar.
O chillar, más bien.
—¡¡Estás loca!! ¡¿Pero qué coño dices de su mesa?!
—Bueno, quien dice la mesa dice la pared, el baño o contra los ventanales…
—¡¡Anna!!
—Venga, Astrid… Entre vosotros hay algo pendiente. Eso lo sé yo, lo sabes tú y también lo sabe él. La tensión sexual que os rodea la puede notar cualquiera.
—Se te está yendo muchísimo la cabeza. Te juro que, como sigas diciendo esas tonterías, te llevo al médico.
—No se me está yendo nada. Solo te digo lo que he visto y percibido cuando he estado a vuestro lado. Y, oye, después de lo que me contaste el viernes sobre eso de que te llamó sosa, lo mismo tirártelo sería una buena venganza.
La miré con una ceja levantada y los ojos muy abiertos.
Vaya…
No conocía yo esa vena maquiavélica de Anna y, para qué engañarnos, lo que acababa de decir no me parecía una idea tan mala. Descabellada, sí, pero mala… no.
De hecho, era una idea cojonuda.
Había dicho que era una sosa y que no sabía satisfacer a un hombre. Pues, si por una casualidad remotísima acabábamos algún día en la cama o, como había dicho Anna, encima de cualquier otra superficie, se iba a llevar una buena sorpresa con todo lo que había aprendido desde entonces.
Porque, claro, él había conocido a una Astrid que apenas sabía lo que él mismo le había enseñado. Ahora era muy diferente.
Había espabilado a hostias, pero lo había hecho y, en lo referente a satisfacer a un hombre, desgraciadamente tenía muchísima más experiencia de la que jamás habría querido tener.
—Oigo desde aquí cómo tu cabeza está disfrutando, imaginando la cara de gilipollas que se le quedaría a mi hermano al descubrir todo lo que sabes ahora.
Solté un resoplido acompañado de una risita.
—Oh… Cállate.
Lo suyo ya no fue una carcajada, sino una detrás de otra mientras recorríamos los últimos metros que nos separaban de la puerta de la empresa.
—Esto va a ser muy divertido.
—Anna, no voy a hacer nada.
—Uy, que no. Estamos a día dieciocho. Antes de que acabe el mes, mi hermano tendrá la mandíbula desencajada cuando descubra tus nuevas artes sexuales.
—Joder, parece que estés deseando que pase.
—No te voy a engañar. Un poco sí.
—Pues te vas a quedar con las ganas porque entre tu hermano y yo no va a pasar nada.
—Sí pasará. Y espero, por tu bien, que esta vez no te lo calles y me lo cuentes. Porque dos omisiones no te las perdono.
Resoplé y di gracias a que habíamos llegado a la puerta de la empresa y aquella conversación tuvo que terminar.
Porque, una vez dentro, sería mejor no hablar de determinados temas. Sobre todo de mis artes en la cama, que a nadie le importaban.