Capítulo 17
Media hora después, con una camiseta de esas largas que llegan hasta las rodillas, el pelo recogido en un moño mal hecho, descalza y más nerviosa de lo que quería reconocer, me reuní con Anna, que ya me esperaba tumbada en uno de los dos sofás del salón.
El apartamento estaba muy cerca de la empresa familiar.
Según me había contado, cuando decidió independizarse tardó meses en encontrar el sitio perfecto, hasta que consiguió uno en aquel edificio de nueva construcción.
La ubicación era ideal porque solo necesitaba quince minutos andando para llegar al trabajo, así que estaba contentísima.
Yo también estaba feliz de estar allí con ella.
Bueno, a medias.
Vivir juntas era cumplir aquel sueño que habíamos tenido siendo dos crías, pero saber que su hermano vivía en alguno de los ocho pisos del edificio, me importaba una mierda en cuál, me ponía de los nervios.
Me había enterado en el avión, de camino a Copenhague, y, si lo hubiera sabido antes, probablemente me habría inventado cualquier excusa para no vivir con ella.
Porque vaya cruz me había caído con su hermanito.
No quería pensar siquiera en la posibilidad de encontrármelo entrando o saliendo del edificio a cualquier hora.
Estaba claro que el karma, Dios o quien coño estuviera ahí arriba me odiaba y quería poner a prueba mi paciencia, mi autocontrol y mi paz mental. Si no, no entendía por qué se empeñaba en putearme de aquella manera, poniéndome al rubio al alcance de la mano.
Pues para que lo estrangules, cosa poco probable, o para que lo beses hasta cansarte, susurró una vocecita dentro de mi cabeza.
¿Besándolo?
Vocecita, échate a dormir, que el cansancio te está haciendo desvariar, le contesté mentalmente.
Me quedé unos segundos observando el salón antes de avanzar. Anna lo había decorado con muchísimo gusto: los muebles eran blancos y grises, mientras que las cortinas y los cojines rosas le daban un toque espectacular. El resto del apartamento seguía la misma línea y no le faltaba detalle.
La cocina tenía una enorme isla central que me había enamorado nada más verla y unos taburetes a juego que parecían comodísimos.
Había dos habitaciones, ambas con baño completo.
La de Anna era enorme y la que iba a ocupar yo, aunque algo más pequeña, casi superaba en tamaño al cuchitril en el que había vivido en Nueva York.
Pero, sin ninguna duda, lo mejor de todo era la terraza.
Era casi tan grande como el propio apartamento y Anna le había dado su toque personal, llenándola de plantas y flores.
En uno de los lados había colocado una mesa y varias tumbonas donde poder tomar el sol, leer o beber tranquilamente una copa.
—No te hagas la remolona y ven a sentarte.
Puse los ojos en blanco y caminé hasta el sofá vacío, situado justo al lado del suyo.
—No me estoy haciendo la remolona. Solo estaba pensando en lo bonito que tienes el apartamento. He echado un vistazo rápido al salir de la habitación.
—Ha quedado genial, ¿verdad? Mi madre me ayudó con la decoración.
—Molly siempre ha tenido muy buen gusto.
—Sí, pero déjate de rollos y vamos a lo importante. Storm y lo que pasó.
Resoplé mientras me dejaba caer en el sofá.
—Ya has descubierto que estuvimos liados. Pues ya está. No hay mucho más que contar.
—Vas lista si crees que voy a conformarme con saber eso. Quiero saberlo todo.
—Todo es querer saber demasiado.
—Todo es lo justo. Y date por contenta de que no me haya enfadado porque no me lo contaras antes.
—Anna…
—Lo entiendo. O eso creo. No queríais que nadie se enterara, ¿verdad?
Asentí.
—Pensamos que era lo mejor. Mi padre y los tuyos no lo habrían entendido. Bueno, eso pensaba Storm. A mí me daba bastante más igual.
Se quedó mirándome unos segundos mientras podía ver perfectamente cómo su cabeza iba a toda velocidad.
—Lo querías. No fue solo un lío —afirmó convencida.
Asentí y cogí aire.
A esas alturas ya no había vuelta atrás, así que decidí ser completamente sincera con ella y contestar a todas sus preguntas.
—Estuve enamorada de él desde… siempre, creo.
Soltó una risita.
—Pues lo disimulaste muy bien, cabrona.
Yo también me reí.
—Sí. Supongo que escondí bastante bien lo que sentía.
—Storm también estaba enamorado de ti.
En eso sí que no podía estar de acuerdo con ella porque, aunque durante mucho tiempo pensé lo mismo, después se encargó de demostrarme que estaba equivocada.
—No. Para él solo fue diversión y, supongo, que también algo de cariño después de tantos años conociéndonos.
—¿Cuánto duró?
Sabía que mi respuesta iba a sorprenderla. Seguramente pensaba que aquello había sido un rollo de unas semanas o, como mucho, unos meses.
Pero nada más lejos de la realidad.
—Dos años —murmuré.
—¡¿Dos años?! ¿Estuviste liada con mi hermano dos putos años? Astrid, eso no es un lío. Eso es una relación.
Me encogí de hombros.
—¿Cuándo empezó? Porque terminar, terminó poco antes de que te fueras, cuando empezasteis a llevaros como el perro y el gato, ¿no?
—Yo todavía no había cumplido los quince —me faltaban apenas dos semanas— y él ya tenía veinte. Por eso decidimos mantenerlo en secreto. Él era adulto y yo no.
—Joder… Estoy flipando. Qué bien lo escondisteis. Nadie se enteró.
Volví a asentir.
—Cuéntame todo —me pidió.
Me acomodé mejor en el sofá y empecé a explicarle cómo habían ocurrido las cosas entre Storm y yo.
Todo comenzó con miradas de reojo y otras bastante menos disimuladas, con comentarios provocadores por su parte y mucho rubor por la mía.
El primer beso llegó un día en su casa, mientras tonteábamos y Anna estaba en la ducha. Después de aquel beso llegaron muchos más, hasta que, tres meses después, cuando yo ya tenía dieciséis años, nos acostamos por primera vez.
Para mí fue la primera vez. Para él, en cambio, no, porque ya había estado con otras chicas; bastantes, a mi modo de ver.
Pero eso quedó atrás cuando, en una de nuestras muchas conversaciones, acordamos ser exclusivos.
—Toda una historia de amor —dijo Anna suspirando.
Debió de ver el dolor reflejado en mis ojos porque se levantó de su sofá y vino a sentarse junto a mí.
—Astrid… ¿Qué pasó? ¿Por qué terminó?
—Yo no quería que terminara. Lo amaba —confesé mientras las lágrimas que llevaba un rato conteniendo empezaban a resbalar por mis mejillas.
—¿Quieres decir que pensabas seguir con él aunque te fueras?
—Sí. Eso era lo que quería. Mi idea era que mantuviéramos la relación a distancia durante un tiempo, hasta comprobar que mi padre se había adaptado bien a Nueva York. Pensaba ir y venir y, cuando pudiera, regresar definitivamente.
—¿Entonces?
—Cuando Storm se enteró de que me marchaba, ni siquiera me dejó explicarle mis planes. Se enfadó, me acusó de ser una egoísta y de no haber pensado en él en ningún momento.
Discutimos, y fue la peor pelea que habíamos tenido en todo el tiempo que estuvimos juntos. Él dijo cosas muy feas y yo también, eso no podía negarlo, pero al final terminó asegurándome que le daba igual que me marchara.
Pensé que hablaba por el enfado del momento.
Me equivoqué.
—¿Qué hizo?
Negué con la cabeza.
—Astrid, ¿qué hizo? —insistió.
—Da igual. Aquello quedó atrás.
—No da igual. Veo perfectamente que todavía te duele. Quiero saberlo.
—Anna…
—Dilo —me exigió.
Encogí las piernas contra el pecho y las rodeé con los brazos, como si necesitara aferrarme a algo para no derrumbarme.
Nunca le había contado a nadie lo que ocurrió y hablar de ello tantos años después estaba haciendo que todo regresara con demasiada claridad.
Sin mirar a Anna, fijé la vista en algún punto del salón mientras las imágenes de aquel día regresaban a mi cabeza con tanta claridad que parecía que apenas habían pasado unas horas.
Había ido a buscar a Storm porque me sentía fatal después de nuestra discusión y estaba decidida a contarle todos los planes que tenía para que nuestra relación no terminara.
Entré en casa de sus padres con la llave que ellos mismos me habían dado tiempo atrás y subí hasta su habitación como había hecho tantas otras veces.
Pero, cuando abrí la puerta, mi corazón se hizo pedazos.
No estaba solo.
Estaba con una chica de su facultad que llevaba mucho tiempo detrás de él y la situación no dejaba lugar a dudas sobre lo que ocurría entre ellos.
Cuando se dieron cuenta de que estaba allí, los dos se rieron al ver mi cara.
Pero lo peor no fue descubrirlo con otra.
Fueron sus palabras.
—Rubita, pasa y siéntate. Lo mismo aprendes algo y dejas de ser una sosa. Está bien que las niñas aprendan de los mayores. Así sabrás lo que tienes que hacer para satisfacer bien a un hombre.
Después de escuchar aquello y verlos reírse de mí, me di la vuelta y salí de allí convencida de que Storm nunca me había querido y de que solo se acostaba conmigo cuando me tenía a mano.
También entendí que aquel acuerdo de exclusividad solo lo había cumplido yo.
Desde ese día hasta que me marché, nuestra relación se convirtió en una guerra constante. Él lanzaba comentarios destinados a hacerme daño y yo, llena de rabia, le respondía con todas las barbaridades que se me ocurrían.
Eso era lo que había provocado aquel cambio entre nosotros que nadie conseguía entender después de vernos llevarnos tan bien durante toda la vida.
—Mi madre es una santa, pero mi hermano se portó como un hijo de puta —dijo Anna cuando terminé, completamente enfadada.
—Anna, no quiero que esto afecte a tu relación con Storm. Precisamente por eso no te lo conté entonces.
—No va a afectarla. Sigue siendo mi hermano y lo quiero, pero eso no significa que tenga que callarme lo que pienso. Se portó como un cerdo.
—Él no me quería. Solo fui una más. Yo fui la estúpida que creyó que aquello significaba algo que no era. Nunca me dijo que me quería, ni una sola vez en dos años. Eso debería haberme dado una pista, pero estaba tan ciega por él que no quise ver la realidad.
Anna se quedó pensativa unos segundos.
—No creo que sea tan sencillo.
—¿Qué quieres decir?
—Creo que sí te quería y que saber que iba a perderte hizo que cometiera la mayor cagada de su vida. Estaba dolido y actuó sin pensar.
Solté una risa amarga.
Durante las dos horas siguientes seguimos hablando del tema. Anna insistiendo en que su hermano sí me había querido y yo negándolo porque, por muy enfadado que hubiera estado, alguien que te quiere no te humilla de aquella manera.
Y no había sido únicamente descubrirlo con otra persona.
Había dolido muchísimo más verlo reírse de mí y escuchar aquellas palabras. Me hizo sentir que nunca había sido suficiente para él y que, mientras yo creía que teníamos algo especial, él buscaba en otras lo que no encontraba conmigo.
Aquella noche, cuando me metí en la cama, me sentía algo más ligera.
Contarle a Anna todo lo que había ocurrido con Storm me había hecho mucho bien.
Aun así, demasiados pensamientos seguían dando vueltas dentro de mi cabeza y no quería volver a analizarlos hasta hacerme daño, como había hecho durante tanto tiempo después de marcharme.
Con esa promesa y el cansancio acumulado, terminé quedándome dormida.