Solo sobreviví Capítulo 16
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Capítulo 16

Nada más entrar en la casa de los Nielsen, fui directamente a la cocina, donde sabía que estarían Anna y sus padres.

Molly ya tenía la mesa puesta y los tres esperaban sentados a que Storm y yo llegáramos.

En cuanto mi amiga me vio entrar, me interrogó con la mirada para saber si estaba bien y si la conversación no se había salido de madre. Asentí sonriendo para tranquilizarla y soltó de golpe el aire que parecía haber estado conteniendo.

Storm entró detrás de mí, muy serio, y se sentó en su sitio sin decir una palabra.

Molly empezó a servir la comida y, cuando vi lo que me puso en el plato, solo me faltó arrodillarme y besarle los pies.

—Dios, Molly, llevo seis años soñando con tus frikadeller —dije relamiéndome.

De Copenhague había echado de menos muchísimas cosas y, encabezando la lista, estaba la comida de Molly.

Todo lo que preparaba estaba bueno, pero sentía especial debilidad por aquellas albóndigas de carne que acompañaba con patatas cocidas, salsa y alguna verdura.

Molly y Thomas se echaron a reír al ver mi cara, y Anna se unió a ellos cuando cogí un buen trozo de pan para pringar la salsa.

—Si no te hubieras ido, no tendrías que haber echado de menos nada.

Las risas se cortaron de golpe ante el comentario de Storm.

Dejé el pan en el plato y me giré en la silla para mirarlo con bastante mala cara.

—Tuve que hacerlo. Mi padre no podía negarse cuando le ofrecieron aquel puesto. Si lo hubiera rechazado después de todo lo que habían hecho por él, seguramente habría acabado teniendo problemas en la empresa.

—Podía haberse ido él solo y tú haberte quedado.

Aquella era una de las cosas que más me había recriminado cuando le conté que me marchaba. Nunca llegó a entender por qué tomé aquella decisión por mucho que intentara explicárselo.

Mi padre era mi única familia. Sí, ellos también lo eran de alguna manera, pero no quería separarme de él.

Estábamos demasiado unidos. Yo lo habría pasado mal sin tenerlo cerca, pero sabía que él lo habría pasado todavía peor viéndose completamente solo en una ciudad tan distinta a la nuestra.

Según Storm, mi marcha había sido lo que lo jodió todo entre nosotros.

Yo nunca lo vi así.

Habría luchado para que lo nuestro continuara, al menos hasta que mi padre se hubiera adaptado a Nueva York. Habría ido y venido a Copenhague todas las veces que hiciera falta porque esos eran mis planes.

Luchar por nosotros.

Porque lo quería.

Podríamos haber intentado mantener la relación a distancia durante un tiempo, pero él no quiso. Y, después de lo que hizo, me quedó bastante claro que yo no era tan importante para él como él lo había sido para mí.

Por eso ni siquiera llegué a contarle todo lo que tenía pensado hacer para que aquello funcionara. Sus actos me demostraron que no me quería y que, aunque se hubiera enfadado al saber que me marchaba, en el fondo le daba completamente igual.

Algo que terminó de confirmar cuando, después de irme, jamás recibí una sola llamada o un mensaje suyo.

No volví a saber nada de él.

Además, mi padre ya había sufrido suficientes pérdidas. Primero sus padres, siendo muy joven, y después mi madre, a la que había querido con locura.

No quería que sintiera que también me perdía a mí.

Sí, podríamos habernos llamado y visto de vez en cuando, pero ya no habría sido lo mismo. Por eso, después de pensarlo muchísimo, decidí marcharme con él y, viendo todo lo que ocurrió después, sabía que había tomado la decisión correcta.

Si yo no hubiera estado en Nueva York, probablemente ni siquiera me habría enterado de su enfermedad. Estaba segura de que habría intentado ocultármela para evitar que sufriera viéndolo apagarse.

Pese a todo lo que tuve que hacer después, nunca me había arrepentido ni me arrepentiría de haber pedido aquel préstamo para intentar salvarlo.

Lo haría una y mil veces más, aun sabiendo que después tendría que vender mi cuerpo y hasta mi alma.

Antes de mi marcha, las cosas entre Storm y yo parecían ir bien.

O eso creía.

Como una idiota, pensaba que yo era la única para él igual que él lo era para mí.

Pero estaba muy equivocada.

Unos días después de contarle que tenía que marcharme, se encargó de dejarme bien claro que yo solo había sido una más con la que se lo pasaba bien.

Me dolió tanto la forma en la que me lo dijo y, sobre todo, la situación en la que lo encontré, que desde aquel día hasta que me marché dos meses después vivimos en una guerra constante de malas palabras y peores miradas.

El comentario de Storm, dicho con bastante mala leche, dejó un silencio incómodo en la mesa hasta que Thomas, experto en salvar situaciones delicadas, decidió cambiar radicalmente de tema.

—Astrid, ¿te quedarás con Anna?

—Sí. Al menos hasta que pueda encontrar algo para mí. Primero necesito conseguir trabajo, eso es prioritario. Mañana mismo empezaré a buscar.

—Astrid, ya te he dicho que puedes trabajar en la empresa.

—Anna, sabes que no tengo formación. Aunque, si hay algún puesto en limpieza o en la cafetería, no estaría mal.

Storm giró la cabeza de golpe para mirarme con una ceja levantada.

—¿Quieres limpiar nuestra mierda o servirnos café?

Me encogí de hombros.

—Es un trabajo tan digno como cualquier otro y experiencia tengo.

—No me jodas…

—¿Y qué quieres que haga? No tengo estudios, así que no puedo optar ni en vuestra empresa ni en ninguna otra a muchos trabajos que no sean de ese tipo.

—Yo había pensado en algo —dijo Anna mirando a su hermano.

—Habla.

—Amelia se jubila dentro de tres semanas, ¿no? Astrid puede sustituirla. Tiene tiempo de enseñarle cómo funciona todo antes de marcharse.

—Anna, es una idea fantástica —dijo su padre, encantado.

—¿Quién es Amelia?

Storm sonrió de medio lado y aquella sonrisa no me gustó.

Nada de nada.

—Mi secretaria. También ejerce como asistente.

Miré a Anna con los ojos como platos.

¿Pero qué narices estaba diciendo?

¿Yo, secretaria de su hermano?

¿Con todo lo que eso implicaba?

Tendría que verlo a diario, tratar con él constantemente y estar pegada a su culo todo el santo día.

Ni de puta coña.

—No.

—Astrid… Es un buen puesto. Además, los dos años de carrera que hiciste te vienen perfectamente. Sabes cómo funcionan muchas cosas y tienes conocimientos de gestión y finanzas.

—No.

—El sueldo es muy bueno. Ganarás bastante más de lo que ganabas en Nueva York con tus dos trabajos.

—No.

—Sí —dijo Storm con firmeza.

—He dicho que no.

—Y yo te digo que sí.

—Ni de coña voy a trabajar contigo. No quiero acabar en prisión.

Storm soltó una carcajada y Anna y sus padres negaron con la cabeza sonriendo.

—Vas a trabajar como mi secretaria.

—No.

—Sí.

—Puedes repetirlo todas las veces que quieras, pero eso no va a pasar.

—Soy cabezota.

—Yo también.

—Pero nosotros somos cuatro y tú una. Todos estamos de acuerdo, rubita, así que ya está hecho.

—No hay nada hecho. Y deja de llamarme rubita, coño.

—El lunes a las ocho.

—¿Estás sordo? Que no voy a ir.

—Ya lo creo que sí. Ah, y no hace falta que te pongas traje. Allí vamos todos con ropa cómoda e informal.

Ya no sabía cómo decírselo. Nada, que el tío seguía a lo suyo y no había manera de hacerle entender que había dicho que no.

Busqué la mirada de Anna pidiéndole ayuda, pero me llevé la sorpresa de mi vida cuando la muy traidora negó con la cabeza, dejándome claro que en aquella ocasión estaba de parte de su hermano.

Una hora después salimos de la casa de los Nielsen tras una comida de lo más entretenida, durante la que los cuatro se habían unido para intentar convencerme de que aceptara el puesto de asistente.

Y yo había pasado la hora entera negándome.

Nos montamos en el coche de Storm después de que Molly me hiciera prometerle que volvería aquella misma semana a cenar. Al igual que había hecho su hija cuando llegó a mi casa, también repitió varias veces que estaba demasiado delgada y que tenía que comer más.

Vaya dos.

Estaban cortadas por el mismo patrón. A pesadas no las ganaba nadie.

Durante el trayecto hasta casa de Anna no dije ni una sola palabra. Seguía enfurruñada por la traición de mi amiga y por la cara de triunfo que llevaba el tonto del culo de Storm, convencido de que acabaría cediendo.

Cuando llegamos, cogimos las maletas y empecé a caminar detrás de Anna hacia la casa, pero Storm agarró una de las asas para detenerme.

—El lunes te espero a las ocho. No llegues tarde, rubita.

Puse los ojos en blanco.

—No voy a ir, Storm.

—Sí vas a ir. Puede que te joda tener que trabajar conmigo, pero no vas a dejar pasar una oportunidad así.

Resoplé.

Qué plasta, de verdad.

—Además, podrás putearme todo lo que quieras. No me digas que no lo has pensado durante la comida porque sé de sobra que sí. Han pasado años, pero sigo leyéndote muy bien.

Pues mira, en eso tenía razón.

Sí que se me había pasado por la cabeza lo mucho que podría joderlo siendo su asistente. Había mil maneras de putearlo y, sinceramente, aquella era la única razón que estaba consiguiendo hacerme dudar de mi decisión.

—Venga, rubita. Lo pasaremos bien.

Aquella frase no estaba dicha por decir.

Escondía mucho más que unas simples palabras y sus ojos se encargaron de dejarme bastante claro a qué se refería.

Y eso sí que no.

Ni en esta vida ni en las cien siguientes él y yo volveríamos a pasarlo bien juntos.

—Eso no va a pasar. Ni siquiera lo pienses —le advertí fulminándolo con la mirada mientras el muy capullo se echaba a reír.

—Sí va a pasar. Lo sé yo, lo sabes tú y lo saben todos los ángeles del cielo.

Ni me molesté en contestarle. Entré en casa de Anna y cerré la puerta de un portazo.

Desde dentro todavía pude escuchar las carcajadas del muy gilipollas.

Maldita la hora en la que había vuelto, pensé mientras recorría el pasillo arrastrando las maletas.

—Astrid, esta será tu habitación. En el baño tienes de todo —dijo Anna desde una de las puertas de la derecha.

—Gracias, traidora.

Se echó a reír.

—No me hace ni pizca de gracia, Anna. No puedo trabajar con tu hermano y lo sabes.

—¿Por qué? ¿Porque estuvisteis liados en el pasado y no salió bien?

Me quedé congelada en mitad del pasillo y la miré con los ojos y la boca completamente abiertos.

—Ni te molestes en negarlo. Nunca había pensado en esa posibilidad, pero me han bastado los primeros cinco minutos viéndoos juntos en el aeropuerto para darme cuenta.

—No…

—He dicho que no lo niegues.

No parecía enfadada.

Más bien divertida.

Y eso consiguió descolocarme todavía más porque siempre había creído que, si algún día descubría lo que había pasado entre su hermano y yo, se enfadaría muchísimo.

—Saltan chispas entre vosotros y la tensión que hay cuando estáis juntos es imposible de ignorar. Sea lo que sea que pasó, no está cerrado.

Ya no podía seguir mintiéndole o, más bien, ocultándole la verdad.

—Sí que lo está. Está completamente cerrado.

Soltó una carcajada.

—No te lo crees ni tú, «rubita» —dijo para cachondearse de mí.

—Anna… —la advertí.

—Vamos a ducharnos y a ponernos cómodas. Después nos tumbamos en el sofá y me vas a contar, con pelos y señales, qué coño pasó entre vosotros. Y no acepto un no por respuesta.

Y, con una sonrisa de lo más satisfecha, me dejó plantada en la habitación antes de marcharse a la suya.