Capítulo 15
Durante los primeros minutos en el coche se impuso un silencio bastante incómodo.
Ninguno de los tres parecía saber qué decir y fue Anna quien finalmente lo rompió.
—¿Cómo la ves? ¿Te parece que la ciudad está muy cambiada?
Desde que me monté en el coche y Storm arrancó, no había dejado de mirar por la ventanilla. Todo me resultaba familiar y, al mismo tiempo, diferente.
Las calles, los locales, los edificios y los parques por los que habíamos pasado eran los mismos o muy parecidos. Viendo todo aquello, tuve la certeza de que la ciudad apenas había cambiado y que era yo quien ya no la veía de la misma manera.
—Ella no. Soy yo.
—¿Eso qué significa? —preguntó Storm mirándome a través del retrovisor.
—Que soy yo la que ya no es la misma. Por eso lo veo todo diferente.
—Yo te veo igual.
Solté una risa seca.
Ojalá fuera cierto, pero de la Astrid que él conoció, de la niña que fui y de la adolescente que se enamoró locamente de él ya no quedaba prácticamente nada.
Anna me miró a través del retrovisor y negó con la cabeza, disgustada, porque sabía perfectamente que aquello no era cierto.
En apariencia seguía siendo la misma y, en la intimidad con ella, todavía quedaba algo de aquella otra Astrid. Pero, en todo lo demás, había cambiado demasiado.
Ya no tenía dentro aquella alegría que siempre me había acompañado. Tampoco era tímida. Me había endurecido y, en muchos momentos, sentía que mi corazón se había convertido en un bloque de hielo.
El móvil de Anna sonó y cortó la conversación, a Dios gracias.
Eran sus padres, que querían saber si estaba bien y si su hermano ya la había recogido. Como era la hora de comer, su madre insistió en que fuéramos a su casa.
Anna me preguntó con la mirada si me parecía bien y asentí.
Durante los quince minutos que quedaban de camino, yo seguí mirando por la ventanilla mientras los dos hermanos hablaban de un proyecto de venta de la empresa.
Cuando Storm detuvo el coche delante de la casa de sus padres, sonreí.
Aquello sí que parecía no haber cambiado.
Solo con ver la casa me sentí bien. Muy bien, de hecho.
Entre aquellas paredes había vivido algunos de los mejores momentos de mi vida junto a todos los miembros de esa familia que, pese a todo, seguía considerando como propia.
Storm y yo habíamos acabado mal, pero tampoco podía ser tan hipócrita como para negar que con él también había vivido momentos maravillosos. Y prefería quedarme con esos recuerdos, aunque estaba bastante segura de que él no hacía lo mismo.
Molly, al oír llegar el coche, salió al porche y, cuando nos vio, se llevó las manos a la boca.
En cuanto me reconoció, echó a correr hacia mí.
—¡Astrid! Dios mío, niña, qué alegría.
Nos abrazamos y no pude aguantar más. Rompí a llorar en sus brazos.
—Molly…
—Ya está, cariño, ya está… Ya estás en casa. Todo irá bien, tranquila.
Cuando me separé de ella, Thomas estaba justo a nuestro lado, emocionado al vernos.
—Thomas…
—Ven aquí, niña. Ya era hora de que volvieras.
Me envolvió entre sus brazos y apoyé la cabeza en su hombro mientras seguía llorando.
Cuando se apartó un poco y empezó a limpiarme con cuidado las lágrimas para no hacerme daño en la cara, vi a Anna llorando agarrada a la cintura de su madre y a Storm observándonos a los cuatro con expresión confusa.
—¿Quién es el hijo de puta que te ha hecho esto?
—Papá, déjalo —le pidió Anna.
Thomas asintió, aunque por su expresión estaba claro que no pensaba dejarlo ahí.
—Dime que no vienes solo de visita y que has vuelto para quedarte —me rogó Molly.
Asentí sonriendo.
—Sí. He vuelto para quedarme. Anna me ha ayudado con mi problema y nunca más volveré a Nueva York.
Las sonrisas de Molly y Thomas se hicieron todavía más amplias.
—Eres una cabezota. Deberías haberte dejado ayudar antes —dijo Thomas riñéndome con cariño.
—Lo sé. Ahora lo sé, pero ya no puedo volver atrás.
—Vamos a comer y nos contáis qué tal el viaje y por qué esta vez sí has permitido que Anna te ayude. Porque algo me dice que esos golpes tienen mucho que ver.
Anna y yo cruzamos una mirada y las dos supimos que, tarde o temprano, tendría que contarles la verdad a sus padres.
Pero no sería aquel día.
No nada más llegar.
—¿Qué problema tenías?
Resoplé.
Joder con el rubio, qué preguntón estaba. Mira que ya le había dicho que no pensaba contarle nada, pero él, como quien oye llover.
Nada.
Que quería enterarse de todo.
—Storm, eso son cosas de Astrid.
—¡Qué cojones! No son solo cosas de Astrid cuando todos sabéis lo que ha pasado menos yo. Parezco tonto escuchándoos hablar sin enterarme de nada.
—Tú lo elegiste así. Ahora no te quejes —dijo su madre, regañándolo.
Volví a cruzar una mirada con Anna y las dos negamos con la cabeza.
Ella porque sabía que su hermano era todavía más cabezota que yo, si eso era posible, y que no dejaría de preguntar hasta conseguir alguna respuesta.
Y yo porque entendí que, si no le contaba al menos lo más básico, acabaría provocándose un conflicto en la familia.
Y eso sí que no podía consentirlo.
—¿Podéis darnos unos minutos?
Los tres asintieron y, sin decir nada más, entraron en la casa, seguramente sabiendo perfectamente lo que iba a hacer.
Cogí aire, tragué saliva y conté hasta diez antes de girarme para mirar a Storm.
—Rubita…
—Te he dicho que no me llames así.
Resopló.
—Mira, no es que te merezcas que te cuente nada de mi vida ni de todo lo que ha pasado, pero voy a hacerlo por ellos. Porque te estás poniendo muy pesadito.
—Joder, es que me siento como un idiota. Soy el único que no sabe nada.
—Tú quisiste que fuera así, Storm. No me jodas ahora.
—No, eso ya lo hice mucho en el pasado. ¿O es que se te ha olvidado?
Lo fulminé con la mirada.
—Eso está muerto y enterrado y no quiero que vuelvas a mencionarlo —le advertí apuntándolo con el dedo.
—¿Por qué? No hicimos nada malo.
—Porque no lo sabe nadie y así tiene que seguir siendo. Así que cierra tu bocaza.
Dio dos pasos y se acercó demasiado.
Mucho más de lo necesario.
—Ciérramela tú, como hacías antes cuando no te gustaba algo de lo que decía.
Negué con la cabeza.
O estaba loco o a punto de estarlo, porque no entendía a qué venían aquellas referencias al pasado.
Como esa.
Era cierto que, cuando yo le decía que cerrara la bocaza, él siempre contestaba lo mismo.
«Ciérramela tú».
Y yo lo hacía.
Besándolo.
Pero aquello se había terminado porque él así lo quiso y no iba a volver a pasar.
No pensaba permitir que volviera a hacerme daño.
—Eso no va a pasar. Ni ahora ni nunca.
Se echó a reír.
—Ya lo veremos, rubita. Ya lo veremos.
Suspiré con cansancio.
—Mira, ¿quieres saber qué pasó o no?
—Sí.
—Pues deja de decir gilipolleces y escúchame para que pueda entrar a comer y descansar de una jodida vez.
—Habla.
—No he vivido como tú crees. Nada fue bien.
Frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
—El primer año lo pasé muy mal. Me costó muchísimo adaptarme, echaba de menos Copenhague y me sentía muy sola. Durante el segundo parecía que las cosas empezaban a mejorar, pero todo se fue a la mierda cuando mi padre enfermó.
—Pero lo trataron.
—Sí, pero el seguro no cubría el tratamiento que podía salvarlo. Pedimos un préstamo enorme para intentarlo.
Tragué saliva.
—No funcionó. Murió.
Al recordar a mi padre, los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Astrid… Yo siento mucho no haber ido…
Lo corté porque no quería escuchar excusas vacías.
—Eso no me vale. Que no quisieras verme, lo acepto. Que no quisieras hablarme, también. Pero que no fueras a darle a mi padre el último adiós fue ruin por tu parte. Él te quería como a un hijo.
Agachó la cabeza.
Y no era para menos, porque sabía perfectamente que todo lo que acababa de decir era verdad.
Suspiró y, sin levantar la mirada, preguntó:
—¿Qué pasó después?
—Te haré un resumen porque es una historia larga y no quiero entrar en detalles.
—Sí…
Volví a cortarlo antes de que pudiera seguir.
—El préstamo que pedimos era enorme. Tuve que dejar la carrera y ponerme a trabajar, hasta en tres sitios a la vez. Y, aun así, el dinero no llegaba. Me mudé a un cuchitril y he pasado todos estos años contando hasta el último dólar. Ni siquiera podía permitirme tomarme un café fuera.
Levantó la cabeza y me miró con los ojos como platos.
—Joder, Astrid…
—Ahora ya sabes lo suficiente. Así que puedes dejar de preguntar.
—Mi madre ha dicho que mi hermana te ha ayudado.
Negué con la cabeza.
—Los tres se ofrecieron muchas veces a darme o prestarme el dinero, pero era mi problema y quería solucionarlo sola. La semana pasada ocurrió algo mientras Anna estaba conmigo y finalmente acepté que me prestara los diez mil dólares que todavía me quedaban por pagar. Dinero que pienso devolverle.
—¿Qué pasó?
—Eso solo lo sabe Anna y así va a seguir siendo.
—¿No puedo saberlo?
—No.
—¿Tiene algo que ver con esos golpes?
Hasta ahí había llegado la conversación.
No podía contarle más.
Ni quería hacerlo.
Sobre todo, no quería que me mirara como lo había hecho en el aeropuerto al verme por primera vez.
—Tengo hambre —dije dándome la vuelta para entrar en casa de sus padres.
—Acabaré enterándome, rubita.
Solté una risa amarga sin volverme.
—Eso no va a pasar, Storm. No insistas y deja las cosas como están.