Capítulo 14
Anna y yo nos quedamos paradas frente a Storm, en silencio, dándole la oportunidad de hablar primero.
Y lo hizo.
Solo necesitó unas pocas palabras para darme la razón en todo lo que acababa de decirle a su hermana y demostrarme que aquello de que había cambiado no era cierto.
Seguía siendo el mismo gilipollas de seis años atrás.
—Vaya, vaya, mira lo que han traído los vientos de Nueva York. Si la rubita ha vuelto. ¿Qué pasa? ¿Te han echado a patadas de allí y le has pedido asilo a mi hermana aprovechándote de su buen corazón?
Anna jadeó a mi lado y yo la miré como diciendo: «¿Qué? ¿Quién tenía razón?».
—Storm, por favor —le pidió.
—¿Qué? No he dicho nada malo. Es evidente que le han dado de hostias y seguro que ha sido por hablar cuando no debía. Nunca supo tener la bocaza cerrada.
Cerré los ojos y conté hasta tres.
Mientras yo intentaba calmarme, Anna abrió el maletero del coche para guardar su maleta. Las mías seguían en mis manos, sosteniéndome a mí más que yo a ellas.
No quería montar un espectáculo allí ni contestarle a lo que acababa de decir porque, sin saberlo, había conseguido hacerme muchísimo daño.
Nadie merecía que le pegaran. Mucho menos en las circunstancias en las que me lo habían hecho a mí.
—Storm, cállate.
Anna estaba enfadada. Lo supe por su tono de voz.
Y yo no quería que entre ellos se creara un conflicto por mi culpa. Siempre había pensado así. Se adoraban y ese había sido uno de los principales motivos por los que nunca le conté a Anna lo que ocurrió entre su hermano y yo.
Suspiré y, agarrando las maletas con fuerza, empecé a caminar hacia la parada de taxis que había a pocos metros.
No podía seguir teniéndolo delante y mucho menos si continuaba diciendo aquellas cosas, porque solo podían pasar tres cosas: que mi paciencia se agotara y le diera un puñetazo, que me derrumbara y acabara llorando allí mismo al comprobar que ni siquiera era capaz de tener un mínimo de consideración al ver mi cara destrozada o que Anna terminara discutiendo con él.
Ninguna de las opciones era buena, así que lo mejor era alejarme antes de que ocurriera alguna.
—Astrid, ¿qué haces?
—Nos vemos en tu casa.
Ni siquiera me giré para contestarle a Anna. Seguí caminando.
Solo llegué a dar cuatro pasos antes de que alguien me agarrara de la muñeca.
Me encogí de dolor y me solté de un tirón, llevándome inmediatamente la otra mano hasta allí por puro instinto.
Había pasado una semana, pero todavía tenía las muñecas en carne viva. Haber estado más de una hora atada al cabecero de aquella cama con las corbatas y tirar con todas mis fuerzas intentando liberarme me había destrozado la piel hasta hacerme sangrar.
Storm, que era quien me había agarrado y ahora estaba a mi lado, vio mi gesto. Sin pensarlo, alargó la mano, me cogió del brazo y me subió rápidamente la manga de la camiseta.
—¿Qué coño te ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto?
Tenía el ceño completamente fruncido y su voz sonaba enfadada y frustrada.
Lo llevas claro si piensas que voy a contarte algo.
Me solté de su agarre por segunda vez, volví a coger la maleta y, sin mirarlo siquiera, reanudé el camino hacia la parada de taxis.
Resoplé cuando volvió a ponerse delante para cortarme el paso.
Levanté la cabeza y nuestras miradas chocaron.
—¿No piensas contestarme? ¿No vas ni siquiera a hablarme?
Qué pesadito se estaba poniendo.
—No tengo nada de lo que hablar contigo.
—¿Qué te ha pasado? —insistió.
Aquella segunda vez incluso percibí algo parecido a preocupación en su voz y eso me sorprendió.
—Nada.
—Tu cuerpo no dice lo mismo. ¿Qué más tienes aparte de lo de la cara y las muñecas?
Me eché a reír sin ninguna gracia.
—¿Y a ti qué más te da?
—Si me diera igual, no te lo preguntaría. Joder, ¿qué coño te han hecho?
—Nada.
Resopló, enfadado.
—Cuéntamelo.
—No pienso contarte una mierda. No quiero hablar contigo, así que, por favor, déjame pasar. Estoy agotada y necesito llegar a casa de tu hermana, darme una ducha y tumbarme un rato.
—¿No quieres hablar conmigo? ¿Y eso por qué?
—Porque no te interesa nada de mi vida ni de lo que pase en ella. Así que sigue como hasta ahora. Es lo mejor.
—¿Qué se supone que significa eso? ¿Cómo tengo que seguir?
—Ignorándome. Tratándome como si hubiera muerto. Haciendo como si no existiera y nunca hubiera existido. Así es como tienes que seguir.
—¿Eso crees que he hecho todos estos años? ¿Borrarte de mi memoria?
Solté una risa amarga.
—No lo creo. Lo sé.
—No tienes ni puta idea de nada. No sabes nada. Tú te fuiste, ¿recuerdas? Te marchaste para vivir mejor y eso es lo que has hecho durante estos seis años. Vivir una vida ideal en Nueva York, ¿no?
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
¿Una vida ideal?
¿Eso era lo que pensaba que había estado viviendo?
No podía estar más equivocado.
—El que no sabe nada eres tú.
—¿Y qué cojones quieres que piense? Te largaste y ni siquiera te planteaste volver cuando murió tu padre. Así que supongo que allí tienes una vida estupenda.
—No volvió porque no pudo.
Las palabras de Anna, que había llegado hasta nosotros sin que ninguno de los dos la oyera acercarse, hicieron que cerrara los puños con fuerza.
Storm clavó la mirada en ella.
—¿No pudo? ¿Por qué?
—Anna, no —la advertí para que se callara.
—¿Nos vamos? Estoy cansada y Astrid también.
—No.
—¿No?
—No hasta que me contestes. ¿Por qué no pudo volver? ¿Y qué coño le ha pasado para tener el cuerpo en esas condiciones?
Anna resopló mientras yo le rogaba con la mirada que, por favor, no le contara nada.
—Eso no me corresponde decirlo a mí. Si Astrid quiere, algún día te lo contará. Aunque tampoco entiendo a qué viene ahora tanta insistencia en saberlo cuando en seis años no has preguntado ni una sola vez cómo estaba o qué hacía.
—¿Qué cojones iba a estar haciendo? Estudiando y viviendo la buena vida para la que se marchó —contestó, cada vez más enfadado.
Anna negó con la cabeza.
—No puedes estar más equivocado, Storm.
—¿Qué? ¿Cómo qué no?
Ya no podía seguir viéndolos discutir por mí, así que cogí aire y corté la conversación.
—¡Se acabó!
Los dos se giraron hacia mí y, al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas, se quedaron en silencio.
—Anna, por favor… Vámonos. Cada segundo que pasa me estoy arrepintiendo más de haber venido —le rogué.
—Sabes que no tenías otra opción.
—Sí que la tenía y lo sabes. Podía haber seguido…
—No —me cortó mirándome muy seria.
Storm frunció el ceño, pero antes de que pudiera preguntar nada más, Anna volvió a hablar.
—Vámonos. Pero esto no se acaba aquí.
Ya lo creo que sí, pensé.
Storm, sin añadir una sola palabra, agarró una de mis maletas y caminó hacia su coche.
Anna me rogó con la mirada que fuéramos con él y que no me marchara sola en un taxi. Suspiré y acabé cediendo.
Ella se montó en el coche mientras yo iba hacia la parte trasera, donde Storm esperaba con el maletero abierto para guardar la maleta que todavía llevaba conmigo.
Se acercó y me la quitó de la mano, pero, antes de meterla, se aproximó más de lo necesario y habló lo bastante bajo para que su hermana no pudiera oírlo.
—Rubita, tú y yo tenemos una conversación pendiente.
—No tenemos nada pendiente. Y no vuelvas a llamarme «rubita».
Así era como me llamaba en el pasado y solo escuchar aquella palabra en su boca dolía.
Era nuestra forma de llamarnos.
Él a mí, rubita.
Yo a él, rubio.
—Siempre serás mi rubita.
—Nunca fui nada para ti. De eso ya te encargaste tú antes de que me marchara. Así que, como te he dicho antes, sigue tu vida y haz como que no existo.
Sin darle la oportunidad de responder, me di la vuelta y me subí en la parte trasera del coche.