Capítulo 13
Arrastrando las maletas, caminamos en silencio por el largo pasillo del aeropuerto.
Miré mis manos y negué con la cabeza. Era raro y deprimente pensar que, después de tanto tiempo lejos de mi tierra, todo lo que me llevaba de aquella vida cabía en solo dos maletas.
Cuando me marché, más de seis años atrás, llevaba el triple de equipaje. Ahora volvía siendo más mujer, más dura, con apenas unas pocas pertenencias y el peso de la pérdida de mi padre a cuestas.
Regresar me provocaba sentimientos encontrados: felicidad por volver al lugar del que nunca había querido marcharme y tristeza al recordar que la última vez que recorrí aquel aeropuerto lo hice junto a mi padre y que eso jamás volvería a repetirse.
—¿Estás bien?
Giré la cabeza para mirar a Anna, que caminaba a mi lado observándome con preocupación.
—Sí. Es solo que resulta raro estar aquí sabiendo que esta vez no es una visita, sino que vuelvo para quedarme.
Asintió.
—El cambio será grande, pero en nada volverás a estar bien.
Estar bien era mucho decir…
Estaría a gusto y feliz por tenerla cerca, eso no lo dudaba, pero arrastraba conmigo demasiadas cosas de aquellos años fuera. Y pesaban mucho.
Eso sin contar con que tendría que volver a ver a su hermano.
Me había marchado de Copenhague arrastrando dolor y una pérdida, y regresaba cargando con algo parecido. Resultaba curioso que ambas heridas tuvieran que ver con los dos hombres que más había querido en mi vida.
Las pérdidas habían sido muy diferentes, eso estaba claro, pero pérdidas al fin y al cabo.
—¿Les has dicho a tus padres que vengo?
Soltó una risita.
—No se lo he dicho a nadie. Prefería que fuera una sorpresa. Ellos también te han echado mucho de menos. Sabes que siempre te han considerado una hija más.
Sonreí.
Era totalmente cierto. Desde que Anna y yo nos hicimos amigas siendo apenas unas niñas y pasábamos más tiempo juntas que separadas, sus padres siempre me habían tratado como a una más de la familia.
Y a mi padre le pasaba exactamente lo mismo con Anna y Storm. Los quería muchísimo.
—Tengo muchas ganas de verlos y darles un abrazo.
A Anna la había visto el verano anterior, cuando fue a Nueva York, pero a sus padres, por diferentes circunstancias, no los veía desde el entierro de mi padre. No solo habían viajado para asistir, sino que se quedaron conmigo durante una semana entera.
En esos días insistieron muchísimo en que regresara a Copenhague con ellos, igual que hizo Anna, pero, cuando vi la deuda que todavía tenía pendiente y para evitar darles la oportunidad de ofrecerse a pagarla, me callé y les dije que, de momento, me quedaría un poco más.
Un poco más…
Sí. Desde el principio sabía que aquel «poco» acabaría convirtiéndose en mucho tiempo.
Dos largos y durísimos años más.
Molly y Thomas terminaron enterándose de mi situación el verano anterior, cuando Anna vino a verme. No de lo que hacía para solucionarla, claro. Eso solo lo sabía ella.
Tuve que contárselo por insistencia de mi amiga porque sus padres no dejaban de preguntar qué tal me iba en la universidad y aquella mentira ya había durado demasiado.
Así que un día los llamé y les conté cómo estaban las cosas.
Molly lloró.
Thomas se enfadó.
Y ambos, tal y como había supuesto, se ofrecieron a ayudarme.
Me negué, igual que había hecho todas las veces que Anna me tendió la mano.
Les prometí que estaba bien, que con los trabajos que tenía conseguía pagarlo todo a tiempo y que la situación no duraría demasiado. También les aseguré que, cuando terminara, retomaría mi vida y acabaría la carrera.
Terminé con una mentira para contar otra, porque sabía de sobra que nunca podría volver a estudiar. No tendría dinero para costearme otra vez la universidad.
—Pues lo mismo no tienes que esperar mucho para verlos porque anoche les mandé un mensaje diciéndoles a qué hora llegaba. Seguramente estén fuera esperándonos.
Sonreí.
—Pues vamos. Tengo ganas de pisar suelo danés y verlos.
Anna soltó una risita y seguimos caminando.
Nada más salir del aeropuerto, me detuve delante de las puertas, cerré los ojos y cogí una gran bocanada de aire.
—¿Qué haces?
—Respirar aire de casa.
—¿Aire de casa?
—Sí. Aire que me da la bienvenida.
Anna se echó a reír.
—Estás fatal. Solo a ti se te ocurren estas cosas y luego te preguntas por qué te llamo loca.
Me encogí de hombros y acabé riéndome con ella.
—Ninguna de las dos hemos estado nunca muy cuerdas. Por eso hacemos tan buen equipo. La locura es una de las cosas que más unen.
Continuamos andando unos metros, todavía riéndonos de nuestras tonterías, hasta que levanté la cabeza.
Y entonces lo vi.
La risa se me cortó de golpe.
Apoyado en un coche que seguramente valía más de lo que yo había ganado prostituyéndome durante dos años estaba Storm.
Verlo fue como recibir un golpe directo en el estómago y, por qué no decirlo, también en el corazón.
Y dolió, dolió más que cualquiera de los golpes que había recibido en esa habitación de hotel ya una semana atrás.
Más de lo que estaba preparada para admitir.
Allí estaba, con esa forma chulesca y despreocupada de apoyarse contra el coche y los brazos cruzados sobre el pecho. Storm. Mi pesadilla del pasado. El hombre al que había pensado que nunca volvería a ver.
También había creído que, si por algún motivo nuestros caminos volvían a cruzarse, no sentiría nada al tenerlo delante.
Otro error.
Porque el destino había querido que nos encontráramos de nuevo y bastaron apenas dos segundos para demostrarme que tampoco había superado todo lo ocurrido tanto como yo quería creer.
Se me removió todo por dentro. El corazón empezó a latirme con fuerza y la respiración se me entrecortó.
No era amor.
Al menos, eso quise pensar.
Pero algo había.
Demasiado, quizá.
Él todavía no nos había visto y Anna tampoco parecía haberse percatado de su presencia porque seguía riéndose a mi lado, así que aproveché aquellos segundos para observarlo.
No había cambiado demasiado en los seis años que llevaba sin verlo.
Bueno, quizá un poco sí.
Parecía más hombre, más hecho, aunque su esencia de chulo no parecía haberla perdido. Eso me lo decía la postura en la que estaba.
Físicamente seguía siendo insultantemente guapo.
Demasiado para mi paz mental.
Era rubio, aunque bastante más oscuro que yo, y seguía teniendo aquellos ojos grises en los que tantas veces me había perdido durante horas en el pasado.
Grises como el acero.
Fríos en muchas ocasiones, intimidantes en otras y llenos de brillo en unas cuantas más.
Yo había tenido la oportunidad de conocer todas sus versiones.
Seguía siendo alto y su cuerpo se veía más definido, con los músculos mucho más marcados. Su rostro conservaba prácticamente los mismos rasgos, aunque la barba de dos o tres días que llevaba le daba un aspecto más adulto.
La mandíbula seguía igual de marcada.
Y sus labios…
Esos labios carnosos que tantas veces había tenido pegados a los míos.
Eso es cosa del pasado y no debes pensar en ello. Olvida todo lo bueno que hubo y recuerda únicamente lo que pasó y el daño que te hizo, Astrid.
Ese fue el consejo que me di a mí misma.
Y tendría que hacerle caso si no quería volver a sufrir.
Mi cupo de sufrimiento estaba más que completo, así que allí mismo, delante del aeropuerto, me prometí que lo haría.
Tenía que hacerlo.
Sí o sí.
—Bonita bienvenida. No sé si darme la vuelta —murmuré mientras apretaba con fuerza el asa de la maleta y todavía más los dientes.
—¿Qué? —preguntó Anna, confusa.
Le hice un gesto con la cabeza para que mirara en dirección a su hermano.
—Mierda… No pensé que sería él quien vendría a buscarme. Yo esperaba a mis padres.
—Pues… ¡sorpresa! Tu queridísimo hermano te ha echado tantísimo de menos que ha venido corriendo. O quizá ha pensado que, después de pasar unos días conmigo, lo mismo regresabas sin alguna extremidad y ha venido a comprobar que vuelves de una pieza.
Soltó una risita.
—Mujer, tampoco tiene tan mal concepto de ti.
Esta vez fui yo la que se echó a reír.
—No. Tienes razón. Lo tiene peor. Y en breve vas a comprobarlo por ti misma.
—Tú nunca has querido hablar de él ni contarme qué pasó. Y él tampoco ha preguntado por ti durante estos años. Cada vez que salía tu nombre, se quedaba callado. ¿Qué coño os pasó?
Ya imaginaba que nunca había preguntado por mí ni había querido saber nada, pero Anna no me lo había dicho hasta ese momento y escucharlo en voz alta escoció más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
—Nada.
—Nada, claro. Y yo soy monjita.
—No creo que Alfred opine lo mismo. Tú de monjita no tienes nada, guapa. Puede que no tengas tanta experiencia como yo por todo lo que me ha tocado vivir y aprender en el tema del sexo, pero recatada tampoco eres.
—En eso tienes razón.
—En eso y en muchas otras cosas, pero lo dejaremos ahí. Ahora mismo no soy capaz de pensar en otra cosa que no sea escupir a tu hermano en cuanto lo tenga delante y me suelte la primera chorrada.
—Que no… Ya verás cómo se comporta.
Solté una carcajada.
—Nunca pensé que ser ilusa estuviera entre tus muchas cualidades, pero, al parecer, es nueva y yo no tenía constancia de ella.
Soltó un jadeo.
—Vamos a comprobar quién tiene razón —dijo mientras empezaba a caminar muy recta.
Nos acercamos hasta Storm y, cuando por fin nos vio, muchas emociones cruzaron por su mirada en apenas unos segundos.
Al fijarse en Anna vi cariño, amor fraternal y alegría.
Pero, cuando sus ojos se posaron en mí y me reconoció, se convirtieron en pura tormenta.
En ellos pude ver enfado, molestia y ni una pizca de cariño. Incluso me atrevería a decir que había algo parecido al odio.
Pero, en lo más profundo, seguía estando aquello que siempre había aparecido entre nosotros desde que dejé de ser una niña.
Deseo.
Y verlo me hizo tragar saliva mientras, dentro de mi cabeza, se encendía un enorme cartel luminoso con una sola palabra:
Peligro.