Capítulo 12
Miré de reojo a Anna y sonreí.
Estaba dormida como un tronco y no era para menos después del madrugón que nos habíamos pegado.
Yo tendría que estar haciendo lo mismo. Sueño tenía de sobra porque no solo había madrugado, sino que no había pegado ojo en toda la noche, pero los nervios que llevaba encima no me dejaban descansar.
La azafata pasó junto a mí y me preguntó en voz baja si quería algo. Le dije que no, que estaba bien, y volví a mirar a Anna.
No tendría vida suficiente para agradecerle todo lo que había hecho por mí.
Se había portado como una verdadera amiga, aunque llamarla así se quedaba corto. Anna era mi hermana de corazón y sabía que yo también lo era para ella.
Nunca había dudado de que, llegado un momento de necesidad extrema, estaría a mi lado, pero verme salir del hotel en aquellas condiciones y todo lo que ocurrió después había marcado un antes y un después en nuestras vidas.
Apoyé la cabeza en el respaldo, cerré los ojos y pensé en todo lo que había pasado desde que nos montamos en aquel taxi después de que saliera por última vez del hotel y de aquel servicio con los dos hijos de mala madre que me habían dado más golpes de los que jamás habría imaginado soportar.
Cuando llegamos a casa, Anna tuvo que ayudarme a bajar del taxi porque yo apenas podía mantenerme en pie. No se separó de mí ni un solo momento.
Entró conmigo en el baño para ayudarme a quitarme la ropa e incluso se metió en la ducha para sostenerme mientras intentaba quitarme la sangre y el olor a sudor.
También quise librarme de la sensación de suciedad y de impotencia que llevaba pegada al cuerpo, pero esas, por mucho que frotara, no desaparecieron.
Después me llevó hasta la cama, me ayudó a ponerme el pijama y me curó como pudo el labio y la ceja.
Por suerte, en el botiquín tenía varias cosas, entre ellas puntos de aproximación, que utilizó para cerrar los dos cortes más grandes. Todo aquello después de que, por mucho que insistiera, me negara en redondo a ir al hospital.
Nos metimos en la cama.
Ella estaba nerviosa y preocupada, y yo, completamente abatida y agotada.
Aquella noche solo me pidió que descansara y me dijo que al día siguiente, con más calma, hablaríamos de lo que íbamos a hacer. Porque, como ya había dejado claro en el hotel y había repetido varias veces mientras me duchaba y me curaba, aquella vida se había terminado para mí.
Estaba tan agotada que al día siguiente no me desperté hasta la hora de comer.
Hacía años, o quizá nunca me había pasado, que no dormía tantas horas seguidas. Pero el cuerpo era sabio y, si había necesitado dormir tanto, era porque tenía que recuperarse un poco.
Descansada me levanté.
Dolorida también.
No había una sola parte de mi cuerpo que no me doliera, sobre todo la cara por las heridas y mis partes íntimas, que las tenía en carne viva.
Cuando aparecí por la cocina, Anna ya había puesto la mesa y servido dos platos de una sopa caliente que estaba buenísima y que, según me contó, había pedido junto con algunas cosas más a un restaurante cercano.
Mientras comíamos, apenas me dejó hablar y mucho menos negarme a nada. Ya tenía perfectamente claros los planes para los siguientes días.
Había llamado a su padre para decirle que se quedaría una semana más porque yo la necesitaba, aunque no le dio más explicaciones. Solo le dijo que era por algo bueno y ahí dejó el tema.
El plan consistía en cerrar definitivamente mi vida en Nueva York y, en cuanto todo estuviera listo, coger un vuelo de regreso a casa.
A Copenhague.
Y acepté.
Lo hice porque, después de aquella noche, supe que no podía seguir así y que de verdad necesitaba alejarme de allí. Por primera vez, y haciéndola inmensamente feliz, como se encargó de recordarme, acepté su ayuda.
Ese mismo día llamé a la cafetería, a la empresa de limpieza y a Crystal para comunicarles que me marchaba de la ciudad y dejaba los tres trabajos.
Mi jefa de la cafetería me dijo que era una pena porque siempre había sido muy cumplidora y que le costaría encontrar a otra persona como yo, pero me deseó lo mejor y me aseguró que me ingresaría el sueldo completo de aquel mes, las vacaciones que no había disfrutado y una pequeña indemnización.
Mi jefe de la empresa de limpieza también me deseó lo mejor y me dijo que, si algún día regresaba, allí tendría un puesto asegurado.
Ni en broma volvía yo a Nueva York.
Antes de regresar al lugar que más sufrimiento me había causado, me iba a vivir al Polo Norte a pasar frío y vender bufandas si hacía falta.
En la empresa de limpieza también me pagaron el sueldo entero del mes y todas las vacaciones que me debían.
Pues ni tan mal.
Los dos se portaron genial conmigo y, sinceramente, no me lo esperaba. Además, aquel dinero me vino de perlas porque, aunque Anna se cabreó bastante, pude pagarme yo misma el billete de avión.
La conversación con Crystal fue diferente.
Dura.
Muy dura.
Cuando le conté que lo dejaba porque no podía más y le expliqué lo que había pasado, puso el grito en el cielo y, menos guapo, llamó de todo a aquellos dos hombres.
Y juró vengarse.
Estaba segura de que cumpliría su palabra porque Crystal, otra cosa no, pero mala hostia tenía para dar, tomar y regalar.
Se quedó tan disgustada que, nada más colgar, me hizo una videollamada para verme. Cuando vio mi cara, que al día siguiente no solo tenía los dos cortes, sino que estaba prácticamente morada por todos lados, por su boca salieron sapos y culebras.
Después de quince minutos despotricando, al igual que habían hecho mis otros dos jefes, me deseó todo lo mejor y me dijo que, si alguna vez necesitaba cualquier cosa, no dudara en llamarla.
Pero lo que más me sorprendió fue que, en ese mismo momento, me hizo un ingreso bastante alto.
No solo estaba el dinero que los dos cabrones habían pagado por las dos horas contratadas, sino el doble de esa cantidad.
«Por ser tan valiente y dura», me dijo, haciendo que me emocionara.
Con los tres trabajos ya fuera de mi vida, el siguiente paso fue ir al banco para liquidar lo que todavía quedaba pendiente del préstamo.
Ahí entró Anna.
Fue ella quien hizo una transferencia y saldó los aproximadamente diez mil dólares que aún debía.
Mientras firmaba los papeles, calculé mentalmente que, para conseguir aquella cantidad, habría necesitado hacer unos quince servicios más.
A una media de setecientos dólares por cada uno de los sencillos y haciendo normalmente siete u ocho al mes, me habría llevado unos tres meses terminar de pagarlo todo, contando además con guardar algo para no regresar a Copenhague con las manos vacías.
Pero, gracias a Anna, ya no iba a ser necesario.
Después de solucionar lo del banco, nos informamos de si necesitaba algún permiso o documentación especial para volver a mi ciudad de origen.
Por suerte, para regresar no necesitaba nada más que mi identificación, y las dos nos alegramos muchísimo porque, cuando llegué a Nueva York, todo había sido un lío de papeles.
A mi padre le concedieron el permiso de trabajo sin problemas y, además, la empresa se encargó de todos los trámites. Yo, al ser mayor de edad, tuve que solicitar uno como estudiante universitaria.
Permiso que después, al morir mi padre y tener que ponerme a trabajar, tuve que cambiar por uno de trabajo y residente que me iban renovando año a año al tener constancia de mi deuda.
Lo siguiente fue avisar a mi casero de que me marchaba en tres días, que era el tiempo que habíamos calculado que necesitaríamos para vaciar el apartamento.
Esos tres días fueron una auténtica locura. Y eso que apenas tenía cosas. No quería ni imaginar cómo sería una mudanza para alguien que viviera en una mansión y tuviera más mierdas de las que siquiera recordaba haber comprado.
La ropa que no quise llevarme y todos los vestidos negros menos uno los metimos en bolsas y los llevamos a la iglesia del barrio.
El único que conservé fue el que había llevado la noche que pasé con Oskar. De todos los vestidos negros que había usado para trabajar, aquel era el único que me traía un buen recuerdo y, por eso, quise quedármelo.
Del resto de mis pertenencias, que tampoco eran demasiadas, tiramos algunas y llevamos las demás a un centro de donación.
Anna se encargó de buscar los vuelos y encontró uno que salía a las cinco de la mañana del cuarto día.
La otra opción era esperar dos días más y alojarnos en un hotel, porque yo ya había avisado al casero de mi marcha y, por lo visto, tenía a alguien interesado en ocupar el apartamento cuanto antes.
Y, después de dejarlo todo cerrado, allí estábamos, montadas en un avión de camino a casa.
El vuelo duraba casi ocho horas y, al mirar el reloj, vi que ya habíamos recorrido aproximadamente la mitad del trayecto.
Suspiré al pensar en los problemas que me esperaban en Copenhague. Volver a ver al capullo de Storm no iba a ser fácil, nada fácil.
Pero, si algo bueno podía sacar de todo lo que había vivido, era que, tal y como me había dicho Crystal, me había endurecido. Y el señorito Nielsen ya no iba a manejarme a su antojo.
Con aquel pensamiento en la cabeza y una sonrisa en los labios, terminé quedándome dormida.