Capítulo 11
Nos bajamos del taxi y cruzamos la acera.
—Dentro de dos horas quedamos en el vestíbulo, ¿vale?
—De acuerdo. Y ten cuidado, por favor —dijo dándome un abrazo.
Anna entró primero y, desde la puerta, vi cómo le preguntaba a James dónde estaba el bar. Asentí conforme cuando la vi dirigirse hacia donde él le había indicado.
Cogí aire y entré con pasos firmes, como hacía siempre.
Crucé la mirada con James mientras caminaba hacia los ascensores. Una sonrisa por mi parte y otra, acompañada de un saludo con la cabeza, por la suya.
Marqué el botón de la cuarta planta y suspiré mientras ponía la mente en modo trabajo.
Me quité la gabardina delante de la habitación y llamé a la puerta.
Me abrió un hombre de unos cuarenta años que, sin decir nada, me miró de arriba abajo. Hubo algo en su mirada que no me gustó.
—Soy Jazmín.
—Pasa.
Entré detrás de él porque ni siquiera me cedió el paso y se detuvo en medio de la habitación.
Como hacía siempre para evitar sorpresas, recorrí el lugar con la mirada. Nada fuera de sitio. Nada extraño a simple vista.
En lo último que me fijé fue en el otro hombre, que estaba sentado en una silla con un vaso de whisky en la mano. Tendría más o menos la misma edad que el que me había abierto la puerta y también me observaba de arriba abajo.
Y, al igual que con el primero, no me gustó nada lo que vi en su mirada.
Después de tantos clientes había aprendido a reconocer ciertas cosas y supe en aquel instante que me esperaban dos horas muy intensas. Aquellos hombres eran de los que disfrutaban con el sexo duro, de los que necesitaban mandar y a los que muchas veces les costaba aceptar un no por respuesta.
Cojonudo. Mañana lo mismo no voy a poder ni andar de lo dolorida que van a dejarme estos dos capullos, pensé mientras me acercaba a una silla vacía para dejar mis cosas.
—Quítate la ropa.
—¿Sabéis las normas?
—Sí.
Contestó el moreno, el mismo que me había abierto la puerta, pero la forma en la que lo dijo no terminó de convencerme.
—Quítate la ropa —repitió el rubio, que seguía bebiendo sin moverse de la silla.
Tres minutos después estaba completamente desnuda en el centro de la habitación, esperando. Ellos habían aguardado a que terminara para empezar a quitarse la ropa.
Se pusieron delante de mí y el moreno me agarró del pelo para obligarme a arrodillarme.
Primero tuve que hacérselo a uno y, sin darme ni un segundo de descanso, al otro. Ninguno terminó. Al parecer, querían aguantar más.
Durante la hora siguiente agradecí tener la mente en modo trabajo porque, de lo contrario, no habría podido soportar la cantidad de obscenidades, insultos y chorradas que me dijeron.
Eso podía aguantarlo.
Las palabras me daban absolutamente igual. No eran los primeros a los que les gustaba utilizar ese tipo de lenguaje.
Después de salir los dos de dentro de mí, porque, al parecer, la doble penetración era lo que más les gustaba, el moreno me empujó y me tumbó de espaldas sobre la cama.
Se colocó encima de mí y fue directamente a buscar mi boca, pero giré la cara.
—No.
—Harás lo que te pidamos, que para follarte nos ha costado un pastizal.
—No —repetí—. Hay unas normas y las conocíais antes de contratarme.
—¿Quieres que te diga por dónde nos pasamos tus normas? —dijo el rubio riéndose.
—Si no las cumplís, me voy.
El moreno soltó una carcajada, pero un segundo después su expresión cambió por completo. Me fulminó con la mirada y me dio una bofetada tan fuerte que me giró la cara.
—Quítate de encima, cabrón. Me voy ahora mismo. Esto está fuera de los límites. Si os gusta este tipo de sexo, hay otras chicas dispuestas a hacerlo. Yo no.
Me removí debajo de él intentando quitármelo de encima, pero era demasiado grande y fuerte.
—Pues hoy vas a ser una de esas chicas.
—¡No!
La segunda bofetada fue todavía más fuerte.
El rubio se subió a la cama y abrí mucho los ojos cuando vi lo que llevaba en las manos: las dos corbatas que se habían quitado antes.
Me ataron a la cama.
Claro que lo hicieron.
Y no pude hacer absolutamente nada para evitarlo. Eran dos, más grandes y mucho más fuertes que yo.
Solo hice lo único que podía hacer hasta que todo terminó. Cerré los ojos y aguanté las lágrimas y el dolor que sentí durante la hora siguiente. Y no solo el dolor en mi vagina y en mi puerta trasera por la fuerza y el modo bestial con que me dieron.
También tuve que aguantar todo tipo de golpes.
En la cara, sobre todo, cuando sollozaba, me quejaba o les rogaba que, por favor, me dejaran.
Cuando las dos horas terminaron, ni siquiera me permitieron entrar en el baño para limpiarme la sangre de la ceja, del labio partido o la que todavía tenía reseca bajo la nariz después del puñetazo que me había dado el moreno.
El rubio abrió la puerta mientras el otro me sacaba prácticamente a rastras. Un minuto después me tiraron la ropa encima y cerraron de un portazo.
Me apoyé en la pared y rompí a llorar.
Tenía miedo de que me oyeran y volvieran a salir, así que, como pude y con muchísimo esfuerzo, me puse el vestido y la gabardina.
La ropa interior no estaba.
Los muy cerdos se la habían quedado.
Seguramente como un trofeo o un recuerdo de lo que habían hecho.
Cogí los zapatos con una mano y el bolso con la otra y conseguí ponerme en pie agarrándome a la pared. Caminando muy despacio, porque era incapaz de hacerlo de otra manera, llegué hasta el ascensor.
Entré y marqué la planta baja.
Nada más salir busqué a Anna o a James. Necesitaba que alguno de los dos me sujetara porque estaba segura de que, si no, acabaría desplomándome allí mismo.
Y no era solo por el dolor que me recorría todo el cuerpo, sino por el agotamiento después del desgaste físico de aquellas dos horas infernales.
Los dos me vieron al mismo tiempo.
Anna desde uno de los sillones del centro del vestíbulo, donde estaba sentada esperándome, y James desde recepción.
Debía de tener un aspecto horrible porque, cuando llegaron hasta mí, Anna lloraba a moco tendido y James tenía la cara completamente desencajada.
—¿Qué coño te han hecho esos hijos de puta? —preguntó mientras me cogía en brazos para llevarme hasta uno de los sillones.
—Anna…
—¿La conoces?
—Es mi mejor amiga —contestó ella entre lágrimas.
—James, pídenos un taxi. Quiero irme a casa. No quiero estar aquí si bajan.
—¡¿A casa?! De eso nada. Nos vamos al hospital —dijo Anna, muy alterada.
—No voy a ir al hospital. No estoy tan mal como parece.
Mentira.
Estaba reventada, pero no quería ir. En cuanto me vieran así empezarían con las preguntas y no quería dar explicaciones a nadie.
—¿Cómo qué no? Estás sangrando, joder.
Miré a James y le rogué con los ojos que hiciera lo que le había pedido.
—Debería llamar a la policía —dijo antes de sacar el móvil del bolsillo.
—No. No quiero problemas. Se lo diré a mi jefa y ella se encargará.
—Joder, Jazmín, deja esta mierda ya. Un día te van a matar.
—Sabes que esto no es lo normal.
—Lo sé. Pero, como acabamos de comprobar, hay mucho cabrón suelto y nunca sabes cuándo te va a tocar otro.
—No habrá próxima vez —dijo Anna, que había permanecido callada mientras lloraba.
—Anna, sabes que…
—No. Esto se acaba hoy. No vas a volver a hacer un servicio. No voy a permitirlo.
La firmeza con la que habló me dejó claro que sí, que aquel había sido mi último servicio.
James sonrió al oírla.
—Gracias. Gracias por ayudarla. Ojalá yo hubiera podido hacerlo.
—Ya lo estás haciendo. Y también la has ayudado todas las veces que ha venido, estando pendiente de ella cuando se marchaba.
Anna sabía aquello porque alguna vez le había hablado de James y de las charlas que teníamos cuando yo salía de un servicio y él estaba fuera fumando.
James miró hacia la calle y asintió.
—El taxi ya está fuera. Vamos, dejadme ayudaros.
Entre los dos consiguieron levantarme.
James me sujetó con muchísimo cuidado por la cintura y Anna por un brazo, aunque pude ver el miedo en su mirada. No sabía ni dónde tocarme porque desconocía cómo estaba mi cuerpo debajo de la gabardina.
—James, gracias por todo —dije mientras me ayudaba a entrar en el taxi.
—Jazmín… Cuídate y no vuelvas, por favor —respondió con los ojos aguados.
—Astrid. Así me llamo.
Sonrió con tristeza.
—Mucho más bonito que Jazmín, dónde va a parar.
Sonreí también, aunque apenas pude hacerlo porque el labio me dolía horrores.
—Gracias por todo, de verdad.
—Llama alguna noche al hotel. Me gustaría saber que estás bien.
—Lo haré.
Me dio un beso en la cabeza y cerró la puerta.
Anna ya estaba sentada a mi lado y fue ella quien le dio al taxista la dirección de mi casa.
No hablamos durante todo el trayecto.
Yo fui perdida en mis pensamientos, pensando en mi padre y en lo mucho que estaría sufriendo si era verdad eso de que quienes se van pueden vernos desde algún lugar.
Anna, en cambio, no dejaba de mirarme de reojo mientras contenía las lágrimas y se retorcía las manos por los nervios.