Solo sobreviví Capítulo 10
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Capítulo 10

Anna llevaba ya tres días en Nueva York y había sido un no parar.

Como en la cafetería me debían vacaciones, esas que había ido acumulando porque nunca las había necesitado, el mismo día que llegó le pregunté a mi jefa si podía cogerme una semana.

No hubo ningún problema. Mi jefa, con la que me llevaba bastante bien, me dijo que ya era hora de que me tomara unos días de vacaciones, sobre todo porque ni siquiera en Navidad había cogido uno solo. Así que me pedí la semana entera que Anna iba a quedarse en Nueva York.

En la empresa de limpieza no tuve tanta suerte porque una de las chicas que podía sustituirme estaba enferma.

Mi jefe me dijo que, como mucho, podría coger cuatro días y que, cuando ella volviera, me tomara los que me quedaban.

Pero después ya me daba igual, así que me conformé con esos cuatro días, de jueves a domingo.

Durante los tres primeros, yo me había ido por las mañanas a limpiar mientras Anna hacía turismo sola por Nueva York y, por las tardes, habíamos pasado todo el tiempo juntas. Paseando, comiendo en puestos callejeros y, sobre todo, hablando.

Hicimos muchos planes para cuando yo regresara a Copenhague. También hablamos del chico con el que estaba saliendo, el mismo que había conocido meses atrás en aquella aplicación de citas a la que se apuntó por probar o por aburrimiento, quién sabía.

El caso era que aquella primera cita llevó a otra, después a otra más y ya llevaban tres meses juntos. Según Anna, les iba estupendamente.

Alfred, que así se llamaba el chico, tenía cinco años más que nosotras, veintinueve. Era abogado y, según Anna, guapísimo, cosa que pude comprobar cuando me enseñó una foto.

Íbamos caminando hacia casa después de haber pasado todo el día fuera. Habíamos aprovechado muy bien el jueves y, a las ocho de la tarde, nuestros cuerpos y, sobre todo, nuestros pies dijeron basta.

Así que decidimos volver, pedir una pizza para cenar y tumbarnos en el sofá para recuperarnos y poder darlo todo al día siguiente, cuando teníamos pensado salir a cenar y después ir a bailar a algún pub de la zona.

—Dios… Mañana me pongo unas deportivas. Tengo los pies que lo mismo me los tienen que amputar.

Me eché a reír.

—Yo soy la cabezota, pero el puesto de exagerada es tuyo, sin duda.

—Tía, no es exageración, es una certeza —dijo mientras se descalzaba en el ascensor.

—Solo se te ocurre a ti ponerte unos zapatos con tacón para patearnos las interminables calles de Nueva York.

—Joder, si casi no tienen tacón.

—Pero lo tienen —dije riéndome de nuevo al ver las pintas que llevaba, con los zapatos en la mano y caminando por el pasillo de casa casi cojeando.

Se desplomó en el sofá.

—Pasa tú primero a la ducha. Yo necesito que me vuelva a llegar la sangre a los pies antes de poder dar un paso más.

Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza.

Media hora después, ya duchadas, nos sentamos en el sofá a comer la pizza que había pedido nada más salir del baño.

—Dios… Está buenísima.

—Sí que lo está. Nueva York tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, y la comida basura es una de las buenas.

—¿Y de las malas?

No tuve ni que pensarlo. La respuesta me salió sola.

—Mucha gente y más gilipollas por metro cuadrado que en otros sitios.

Anna se echó a reír mientras se le escurría el queso de la pizza por la barbilla.

Me levanté para coger un paquete de servilletas, pero me quedé a medio camino de la cocina cuando oí sonar mi móvil avisándome de la entrada de un mensaje.

Cerré los ojos, negué con la cabeza y apreté los puños con fuerza.

A esas horas solo podía ser una persona.

Una que me iba a joder la noche con mi amiga, pero a la que no podía decirle que no.

Fui a la cocina, cogí las servilletas y, de vuelta al sofá, agarré el teléfono que había dejado dentro del bolso, colgado del respaldo de una silla.

Me senté al lado de Anna y abrí el chat con una mala leche increíble, mientras ella me miraba con una ceja levantada al ver la cara de perro que se me había puesto.

Crystal: Servicio a las 23.00 h. Mismo hotel de siempre. Habitación 407. Dos hombres. Dos horas. Clientes nuevos. Cuídate.

—Mierda…

—¿Qué pasa?

—Tengo trabajo.

—¿Ahora?

—Sí. Dentro de una hora.

—Joder, qué mierda. ¿Y no puedes…?

—No. No puedo decir que no, Anna. Es un servicio doble y de dos horas. Eso es mucha pasta.

—¿Con dos tíos?

—Sí. Tengo que ir al hotel de siempre.

—Di que no, Astrid —me rogó—. Entra en razón y déjame ayudarte. No te doy el dinero si no quieres, te lo presto y ya me lo devolverás.

De sobra sabía que, si le permitía prestármelo, después no me dejaría devolvérselo. Por eso nunca había aceptado que me ayudara.

Pero, si en aquel momento hubiera sabido lo que pasaría esa noche, me habría tragado el orgullo y la habría dejado hacerlo, aunque después hubiera tenido que devolverle el dinero metiéndoselo debajo de la almohada si era necesario.

—Este servicio me permitirá reducir bastante lo que me queda por pagar.

—Puedo ir contigo.

—¡¿Adónde?!

—Al hotel. ¿Dónde va a ser?

—Tú no estás bien de la cabeza. ¿Cómo vas a venir conmigo?

—Joder, que no digo de ir a la habitación a hacer… eso. Yo no sabría ni por dónde empezar. Pero puedo esperarte en el bar tomando una copa o dos y luego volvemos juntas. Me quedaría más tranquila.

Resoplé y negué con la cabeza.

La verdad era que no era mala idea. Así no tendría que ir y volver sola.

Dudé unos segundos.

—Si vienes, hay normas.

—Las que quieras.

—No entramos juntas. No quiero que nadie te vea con Jazmín.

—Vale.

—Tampoco salimos juntas. Y no hables con ningún hombre en el bar. Muchos de los que van allí son clientes de otras chicas y no quiero tener que estar preocupada por ti mientras trabajo.

—Hecho. No hablaré ni con hombres ni con mujeres. Solo con el camarero.

Resoplé.

—Pues vamos allá —dije levantándome—. Tengo que prepararme ya.

Anna me acompañó a la habitación y estuvo sentada en la cama mirándome mientras hacía mi rutina de siempre.

—Todo negro. ¿No tienes otros colores?

—No. Me gusta el negro. Solo pongo color en los zapatos y en el bolso, que siempre son rojos.

Asintió.

Bajé la caja de las pelucas y la abrí encima de la cama.

—Elige. ¿De qué color quieres verme como Jazmín?

Las observó y fue cogiéndolas una por una hasta que, dos minutos después, se decidió.

—Morena. No puedo ni imaginarme cómo será verte así. Con lo rubia que eres, tiene que ser un cambio brutal.

Entré en el baño con la peluca y unos minutos después salí de allí completamente preparada, hasta con los zapatos puestos y maquillada.

—Joder… No pareces tú —dijo mirándome alucinada.

—De eso se trata, de parecerme a mí lo menos posible.

—Estás guapa, pero me gustas más de rubia.

Me eché a reír.

—Sí, a mí también me gusta más mi pelo. Más que nada porque, cuando me veo con él, es porque soy yo.

—Tendrás cuidado, ¿verdad? Son dos tíos y…

—Siempre lo tengo. Hay unas normas que tienen que cumplir, ya lo sabes. Y tampoco es la primera vez que estoy con dos personas.

Resopló.

—Lo sé. Y ojalá no hubieras tenido que hacer esto nunca.

Pues sí, ojalá hubiera sido así, pero era lo que me había tocado y ya no merecía la pena seguir lamentándome cuando estaba tan cerca de que toda aquella mierda acabara.

Dejaría ese trabajo y también la maldita Nueva York, a la que odiaba con todas mis fuerzas porque solo había traído desgracias a mi vida.

—Lo mismo te toca un tío majo y buenorro como el de aquella despedida de hace meses.

Sonreí con tristeza al oírla.

Días después de la noche que pasé con Oskar le había contado lo ocurrido. No todo, claro. Solo lo bien que se había portado conmigo y lo cómoda que me había sentido a su lado. No entré en detalles, no le dije su nombre ni tampoco lo que habíamos hecho.

—Eso fue algo único.

—Desde luego, el chaval, por lo que me contaste, se portó fenomenal.

—Sí que lo hizo —dije sonriendo.

—Si fuera de aquí, lo mismo…

—Lo mismo nada, Anna. Ningún hombre que sepa a lo que me dedico querría tener nada conmigo. Para él fue una noche más y punto.

—Bueno, cuando volvamos a Copenhague nadie lo sabrá y seguro que encuentras a un hombre que te quiera.

—No cuentes con ello. Cuando vuelva a casa no quiero saber nada de hombres durante una larga, larguísima temporada.

—Eso no está en tu mano decidirlo. Si el destino, que es todavía más cabezota que tú, decide que sí, ya puedes decir lo que quieras que acabarás cayendo.

—Veremos quién gana.

—Él. Siempre gana él.

Y tenía razón.

O la tendría porque el capullo del destino me tenía preparadas muchas sorpresas en un futuro no muy lejano.

Cogí la gabardina y el bolso mientras Anna hacía lo mismo con su abrigo. Después, las dos juntas y agarradas del brazo, bajamos al frío de la noche para montarnos en el taxi que ya nos esperaba delante de mi edificio.