Solo sobreviví Capítulo 9
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Capítulo 9

Al oír el timbre de la puerta, me sobresalté.

Miré el reloj de la mesilla y fruncí el ceño. Eran las siete y media de la mañana. Aún me quedaban diez minutos de sueño y alguien había osado despertarme.

Volvieron a llamar.

Resoplando, me levanté de la cama y, con pasos cansados y todavía medio adormilada, fui a abrir la puerta.

Cuando vi a la persona que estaba al otro lado sonriéndome, los ojos se me llenaron de lágrimas y, sin dudarlo ni pensarlo un solo segundo, me lancé a sus brazos.

—Pero ¿qué haces aquí? ¿Por qué no me has avisado de que venías? —dije entre sollozos.

—Quería darte una sorpresa, loca.

—Y me la has dado. Vaya que sí.

—Estás más delgada —dijo riñéndome.

—Anna, no empieces. Estoy igual que siempre. Pasa, anda, que hace frío.

Ya no hacía aquel frío helador que habíamos tenido durante el invierno, pero todavía faltaba un mes para la primavera y seguían notándose sus últimos coletazos, además de la humedad que nos estaban dejando las lluvias de las últimas semanas.

Porque había que ver la cantidad de agua que había caído.

Había sido el febrero más lluvioso de los últimos veinte años, o eso habían dicho en las noticias.

Pasamos las dos al salón.

Yo sonriendo mientras me limpiaba las lágrimas y Anna arrastrando la pequeña maleta que traía.

Me había dicho un mes antes que tenía pensado venir a verme, pero aún no sabía cuándo podría cogerse vacaciones porque en la empresa tenían bastante lío con un proyecto de venta muy importante.

Hacía meses que no nos veíamos, concretamente desde el verano anterior, cuando había venido a pasar una semana conmigo.

También había querido venir en Navidad, pero no había sido posible porque su madre, Molly, había enfermado de neumonía y había pasado medio mes de diciembre, incluidas las Navidades, ingresada en el hospital.

Había sentido muchísimo no poder ir a Copenhague para estar con ellos, pero, por desgracia, los vuelos en esas fechas eran carísimos y no había podido permitírmelo.

—¿Quieres un café?

—Eso ni se pregunta —contestó riéndose.

Nos fuimos las dos a la cocina y encendí la cafetera. Era vieja, mucho, pero, gracias a Dios, seguía funcionando y hacía un café medio decente.

Con las dos tazas en las manos nos sentamos en las únicas sillas que tenía aquel cacho de cocina, porque aquello tampoco podía considerarse una cocina entera.

—Cuéntame. ¿Cómo va todo? ¿Qué tal están tus padres?

—Todo va bien. Mi padre se jubila dentro de dos semanas y mi madre está eufórica porque por fin ha llegado el momento. Ya tiene mirado un crucero para irse un mes.

Me eché a reír.

—No ha perdido el tiempo. Y qué coño, hace bien. Después de estar tan malita en Navidad, los dos se merecen disfrutar un poco.

—Vaya susto que nos dio —dijo con pesar.

—Sentí muchísimo no haber podido ir, pero…

—Astrid, no tienes nada que sentir. Los vuelos eran carísimos y, como eres una jodida cabezota y no quisiste que te pagara uno, por eso no viniste.

—No era solo el vuelo, Anna. En Navidad es cuando más servicios salen. Al parecer, hay muchos hombres a los que las cenas familiares y los villancicos les estresan.

Negó con la cabeza.

—¿Cuándo?

Sabía de sobra lo que me estaba preguntando, pero no tenía una respuesta concreta que darle, así que respondí lo mismo de siempre.

—Pronto.

—¿Cuándo es pronto? —insistió.

—Pues pronto. Dentro de unos tres o cuatro meses, calculo yo.

—Yo podría…

—No termines esa frase.

Resopló.

—Joder, Astrid, eres una cabezota.

—Sí, esa soy yo.

—Está bien. Pues hablemos de otra cosa. ¿Has pensado qué vas a hacer cuando esta mierda de situación se acabe?

Sonreí de medio lado.

—¿Ya lo tienes pensado? ¿Por qué no me has dicho nada?

—Porque solo es una idea. O un deseo, más bien. Pero no sé si será posible. Es complicado.

—Cuéntamelo y veremos cuáles son esas complicaciones y si podemos hacer algo al respecto.

Suspiré.

—Quiero volver.

Me miró con una ceja alzada, sin entender qué quería decirle.

—A casa —le aclaré.

Abrió los ojos como platos.

—¿Es coña?

Me eché a reír.

—No, Anna, no es coña. Quiero volver a Copenhague. Aquí no tengo nada ni a nadie. Bueno, allí tampoco tendré gran cosa, pero estás tú.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, dejó la taza de café encima de la mesa y se levantó para abrazarme con fuerza.

—Ni te imaginas lo feliz que me haces. Joder, llevo esperando este momento años. Sabía que, en algún momento, volverías.

—Será difícil. Tendré que seguir un poco más en… ya sabes. Necesito llevar dinero para alquilar algo, lo más barato que encuentre, y tener suficiente hasta que consiga trabajo.

Se separó de golpe.

—¿Eres idiota?

La miré frunciendo el ceño, sin entender por qué me decía eso.

—Te quedarás conmigo. En mi casa —dijo con autoridad—. Y por el trabajo, ni te preocupes. En cuanto llegues, ya tienes uno.

—¿Contigo?

—Joder, pues claro. Compartiremos casa, como soñábamos cuando éramos crías. Vamos unos cuantos años tarde, pero lo haremos igualmente.

Era una idea fantástica.

En eso no podía quitarle la razón.

Cuando éramos adolescentes, habíamos hablado de ello cientos de veces. Era uno de los muchos planes que teníamos y que nunca pudimos cumplir porque me marché con mi padre.

—Vale, me parece bien. Pero te pagaré un alquiler.

Me fulminó con la mirada.

—No me mires así. O pago o no voy.

Puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

—Vale, ya lo iremos viendo.

—No, no lo iremos viendo, Anna. Lo digo en serio. No voy a vivir de gorra en tu casa.

Resopló.

—Está bien. Te juro que no conozco a nadie más cabezota que tú.

Solté una risita.

Era cierto. A cabezota no me ganaba nadie, pero, a esas alturas de mi vida y después de todo lo que me había tocado vivir, me había vuelto todavía más dura y testaruda.

Y no iba a cambiar.

—Pero en lo del trabajo no voy a ceder, te pongas como te pongas.

—¿Qué trabajo? —pregunté confusa.

—Trabajarás con nosotros en la empresa.

Me quedé helada.

¿Trabajar en la empresa de su padre? ¿Con ella? ¿Y, sobre todo, con su hermano?

Con su padre ya no tendría que hacerlo porque estaría jubilado cuando yo volviera, y trabajar con Anna sería maravilloso, eso no podía negarlo. ¿Pero con el gilipollas de Storm? Por encima de mi cadáver.

Ni de coña iba a pasar varias horas al día en un sitio en el que seguramente tendría que cruzarme con él y verle la cara. Solo podían pasar dos cosas: que lo matara y acabara en la cárcel o que me tocara tanto las narices que terminara puteándolo hasta que fuera él quien quisiera matarme a mí.

Y, encima, fuera cual fuera mi puesto, sería mi jefe.

Ja, ja, ja.

Ni hablar. De ninguna de las maneras.

—No.

—Sí.

—Ya te digo yo que eso no va a pasar. Prefiero seguir teniendo clientes antes que trabajar en vuestra empresa.

Jadeó.

—¿Pero qué coño dices? ¿Estás loca?

—No estoy loca. Soy sensata.

—Astrid… —me rogó.

—No.

—Joder, ¿pero por qué no? Trabajaríamos juntas. Ese es otro de los planes que siempre hicimos.

Suspiré.

Porque sí, otra vez tenía razón.

Cuando éramos crías también habíamos acordado trabajar juntas en la empresa de su padre. Incluso él daba por hecho que algún día lo haríamos.

Aquellos planes podrían haber seguido adelante cuando terminara la carrera, pero, después de lo que pasó con Storm y de cómo nos llevamos durante los últimos meses que pasé en Copenhague, supe que aquel sueño se quedaría precisamente en eso.

En un sueño.

—No puedo trabajar allí y lo sabes. No con él.

—Tía, han pasado muchos años. Los dos habéis cambiado mucho. Ya no sois los mismos.

Yo no tenía ni idea de si Storm había cambiado porque, desde que me fui, no nos habíamos vuelto a ver ni habíamos cruzado una sola palabra.

Pero yo sí había cambiado. O, más bien, la vida que me había tocado vivir, sobre todo durante aquellos dos últimos años, me había obligado a hacerlo.

Aun así, lo que pasó seguía ahí.

Y no solo eso. Había algo más que continuaba clavado en mi pecho como un puñal: que no hubiera venido con su hermana y sus padres al funeral de mi padre.

Estaba de viaje.

Esa fue la excusa que me dieron los demás.

De viaje, una mierda. No le salió de los cojones venir y punto.

Y eso sí que no se lo perdonaba, porque una cosa era lo que había pasado entre nosotros y otra muy distinta no haber venido a darle a mi padre el último adiós sabiendo el cariño que le tenía.

Un cariño que, si mi padre hubiera sabido lo que ocurrió entre nosotros, seguramente se habría convertido en desprecio.

De eso estaba segura.

Suspiré de nuevo.

—Astrid, deja atrás lo que pasó. No permitas que eso nos arrebate la posibilidad de cumplir otro de nuestros sueños.

Mierda… Joder.

Me lo estaba rogando con los ojos aguados y, encima, me había agarrado de la mano para darle todavía más fuerza a sus palabras.

Nunca había podido negarle nada a Anna cuando se ponía así y ella lo sabía.

Jodida chantajista emocional.

—Por favor…

Negué con la cabeza.

—Lo pensaré.

Sonrió, y de qué manera, porque supo que aquel «lo pensaré» significaba que había cedido o que acabaría haciéndolo.

Me quedé pensativa durante unos segundos mientras bebía el último sorbo de café.

Quizá no fuera tan mala idea trabajar en la empresa. Estaría con Anna, ya conocía a los trabajadores más antiguos y, para evitar conflictos, solo tendría que ignorar a Storm y ni siquiera mirarlo.

Sí, ese podía ser un buen plan.

Lo pensaría, me prometí a mí misma.