Capítulo 8
Desde la puerta de la habitación miré por última vez hacia la cama y se me escapó un largo suspiro.
Oskar seguía completamente dormido, ajeno al hecho de que iba a marcharme sin despedirme.
Y es que no podía hacerlo, porque, si volvía a mirarlo a los ojos una vez más, estaba segura de que acabaría echándome a llorar allí mismo.
—Adiós —susurré muy bajito.
Entorné la puerta y, descalza, caminé despacio por el pasillo hasta el salón.
Cogí mis zapatos, que estaban al lado de la mesa, además de la gabardina y el bolso que había dejado allí la noche anterior.
Con el mismo cuidado, recorrí el pasillo y salí del piso cerrando la puerta muy despacio. Entré en el ascensor y allí, a toda prisa, me puse los zapatos y la gabardina.
Me la ajusté todo lo que pude porque ya me imaginaba el frío que tenía que hacer a esas horas. Apenas estaba amaneciendo.
El mismo portero de la noche anterior, al oír el ruido de mis tacones resonando sobre el suelo de mármol, se levantó rápidamente de la silla en la que estaba sentado.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Quiere que le pida un taxi, señorita?
—Ya lo he pedido mientras bajaba en el ascensor, pero gracias por el ofrecimiento.
Se me quedó mirando durante unos segundos.
Era como si buscara en mis ojos alguna señal para saber si estaba bien.
—Estoy bien. No hubo ningún problema.
Asintió satisfecho.
—Me alegro de que haya sido así.
—Yo también —contesté con una sonrisa que no llegó a mis ojos.
Porque sí, la noche había ido bien.
Demasiado bien.
Y eso era precisamente lo malo.
Puede parecer contradictorio, pero nunca ningún hombre me había tratado como lo había hecho Oskar y aquello me tenía abrumada.
—Que tenga un buen día.
—Le deseo lo mismo.
Con esa despedida salí a la calle y, justo en ese momento, el taxi que había pedido se detuvo delante del edificio.
Me monté, le di mi dirección al conductor y arrancó.
Apoyé la cabeza contra la fría ventanilla y cerré los ojos. Nada más hacerlo, las imágenes de la noche anterior llegaron a mi cabeza sin pedir permiso.
Las primeras me hicieron sonreír.
Recordé la primera conversación que había tenido con Oskar, en la que al principio pensé que no estaba muy bien de la cabeza. Pero, a lo largo de la noche, pude comprobar que estaba totalmente equivocada.
Era un hombre fabuloso.
Me arriesgaría incluso a decir que, junto a mi padre, era el mejor que había conocido.
Mientras comíamos la pizza , que estaba deliciosa, me contó que no era de Nueva York, aunque no me dijo de dónde, y que había viajado hasta allí para pasar cinco días y asistir a la despedida y a la boda de su primo Liam, que se casaba dos días después.
Yo de mi vida personal no le conté absolutamente nada.
Hablamos del mal tiempo que hacía, de los amigos de su primo, de lo ruidosa y enorme que era Nueva York y de otras cosas sin importancia.
Cuando terminamos de cenar, nos sentamos en el sofá y, sorprendiéndome una vez más, me propuso ver una película antes de que me marchara.
Acepté.
Claro que lo hice.
Porque estaba muy a gusto con él.
En un momento de la película apareció un personaje que era gay y no pude contenerme. O, más bien, mi boca se abrió sola y acabé preguntándole si él también lo era.
Casi lloró de la risa.
Cuando consiguió calmarse, me explicó que no, que le gustaban las mujeres, y mucho, además. Que nunca se había acostado con un hombre y que ni por asomo tenía intención de hacerlo.
La conversación se alargó un poco más y acabó confesándome que nunca había estado con una profesional, pero que, en cuanto al sexo, algo que recalcó que le gustaba bastante, era de mente abierta.
Me contó que algunas veces compartía a alguna mujer con su mejor amigo y que, de vez en cuando, también quedaba con dos mujeres y hacía un trío con ellas.
La conversación hizo que el ambiente subiera de tono.
Que el aire del salón se calentara.
Y no supe cómo, pero, en medio de aquella conversación, cuando quise darme cuenta, estaba sentada a horcajadas sobre él con el vestido todavía puesto.
Eso, en realidad, no tenía nada de raro porque había pagado por mis servicios.
Lo extraño era que yo no lo estaba haciendo porque hubiera pagado, sino porque me apetecía. Porque me atraía muchísimo y porque, por primera vez en años, quise acostarme con un hombre por voluntad propia.
Y lo peor no fue sentir eso.
Lo peor fue que mandé mis normas a tomar por culo y, por iniciativa propia, lo besé.
Algo que jamás había hecho con ningún cliente.
Pero es que, en ningún momento de la noche, yo lo había visto como uno.
Aunque él sí supiera perfectamente lo que era, yo había pasado junto a él las mejores horas de los últimos años y no había querido pensar en ello.
En el salón las cosas se descontrolaron.
Y, cuando quisimos darnos cuenta, nos estábamos masturbando el uno al otro.
Cuando tuve mi primer orgasmo, uno de verdad, la sensación fue inolvidable.
Me dejó completamente sorprendida porque hacía años que no conseguía llegar al orgasmo compartiendo sexo con otra persona.
Solo los tenía cuando me daba placer a mí misma, en la soledad de mi habitación.
Con los clientes fingía.
Ese había sido uno de los primeros consejos que me dio Crystal antes de empezar.
«Tú finge todo lo que haga falta. Les gusta creerse importantes y pensar que son capaces de proporcionarte placer».
Y eso era lo que hacía.
Fingir.
Pero con Oskar no había fingido absolutamente nada.
La siguiente imagen que apareció en mi cabeza hizo que me removiera en el asiento.
Me cogió en brazos desde el sofá y caminó conmigo hasta una de las habitaciones del piso. Con delicadeza, me dejó encima de la cama y, con calma, mucha calma y recreándose en cada movimiento, fue quitándome la ropa sin dejar de besarme.
Cuando me tuvo desnuda, y sin dejarme siquiera levantar de la cama, hundió la cabeza entre mis piernas.
Eso fue otra de las cosas que me sorprendieron.
Porque muy pocos, tan pocos que podía contarlos con los dedos de una mano, habían hecho eso conmigo.
Ellos se preocupaban de su propio placer, de que yo se lo diera, y nunca de proporcionármelo a mí.
Pero Oskar no era como los demás.
Eso estaba claro.
No paró de lamerme y succionarme hasta que consiguió darme un segundo orgasmo que hizo que gritara incluso su nombre por lo intenso que fue.
Después ya me dejó colaborar un poco y pude quitarle la ropa.
Y madre mía del amor hermoso.
Vaya cuerpazo tenía.
Musculado, pero sin pasarse, y con unos abdominales tan marcados que no pude resistirme a pasar la lengua por ellos.
Y eso no fue lo único que lamí, claro está.
Porque sí, acabé con su miembro en mi boca y, por primera vez, no me dio asco, no sentí náuseas ni mucho menos ganas de vomitar.
Me gustó.
Y a él, por lo mucho que jadeó y por cómo buscaba mi boca con sus caderas, supe que también.
Pero supongo que, por consideración, no quiso terminar en mi boca.
Lo hizo minutos después dentro de mí, con protección, por supuesto, mientras me embestía con fuerza, pero sin pasarse.
Y aquella no fue la única vez.
Desde que llegamos a la cama no paramos de darnos placer el uno al otro de todas las formas posibles.
Tal y como me había dicho en el sofá, le gustaba el sexo.
Y mucho.
Follamos en diferentes posiciones, tuvimos sexo vaginal, anal y oral varias veces, y no solo en la cama. También en la ducha, por la que pasamos dos veces, en el suelo, contra la pared e incluso encima de la cómoda que había en la habitación.
Acabamos cayendo rendidos en la cama después de horas sin parar.
Y madre mía, vaya aguante tenía el moreno.
En la vida había visto yo una cosa igual.
Ni los que se tomaban la famosa pastillita azul eran capaces de semejante hazaña.
Esperé media hora antes de marcharme para asegurarme de que estaba completamente dormido.
—Señorita, hemos llegado.
Parpadeé para volver al presente.
Había venido tan absorta recordando la mejor noche de mi vida, porque sí, lo había sido, que ni siquiera me había dado cuenta de que habíamos llegado a mi casa.
Y, al bajar del taxi, seguí pensando en lo mismo.
Sí.
Estaba segurísima de que había sido la mejor noche de mi vida.
Para él, seguramente, no.
Se le veía demasiado suelto y, por lo que me había contado de los tríos y de otras experiencias, seguro que estaba más que acostumbrado a pasar noches así.
Por eso sabía que, para Oskar, yo probablemente no había sido más que una mujer cualquiera.
Una más.
Una de la que, al día siguiente, quizá ni siquiera recordaría de qué color tenía los ojos.
Pensar en eso hizo que algo se me retorciera por dentro.
Porque volvió a recordarme que nunca encontraría a nadie con quien poder tener una vida normal.
Entré en casa y me fui directamente a la ducha.
La vida seguía y yo tenía que darme prisa para ir a limpiar un colegio enorme.