Capítulo 7
Entramos en el ascensor de la misma manera en la que habíamos salido del ático.
En silencio.
Solo teníamos que bajar un piso, por lo que había dicho, pero durante el breve trayecto me dio tiempo a mirarlo a través del espejo.
Era un hombre joven. No sabría decir con exactitud cuántos años tendría, pero, calculando a ojo, no creía que me sacara muchos. Unos treinta le eché.
Era alto.
Bastante más que yo, porque, aun llevando los taconazos que llevaba, me sacaba un buen cacho.
Tenía el pelo negro. Mucho, en realidad. Tan oscuro como el carbón. La piel no sabía si la tenía bronceada o si ese era su tono natural, pero era bastante más morena que la mía, eso seguro.
Pero, si había algo que llamaba la atención en él, además de lo guapo que era, eran sus ojos.
De un azul verdoso precioso y enmarcados por unas pestañas negras larguísimas que todavía conseguían resaltarlos más.
Bueno, al menos, de los seis que había, me había tocado uno que no me haría vomitar y con el que puede que hasta disfrutara un poquito, pensé mientras salíamos del ascensor.
Siguió sin decir nada.
Abrió con el juego de llaves que le había dado su primo una de las dos puertas que había en aquella planta y me cedió el paso.
Me quedé esperando en el recibidor a que dijera algo.
—Pasa al salón. Voy a encender la calefacción.
Asentí.
Caminé por el pequeño pasillo hasta llegar al salón. Se notaba a leguas que nadie vivía allí, al menos desde hacía tiempo.
Los sofás y algunos muebles estaban tapados con sábanas y no había ni un solo adorno por ninguna parte.
Oí al tal Oskar caminar por el pasillo y me quedé esperándolo en el centro del salón.
Entró y fue directamente a retirar la sábana de uno de los sofás.
—Siéntate, por favor.
Miré a mi alrededor y, antes de hacerlo, dejé las cosas que todavía llevaba en la mano encima de una mesa que también estaba cubierta.
Fue hasta el otro lado del salón y abrió la puerta de uno de los muebles. Por lo que pude ver desde donde estaba, se trataba de una pequeña nevera camuflada, ya que la puerta era del mismo color que el resto de la madera.
—¿Quieres tomar algo?
—No, no bebo alcohol. Al menos, no cuando estoy trabajando.
Apretó los dientes al oírme decir lo de trabajando y, sinceramente, me sorprendió.
Había quedado bastante claro a lo que me dedicaba, así que no sabía a qué venía aquella reacción por su parte.
—¿Agua?
—Eso sí, gracias.
Sacó dos botellas pequeñas y vino a sentarse a mi lado en el sofá.
Las abrimos casi al mismo tiempo y dimos un trago.
El silencio continuó.
Ni decía nada ni hacía nada y, coño, me estaba poniendo nerviosa aquella actitud porque eso sí que no me había pasado nunca.
Normalmente, nada más llegar, todos los clientes iban a saco para no perder el tiempo y aprovechar bien la hora que habían pagado.
Miré un reloj que estaba colgado en la pared.
Ya habían pasado diez minutos desde que, en teoría, debería haber empezado a hacer algo.
—¿Tienes prisa?
Giré la cara para mirarlo.
—¿Qué?
—Que si tienes prisa. Has mirado el reloj como si estuvieras calculando el tiempo.
Suspiré.
—Mira, voy a ser clara, ¿vale?
—Por favor —me pidió, haciendo un gesto con la mano.
—Me han contratado por una hora y el tiempo empezó a contar desde que entré en el ático. Por lo que ha pasado arriba, puedo empezar a contar desde ahora, pero, si seguimos perdiendo el tiempo, la hora se acabará y no quiero que luego haya ningún problema.
—¿Empezar a qué?
A hacer una bufanda de ganchillo, no te jode.
Dios mío, a ver si todo lo que tenía de guapo lo tenía de tonto y aquel tío no sabía de qué iba la cosa.
—Sabes lo que soy y para qué me han contratado, ¿no?
—Sí.
—Entonces no entiendo a qué viene tu pregunta.
—¿Quieres que tú y yo…? —preguntó señalándonos a los dos.
La madre que me parió.
Que sí, que iba a ser tonto.
—No sé tú, pero yo aquí no veo a nadie más. Ahora, que si me dices que hay fantasmas y tú los ves, yo te creo.
Soltó una carcajada.
¿De qué coño se reía?
Virgencita, mira que me habían tocado raros, pero aquel se llevaba la palma. Joder, sabía que la noche no iba a ser tranquila, pero aquello rozaba lo esperpéntico.
Volví a mirar el reloj.
Cinco minutos más.
Y nada.
El tío seguía tan pancho sentado a mi lado, bebiéndose la botella de agua sorbo a sorbo.
—¿Cuánto cobras por una hora de tu trabajo?
La contestación me salió del alma. No sabía si por los nervios que me estaba provocando o por qué, pero le respondí de no muy buenas maneras.
—¿Y a ti qué te importa? Esta hora ya está pagada. No tienes que pagar nada.
Sonrió.
Joder, encima tenía una sonrisa preciosa.
Qué pena que fuera tonto.
—¿Puedo contratarte para toda la noche?
Eso había pasado pocas veces. En todo el tiempo que llevaba trabajando en aquello, solo en dos ocasiones habían pedido mis servicios para una noche entera.
Una fue con un tío que me dejó reventada y sin poder sentarme bien durante tres días.
La otra, con un hombre mayor que, después del primer asalto, se quedó dormido.
La razón por la que casi nadie contrataba más de dos horas era sencilla: salía por un pico.
—Sí, se puede. Pero no es lo habitual.
—¿Por qué no?
Joder, qué preguntón me había salido el tío, pensé mientras resoplaba bajito.
—La tarifa por una noche es alta. Por eso no suelen contratarme tantas horas.
—¿Cuánto?
La hostia puta…
Qué nochecita me estaba dando el pesado del demonio.
—¿Tienes ahí tu móvil?
Me miró extrañado.
—Sí. ¿Por?
—Si me lo dejas un momento, te pondré la página donde nos contratan y podrás saber todo lo que quieras.
—Bien —dijo mientras sacaba el teléfono del bolsillo trasero del pantalón.
Lo desbloqueó y me lo pasó.
Treinta segundos después se lo devolví con la página abierta, donde aparecían las fotos de todas las chicas a las que Crystal conseguía trabajo, así como las tarifas y las normas de cada una.
La revisó durante unos segundos y deslizó varias veces el dedo por la pantalla.
—Ya está —dijo mientras dejaba el móvil encima de la mesa de centro.
—¿Ya está el qué?
—Pagada tu tarifa para toda la noche.
Lo miré con los ojos como platos.
—¿Perdón?
Frunció el ceño.
—Perdona. Es cierto que debería haberte preguntado antes si tenías algo que hacer.
¿Qué cojones iba yo a tener que hacer aparte de alucinar en aquel momento por colores?
—No tenía nada que hacer, pero…
—¿Pero? —me cortó.
—¿Por qué has hecho algo así?
—Parece que el tiempo te preocupa y he pensado que, si no tienes prisa por irte, estarás más tranquila. Además, lo mejor es que te quedes aquí al menos durante la hora que los gilipollas de arriba han pagado. Seguro que luego le preguntan al portero a qué hora te has marchado.
Ojiplática.
Así estaba, os lo juro.
Al ver que no decía nada, me miró con una ceja levantada.
—Pasada esa hora puedes irte cuando quieras.
Ole.
Con aquella respuesta todavía más alucinada me quedé, si eso era posible.
Y hasta un poquito de miedo me entró porque el tío no es que fuera raro de cojones, que lo era, sino que empezaba a parecer que no estaba muy bien de la cabeza.
—Vamos a ver, porque me estoy perdiendo. Has pagado para que me quede toda la noche, pero me dices que me vaya cuando quiera. ¿Sabes lo contradictorio que suena eso?
Soltó una risita y se encogió de hombros.
—Solo quiero que estés bien.
¿Que estuviera bien?
¿Pero cómo coño iba a estar bien mientras me decía aquellas cosas?
Que soy una prostituta, señor mío. Tú no tienes que preocuparte de si estoy bien o no.
—Oskar. Porque te llamas Oskar, ¿cierto?
—Sí, me llamo Oskar.
—¿Tú te medicas?
Soltó una carcajada que llenó todo el salón.
—No. Ni tomo medicación, ni bebo de más, ni me drogo. ¿Te he dado esa impresión?
—Pues…
Volvió a reír.
—Vale. Tú has sido clara, así que yo también lo seré. Creo que estás pensando en llamar a un psiquiátrico o a un exorcista.
—Son las dos primeras opciones que se me han pasado por la cabeza, la verdad —dije, acabando por echarme a reír ante lo surrealista de la situación.
—En ningún momento he pensado en sustituir a mi primo en el servicio que le habían contratado. Solo te he sacado de allí porque conozco un poco a los gilipollas de sus amigos y no quería que las cosas se salieran de madre y acabar partiéndoles la boca.
Si antes estaba alucinando, en ese momento ya podía asegurar que, si me hubieran pinchado, no me habrían sacado ni una gota de sangre.
—Entonces, si no tienes pensado hacer nada conmigo, ¿por qué has pagado toda la noche?
—Eso ya te lo he dicho. Parece que el tiempo y el dinero son un problema para ti.
Suspiré.
Ya había perdido la cuenta de cuántos suspiros llevaba y, por cómo se estaban dando las cosas, parecía que todavía me quedaban unos cuantos más.
—Estás en esto por la pasta, ¿no?
—En esto nadie está por gusto, te lo aseguro.
Asintió, comprensivo.
—Eres muy joven.
Asentí.
—¿Cuánto llevas en esto? Si no te importa decírmelo.
Nunca hablaba con mis clientes de nada personal. Aparte de mi nombre falso, ninguno de los hombres con los que había estado sabía nada de mí.
Pero no tenía ni puñetera idea de por qué o qué fue exactamente lo que me pasó con Oskar.
Me transmitía confianza.
Y no me importó contestarle.
Además, después de explicarme por qué había hecho todo aquello, había dejado de pensar que estaba tarado.
Simplemente parecía un buen tío.
—Tengo veinticuatro y llevo en esto unos dos años.
—Joder… Dos años son muchos…
Dejó la frase en el aire.
No hacía falta que la terminara.
Los dos sabíamos lo que quería decir.
Muchos hombres.
—No tantos como piensas, pero sí unos cuantos. Además, muchos son fijos.
Asintió y dejó el tema.
—No sé tu nombre.
—Jazmín.
Sonrió.
—Ese nombre te pega, pero no es el tuyo, ¿no?
—No. No lo es. Pero es el único que puedo decirte.
Se quedó pensando unos segundos y yo lo miré expectante.
Porque a saber por dónde iba a salir ahora.
—¿Has cenado?
—¿Qué? —pregunté sorprendida.
—Que si has cenado.
—Ehhh… Pues sí. Un vaso de leche con galletas.
—Eso no es cenar.
¿Y qué coño quería que le dijera?
¿Que no tenía nada más en la nevera porque me había llegado el recibo de la luz y no me había quedado dinero para comprar otra cosa aparte de leche, arroz y un poco de fiambre?
No contesté.
Me encogí de hombros.
Cogió el móvil, trasteó con él y me preguntó de qué me gustaba la pizza .
Una pizza .
Solo de pensar en ella, poco me faltó para empezar a salivar allí mismo. Hacía tanto tiempo que no me comía una que ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez.
Veinte minutos después llamaron al timbre y un repartidor nos trajo dos pizzas familiares.
Nos pusimos a comerlas en la isla de la cocina mientras hablábamos de cosas sin importancia.
Nada personal.