Capítulo 6
Salí de la ducha y me fui directamente al armario.
Misma preparación y rutina de siempre.
Ropa interior negra al completo. Vestido negro. En esa ocasión elegí uno por encima de la rodilla, con vuelo desde la cintura y entallado en el resto, y un escote de vértigo que me llegaba hasta el ombligo.
Maquillaje sutil. Peluca color caoba. Zapatos y bolso rojos, totalmente imprescindibles, y un toque de perfume.
Ya estaba preparada para otra noche.
Para otro servicio.
Para uno menos de los que me quedaban por hacer hasta conseguir el dinero que me faltaba para pagar el maldito préstamo.
Cogí la gabardina de la percha de la entrada y me la puse antes de salir. Me ajusté bien el cuello porque ya sabía que, en cuanto pusiera un pie en la calle, la bofetada que me daría el frío sería mortal.
No me equivoqué ni un poco. Hacía un frío helador.
Ya estábamos en noviembre y cada día se notaba más la cercanía de las Navidades.
Navidades…
Unas fechas en las que no quería ni pensar porque, al hacerlo, se me encogía el corazón al saber que otro año más las pasaría sola y que durante esos días echaría todavía más de menos a mi padre.
A él le encantaban esas fechas. Se volvía loco decorando la casa y disfrutando de todo lo que la ciudad ofrecía durante aquellos días.
Desde que murió, dos años atrás, había sido incapaz siquiera de comerme un dulce navideño, mucho menos de celebrar o decorar nada.
Sacudí la cabeza para sacar aquellos pensamientos de mi mente. Era hacer eso o ponerme a llorar, así que tuve que obligarme a hacerlo mientras me montaba en el taxi.
Le di al taxista la dirección. No se trataba de una casa como tal, sino de un ático situado en un edificio de una de las zonas más adineradas de Nueva York.
Vamos, que estaba segura de que los hombres de la despedida eran niños ricos. Seguramente, herederos que habían nacido en una cuna de oro y no sabían lo duro que era trabajar para ganarse el pan.
Seguro que la vida se lo había dado todo hecho y trabajaban, si es que lo hacían, en las empresas de sus papás o en puestos que habían conseguido por enchufe.
No es que yo fuera de juzgar a la gente, pero, durante el tiempo que llevaba haciendo ese trabajo, había conocido a demasiados hombres así.
Por eso estaba bastante segura de que los que me encontraría al llegar a aquel ático serían de esos.
Niños pijos, como los llamaba James.
Me bajé del taxi después de pagar y me quedé mirando el impresionante edificio que tenía ante mí.
Elegante, eso sin duda.
Caro, eso por descontado.
Y bastante grande.
Tendría unas veinte plantas, por lo que pude calcular mirando las ventanas, y sabía, sin necesidad de llegar arriba, que el ático al que iba ocuparía toda la última. La mayoría de aquellos edificios eran así y ya había estado en unos cuantos como para saber lo que me iba a encontrar.
Lo primero que vi al entrar fue al portero, que estaba en su puesto con el uniforme sin una sola arruga y cara de aburrimiento.
Abrí la puerta y entré.
—Buenas noches.
—Buenas noches, señorita. ¿Qué desea?
—Me esperan en el ático.
Ya debían haberle avisado de que yo aparecería en cualquier momento porque no le hizo falta llamar para comprobarlo, como solían hacer en ese tipo de edificios.
Aun así, me preguntó mi nombre.
Como debía ser.
Muy profesional por su parte. Así evitaban que subiera cualquiera, como una novia loca y celosa o alguna otra mujer que pudiera aparecer para reventar la fiesta.
—¿Su nombre?
—Soy Jazmín.
Asintió.
—Venga conmigo. Yo mismo la acompañaré al ático. El ascensor necesita un código para subir.
—Gracias.
Lo seguí y, cuando se abrieron las puertas del ascensor, me cedió el paso. Aparté la mirada cuando introdujo el código para que viera que era discreta.
Y eso pareció gustarle porque vi su media sonrisa reflejada en el espejo que teníamos delante.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, salí sin esperar a que él lo hiciera.
—Muchas gracias.
—Cuando se vaya, coja este mismo ascensor. Para bajar, no es necesario ningún código.
Asentí.
—Y, señorita, tenga cuidado ahí dentro. Demasiado alcohol y muchos hombres acostumbrados a salirse con la suya.
La preocupación con la que me lo dijo y la ternura con la que me miró me hicieron entender que sabía de sobra a lo que venía.
Nadie solía preocuparse así por mí y aquel gesto me calentó un poco el alma.
—Siempre lo tengo. Y no se preocupe, yo también tiendo a salirme con la mía. No aguanto tonterías de nadie.
Sonrió.
Ante mis palabras sí que sonrió de verdad.
—Eso está bien. Tiene carácter.
—Lo tengo. No me ha quedado más remedio que tenerlo para sobrevivir.
—De todas maneras, si necesita cualquier cosa, estoy abajo. No dude en avisarme.
—Muchas gracias.
Asintió por última vez y yo hice lo mismo mientras las puertas del ascensor se cerraban.
Fui hasta la puerta del ático, la única que había en aquella planta, como me había supuesto, y me quité la gabardina. Cogí aire, puse mi mente en modo trabajo y llamé al timbre.
La puerta se abrió y, nada más ver lo perjudicado que estaba el gilipollas que me miraba desde el otro lado, supe que la hora que iba a pasar allí se me haría muy larga.
—Vaya, una conejita. Pasa, pasa.
—Hola.
Tambaleándose un poco, caminó por un pasillo. Yo fui detrás mientras ponía los ojos en blanco ante semejante espectáculo.
Llegamos a lo que supuse que era el salón, del que salía música rock que, menos mal, estaba bajita porque la canción era malísima.
Cuando el hombre se apartó, pude ver la que tenían allí montada.
Me bastó un vistazo rápido para saber que eran unos descerebrados. Había botellas de alcohol repartidas por la mesa grande que ocupaba uno de los laterales y polvo blanco, seguramente cocaína, encima de la mesa de centro.
Había bastante.
Asqueroso, pensé.
Nunca me había drogado y no tenía intención de hacerlo jamás. Era algo que no soportaba. Ni hacerlo ni ver cómo otros lo hacían y, por desgracia, ya me había tocado presenciarlo en varias ocasiones.
En el sofá grande del centro había tres hombres sentados, descamisados y en el mismo estado de embriaguez que el que me había abierto la puerta y seguía a mi lado.
En otro sofá, colocado perpendicular al primero, había otros dos hombres.
Uno de ellos estaba igual que los demás.
Pero el último en el que me fijé, no.
Y eso me pareció raro.
Muy raro.
O estaba allí por obligación, o no era tan idiota como el resto, o simplemente no tomaba drogas ni bebía alcohol y por eso no se encontraba en el mismo estado que los demás.
—Liam, aquí está tu regalo de despedida. Espero que lo disfrutes.
Los cinco hombres, al oír hablar al que estaba a mi lado, giraron la cabeza hacia nosotros. Ninguno parecía haberse percatado todavía de mi presencia.
—¿Una puta? ¿Habéis contratado una puta como regalo de despedida? ¿Se os va la olla o qué? Si Mary se entera, me corta los huevos. Además, yo no soy así. No quiero engañarla.
Vaya…
Eso sí que me sorprendió.
Mira tú por dónde, tenía delante a un hombre fiel que, además, estaba enfadadísimo por el «regalo» que habían querido hacerle sus amiguitos.
Si es que todavía quedaban hombres sensatos.
Borracho y drogado, pero sensato.
—No jodas, macho. Si no se va a enterar. Tú pásalo bien una hora y ya está —dijo un moreno que estaba sentado a su lado.
—Pero yo lo sabría y no podría vivir con ello. Ni mirarla a la cara después.
Qué suerte tenía la tal Mary, pensé sonriendo para mis adentros. Aquel hombre la quería y la respetaba.
—Señores, pues creo que ya está todo dicho. Mis servicios no serán necesarios. Que tengan buena noche.
Me dispuse a darme la vuelta, pero el tío que estaba a mi lado me agarró del brazo con más fuerza de la necesaria.
—Tú de aquí no te vas. Si él no quiere disfrutar de un buen polvo, lo haremos los demás.
—No.
—¿No? ¿Cómo que no? Tú harás lo que se te diga, que para eso vas a cobrar.
Cerré los ojos y conté hasta tres.
—El acuerdo era un servicio con un hombre. No, con varios.
—Pues el acuerdo ha cambiado. Nos la vas a chupar a todos por turnos.
Me solté de su agarre y di un paso atrás.
—No.
Soltó una carcajada.
—Vamos, zorra, no te pongas exquisita ahora. Lo vas a hacer, así que vete arrodillándote.
—No.
—¿Qué quieres? ¿Más dinero? Pues por eso no te preocupes. Pagaremos.
—Yo paso —dijo el que estaba sentado al lado del hombre que parecía sobrio.
El que, por cierto, miraba de muy malas maneras al que tenía junto a mí. Era como si en cualquier momento fuera a levantarse y darle un puñetazo en su fea cara.
Y a mí…
A mí me miraba de una forma muy rara.
No mal, aunque tampoco sabría decir que bien.
En su mirada había algo parecido a protección y pena.
O una extraña mezcla de ambas.
—Pues yo me apunto. ¿Cuánto hay que pagar por una mamada?
Otro gilipollas que se subía al carro.
—Dejad que la chica se marche y sigamos con lo que estábamos haciendo —dijo el novio.
—Hemos pagado por una hora de sus servicios y es lo que va a darnos —protestó el baboso que seguía a mi lado.
—Pero era un servicio con uno solo de nosotros, no con todos. Así que deja de joder la despedida con chorradas y deja que se marche —insistió el novio.
—Pues, si es así, es justo que al menos uno de nosotros disfrute de ella.
El hombre que estaba sobrio se levantó del sofá y se acercó a nosotros con pasos lentos, como si toda aquella situación le agotara.
—Liam, ¿estás seguro de que no quieres tu regalo?
Se miraron y entre los dos mantuvieron una especie de conversación silenciosa.
—No. Pero, si es mi regalo, puedo hacer lo que quiera con él, ¿no? —le preguntó al gilipollas que seguía a mi lado.
—Sí, supongo que sí.
—Perfecto. Oskar, llévatela a la habitación del fondo. Te cedo mi regalo.
El tal Oskar, que era el que estaba sobrio, asintió sonriendo.
—No me jodas. ¿Se la das a él? No ha bebido, no ha tomado nada, apenas ha hablado y se ve claramente que está aquí por obligación. Solo ha venido porque es tu primo —protestó uno de ellos.
—Por eso mismo se la cedo. No se está divirtiendo con nuestra fiesta. Igual con la chica se lo pasa mejor.
Todos empezaron a protestar a la vez.
Oskar se acercó a mí y me tendió la mano.
Dudé.
No podía evitarlo.
Pero algo en su mirada me dijo que estuviera tranquila, que con él estaría bien, así que, con las ganas que tenía de perder de vista a todos aquellos imbéciles, la duda desapareció de un plumazo.
Le agarré la mano.
—Liam, déjame las llaves del piso de abajo.
Liam se levantó y sacó de un cajón del mueble del salón un juego de llaves que le lanzó.
—Enciende la calefacción en cuanto entres. Lleva vacío mucho tiempo y hará frío.
—Lo haré.
—No me jodas, qué suerte tiene el muy capullo. La tía está buena y seguro que con esa boquita hace maravillas —dijo uno de ellos.
Oskar lo fulminó con la mirada.
—Que lo paséis bien, señores. Mañana, si no habéis muerto de un coma etílico, os veré en la comida de la preboda.
Con esa despedida, Oskar tiró suavemente de mi mano y me condujo por el pasillo.
Sin decirnos una sola palabra ni mirarnos siquiera, salimos del ático.