Solo sobreviví Capítulo 5
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Capítulo 5

Salí de la última oficina que me tocaba limpiar esa mañana y me fui directamente a la boca de metro.

Siempre que era posible, solía coger el autobús, el metro o iba andando a los sitios en los que me tocaba trabajar. Todo lo que fuera no gastar de más era bienvenido.

Aunque, cuando tenía alguno de los servicios de mi trabajo complementario, solía ir en taxi y me jodía bastante porque baratos no eran precisamente. Pero ir en metro, por ejemplo, con los vestidos que me ponía y a altas horas de la noche, la mayoría de las veces no era una opción.

A esas horas, tanto en el metro como por la calle, había mucho gilipollas suelto y no tenía ninguna necesidad de arriesgarme a que me pasara algo.

Me monté en el metro que me dejaría a una calle de donde vivía y me senté, cansada, en el primer asiento libre que encontré.

El móvil sonó dentro de la mochila.

Sin sacarlo siquiera, ya sabía quién era y eso me hizo sonreír.

Solo podían ser dos personas, las únicas que solían mandarme mensajes: Crystal o Anna. Y estaba segura de que la primera no era porque la noche anterior había tenido servicio y nunca solía darme trabajo dos días seguidos.

Así que solo podía ser mi Anna.

Desbloqueé el móvil y justo ahí estaba mi querida amiga.

Anna: Buenos días, loca.

Astrid: Habló la que está muy cuerda.

Anna: Ja, ja, ja. Valeee, pues las dos estamos locas al mismo nivel.

Astrid: Con eso ya estoy más de acuerdo. ¿Qué tal todo?

Anna: Bien. ¿Sabes qué? Mi padre nos dijo ayer que quiere jubilarse y vivir la vida con mi madre. Dice que ya es hora de parar un poco y disfrutar.

Astrid: Y tiene razón. Se lo ha ganado.

El padre de Anna, Thomas Nielsen, era un currante que, partiendo de la nada, había creado una empresa de energías renovables que en esos momentos estaba en todo lo alto y era rentable, no, lo siguiente.

Vamos, que ganaban mucha pasta.

Desde que fundó la empresa siendo solo un crío, había trabajado de forma incansable, haciendo más horas que un reloj para sacarla adelante.

Y lo había conseguido.

Por eso no me extrañaba nada lo que me estaba contando Anna.

Se merecía un descanso y disfrutar junto a su mujer, Molly, de la vida.

Anna: Sí, mi madre está contentísima con su decisión.

Astrid: Los dos se merecen vivir y disfrutar.

Anna: Sí, yo también pienso lo mismo. Así que, dentro de unos meses, porque dice que no quiere hacerlo sin dejarlo todo cerrado, oficialmente la empresa tendrá otro CEO. Mi hermano será mi nuevo jefe.

Su hermano…

Apreté los dientes y los puños.

Solo con mencionarlo me hervía la sangre.

Habían pasado años, pero no se me había olvidado ni un poco cómo terminaron las cosas entre nosotros.

Cosas que nadie sabía.

Solo él y yo.

Aunque Anna me había preguntado mil veces qué había pasado entre nosotros, hacía ya tiempo que había dejado de hacerlo porque llegó un momento en el que le pedí, por favor, que no volviera a hablarme de su hermano más de lo estrictamente necesario.

Pero nunca se lo conté.

Era algo que, solo con hablar de ello, me hacía daño y estaba segura de que a Anna no le sentaría muy bien saberlo, así que me lo callé.

Aunque ella siempre había sabido que algo gordo había pasado entre su hermano y yo. Porque pasamos de llevarnos bien a que yo, principalmente, lo fulminara con la mirada en cuanto lo tenía delante.

Vamos, que pasamos de amigos a enemigos en cuestión de días.

Bueno, decir que fuimos amigos era quedarse corta porque fuimos más que eso.

Mucho más.

O eso pensé yo.

Astrid: Qué ilusión más grande tener al gran Storm Nielsen de jefe. Es el sueño de cualquiera.

Anna: Astrid, noto la ironía en tus palabras.

Astrid: Porque están escritas así.

Anna: Han pasado años. ¿Cuándo coño me vas a contar qué pasó?

Astrid: ¿Nunca?

Anna: Astrid…

Astrid: Anna…

Anna: Joder, cuando te pones así te cogería del cuello y te zarandearía, te lo juro.

Astrid: Deja mi cuello, que lo necesito para sostener la cabeza.

Anna: En serio, Astrid. ¿Por qué no quieres hablar de ello?

Astrid: Porque no hay nada de lo que hablar.

Anna: Sí que lo hay, y si han pasado años y lo sigues teniendo enquistado, es por algo.

Astrid: No tengo nada enquistado. Simplemente, mi amistad con tu hermano se acabó y punto. No hay nada más que decir.

Anna: Me agotas, de verdad. Pero sabes que algún día acabarás contándomelo. No dejaré de insistir.

No cuentes con ello porque eso no pasará, quise decirle, pero preferí cambiar de tema porque hablar de su hermano me rayaba mucho la cabeza.

Astrid: Bueno, dejemos el tema. ¿Lo demás bien?

Anna: Puf. Está bien, como quieras. Sí, lo demás, todo bien. Hoy tengo una cita con un chico muy majo que conocí en esa app de citas en la que te dije que me había apuntado.

Astrid: Ten cuidado, Anna. Algunos tíos de esas apps no son lo que parecen. Mienten más que hablan.

Anna: Lo sé, pero este parece majo y está buenísimo. No quiero que me pida matrimonio, pero a un revolcón no le voy a hacer ascos.

Astrid: Ja, ja, ja. Siendo así, disfruta.

Anna: Lo haré. Y tú, ¿anoche qué?

Astrid: Bien. Fue un servicio normal. Sin incidentes.

Anna: Joder, Astrid, ¿cuándo coño vas a dejarlo? Me mata saber lo que estás haciendo. Yo puedo ayudarte.

Astrid: Ya queda poco. En unos meses habré terminado de pagarlo todo y se acabará. Sé que me ayudarías, pero no puedo aceptarlo.

Anna: Eres una puñetera cabezota.

Astrid: Esa soy yo.

Anna: Puf.

Astrid: Estoy bien, Anna. Ya ni siento ni padezco. Voy, lo hago y ya está.

Anna: Qué mierda todo. Solo de pensar en ello se me ponen los pelos de punta, coño.

Astrid: Fue mi decisión. Es algo que arrastraré toda mi vida, pero es lo que me ha tocado y ya está. Me voy a bajar del metro. Tengo que comer a la carrera para ir a la cafetería. Te voy a dejar y esta noche te llamo, ¿vale?

Anna: Pues no debería ser así… No te mates mucho. Esta noche hablamos. Te quiero.

Astrid: No lo haré. Yo también te quiero.

Me bajé del metro con esa sensación de nostalgia y el nudo en el estómago que se me formaba siempre que hablaba con Anna.

Daba igual que fueran cuatro mensajes, una llamada de cinco minutos o una videollamada de una hora.

Saber que ella seguía a mi lado pese a todo siempre me dejaba un poco plof por lo muchísimo que la echaba de menos.

Solo unos meses más, Astrid, me dije para darme ánimos mientras entraba por la puerta de casa a la carrera.

Me comí a toda prisa una tortilla y una sopa que había dejado preparadas por la mañana antes de irme y volví a salir para dirigirme a la cafetería, donde pasaría las siguientes cuatro horas sirviendo cafés y meriendas.

Cuando salí de mi segundo trabajo estaba agotada.

Menuda tarde me habían dado.

Un cumpleaños de quince niños, todos hablando y pidiendo cosas a la vez, agotaba la paciencia del más santo.

Que digo yo… ¿No habría otros sitios más adecuados para celebrar un cumpleaños que una cafetería?

Pues, al parecer, no.

A la simpática de la madre se le había ocurrido aquella genial idea y la que había pagado el pato aguantando a su hijo y al resto había sido yo.

Pero, en fin, lo mejor era llegar a casa, darme una ducha, comer lo que pillara y tumbarme en el sofá a ver alguna mierda que echaran en la tele para intentar borrar aquella tarde de mi cabeza.

Estaba a punto de irme a la cama cuando sonó mi móvil.

Fruncí el ceño porque a esas horas solo podía ser una persona.

Solo esperaba que el servicio no fuera para ese mismo momento porque bien claro le iba a decir que no. No podía ni abrir bien los párpados por el cansancio; mucho menos iba a poder abrirme de piernas.

Crystal: Mañana a las 22.00 h. Te paso la ubicación de la casa. Despedida de soltero. El servicio es una sorpresa para el novio. Si no acepta, los amigos pagarán igual. Buenas noches, que descanses, Jazmín.

Mierda…

Una despedida, pensé resoplando.

Eso significaba muchos hombres cargados de alcohol y la mayoría solían ponerse muy gilipollas. Pero esos servicios se pagaban bien y no podía decir que no.

No era la primera despedida a la que iba ni seguramente sería la última, así que lo mejor era no pensarlo demasiado e ir preparada, como hacía siempre.

Porque en una despedida muchas cosas podían salirse de control y yo no estaba dispuesta a permitir que eso pasara.

Estar sola en una casa con varios hombres, sin saber cómo eran ni qué pensamientos podían tener, era algo que no me gustaba ni un pelo.

Hasta ese momento, en las despedidas a las que había ido no había tenido más problemas que tener que pararles los pies a algunos que se pasaban de listos o negarme a acostarme con todos los presentes, porque, por supuesto, no habían pagado por ese tipo de servicio.

En fin, solo esperaba que aquella despedida fuera como las anteriores y no pasara nada raro.

Eso fue lo que pensé mientras me metía en la cama, sin saber en aquel momento lo equivocada que estaba.