Solo sobreviví Capítulo 4
11%

Capítulo 4

Entré en el portal y no me importó el frío que hacía. Me apoyé en la pared y me quité los zapatos.

Con ellos en la mano, subí los dos tramos de escaleras que había hasta llegar a mi cajita de zapatos. Saqué las llaves del bolso y abrí la puerta. Seguía en modo automático y no volvería a ser realmente yo hasta que me quitara el uniforme y pasara por la ducha.

Dejé el bolso y la gabardina encima del sofá. Ya los recogería después. Lo primero era lo primero.

Entré en el baño y abrí el grifo para que el agua se templara un poco. Caliente sabía que no iba a salir porque la caldera fallaba más que una escopeta de feria, pero, al menos, un poco templada sí.

No era la primera vez que me tocaba ducharme con agua fría, pero, al parecer, aquel día no iba a ser uno de esos y di gracias al cielo por ello.

Me quité la ropa y la peluca a toda prisa y, sin pensarlo más, entré en la ducha.

Al mismo tiempo que las primeras gotas de agua caían sobre mi cabeza, las primeras lágrimas de las muchas que derramaría durante los siguientes minutos empezaron a caer también.

Siempre que llegaba a casa después de un servicio y me metía en la ducha, me pasaba lo mismo.

Allí, sola y sintiéndome sucia por lo que me había tocado hacer, me derrumbaba. Era el único momento en el que me permitía compadecerme de mí misma durante unos minutos.

Sí, solo allí y estando sola me lo permitía.

Lloraba por todo lo que llevaba dos años haciendo y por el motivo que me había llevado hasta aquella situación.

Cerré los ojos y pensé en él.

En mi padre.

Walter Mortensen.

Llorando de forma desgarradora, golpeé los azulejos con los puños mientras pensaba en lo mucho que lo echaba de menos. En todo lo que pasó, en todo lo que sufrió.

Para nada.

Sí, para nada, porque, por mucho que él luchara y por mucho que yo lo acompañara durante todo aquel duro proceso, no sirvió de nada.

Bueno, de nada no.

Sí que sirvió para una cosa: para que al final el puto cáncer le ganara la partida y para que yo tuviera que llevar después, sin él, una vida que jamás habría imaginado.

Pensé en aquel día en el que llegó a casa lleno de ilusión. La mía no fue tanta.

Vivíamos en Copenhague, en la casa en la que habíamos pasado toda nuestra vida, y me contó que en la empresa en la que trabajaba le habían ofrecido un puesto directivo con el que ganaría mucho más. Según él, aquello nos permitiría tener una vida mejor.

No es que viviéramos mal, porque no era así.

Pero sí teníamos que apretarnos el cinturón muchas veces porque su sueldo era bastante más bajo que el que le ofrecían con aquel nuevo puesto.

Me alegré mucho por él, pero me dolió en el alma tener que dejar atrás todo lo que conocía para irnos a Nueva York, que era donde estaba aquel trabajo tan bueno.

Así que, con dieciocho años recién cumplidos, dejé mi vida y me marché con él a miles de kilómetros del único hogar que había conocido.

Del lugar en el que estaban mis mejores recuerdos y vivencias hasta ese momento.

Allí estaban los recuerdos de mi madre, a la que perdí cuando solo tenía seis años después de que un camionero perdiera el control al volante y arrollara su coche una mañana mientras iba a trabajar.

También dejé atrás a Anna y a otras personas en las que prefería no pensar.

Así fue como vendimos nuestra casa, cogimos las maletas y nos plantamos en Nueva York.

El primer año fue bien. Solo podía decir eso, porque tampoco podía asegurar que hubiera sido para tirar cohetes. Al menos, no para mí.

Empezar la universidad en un país distinto al mío, donde la gente era diferente, con un trato mucho más cercano al que yo estaba acostumbrada, fue duro, pero no me quedó más remedio que adaptarme.

La primera mitad del segundo año fue más de lo mismo.

Mi padre estaba contento en su puesto, al que no le había costado adaptarse, y yo seguía con mi segundo año de universidad. Ya había conocido a gente. No amigos, pero sí personas con las que solía salir de vez en cuando.

Pero, pasados esos primeros meses, fue cuando todo se fue a la puta mierda.

Mi padre empezó a encontrarse cada día peor.

Dolores de cabeza constantes, náuseas a distintas horas del día y una bajada de peso que se hizo muy evidente en poco tiempo.

Largas horas en el hospital.

Pruebas, análisis y un diagnóstico demoledor fue lo que tuvimos en apenas una semana después de que, por mi insistencia, aceptara ir al médico.

Tumor cerebral.

Ese fue el diagnóstico que marcó el principio del cambio de nuestra vida.

En poco tiempo tuvo que dejar de ir a trabajar. Las primas que ganaba se esfumaron y, encima, el seguro médico que teníamos no cubría el tratamiento experimental que le ofrecieron y que, según los médicos, era lo único que podía funcionar.

Él, al ver el coste, se negó por completo a someterse al tratamiento.

Pero, después de una semana de lágrimas y ruegos por mi parte para que no se rindiera y luchara todo lo que hiciera falta, conseguí hacerle entrar en razón.

Dinero para enfrentarnos a algo así no teníamos, por lo que decidimos pedir un préstamo muy alto a nombre de los dos.

Conclusión: El dinero voló con rapidez, mi padre no superó el cáncer porque, al parecer, el destino ya tenía escrito que así fuera y yo me quedé en un país que no era el mío, sola, completamente hundida y con una deuda imposible de pagar con un trabajo normal.

Dejar la casa en la que habíamos vivido durante aquellos casi dos años fue lo primero que hice.

Busqué y busqué como una loca hasta que encontré el apartamento en el que vivía ahora. Fue lo más económico que pude encontrar y, siendo sincera, no estaba precisamente en el mejor barrio, pero lo había encontrado a la desesperada y tenía que conformarme.

Lo siguiente que hice fue dejar la universidad. Con pesar, claro, porque me gustaba mucho la carrera que había elegido.

Administración de Empresas y Finanzas. Eso era lo que había estudiado durante dos cursos y se me daba bien. Muy bien, de hecho. Pero no pude empezar el tercero y no creía que pudiera hacerlo nunca.

Busqué trabajo. Había que comer, pagar el alquiler y hacer frente a las altas cuotas del préstamo.

Ni siquiera con los dos trabajos que encontré, que, como no tenía estudios, eran trabajos en los que se ganaba una mierda, me llegaba para pagarlo todo.

Por las mañanas iba a limpiar oficinas, casas y hasta algún colegio. Por las tardes seguía trabajando, pero en ese turno iba a una cafetería del barrio al que me había mudado.

Pero ni así. Ni siquiera con dos trabajos podía hacer frente a todos los gastos.

Aunque arrastraba un cansancio que empezaba a pasarme factura, también comencé a trabajar algunos fines de semana poniendo copas en un pub de mucho postín.

Y fue precisamente ahí donde, después de escuchar por casualidad una conversación entre dos chicas, acabé pidiéndoles el teléfono de su jefa, que no era otra que Crystal.

Fui a verla una mañana a la cafetería en la que me citó y, cuando salí de allí, tenía un nuevo trabajo.

Uno que me haría perder mis principios, mi dignidad y parte de mi alma, pero que me daría de comer y me ayudaría a pagar las deudas con más facilidad y rapidez.

Mi primer servicio llegó una semana después de aquella entrevista con Crystal, en la que me habló con mucha sinceridad y me explicó en todo momento cómo eran las cosas y lo que iba a encontrarme.

No me mintió.

Todo lo que me dijo pude comprobarlo no solo en ese primer servicio, del que salí siendo una Astrid totalmente distinta, sino también en todos los que vinieron después.

En aquel primer servicio aprendí que o desconectaba antes de entrar en esas habitaciones de hotel o no podría seguir haciéndolo durante mucho tiempo, porque sentirme usada y sucia, y saber que vendía mi cuerpo, acabaría destrozándome en pocos días.

Así que me endurecí.

Cambié.

Dejé de ser una niña asustada y triste que lloraba por la muerte de su padre y por lo mucho que echaba de menos su vida en Copenhague para convertirme en una mujer dura, con el corazón cerrado y a la que nadie podía mangonear.

Tuve que hacerlo.

No me quedó otro remedio.

Era endurecerse y seguir.

O sentir y caer.

Y yo le había prometido a mi padre en su lecho de muerte que seguiría adelante, pasase lo que pasase. Y lo iba a cumplir.

Vaya si lo iba a cumplir.

Vamos, que ya lo estaba haciendo.

Así era como había llegado a tener aquel trabajo que no cualquiera sería capaz de soportar.

Porque sí, se ganaba dinero. Tampoco tanto, no penséis que eran miles de dólares, pero había que tener unas tragaderas muy grandes y unas espaldas muy anchas para aguantar todo lo que tenía que soportar en algunos servicios.

No sería ni la primera ni la última vez que, nada más acabar y sin que me viera el cliente, me excusaba para ir al baño antes de marcharme y, allí, arrodillada frente a la taza, echaba hasta la primera papilla que comí de niña por el asco que había sentido.

Salí de la ducha y me enrosqué en una toalla.

Suspiré pensando que ya quedaba poco para que mi vida volviera a cambiar. Solo me quedaban unos meses para acabar de pagar el maldito préstamo y entonces podría plantearme qué hacer con ella.

Aunque últimamente había una idea que me tentaba cada vez más.

Volver a Copenhague.

Allí tendría un trabajo de mierda igual, pero, al menos, estaría con Anna.

Sonreí al pensar en ella.

Pensé en el día en que nos conocimos, cuando solo éramos dos niñas de tres años en nuestro primer día de colegio.

Solo hicieron falta unas pocas palabras por su parte, dos sonrisas por la mía y ¡chas! Amigas inseparables hasta el día de hoy.

Durante nuestra infancia y adolescencia vivimos tantas cosas que podríamos escribir un libro enorme con todas aquellas anécdotas.

Las cosas podrían haber cambiado entre nosotras cuando me mudé.

Pero no.

La distancia, en vez de alejarnos, nos unió todavía más, si eso era posible.

Durante los primeros dos años volví algún fin de semana suelto para verla. Pero, desde que las cosas se pusieron tan mal con mi padre, ya no había podido regresar, así que era ella la que viajaba cuando podía y venía a verme.

Y esos días que se quedaba conmigo en mi cuchitril eran los únicos en los que, durante aquellos dos últimos años, me permitía ser un poco la Astrid divertida y dicharachera que había sido siempre y no el bloque de hielo en el que me había convertido desde que murió mi padre.

Con el pijama puesto, ese gordito que me daba el calor que necesitaba en esos momentos y me hacía sentir un poco mejor que durante la ducha, me metí en la cama.

Solo hicieron falta tres minutos para que cayera rendida, vencida por el sueño y el cansancio, en brazos de Morfeo.