Capítulo 3
Una hora después salí por la puerta del hotel de la misma manera que había entrado: con discreción.
Sin pararme a mirar ni a hablar con nadie y con la gabardina puesta y ajustada al cuello para no sentir el frío de la noche.
El servicio había sido de los sencillos.
Nada de cosas raras.
El hombre había cumplido las normas y, encima, apenas había tenido que esforzarme demasiado, ya que, como había predicho, era de los que les gustaba mandar y hacer, y yo solo me había limitado a obedecer.
A ponerme como me había pedido y a hacerle lo que quería, nada que se saliera de límites raros. Una felación en la que ni siquiera llegó a terminar y dos polvos rápidos.
Y es que la edad, en algunas personas, no perdona y el hombre no había dado para más.
No siempre era así. Había muchos, sobre todo los más jóvenes, que tenían un aguante increíble y yo acababa marchándome reventada a casa. También estaba el típico flipado que se tomaba esas pastillitas azules que les hacían tener la bandera izada durante horas.
Por suerte, aquella noche no había sido una de esas y me iba para casa cansada, sí, pero no reventada.
Mientras esperaba al taxi, al que había llamado al entrar en el ascensor, me acerqué a la parte de la fachada más alejada de la entrada del hotel, donde James estaba apoyado fumando un cigarrillo.
—Te vas a quedar pajarito ahí apoyado. Hay que ver el frío que hace.
—Hola, Jazmín. Pues, aunque no te lo creas, no tengo frío.
—Pues qué suerte, porque mira que sopla el aire. Yo ni con la gabardina consigo que no me afecte.
Y era cierto porque, nada más salir a la calle, el frío me había golpeado y en esos momentos estaba tiesa.
Tenía unas ganas locas de llegar a casa, darme una ducha, ponerme un pijama calentito y meterme en la cama para dormir las pocas horas que me quedaban hasta que me tocara levantarme para ir a mi trabajo de las mañanas.
—Ya es costumbre, supongo —dijo encogiéndose de hombros.
Me miró de reojo y supe de inmediato lo que quería preguntarme. Lo mismo que hacía cada vez que coincidíamos a la salida de alguno de mis servicios.
Y sabía por qué lo hacía. Por preocupación.
Porque aquel día, que ya quedaba muy lejano, en el que salí de ese mismo hotel golpeada hasta en el cielo de la boca, él estaba en aquel mismo sitio y se asustó al verme en ese estado.
Incluso fue él quien me ayudó a montarme en el taxi al que llamé porque apenas podía mantenerme en pie.
Me adelanté a su pregunta y le dije lo que necesitaba oír para quedarse tranquilo.
—Ha ido bien. Nada raro.
Soltó el aire que estaba conteniendo y asintió.
—Joder, estoy esperando con ansias el día en que no tenga que verte salir por esa puerta. Al menos, no porque hayas venido a trabajar.
—Pues, si no vengo a eso, te aseguro que no me verás salir. No creo que me toque la lotería y tampoco tengo intención de vender un riñón o atracar un banco para poder pagar lo que vale dormir una noche aquí.
Soltó una risita.
—Puede que alguno de ellos se enamore de ti y te haga su mujer.
Alcé una ceja.
—No estás fumando solo tabaco, ¿no?
Ahí su risa ya se convirtió en una carcajada.
—Tampoco sería algo raro. Eres una mujer espectacular.
No me lo decía con segundas intenciones, porque atracción por mí no podía sentir. Él jugaba en la misma liga que yo.
Puse los ojos en blanco.
—Espectacular y todo lo que tú quieras, pero ese tipo de hombres, sabiendo a lo que me dedico, nunca se quedarían con una mujer como yo.
Ni ese tipo de hombres ni ninguno que supiera a lo que me dedicaba, ya de paso, pensé con dolor.
Porque sí, como cualquier persona, me gustaría encontrar el amor, compartir mi vida con alguien y formar una familia en el futuro, pero, con lo que me había tocado hacer, no creía que hubiera un hombre en el mundo capaz de soportar saber que a su mujer se la habían tirado decenas de hombres, si no eran más, y que encima habían pagado por hacerlo.
—Si te quiere, no le importará.
Sonreí con tristeza porque sabía que me lo decía para darme ánimos, pero los dos, o al menos yo, sabíamos que no era cierto.
—¿Y tú qué?
—¿Yo qué? —preguntó haciéndose el tonto.
De sobra sabía de lo que le estaba hablando.
—¿Cuándo vas a echarle un poco de valor y vas a meterle fichas a ese cliente que viene dos veces por semana y se queda embobado mirándote?
Eso no era algo que me hubiera contado él, pero había coincidido varias veces con ese hombre en recepción, hablando con James, cuando yo había ido a hacer algún servicio.
Y no habían sido pocas, ya que lo había visto al menos diez veces en los últimos dos meses.
Apartó la mirada sonriendo.
Vaya…
—¿Lo has hecho? —pregunté sorprendida, pero contenta por él.
Negó con la cabeza.
—¿Entonces? Vamos, joder, habla, que por ahí llega mi taxi y no me quiero ir a casa con esta intriga.
—Vino ayer y fue él quien dio el primer paso. Me ha invitado a cenar. Hemos quedado mañana.
—¡¡Sí!! Por fin. Joder, me alegro mucho, James.
—Bueno, a ver cómo van las cosas —dijo preocupado—. Él es un hombre de negocios adinerado y yo…
—Y tú eres un chico guapísimo y muy buena persona. Si no ve eso, es que es idiota. Además, piensa que no te ha conocido en un bar. Sabe en qué trabajas y, aun así, parece que le da igual.
Pensó durante dos segundos.
—Quizá tengas razón.
—Quizá, no. La tengo.
—Vale…
—Estoy segura de que todo irá muy bien, ya lo verás.
Di dos pasos y me separé de la pared para empezar a caminar y cruzar la acera hasta el taxi, que ya me estaba esperando.
Pero, antes, giré la cabeza por encima del hombro y, sonriendo, le dediqué unas últimas palabras que también le hicieron sonreír.
—La próxima vez que coincidamos mientras te fumas un cigarrillo, no te pediré detalles, igual que tú no me los pides a mí. Pero sí quiero, al menos, una sonrisa que me diga que todo ha salido redondo.
—Si es así, la tendrás.
—Buenas noches, James. Que acabe bien la noche.
—Buenas noches, Jazmín. Cuídate.
Nos despedimos con la mano mientras yo cruzaba la calle.
Me monté en el taxi y, mientras lo hacía, vi cómo James, después de tirar la colilla en una papelera cercana, entraba de nuevo en el hotel para seguir con su turno en recepción.
No éramos amigos.
Pero, en aquella ciudad en la que estaba completamente sola, agradecía poder hablar con alguien de vez en cuando de cosas normales.
No era el único con el que lo hacía, pero, por ese trabajo complementario que tenía que llevar con absoluta discreción, no había querido estrechar lazos con nadie ni crear una amistad que, al conocernos más, me obligara a dar explicaciones que no quería dar.
Así que lo mejor era tener relaciones como la que tenía con James.
Charlas de vez en cuando y ya.
Eso era todo lo que estaba dispuesta a darle a la gente y lo mismo esperaba de ellos.
Le di mi dirección al taxista, que, como muchos otros, aunque no dijera nada, me miró de reojo.
Ni me paré a pensar ni a analizar aquella mirada.
No tenía ganas de saber si en ella había reproche, imaginándose a lo que me dedicaba, asco, deseo, que también podía ser, o, lo peor de todo, pena.
Apoyé la cabeza en la ventanilla del taxi y, mientras veía pasar las mismas calles que había visto al venir, pensé en la única persona que sabía lo que hacía y que nunca me había juzgado.
No estaba de acuerdo y así me lo decía cada vez que hablábamos, pero era por la preocupación y el cariño que me tenía, no porque pretendiera decirme qué tenía o no tenía que hacer con mi vida.
Sí era cierto que, el día que no me quedó más remedio, o más bien necesité contárselo por lo duro que fue todo al principio, puso el grito en el cielo y se ofreció a ayudarme a conseguir el dinero que debía.
Un dinero que era una barbaridad y que sabía que ella no tenía. La única manera de que hubiera podido prestármelo era pidiéndoselo a sus padres, y eso sí que no podía consentirlo.
Era mi problema y yo tenía que solucionarlo.
Y lo estaba haciendo.
Vendiendo mi cuerpo, sí, pero sin ayuda de nadie.
¿Orgullosa?
Puede.
¿Cabezota?
Eso sí. Mucho, en realidad.
Por eso y por otras muchas razones en las que ahora mismo no quería pensar, porque todavía, muchos años después, seguían haciéndome daño, no dejé que mi amiga, mi mejor amiga o, más bien, mi hermana de corazón me ayudara.
Anna…
Sonreí pensando en ella. Era inevitable hacerlo.
Era la única persona que me quedaba de mi pasado y la única que, aun en la distancia, nunca me había soltado la mano.
Día tras día me había apoyado y seguía haciéndolo.
Hacía ya mucho que no nos veíamos. En persona, quiero decir, porque por videollamada no perdonábamos vernos al menos tres veces por semana.
Me bajé del taxi aún pensando en Anna y en las muchísimas ganas que tenía de darle un abrazo.
Porque sí, las videollamadas estaban bien, pero un abrazo de mi amiga de vez en cuando me daba las fuerzas necesarias para seguir.