Solo sobreviví Capítulo 2
6%

Capítulo 2

Desde la acera de enfrente miré la fachada del hotel.

Era enorme, igual que el edificio, que tenía quince plantas. Sin necesidad de entrar, solo con ver la calidad de la piedra de la fachada y lo limpia y reluciente que estaba, cualquiera sabía que era un hotel de categoría.

Un hotel en el que no cualquier persona de a pie podía permitirse pasar una noche, mucho menos varios días.

Dormir una sola noche en la habitación más sencilla que tenía el hotel costaba más de lo que yo cobraba por una hora de servicio con un hombre.

Ni lo había preguntado ni tampoco me interesaba saber cuánto podría costar pasar la noche en una de las suites de la última planta, pero estaba segura de que el precio tenía que ser insultante.

Había estado tantas veces durante los dos últimos años en ese hotel que conocía todos los tipos de habitaciones que tenían, y ninguna era comparable a las suites . Eran el doble de grandes que el apartamento en el que yo vivía.

Aunque, bueno, eso tampoco era muy difícil porque llamar apartamento a aquel sitio era ser muy generosa. Era más bien un cuchitril. Pero era lo que podía permitirme, así que no me quejaba. Por lo menos tenía un techo.

Me estremecí por una ráfaga de viento que sopló en ese momento y dejé de pensar en la mierda de sitio en el que vivía y en las habitaciones del hotel para cruzar la calle a paso ligero.

Entré por las puertas giratorias y, nada más pisar la moqueta del vestíbulo, suspiré al sentir el calorcito que hacía allí dentro.

Al menos, mientras hacía esos trabajos, no pasaba frío.

Otras mujeres que se dedicaban, como yo, al oficio más antiguo del mundo no tenían la suerte de hacerlo a cubierto y les tocaba prestar sus servicios muchas veces en la calle, dentro de un coche o en sitios peores.

Porque sí, dentro de todo lo malo que tenía ese trabajo, había que ver el lado positivo de ser prostituta de lujo.

Sí, eso es lo que soy, por si todavía no lo habías deducido, aunque estoy segura de que sí por mis comentarios.

Como decía, la parte positiva era que los sitios a los que me tocaba acudir para acostarme con un hombre, varios o parejas, como dije antes, eran limpios, calentitos y bonitos.

Y los clientes, aunque había de todo, porque eso pasa en todas partes, solían ser hombres con dinero, cierta clase, educación y saber estar.

También había gilipollas profundos que se creían que, por tener dinero y porque yo prestara esos servicios, dejaba de ser una persona. Pues esos conmigo daban en hueso porque yo no aguantaba tonterías de nadie.

Que tuviera que hacer eso por necesidad, vale, pero había que poner unos límites por mucho que la necesidad apretara, y yo tenía mis normas. Si alguno no estaba dispuesto a cumplirlas, pues adiós muy buenas y que llamara a otra, porque yo no pensaba hacer ciertas cosas ni aguantar muchas otras.

Pero la verdad era que esos gilipollas eran los menos y daba gracias por ello.

La mayoría solían ser correctos y, sobre todo, discretos, algo que para mí era muy importante.

Aunque para ellos casi lo era más, ya que muchos eran hombres casados, políticos, grandes empresarios, famosos u hombres muy conocidos en Nueva York o en el resto del mundo por diversos motivos.

De ahí que la discreción fuera la regla principal de esos encuentros.

Caminé con pasos seguros por el gran vestíbulo, que derrochaba elegancia, sofisticación y buen gusto por todos los rincones.

Alcé la mirada y la crucé con la del chico que estaba en recepción. Asintió con una sonrisa y yo le devolví el gesto de la misma manera.

Ya éramos viejos conocidos.

James, que así se llamaba, llevaba cinco años trabajando allí, siempre en recepción y en el turno de noche. De vernos tantas veces, porque no habían sido pocas las noches que yo había acudido allí a hacer un servicio, habíamos acabado hablando alguna que otra vez al terminar mi trabajo.

Cuando bajaba y salía a la calle para esperar un taxi, a veces me lo encontraba a un lado de la puerta principal, apartado, mientras se fumaba un cigarrillo.

Era un chico prudente, simpático y atento que nunca me había hecho ni una sola pregunta sobre lo que iba a hacer a la habitación a la que subía.

Era algo bastante evidente para alguien que me había visto entrar tantas veces vestida de aquella manera y acudir a habitaciones en las que cada vez había un hombre distinto.

Bueno, no siempre, porque algunos repetían. Incluso tenía algún cliente fijo que pedía mis servicios al menos una vez a la semana.

Así que para James no era ningún secreto lo que yo hacía, aunque nunca me había preguntado nada.

Caminé directamente hacia los ascensores. En ese momento no había nadie esperando para subir, así que, nada más abrirse las puertas después de pulsar el botón, entré.

Pulsé el botón de la tercera planta, que era donde estaba la habitación a la que Crystal me había dicho que tenía que ir ese día.

La 308.

Salí del ascensor y, antes de llamar a la puerta, me quité la gabardina y me la colgué del brazo.

Llamé y esperé.

El tiempo que duró esa espera fue suficiente para que mi cabeza, esa que había entrenado para conseguirlo, se quedara completamente en blanco. Para no pensar en lo que iba a pasar durante la siguiente hora ni sufrir por lo que fuera que me tocara hacer. Algunas veces, cosas asquerosas.

Mi mente entró en modo robot.

Uno que ni siente ni padece. Solo actúa, ejecuta y, al terminar, se apaga.

Me abrió la puerta un hombre de mediana edad. A simple vista, aunque era mayor, no parecía uno de los gilipollas, pero eso lo comprobaría enseguida porque muchas veces las apariencias engañan.

La diferencia entre los dos era más que evidente. Cualquiera que nos viera se daría cuenta de que me doblaba la edad.

Yo tenía veinticuatro años y ese hombre hacía tiempo que había dejado atrás los cincuenta.

—Buenas noches, soy Jazmín.

Ese era el nombre que utilizaba para ese trabajo y ninguna de las personas con las que me había acostado desde que empecé a prostituirme sabía mi nombre real. Y así tenía que seguir siendo.

Por su bien y por el mío.

—Buenas noches. Pasa, por favor.

Como habéis podido comprobar, el hombre no me había dicho su nombre ni lo haría.

Si no lo hacían cuando yo me presentaba, nunca lo hacían después. Pero, vamos, que a mí me daba completamente igual cómo se llamara. Yo había ido a lo que había ido, no a conocer su nombre, su árbol genealógico o saber si tenía problemas de próstata o de cualquier otro tipo.

Si los tenía, que se los contara a su psicóloga, que bastante tenía yo con mis desgracias como para escuchar las de los demás.

Cerró la puerta cuando entré.

Caminé hasta el centro de la habitación y di un barrido completo con la mirada.

Siempre lo hacía.

Era una norma, o quizá una manía, que tenía por prudencia para comprobar que no hubiera nada raro.

Porque sí, alguna vez te llevabas alguna sorpresa.

Como, por ejemplo, que hubiera otro hombre en la habitación, o una mujer, que también podía ser, cuando solo habían pagado por un servicio simple. O que tuvieran juguetes que yo había dejado bien claro en mis normas que no estaba dispuesta a usar, como cuerdas o amarres.

No. Eso era algo que nunca permitía.

No dejaba que me ataran a la cama ni a ningún sitio porque así quedabas indefensa y a merced de la otra persona sin saber cuáles eran sus verdaderas intenciones.

Solo me habían atado una vez, al principio de todo aquello, y salí de la habitación con más hostias en el cuerpo que si me hubieran colgado de una cuerda y utilizado como saco de boxeo.

Así que no. Nada de atar.

De aquello aprendí y no volvería a pasarme.

No había nada raro en la habitación, al menos a simple vista, así que me acerqué a una de las sillas que había junto a una mesa en la esquina y dejé allí mi gabardina y el bolso debajo.

Me di la vuelta y miré al hombre, que no me quitaba ojo de encima.

—Desnúdate y túmbate en la cama.

Vale. Con esas palabras ya supe, porque eso te lo da la experiencia y el haber pasado por muchas camas, que era un hombre de negocios, muy seguro de sí mismo, al que le gustaba mandar y que lo obedecieran.

Pues muy bien. Ningún problema con eso. Mientras no se pasara de la raya y cumpliera mis normas, yo no tenía ningún problema en ser sumisa y obedecer.

—¿Sabe las normas?

—Sí. Nada de besos, nada de atar con nada y siempre con protección, en todo momento y para cualquier tipo de sexo.

Perfecto. La teoría se la sabía genial. Veríamos si en la práctica no patinaba y quería saltarse alguna.

Asentí.

—Desnúdate. He pagado una hora y no quiero perder ni un minuto hablando. Solo quiero follar y olvidar.

Olvidar… Eso les pasaba a muchos. Nos usaban para olvidar la vida de mierda que llevaban. Una vida que, aun teniendo dinero, en muchos casos era peor que la mía.

Me bajé la cremallera del vestido sin que dejara de observarme mientras yo desconectaba del todo.

Como dije cuando me había vestido en casa, había veces en las que el vestido y la ropa interior no me duraban puestos ni cinco minutos.

Pues esa era una de esas veces.