Solo sobreviví Capítulo 1
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Solo sobreviví

Solo sobreviví

Por Valentina Gala

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Capítulo 1

Me quedé mirándome en el espejo y suspiré.

Mi mirada me devolvió el cansancio que sentía, pero no era solo físico, que también, sino mental. El mismo cansancio que llevaba acompañándome desde ya ni recordaba cuándo.

—Venga, Astrid, solo ve, hazlo y vuelve.

Con esas palabras intenté darme ánimos a mí misma, valor y también paciencia, que era lo que más necesitaba para ir a hacer el servicio que me esperaba.

Salí del baño con la toalla enroscada en el cuerpo y fui directamente al armario.

Era un armario pequeño de dos puertas. En la parte derecha tenía la ropa que usaba a diario, esa que era más bien escasa y en la que me gastaba lo menos posible.

La mayoría de las prendas eran de alguna tienda de segunda mano o las había usado tanto que ya se notaban desgastadas por varios sitios.

Pero esa ropa no era la que necesitaba para lo que tenía que hacer, así que fui directamente a la parte izquierda, que era donde estaba todo lo necesario.

Abrí el cajón de abajo y no me hizo falta pensar mucho qué coger. Todas las prendas eran del mismo color: negras. De distintas formas, telas y tactos, pero todas negras.

¿Obsesión con el negro?

No, no era esa la razón de que todas esas prendas, que eran ropa interior, fuesen así. No era por una obsesión, una manía o algún tipo de TOC. Simplemente era el color que había elegido desde que empecé en ese trabajo, si es que podía llamársele así. No había más misterio.

Lo primero que saqué fueron un par de medias de liga, negras, transparentes y con un tacto divino. Totalmente imprescindibles.

Lo siguiente, un conjunto de tanga, sujetador y liguero que podía provocar infartos. Justo lo que necesitaba. No de forma literal, claro, porque solo me faltaba que el cliente la cascara al verme.

Siguiente elección.

Un vestido.

Siempre un vestido y, como no podía ser de otra manera, negro también.

Tenía varios con diferentes cortes y largos, nunca por debajo de la rodilla, y con distintas transparencias, pero sin llegar a ser vulgares.

Todos eran vestidos que, aunque baratos porque no podía permitirme gastar un pastizal en una ropa que la mayoría de las veces no me duraba puesta más de cinco minutos, daban el pego y parecían caros.

Todos los vestidos me quedaban como un guante, como debía ser. Eran elegantes, no siempre muy cómodos, pero sí me hacían parecer sofisticada y con clase, que era lo que necesitaba.

Me fui poniendo prenda por prenda mientras hacía una lista mental de las cosas que tenía que comprar al día siguiente en el supermercado, todas totalmente necesarias si no quería morirme de hambre.

Me habían dado ganas de llorar cuando había llegado esa tarde a casa y había visto que apenas quedaba nada.

Ya con toda la ropa puesta, fui a sacar la caja que guardaba en el altillo del armario.

La bajé, la puse encima de la cama y, cuando la abrí, suspiré.

Tres pelucas era lo que guardaba allí dentro.

Ponerme una de ellas no solo era necesario, sino imprescindible para mí. Cuanto menos pareciera yo misma, mejor.

Cada una era de un color diferente, aunque todas eran de pelo corto. Las había elegido así para no tener que hacerme ningún recogido y para que no me hicieran sudar en los sitios donde hacía calor.

Pensé cuál coger ese día. Una era pelirroja, otra de color caoba y otra morena. Todas opuestas al color de mi pelo, que era de un rubio muy claro.

—Hoy serás pelirroja, Astrid.

Cogí la de ese color y dejé la caja en el sitio del que la había sacado antes de ir al baño y colocármela delante del espejo.

Llevaba tanto tiempo usándolas que podría ponérmelas sin mirarme y no habría tenido ningún problema. Lo del espejo era más bien porque después iba a maquillarme y necesitaba estar allí.

Me maquillé de forma muy sutil: solo máscara de pestañas, un poquito de colorete para dar color a mis pálidas mejillas y, por supuesto, el toque de rojo en los labios que siempre me ponía para esas ocasiones.

Elegía el rojo en mis labios para que hiciera juego con mis zapatos de altísimo tacón y el bolso de mano que llevaba, que siempre eran rojos.

También tenía varios y todos rojos. Para mí era como si me pusiera un uniforme y realmente lo era. Toda la ropa negra y el resto rojo. Esa era siempre mi elección.

Desde el primer día, hacía ya dos años, en que hice mi primer servicio, había sido así y eso no había cambiado.

Miré la hora en el reloj y asentí satisfecha. Tenía media hora por delante para llegar a la hora acordada con el cliente y el hotel al que tenía que ir solo estaba a diez minutos en taxi, así que iba perfecta de tiempo.

Abrí el chat de mi jefa en el teléfono para cerciorarme, por si acaso me había equivocado. No creía que fuera así, pero me gustaba comprobar las cosas varias veces y volver a mirar la hora y la dirección.

Crystal: Servicio a las 22.00 h en el hotel de siempre. Un solo cliente. Habitación 308. Cuídate, Jazmín, y no la líes. Mañana te ingreso el pago.

Sonreí al volver a ver lo de «no la líes».

No era lo habitual. Liarla, me refiero. Pero, si se daba el caso y tenía que hacerlo, no me cortaba un pelo a la hora de decir o hacer lo que hiciera falta si pensaba que el cliente, o los clientes si eran varios, se estaban pasando de la raya.

Porque sí, ellos pagaban y pedían, pero hasta ahí. Si se comportaban, perfecto, pero, si alguno se ponía tonto o no cumplía las normas, no me cortaba a la hora de decírselo o de largarme a mitad del servicio, dejándolos con las ganas y con cara de gilipollas.

Eso me había traído más de un problema con Crystal e incluso me había dicho en más de una ocasión que no volvería a darme ningún servicio.

Pero, de momento, eso no había pasado porque seguía dándomelos. Muy mal no lo haría si eso seguía pasando, ¿no?

Metí el teléfono en el bolso sin contestarle. No hacía falta.

Nuestra comunicación solía ser así. Mensajes con el sitio, la hora y alguna indicación de lo que me esperaba en el servicio: si sería un solo hombre, varios o algún otro tipo de servicio más especial.

Al día siguiente me ingresaba el pago correspondiente, del que ella se llevaba un porcentaje, y fin del asunto. A esperar al siguiente.

Estábamos en invierno en Nueva York y el frío, aunque no era glacial, sí que era bastante notable a esas horas de la noche, así que, antes de salir, cogí una gabardina forrada por dentro de pelito que me ponía para esas salidas y que, por supuesto, me quitaría antes de entrar en la habitación del hotel.

El aire fresco de la noche me golpeó en la cara nada más salir del portal, pero, sinceramente, lo agradecí.

Eso me ayudaría a despejarme, ya que tenía muchísimo sueño y, si no fuera porque necesitaba el dinero más que el aire que respiraba, habría mandado el servicio de esa noche a la mierda, me habría metido en la cama y habría dormido al menos doce horas para recuperarme un poco.

El ajetreo de la vida que llevaba me tenía agotada, pero no me quedaba otra, así que me tocaba aguantarme hasta que consiguiera pagar todas las deudas que tenía y, entonces, solo entonces, podría vivir una vida más tranquila y normal.

Gracias a Dios y, si todo iba bien, eso pasaría, o eso esperaba, en los próximos meses.

Me monté en el taxi que ya me estaba esperando en la puerta del edificio, al que había llamado al terminar de maquillarme, y le di la dirección del hotel.

Casi siempre hacía los servicios en el mismo hotel, aunque también había excepciones.

Algunas veces eran en casa del propio cliente, aunque no era lo habitual porque resultaba más discreto ir a un hotel.

Otras eran en alguna casa cuando se trataba de uno de los servicios especiales y no solo me tocaba estar con un hombre, sino con varios.

Esos eran los servicios que menos me gustaban: tríos, orgías o parejas. Pero también eran los que mejor se pagaban, concretamente el doble o más que un servicio normal. Aun así, no siempre aceptaba hacerlos, pero, si estaba muy ahogada ese mes, me tocaba hacer de tripas corazón y hacerlo.

Giré la cara hacia la ventanilla y me quedé mirando cómo pasábamos por distintas calles de Nueva York.

No había mucha gente a esas horas. Solo se veía alguna pareja caminando agarrada, algún solitario al que se le notaba el cansancio al andar, seguramente camino de su casa, y algún osado que, con el frío de la noche, había tenido la genial idea de salir a correr.

Suspiré al pensar que ojalá yo fuera una de esas personas, incluso de las que corrían, y no lo que me tocaba ser por obligación.

—Señorita, hemos llegado.

Saqué del bolso un billete y se lo tendí. El taxista me devolvió el cambio y, tras darle las gracias y desearle buenas noches, me bajé.

Crucé la calle y miré la puerta del hotel. Cerré los ojos y volví a suspirar. Sí, me pasaba el día suspirando, pero es que me salía solo y sin querer. Ya ni sabía si esos suspiros eran de cansancio, tristeza, rabia o una mezcla de todo. El caso es que ahí estaban.