Solo sobreviví Epílogo
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Epílogo

Diez años después…

Unos besos en la espalda me hicieron abrir los ojos con una sonrisa.

Ese era el saludo que me daba mi marido cada mañana desde hacía diez años. Ni un solo día había dejado de hacerlo, como tampoco se había olvidado jamás de decirme cuánto me quería.

—Buenos días, rubita…

Me removí contra él.

—Buenos días, rubio.

Durante los minutos siguientes se dedicó a demostrarme sin palabras —algo que también hacía bastante a menudo y que, por supuesto, a mí me encantaba— lo mucho que me amaba.

Me hizo el amor despacio, besando cada centímetro de piel que encontraba a su paso desde mi boca hasta llegar entre mis piernas, donde se entretuvo hasta conseguir que pronunciara su nombre entre gemidos y me arrancó el primer orgasmo del día.

Unos minutos después, ya dentro de mí, llegamos juntos al clímax mientras me susurraba un «rubita, te amo».

Menos mal que ya habíamos terminado porque, de lo contrario, los tres torbellinos rubios que entraron como un vendaval en nuestra habitación nos habrían pillado ahí, dándolo todo.

—Por los pelos —me susurró mi rubio antes de darme un beso en los labios.

—Sí —contesté resoplando, haciéndolo reír.

—¡Papá! Venga, que hay que levantarse ya. Es el cumple del abuelo y tenemos que ir a comer a su casa y bailar en su fiesta.

Storm resopló y yo me eché a reír mientras nuestras tres rubias se subían a la cama y se tumbaban encima de él.

—Rubio, te dejo con las rubitas. Voy a preparar el desayuno o estas son capaces de hacernos ir a casa de tus padres sin nada en el estómago.

—No te molestes en hacer nada. Hoy voy a desayunar rubitas sin mojar en leche ni nada.

Se movió por la cama y empezó a darles mordisquitos a nuestras hijas mientras ellas reían a carcajadas.

Me puse la bata y las zapatillas que tenía preparadas sobre la silla junto a la cama y caminé hacia la puerta. Pero, antes de salir, me apoyé en el marco y me quedé observándolos mientras jugaban.

Al verlos así, todavía me costaba creer que, después de todo lo ocurrido y de las dos veces que nos habíamos separado, hubiéramos conseguido volver a encontrarnos, formar una familia tan bonita y seguir siendo tan felices.

A mi mente regresó el recuerdo de aquella mañana en la que Storm se presentó casi al amanecer en la casa de Oskar donde yo llevaba viviendo unos meses para pedirme perdón y decirme que me amaba más que a nada.

Yo lo perdoné y le confesé que también lo amaba y que siempre lo haría.

Y eso también nos lo prometimos el día de nuestra boda, justo un año después de aquella reconciliación, mientras, con lágrimas en los ojos, nos decíamos nuestros votos: que no nos amaríamos más, sino mejor, durante el resto de nuestras vidas.

Aquel día, cuando Storm fue a buscarme a casa de Oskar, también se enteró de que nuestra rubita mayor, Annika, ya venía de camino. Le pusimos ese nombre en honor a su tía, esa amiga que siempre estuvo y seguía estando, y nació cuatro meses después para colmarnos a todos de felicidad.

El día que nació, su padre lloró más que todos los niños juntos de la planta de maternidad.

Todavía teníamos enmarcada en el salón una fotografía del momento en el que Storm sostuvo a Annika por primera vez entre sus brazos y la miró con tanto amor que emocionaba a cualquiera que la viera. Mientras la observaba, le susurró que a su segunda rubita la querría tanto como a la primera.

Volví a mirar hacia la cama y sonreí al recordar lo que dijo mi suegra el día que nació:

—No hay duda de que es una mini rubita. Es igualita que tú.

Y lo cierto era que sí.

Annika era una mini yo en todo.

Mi mirada pasó después hacia mi segunda hija, que en aquel momento intentaba, sin ningún éxito, hacerle cosquillas a su padre.

Selma, a quien pusimos ese nombre en honor a mi madre, se llevaba dos años con Annika y acababa de cumplir ocho. Ella, en cambio, era una copia de su padre, tanto físicamente como en el carácter.

Y, por último, miré a nuestra tercera rubita.

Sí, cuatro rubitas tenía Storm en su vida y cada día me daba las gracias por ello. Yo siempre le contestaba que era yo quien tenía que agradecérselo a él por haberme dado los tres tesoros que teníamos.

Nuestra pequeña Karla, de seis años, era una mezcla de los dos. Físicamente se parecía a mí, pero en el carácter era una copia de su padre.

Sin dejar de sonreír, me di la vuelta y bajé a la cocina para preparar el desayuno. Mientras lo hacía, pensé en el resto de nuestra familia y en todo lo que había cambiado también para ellos durante aquellos diez años.

La primera persona que acudió a mi cabeza fue Anna, como no podía ser de otra manera. Ella no era solo mi amiga, era mi hermana de corazón y una de las personas que más quería en el mundo.

Su historia con Alfred ya duraba muchos años y seguían igual de bien que al principio. Se casaron tres meses después que nosotros y, exactamente nueve meses más tarde —porque, según palabras de Anna y no mías, su noche de bodas había dado mucho de sí—, nacieron sus gemelos, Lukas y Mikkel.

Ya tenían ocho años y, para desgracia de su madre, eran un calco de Alfred. Según ella, no habían heredado de su parte ni el blanco de los ojos.

Eran dos niños encantadores, igual que su padre.

Anna seguía trabajando en la empresa en el mismo puesto y teníamos la enorme suerte de vernos prácticamente a diario porque, cuando Storm fue a buscarme a Roskilde, regresé con él a su apartamento y también recuperé mi trabajo como su asistente.

En aquel piso solo vivimos hasta que nació Annika porque una niña ocupaba muchísimo espacio y, entre unas cosas y otras, apenas cabíamos.

Así que Storm buscó una casa que se adaptara mejor a nosotros tres y pensando también en que, en el futuro, pudiéramos ser más —como finalmente ocurrió—, encontró una muy cerca de la de sus padres.

Anna y Alfred hicieron lo mismo cuando supieron que esperaban gemelos y compraron una casa muy cerca de la nuestra.

Otra sonrisa apareció en mis labios al pensar en aquel amigo al que conocí en una situación cuanto menos peculiar y con quien, al principio, había compartido, además de amistad, algunas experiencias con Storm.

Aquellos encuentros habían quedado muy atrás en el tiempo, aunque alguna vez salían a relucir en nuestras conversaciones y los tres sonreíamos con cariño al recordar los buenos momentos que habíamos compartido.

A Oskar, mi amigo y el hombre al que también quería como a un hermano, le costó un poquito más que a los demás encontrar a quien, sin duda, terminaría convirtiéndose en el amor de su vida.

Lo hizo dos años después de que Anna se casara.

Emma, que así se llamaba mi cuñada —porque, si yo consideraba a Oskar un hermano, ella era eso para mí—, apareció en su vida de una forma que, todavía hoy, todos recordábamos entre carcajadas.

Un día, Oskar iba camino de la empresa cuando una conductora que llevaba mucha prisa chocó contra su coche. Por suerte, no ocurrió nada grave y todo quedó en un susto, pero ella estaba tan estresada porque llegaba tarde a un juicio que bajó del vehículo y lo puso de vuelta y media.

Lo llamó de todo menos bonito y le echó la culpa de lo ocurrido, aunque en realidad había sido ella quien había provocado el accidente.

Después de cinco minutos soportando todos los sapos y culebras que Emma soltaba por la boca, a Oskar se le ocurrió la genial idea de hacerla callar.

¿De qué manera?

Pues allí mismo, en mitad de la calle, con los coches pitando, ella gritando y él con la paciencia completamente agotada, la agarró por la nuca, la atrajo hacia sí y le plantó el besazo de su vida.

Según contaba Emma, cuando se separaron no sabía si pegarle, matarlo, seguir chillándole o denunciarlo.

¿Qué hizo?

Ninguna de esas cosas.

Ni siquiera ella sabía explicar todavía cómo se le fue tanto la cabeza como para agarrarlo y, con toda la mala leche que seguía teniendo dentro, devolverle otro besazo.

De aquellos dos besos surgió un café unos días después para hablar de lo ocurrido. Después llegó una cena, más tarde una salida con todos nosotros y, poco a poco, su historia se fue cociendo a fuego lento, aunque hubiera empezado con un fogonazo inesperado.

Llevaban casados cinco años y tenían dos hijos. Noah, una niña preciosa de cuatro años en todos los sentidos, y William, de uno, el pequeño muñeco con el que a todos se nos caía la baba.

Mi pequeña tropa de rubios entró en la cocina entre bromas y risas justo cuando terminaba de colocar el desayuno sobre la mesa.

Todavía era pronto para ir a casa de Molly y Thomas a celebrar el cumpleaños de este último, pero daba igual. En cuanto devoraran el desayuno, las niñas empezarían a suplicarnos que fuéramos cuanto antes para estar con sus abuelos.

Mis suegros adoraban a las tres. Bueno, en realidad, querían a todos los niños de nuestra familia por igual, incluidos los de Oskar, porque, como él ya no tenía a sus padres, Molly y Thomas los consideraban dos nietos más y jamás habían hecho ninguna diferencia entre ellos y el resto.

Diez minutos después, nuestras tres rubitas salieron a toda prisa de la cocina con los morretes todavía manchados de leche para ducharse y vestirse y conseguir así que nos marcháramos cuanto antes a casa de sus abuelos.

Storm, mientras me ayudaba a recoger el desayuno, se acercó por detrás, me abrazó por la cintura y dejó un par de besos en mi cuello.

—Adoro a todas mis rubitas, pero tú… Tú eres la original y la primera que llegó a mi vida, así que siempre tendrás el trocito más grande de mi corazón.

—El mío también está dividido en varios trozos, pero, desde que era una niña, el más grande siempre ha sido tuyo.

—Te amo, rubita, y todos los días doy gracias al cielo porque me dieras una tercera oportunidad. Gracias a eso soy el hombre más feliz del mundo.

Me giré entre sus brazos y sonreí.

—Y yo te amo a ti, rubio. Para siempre.