Solo se vive una vez Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Lo sé. Parte de mí quiere hacerlo; otra parte no quiere oírlo por si no te gustó y te ves en la obligación de mentir para que no me sienta mal.

—Creía que ya sabías que no se me da muy bien decir cosas por quedar bien —dijo Jack—.

Si no puedes ser sincero con alguien, ¿para qué sirve?

Claro que siempre hay que ser diplomático, pero…

—se encogió de hombros, y luego ladeó la cabeza—.

Ahora mismo me estás mirando como si fuera un espécimen rarísimo. ¿Qué te pasa por esa cabeza?

La verdad era que tenía muchas cosas en la cabeza, remolinadas por varias copas de champán caro.

Entre ellas, que estaba mirando a uno de los hombres más atractivos que había visto jamás.

La verdad era que me gustaba este nuevo Jack; no solo porque era increíblemente guapo, sino porque era amable, atento…

y porque me desafiaba. No se andaba con miramientos ni aceptaba tonterías.

—Me preguntaba si te gustaría bailar.

Había una pista de baile montada en una parte del local y ya estaba bastante llena. Un DJ —al parecer muy famoso, aunque a mí no me sonara de nada— enlazaba una canción con otra sin pausa.

—No me creo que eso fuera lo único que estabas pensando —dijo Jack, dando un paso hacia mí—, pero sí. Me encantaría bailar. Muchísimo.

No recordaba la última vez que había bailado en público.

Normalmente me reservaba mis pasos para mí…

y ahora para Clive, mientras cocinaba o preparaba pasteles en la cocina.

Pero aquí estaba, en la fiesta de un gran estreno, bailando entre caras conocidas del cine y la televisión y frente a Jack Coulsdon-Hart.

Cuando hacía un cambio, lo hacía a lo grande.

La música cambió a un tempo más lento y varias parejas se formaron, algunas de ellas sorprendiéndome más de lo que habría admitido. Intenté que no se me notara.

—¿Me concedes este baile? —preguntó Jack.

Levanté la mirada hacia su cara, en la que vi un matiz de seriedad: esperaba mi respuesta sin estar seguro de ella. Meses atrás, le habría dicho que no. Ahora, no quería negarme.

Asentí. Noté cómo me recorría un cosquilleo de emoción cuando un brazo fuerte me rodeó la cintura, acercándome más, y la otra mano tomó la mía con suavidad.

Guiaba con soltura; y, a medida que una canción enlazaba con otra, vi una pregunta en sus ojos.

Me acerqué un poco más, dándole mi respuesta, y seguimos bailando.

Con la música tan alta, siempre que Jack quería decirme algo tenía que inclinarse hasta que sus labios rozaban casi mi oído.

Cada vez que lo hacía, una oleada de excitación me recorría el cuerpo, algo que no había sentido en más de diez años.

Eran casi las tres de la mañana cuando terminamos de despedirnos y nos dejamos caer, agotados, en la limusina que nos llevaría al hotel, que por suerte no estaba lejos.

El portero abrió la puerta, pero fue Jack quien me ayudó a bajar y me ofreció el brazo al entrar en el vestíbulo, un derroche de mármol blanco, lámparas de cristal y toques dorados.

Agradecía su firmeza junto a mí, por los tacones, por el champán…

y porque se sentía bien. Toda la velada junto a Jack se sentía…

muy bien. Pero no estaba preparada para admitirlo, ni mucho menos aceptarlo.

La recepcionista nos dio las tarjetas, explicando que las maletas ya estaban arriba, que las había subido el conductor, y los horarios del desayuno, que podía tomarse en la habitación o en el restaurante. Nos deseó buenas noches y nos dijo que llamáramos si necesitábamos algo.

Entramos en el ascensor espejado y subimos al piso correspondiente.

Eché un vistazo furtivo y me sorprendió ver que tanto el maquillaje como el peinado habían aguantado intactos a pesar de las horas, el calor y lo mucho que había bailado.

Era una prueba más de la habilidad de los artistas que Poppy me había mandado.

Recorrimos un pasillo silencioso y me entraron unas ganas irrefrenables de reír.

Jack lo notó y, al llevarse un dedo a los labios, empeoró aún más mi ataque de risa.

Por suerte, la habitación no estaba lejos.

Abrió la puerta con la tarjeta, esperó a oír el clic y ver la luz verde y me dejó entrar primero, cerrando después con cerrojo.

Le había explicado a la editorial y me habían asegurado que tendríamos dos habitaciones o una suite para que cada uno pudiera pasar la noche en un cuarto; como el número era el mismo, asumí que sería una suite.

Me detuve en seco y Jack casi chocó conmigo, agarrándome de los brazos para mantenerse en pie.

—¿Qué pasa?

—No es una suite —me volví hacia él—. Dijeron que nos pondrían una suite, para que tú y yo estuviésemos separados. Esto no es una suite. Ni siquiera es una doble con dos camas —señalé la cama de matrimonio con la mano.

—¿Importa tanto? Ya hemos compartido cama y —miró su reloj— es solo por unas horas. Puedo bajar a pedir que nos cambien si lo prefieres.

Se pasó una mano por el pelo y, con la otra, se soltó la pajarita, dejándola caer suelta sobre la camisa mientras desabrochaba un par de botones. Estaba agotado; yo, igual. Y quién sabía cuánto tardaría el hotel en encontrar otra habitación, de tener una libre.

—Tienes razón. Está bien. Vamos a la cama.

—Esa frase no pensé oírtela nunca —dijo con una sonrisa pícara.

—No ayudas —dije, quitándome los zapatos y soltando un suspiro de alivio.

—Lo sé —dijo, colocándose delante de mí. Sin los tacones, tenía que echar la cabeza hacia atrás más aún; entre el champán y el cansancio, me sentí tambalearme. Jack me rodeó con los brazos en un segundo.

—¿Estás bien?

—Es que estás muy arriba.

—Eso lo arreglo en un momento —dijo, tomándome la mano y sentándose en la cama para que quedáramos más a la misma altura.

—Así mejor.

—Genial.

—No te he preguntado… ¿te gustó la película?

—Sí —respondió—. Muchísimo. Creo que hicieron una interpretación muy respetuosa de tu libro. Obviamente, el libro es mejor, siempre lo son, pero me alegró ver una versión tan fiel de tu obra.

—¿Has leído el libro?

—He leído todos tus libros.

—¿En serio?

—¿Te sorprende?

—Me deja pasmada.

—¿Por qué?

—No sé… no pensé que fueran tu tipo de lectura.

—Tú los escribiste. Quise leerlos.

—¿De verdad los has leído todos?

—Todos. Y me han encantado. Ahora —dijo, poniéndose en pie y quedando aún más cerca—, tienes pinta de caerte de sueño. Ve al baño primero y vete metiendo en la cama.

Posó sus manos grandes y cálidas en mis hombros desnudos y me giró suavemente hacia el baño amplio que habíamos visto al entrar. Fui hacia allí como un muñeco de cuerda bien orientado.

—Por cierto, el vestido es espectacular. Llevo toda la noche intentando decírtelo como se debe y aún no lo he conseguido, así que lo suelto sin más.

Miré por encima del hombro y sonreí, sintiendo una oleada de calor por el cumplido y por el tono bajo y cansado de su voz.

—En serio. Sexy de narices.

Mi sonrisa se ensanchó y me metí en el baño para empezar a deshacer la obra maestra que habían creado Jemima y Martin. Cuando salí para dejarle paso a Jack, me deslicé entre las sábanas blancas y me quedé dormida antes de que él siquiera cerrara la puerta.