Capítulo 25
Una vez dentro, hice lo que Zinnia me había indicado y la llamé. También envié un mensaje a mi editora para avisar de que ya estábamos dentro y dónde nos encontrábamos, agradecida de que alguien nos hubiera dado una copa de champán justo al entrar: nunca había necesitado tanto una copa en mi vida.
En pocos minutos, mi agente estaba a mi lado, repartiendo besos al aire y plantándole un gran besazo a Jack en la mejilla antes de borrarle la marca con un pañuelo que sacó de un bolso Gucci enorme. En todos los años que la conocía, nunca la había visto viajar ligera.
Unos minutos después, llegaron varios miembros del equipo editorial y, por primera vez desde que firmé con ellos hacía seis años, pude abrazarlos.
Hasta entonces, todas nuestras reuniones habían sido en línea, porque yo no me había sentido capaz de ir a sus oficinas ni de tener cenas de trabajo.
Fue maravilloso conocerlos al fin en persona y darles las gracias por todo lo hecho en estos años.
Presenté a Jack y él charló con ellos con naturalidad, imperturbable ante el trajín a nuestro alrededor, mientras desfilaban caras famosas.
Como decía él, crecer asistiendo a actos sociales le había inculcado una normalidad que ahora me resultaba de enorme ayuda, sobre todo teniendo en cuenta los comentarios descarados de Zinnia sobre nosotros, que él respondía con sonrisas enigmáticas o con tacto, evitando cualquier vergüenza.
Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos me presentaron a un sinfín de personas, cuyos nombres olvidaba nada más oírlos por una mezcla de emoción, nervios y esa sensación de irrealidad que no terminaba de marcharse.
Cuando ya pensábamos ir a buscar nuestros asientos, un torbellino de plata y oro se plantó delante de mí: Bella Dupree, acompañada de varias personas que no reconocí.
—¡Astoria! ¡Dios mío! Por fin te conozco. Estoy tan emocionada de que estés aquí esta noche. Espero de verdad que te guste lo que hemos hecho con el libro. Me encantó, como sabes, y cuando lo terminé, empecé a leerlo otra vez.
—Gracias —dije, sintiendo que la palabra se quedaba corta ante su entusiasmo—. Muchas gracias. Estoy segura de que me encantará. Y lamento no haber podido ir al pase previo.
Ella me tomó la mano y sonrió.
—No pasa nada, lo entiendo. A veces todo puede ser un poco abrumador, ¿verdad?
Viniendo de una de las mayores estrellas de Hollywood, si alguien entendía lo que era sentirse abrumada, era ella.
—Desde luego —reí, nerviosa pero también algo aliviada. Intercambiamos una sonrisa y, por un momento, apretó mi mano antes de volverse hacia Jack.
—¿Y este quién es?
—Ay, perdona. Bella, este es Jack Coulsdon-Hart. Es mi apoyo esta noche.
Ella le estrechó la mano y luego me lanzó una sonrisa pícara.
—Tienes muy buen gusto para elegir apoyo.
No supe qué decir, así que opté por callarme y sonreír.
Alguien de su grupo le susurró algo y Bella dijo:
—Perdón, tengo que irme, pero espero verte luego en la fiesta. Ha sido un placer conocerte. —Me dio un abrazo enorme y se esfumó entre la multitud envuelta en su carísimo vestido metálico.
—Mírate tú, codeándote con los ricos y famosos —se burló Jack.
—Anda ya. Como si tú no estuvieras acostumbrado. Si no te portas bien, empezaré a presentarte como el Honorable Jack Coulsdon-Hart.
—No te atreverías.
Le sostuve la mirada; con los tacones, casi estábamos a la misma altura.
—¿Seguro que quieres comprobarlo?
Una sonrisa ladeada apareció en su boca.
—Estoy en un dilema. Parte de mí cree que nunca te atreverías, pero otra parte sabe que dentro de ti hay una mujer que no dudaría en hacerlo para que yo no me confíe.
Alcé las cejas, sabiendo que nunca le haría eso, pero divertida con el juego, y convencida de que él también sabía la verdad.
—¿Te molestaría mucho?
—¿Esta noche? No. Creo que nadie se acordaría mañana.
—Estoy segura de que más de uno sí. Es difícil olvidarte.
—¿Eso era un cumplido?
—Era una observación.
Momentos después nos llevaron al teatro para la proyección.
El estómago se me retorció de golpe. Había vivido con ese libro mucho tiempo; los personajes eran casi amigos.
Sabía que, al vender los derechos audiovisuales, dejaban de ser míos, pero nunca había tenido que enfrentarme a ver el resultado.
Estaba a punto de hacerlo y solo esperaba que el amor de Bella por la historia, y su deseo —según me habían dicho— de mantenerla fiel al espíritu original, hubieran convencido a los directores y productores.
En cualquier caso, iba a descubrirlo, porque las luces bajaron y se alzó el telón.
—Sé que intentas no llorar por el maquillaje —susurró Jack a mi oído cuando se encendieron las luces—, pero espero que esas lágrimas que estás aguantando sean de felicidad.
Asentí; no podía hablar. Mis temores eran infundados: la película era preciosa.
Bella interpretaba a la protagonista con una sensibilidad que jamás hubiera imaginado.
Mi agente y el equipo de la editorial vinieron hacia mí, aplaudiendo y sonriendo tanto como yo, entre abrazos y retoques frenéticos de maquillaje antes de salir.
—¿Qué te ha parecido? —Bella llegó corriendo, con la cara de repente más joven y un punto insegura—. ¿Te ha gustado?
—Muchísimo —contesté con sinceridad—. Me ha encantado. Has hecho un trabajo increíble y has captado a la protagonista tal como la imaginaba al escribirla.
—¿De verdad? ¿De verdad de verdad?
—Te lo prometo. Gracias por dar vida a mi libro de una forma tan bonita.
Los ojos de Bella se llenaron de lágrimas, que rodaron en cuanto me abrazó, susurrándome: «Gracias».
Le devolví el abrazo, consciente de lo surrealista que era que una de las actrices mejor pagadas del mundo me agradeciera algo así.
Nunca habría imaginado estar en una situación así, pero me alegró poder darle un cumplido sincero a alguien que, desde fuera, jamás habría imaginado que necesitara palabras de aliento.
Su expresión me demostró lo contrario. Quizá todos llevamos una máscara a veces.
Venir esta noche me había aterrorizado, y aún quedaba algo de ese miedo, pero en ese instante me alegré de haberme obligado a venir y de haber tenido a Jack y a mi familia apoyándome.
—Vendrás a la fiesta, ¿verdad?
—Yo… eh…
—Sí que vendrá —respondió Zinnia por mí.
—Genial —dijo Bella, levantando la mano hacia alguien—. Tengo que irme, pero nos vemos allí. —Asentí y se marchó.
Miré a Jack con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Feliz?
—Sí —reí—. Sigo pensando que estoy soñando y que en un segundo voy a despertarme.
—Antes de que ocurra, lleguemos a esa fiesta. Quiero asegurarme de bailar con una autora famosa.
—Anda, calla —dije, tomando su brazo mientras salíamos en grupo hacia la flota de coches negros que llevaría a los invitados a las distintas fiestas.
No tenía ni idea de a cuál íbamos, pero me daba igual.
Para mi sorpresa absoluta, me lo estaba pasando bien.
Mucho. Y Jack ayudaba. No era intrusivo, no interrumpía conversaciones ajenas, simplemente estaba, educado, simpático cuando tocaba, y siendo una presencia sólida a mi lado.
No sabía si podría agradecérselo alguna vez como merecía.
La fiesta era ruidosa, colorida, emocionante y reveladora.
El equipo que había ayudado a convertir el libro en lo que era, al igual que Jack, bebieron demasiado champán y disfrutaron como nunca.
Hacía años que no me reía tanto. Después de la muerte de Mike, pensé que jamás volvería a reír, y cuando de vez en cuando lo hacía, me parecía una traición hacia él.
Era absurdo pensarlo; lo sabía, pero no lograba soltar esa culpa, y al final casi olvidé cómo reír.
Poco a poco, regresó esa capacidad, sobre todo al llegar mis sobrinos, aunque siempre con un punto de remordimiento.
Pero desde que Clive entró en mi vida, empecé a reír más.
Su carita dulce, siempre tan contenta de verme —aunque hubiera salido solo veinte segundos a tirar algo al compost—, me devolvió una alegría que no recordaba.
Y esta noche, el interruptor estaba encendido a máxima potencia y, por primera vez desde aquella noche terrible, no sentía la menor culpa.
Mike estaría orgulloso de mí. Eso era lo único que necesitaba pensar.
Él no habría querido que me encerrara como lo hice.
Me habría querido ver feliz, igual que yo habría querido lo mismo para él si hubiera sido al revés, un pensamiento que me había atormentado más veces de las que podía contar.
Esta noche era un paso enorme, pero tenía a Jack.
No estaría aquí sin él. Aun así, estaba decidida a esforzarme por hacer más cosas sola. Por Mike. Y por mí.
—Estás a kilómetros —dijo Jack cerca de mi oído cuando, por fin solos, los demás se dispersaron a socializar y ver celebridades.
—Estaba pensando en toda la gente a la que tengo que agradecerle el estar aquí esta noche, tú incluido.
—Tú has hecho esto sola, Lily. Yo no he hecho nada, o casi nada.
—Accediste a venir conmigo, aunque te lo impusieran, así que no es que tuvieras mucha elección.
—Un poco como tú conmigo, cuando me quedé en tu casa. Vamos empatados.
Le sonreí, aceptando la comparación.
—Reconozco que no me entusiasmó la idea al principio, pero me alegro de que haya pasado.
—¿De verdad? —la sonrisa de Jack se ensanchó.
—De verdad —asentí—. Si no te hubieras quedado, no estaría tan cómoda contigo y sé que hemos discutido, pero he hablado contigo más que con nadie en años. Entre tú y Clive, he empezado a ver lo que me estaba perdiendo.
—Me alegra. Sé que nada de esto es fácil para ti y que no se arregla de un día para otro. No espero que mañana tengas la agenda social a reventar, pero estás dando pasos y eso es lo importante. Tienes demasiado que aportar como para esconderte del mundo.
—Gracias —dije, sin tener claro qué más añadir. Supuse que eso bastaba.
—Me sorprende que no me hayas preguntado si me gustó la película.