Capítulo 23 #2
—Es muy agradable. Nos conocemos desde niños. Nuestros padres ya tenían planes de emparejarnos entonces, pero Cecily los fastidió un poco casándose con otro.
—¡Ah! O sea, que no eras el único en contra del plan.
—Ella estaba bastante dispuesta a seguirlo durante una temporada, hasta que conoció a un empresario muy rico en una de las muchas fiestas a las que le encanta ir. Nuestra Cecily es muy sociable.
—Entonces supongo que ahora está divorciada, si intentan volver a juntaros a los dos.
—No. Cecily es ahora una viuda muy rica y muy alegre. Su marido le sacaba por lo menos treinta años y, por lo que tengo entendido, disfrutaba muchísimo de la carne roja y del vino tinto. Cecily será la primera en decirte que tardó más de lo que ella pensaba.
—Eso sí que suena a planteamiento frío de un matrimonio.
—Ya te dije que, en según qué círculos, no deja de ser un acuerdo comercial.
Él tenía dinero y, por lo visto, le hacía ilusión meterse en la farsa de la aristocracia, y ella tenía título pero no mucho dinero detrás, lo que es bastante habitual.
Eso no impidió que sus padres pusieran el grito en el cielo al principio, porque el hombre con el que iba a casarse no venía de una «buena familia» y había hecho el dinero en los negocios.
—Estás de broma —dije, riéndome un poco—. Eso suena a algo de Jane Austen o Charles Dickens.
—Eso sería lo lógico, ¿verdad? Pero no en este caso. Y tanto que no. Que fueran «personas de comercio» sigue siendo una etiqueta que a veces cala en la sociedad, pero hoy en día el dinero pesa más y abre muchas más puertas. Al final, no les sentó mal que tuviera millones.
—¿Crees que ella le quería?
—Le tenía cariño, sí, pero quererlo, quererlo… no. Me lo dijo el mismo día de la boda.
—Noooo, ¿en serio?
Jack se encogió de hombros.
—Mandó llamarme y me preguntó si yo creía que hacía bien.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Le pregunté si le quería. Me contestó que sentía algo por él, pero que no, que amar lo que se dice amar no le amaba, y que no veía que eso fuera un impedimento para casarse.
—Entonces, ¿qué opinión buscaba de ti?
—Creo que le preocupaba que la despreciaran por no casarse con un título.
—¿Y tú qué pensabas?
—Que no, que no pasaría. Esa visión anticuada de las «personas de comercio» sigue flotando por ahí, pero el dinero manda.
—¿Y con eso se quedó tranquila?
Se revolvió un poco en el asiento y miró un instante por la ventanilla.
—Pasó algo más, ¿verdad?
—Nada importante.
—¿Sabes qué era lo que más me gustaba de ser escritora y lo que sigue gustándome cuando salgo?
—¿Qué? —preguntó Jack, volviendo a mirarme.
—Observar a la gente. Te haces bastante buena en ello. En captar maneras, comportamientos, en fijarte en cómo se sientan, por ejemplo, y descubrir si están cómodos o no con quien tienen enfrente. Obviamente estoy un poco desentrenada, pero aun así estoy bastante segura de que me estás mintiendo.
Jack rozó mi meñique con el suyo, los dos apoyados en el asiento entre nosotros.
—Parece que no estás tan desentrenada, después de todo.
—¿Qué más te dijo?
—Preguntó si estaría dispuesto a casarme con ella, como nuestros padres siempre habían planeado. Que, si decía que sí, pararía la boda en ese mismo momento.
—Madre mía.
—Fue un poco fuerte, sí, por no hablar de lo incómodo.
—Supongo que no te apetecía nada.
—Nada. Yo no estaba preparado para casarme entonces. Sí, me cae bien Cecily y siempre nos hemos llevado bien, pero desde luego no sentía nada romántico por ella.
—¿Y se lo dijiste?
—Se lo dije.
—¿Y cómo se lo tomó?
Se echó a reír.
—Perfectamente. Me dijo que sabía que esa sería mi respuesta de todos modos, pero que quería comprobarlo por si acaso, porque estaba convencida de que se lo iba a pasar mejor en la cama conmigo que con su futuro marido.
—Caray. ¿Y cómo lo sabía? —pregunté, riéndome con él.
—Cortesía de unas cuantas copas de champán de más y una fiesta aburridísima en la que me fui con su mejor amiga. Por lo visto, las mujeres hablan. —Al menos tuvo la decencia de parecer ligeramente avergonzado.
—Eres un auténtico gigoló.
Jack echó la cabeza atrás, riéndose.
—¿Un gigoló? No estoy muy seguro de eso, pero, si lo fuera, me gustaría dejar claro que todo eso quedó en el pasado.
—Parece que lady Cecily podría ser parte de tu futuro, si tus padres se salen con la suya.
—Mis padres no tienen nada que decir. Les he dejado claro muchas veces que, si alguna vez decido volver a casarme, será bajo mis condiciones.
—¿Y cómo se han tomado eso?
—Como cabía esperar. Han dado a entender que mi matrimonio anterior, el que desde luego fue elección mía, no acabó bien, así que quizá eso indica que sería más feliz y tendría más éxito con alguien como Cecily.
—Si es tan rica y alegre como viuda, ¿está segura de que quiere casarse?
—No lo sé, la verdad. Ha estado fuera del país, viajando. No he tenido muchas oportunidades de verla desde que volví. Hemos mantenido algo de contacto y de vez en cuando veía alguna cosa en revistas del corazón que tenían mis amigos de Nueva Zelanda.
—¿Y esos amigos qué pensaban de que conocieras a toda esta gente rica y famosa?
—Nunca se lo conté.
—Pensaba que habías dicho que allí te sentías más tú que en ningún sitio.
—Y era verdad. Más que nunca. Pero ahora me doy cuenta de que aún me guardaba cosas. Supongo que tenía miedo de que me juzgaran o me trataran distinto, o pensaran que iba de fantasma si dejaba escapar un nombre, aunque fuera sin querer.
—Ah. Supongo que tampoco sabían que estás esperando tu corona.
Jack me dio un ligero codazo en el costado.
—Muy graciosa. Y no, no sabían cuál era mi origen. Yo lo mantenía todo bastante vago.
—¿Y tu mujer?
—Bueno, sí, ella sí que lo sabía, aunque no hasta que la relación fue muy seria.
—Lo justo, imagino, para avisarla de que quizá un día iba a ser condesa.
—Eso pensaba yo también.
—¿Y cómo se lo tomó? A juzgar por el hecho de que se casara contigo, supongo que bastante bien.
—Creo que sí. La idea de ser condesa le hacía bastante ilusión, aunque no sé hasta qué punto entendió lo arraigado que está todo en la tradición, y el hecho de que, si llegaba el momento, tendríamos que mudarnos a Inglaterra.
Creo que daba por hecho que eso podía negociarse, pero la gente oye lo que quiere.
Eso sí, le hice jurar que no se lo contaría a nadie. No quería que se supiera.
—Puedo entenderlo.
—Por desgracia, ella consideró que esa promesa solo valía mientras estuviéramos casados. En cuanto empezaron los problemas, se enteró todo el mundo. —Jack hizo una mueca.
—Vaya.
—No fue lo ideal, pero sobreviví. Con todo el lío del divorcio, era el menor de mis problemas.
—Me lo imagino. ¿Estás algo más resignado a asumir el título si llega el momento?
—En cierto modo, supongo. Pero no pienso renunciar a mi negocio. He trabajado demasiado, tres veces ya, como para dejarlo otra vez.
—¿Hay alguna razón por la que tendrías que dejarlo?
—A mis padres no les entusiasma la idea. Siguen anclados en lo suyo, en lo antiguo.