Capítulo 23
—Supongo que nosotros también deberíamos ir preparándonos. ¿Crees que deberíamos esperar fuera? —Asomé la cabeza por el camino de entrada y me volví cuando Jack me tomó la mano.
—Espera un segundo. Tengo algo para ti.
—¿Para mí? ¿Por qué?
—Para esta noche. Para cuando quieras. —Sacó del bolsillo interior de la chaqueta una cajita con la palabra «Cartier» en la tapa. Miré de la cajita a su cara y luego de nuevo a la caja.
—No lo entiendo…
—Tranquila. —Sonrió con dulzura, con una risa suave en la voz—. Solo es un amigo haciendo un regalo a otra amiga para darle las gracias por acogerle cuando sabe que en realidad ella no tenía ninguna gana de hacerlo.
Hice una mueca, pero la sonrisa se abrió paso. Jack sonrió también.
—Sé que he sido una imposición y que me he pasado de la raya con ciertos comentarios sobre cómo has decidido vivir tu vida, pero parece que hemos superado eso, y te lo agradezco muchísimo.
Siempre voy a preferir ser sincero contigo, pero espero que sepas que, diga lo que diga y cuando lo diga, nunca, jamás es con intención de hacerte daño.
Sé que esta noche es un paso enorme para ti y que ya lo fue ir a casa de mis padres para aquella fiesta, pero tu apoyo esa noche significó mucho.
Saber que estabas allí me dio fuerzas. Así que espero poder ser yo quien haga eso por ti esta noche.
Y esto es solo un pequeño detalle para darte las gracias por todo lo que has hecho y por ser valiente.
El silencio se instaló entre los dos antes de que yo alzara otra vez la vista.
—Ojalá todo el mundo dejara de intentar hacerme llorar esta noche —dije, notando cómo se me empañaban los ojos entre la risa y la tensión en la voz.
—Perdón. No era mi intención, de verdad.
—Lo sé. —Le sonreí, parpadeando para contener las lágrimas—. ¿Puedo abrirla ya?
Sin decir nada, Jack abrió la caja por mí. Dentro descansaba el collar de platino más precioso que había visto nunca. De la cadena sencilla y elegante pendía un colgante fino en el que brillaban tres diamantes exquisitos.
—Oh, Jack —susurré—. Es absolutamente precioso, pero no puedo aceptarlo.
—Me haría mucha ilusión que lo aceptaras.
Mis ojos subieron de la caja a su cara y de vuelta a la caja. Era una maravilla, exactamente el tipo de pieza que yo habría escogido, pero sabía que costaba bastante más que una simple pulserita de amistad de las de Claire’s.
—Deja de darle vueltas —dijo, leyéndome el pensamiento—. Le has dado a Clive un hogar, un hogar maravilloso. Ni una joyería entera bastaría para agradecer ese solo gesto.
Respiré hondo y asentí. Dejé la caja sobre la consola y él sacó el collar, se colocó detrás de mí y yo me levanté el pelo para que pudiera abrocharme el cierre en la nuca.
—Guau. Ese vestido es espectacular. No había visto bien la espalda hasta ahora. Tienes que ir más de compras con Poppy.
—Eso espero —respondí con sinceridad mientras sus manos se apartaban para indicarme que podía soltar el pelo de nuevo.
Me giré hacia él, llevándome la mano al colgante en mi garganta.
—¿Qué tal queda?
—Precioso. Mírate tú misma. —Me guio con suavidad hacia el espejo de la entrada, colocándose detrás de mí—. Estás perfecta.
—Es absolutamente precioso, Jack. No sé qué decir.
—No tienes que decir nada, Lily.
Me volví hacia él y sus manos se deslizaron suavemente a lo largo de mis antebrazos.
—¡Hostia!
Los dos dimos un respingo cuando el timbre retumbó por todo el recibidor, rompiendo el silencio repentino y… lo que fuera que hubiera empezado a surgir. Me aparté.
—Supongo que será el coche —dije, con la voz demasiado aguda, tratando de controlarla mentalmente.
—Eso sospecho. —La de Jack, por supuesto, sonó perfectamente normal.
Cogió nuestros abrigos, que estaban apoyados en la barandilla, abrió la puerta y saludó al conductor con unas palabras de cortesía mientras yo comprobaba que todo estuviera en orden en la casa. Esperó a mi lado a que cerrara con llave y la guardara en el bolso de mano.
Nos sentamos en silencio un rato, disfrutando de los asientos de cuero del coche que la editorial había enviado.
Todo me parecía irreal mientras avanzábamos por una carretera rural oscura.
Sin luces fuera, lo único que veía en la ventanilla era mi propio reflejo mirándome, y no era una imagen a la que estuviera acostumbrada, aunque me gustaba. Solo que era distinta. Muy distinta.
—¿Todo bien por ahí? —La voz profunda de Jack frenó mis pensamientos desbocados.
—Sí, gracias. —Me volví hacia él y le sonreí—. Solo pensaba.
Me devolvió la sonrisa.
—Eso era lo que me preocupaba.
—¿Tú estás nervioso?
Jack inspiró hondo y dejó salir el aire despacio.
—No especialmente, pero creo que solo se debe a que crecí en una casa en la que los compromisos sociales y los grandes eventos eran lo normal.
Incluso cuando empecé el internado, la mayoría de los chicos venían de entornos privilegiados similares, así que no fue hasta que empecé a relacionarme con más tipos de gente, sobre todo en el pueblo, cuando me di cuenta de que la vida en mi casa no era la de todo el mundo.
—¿Y qué pensaste cuando descubriste que la mayoría de la gente no se vestía para cenar ni invitaba a lores y ladies continuamente?
—¿Honestamente? Pensé: bueno, ¡esto es maravilloso!
Esa es una de las muchas razones por las que me encantaba ir a tu casa.
Sí, comíais todos en la mesa y teníais ese «tiempo en familia», pero en vuestro caso lo era de verdad.
Hablabais del día, pero en un ambiente relajado.
No había presión, ni gente a la que impresionar.
Era simplemente… genial. —Abrió las manos, como si las palabras se le quedaran cortas para abarcar lo que quería decir.
—Siempre me pregunté si nos mirabas un poco por encima del hombro. Se lo mencioné una vez a Félix, pero lo descartó enseguida, diciendo que no, que tú no eras así.
—¿Aun así tenías tus dudas?
—Sí. Pero quizá eso tenía más que ver con mis propias inseguridades que con tu comportamiento.
—Para que quede clarísimo del todo: jamás, nunca, os miré por encima del hombro a ninguno. Ni lo haría. A decir verdad, hubo muchas veces que deseé poder ser parte de vuestra familia y no de la mía.
Me giré hacia él en la penumbra del coche, moviéndome un poco en el asiento.
El movimiento dejó ver una buena porción de pierna, que me apresuré a cubrir con toda la naturalidad que pude mientras seguía hablando y rezaba para que Jack no se hubiera dado cuenta.
La media sonrisa en su cara me indicó que no se le escapaba nada y que mi torpe intento de disimulo probablemente solo había llamado más la atención.
Quizá este vestido no era tan buena idea después de todo…
pero me encantaba. Y ¿por qué no? Mis piernas estaban bastante decentes gracias a los paseos por el jardín y los campos, y ahora, con un perro al que sacar también, había notado que volvían a coger tono.
Quizá era otra de esas cosas con las que tenía que relajarme.
Volví al hilo de lo que había dicho Jack.
—¿De verdad habrías preferido formar parte de nuestra familia?
—Bueno, a Félix no le presionaban con lo de casarse como a mí, ni con casarse con la persona adecuada, o elegir la carrera idónea, lo que en la práctica significaba que eligieran por mí tanto esposa como profesión.
A tus padres les interesaba lo que teníais que decir, lo que pensabais y queríais hacer.
Mis padres siguen anclados en una época en la que manda la tradición por encima de todo.
La aristocracia ha cambiado, pero a veces parece que mi madre, sobre todo, sigue atrapada en un bloque de gelatina de otro tiempo.
—No creo que muchos pensáramos en ti de ese modo. Más bien te veíamos como un tipo privilegiado, quizá demasiado privilegiado, de esos de playboy que pueden tener lo que quieren y a quien quieren.
—Seguro que daba esa impresión y en parte era así, salvo por lo de tener a cualquiera que quisiera.
—¿Ah, no?
Encogió los hombros y esperé a que se explicara, pero permaneció callado.
—¿Qué pensaban tus padres de que salieras con chicas del pueblo si ya tenían mujeres en mente para ti?
—Creo que les daba igual. A los hombres de la aristocracia se les permite divertirse todo lo que quieran y con quien quieran, siempre que no empiecen a ponerse serios con la persona equivocada. Esa es la regla de oro.
—¿Hubo alguien con quien te hubiera gustado ponerte serio y que ellos no habrían aprobado? —Pensé en lo que acababa de decir—. Tengo que admitir que siempre parecías considerar la palabra compromiso como algo aborrecible.
—En parte lo era, pero también era una cuestión de autoprotección.
Sabía que algunas de las mujeres con las que salía solo se interesaban por el título que podrían heredar si llegáramos a casarnos, así que me esmeraba en asegurarme de que quedara muy claro, o al menos diera la impresión, de que yo no quería relaciones serias.
—Puedo nombrarte un par de chicas convencidas de que lograrían hacerte cambiar de opinión.
—Estoy seguro de que puedes, y probablemente sé cuáles son. Pero, a diferencia de mis padres, yo sí quería casarme por una razón de verdad y no por un título, o por dinero, o por esas cosas tan superficiales.
—¿Eso fue lo que les dijiste a tus padres?
—Sí. Viéndolo ahora, creo que debería haber empleado palabras algo más cuidadosas. Su matrimonio había sido prácticamente concertado y yo lo taché de superficial. Puede que no comparta algunas de sus ideas, pero no quiero hacerles daño.
Apoyé un instante la mano sobre la suya, que descansaba en el asiento de cuero.
—Sé que no querías herirlos, y estoy segura de que ellos también lo saben. A veces decimos cosas en caliente y salen fatal. Estoy convencida de que, a su manera, solo quieren lo mejor para ti.
—Siempre que ese «mejor» incluya a lady Cecily Fullington-Beck, seguro que sí.
—¿Quién es esa?
—Una mujer muy guapa del círculo social en el que consideran aceptable que yo elija.
—¿No es tu tipo?