Capítulo 22
—¡Holi! —Una mujer chispeante, de la edad de Poppy, entró dando un pequeño respingo al ver a Jack.
Tenía una melena de ondas eléctricas azul intenso, una piel preciosa y apenas llevaba maquillaje, salvo un brillo de labios, y estaba impresionante.
Detrás de ella entró un hombre delgado, de edad similar o quizá unos años mayor.
Estaba bronceado y elegantemente vestido con un traje de tres piezas.
El brillante pelo castaño, corto y pulcro, dejaba entrever justo la punta de un tatuaje por encima del cuello de la camisa almidonada.
—Hola —me saludó con un gesto de cabeza y, al ver a Jack, añadió—: ¡Hola! —Esta vez con bastante más entusiasmo y énfasis. Lancé una mirada fugaz a Jack, que les sonrió a ambos y les tendió la mano.
—Hola, soy Jack. Ahora me quito de en medio.
—Hola, Jack —dijo Poppy, dándole un fuerte abrazo mientras cerraba la puerta de entrada—. ¿Alguna posibilidad de una tacita de té antes de que desaparezcas?
—¡Eso puedo hacerlo yo! —salté.
—No pasa nada, lo hago yo. Tú vete y empieza a ser mimada.
—Oh, por Dios. A este sí que hay que conservarlo —exclamó el hombre, apoyando la mano un momento en el brazo de Jack y, al notar el bíceps, dejándola allí un poco más.
—Oh, no es mío. Quiero decir, no lo «conservo». Quiero decir… solo somos amigos —farfullé, consciente de que ahora mismo debía de estar roja como un tomate.
Miré a Poppy con una súplica muda en los ojos para que me echara una mano. Ella me dedicó una sonrisa cómplice y luego intervino.
—Jack es un viejo amigo. Ha vuelto hace poco de Nueva Zelanda y está montando otra vez su propio negocio. Se hospeda con Lily hasta que se asiente.
—¿Y dónde estás pensando establecerte?
—Sin duda por esta zona —respondió Jack, sonriendo.
—Qué pena. Bueno, si alguna vez buscas sitio donde alojarte en Londres, te dejo mi tarjeta. —El hombre le guiñó un ojo a Jack y me dedicó una enorme sonrisa, que yo le devolví. Me cayó bien al instante. Esperaba seguir igual al final del día.
La mujer de pelo azul apenas había dicho más que su «holi» inicial a Jack. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa, pero seguía sin decir nada.
—Bueno, yo soy Lily, como habrás adivinado —dije, tendiéndole la mano.
—Yo soy… —Miró a Poppy un segundo como si se le hubiera olvidado su propio nombre—. Perdona, es que… soy una gran fan tuya. Estoy un poco en modo «deslumbrada» ahora mismo. —Rio y se retiró el pelo de la cara con unas uñas perfectamente cuidadas—. Soy Jemima.
—Pero pensaba que Poppy dijo que trabajabas con estrellas de cine y supermodelos y cosas así.
—Sí, todo el rato. Pero eso no me impresiona nada. La verdad es que las pelis y todo eso no me van mucho. Prefiero mil veces un libro, y tus libros en particular siempre me han encantado.
—Gracias. Me alegra muchísimo que te hayan gustado y gracias a los dos por venir hoy a hacer esto. No sabéis cuánto lo agradezco.
El hombre desechó mi agradecimiento con un gesto y me tomó la mano, cubriéndola con las suyas.
—Yo soy Martin y esto es un auténtico placer para los dos, cariño. Vamos a hacer que estés fabulosa. No es que no lo estés ya. Solo un poquito de arreglo, ya sabes, darte un poco de confianza.
—Eso estaría genial. Falta me hace. Nunca he hecho nada así.
—Y es muy bueno que lo hagas —dijo Jemima, colocándome una cinta alrededor de la cabeza para apartarme todo el pelo de la cara—.
Estoy deseando ver la película, aunque por supuesto no será tan buena como el libro.
Nunca lo son. Voy a verla, aunque las películas no me entusiasman, solo porque es tu libro.
—Ojalá te guste.
—Pasad —dijo Poppy, guiándolos hacia el comedor, reconvertido en salón de belleza improvisado mientras Jemima y Martin, con suerte, obraban sus milagros.
Jack estaba ocupado en el otro extremo de la habitación, sacando todo el arsenal para hacer té y café antes de acercarse a preguntar qué quería cada uno.
De vuelta hacia la cocina, los músculos de sus piernas bronceadas quedaban a la vista bajo los pantalones cortos, y los dos estilistas lo siguieron con la mirada un poco más de lo estrictamente necesario.
No los culpaba, puede que yo también hubiera echado una miradita.
Por desgracia, cuando volví la cabeza, Poppy me estaba mirando directamente y me dedicó una sonrisa secreta que yo fingí no entender en absoluto.
—A ver ese pelo —dijo Martin, rodeándome, tocándome el cabello, sacudiéndolo y haciendo varias cosas más que yo no entendía—. Tiene buen color, aunque podríamos avivarlo un poquito.
—¿Qué quieres decir con «avivarlo»? —pregunté.
—No tanto como el de Jemima, tranquila.
—No es eso. De hecho, creo que tu pelo es precioso. Solo que no sé si yo podría llevar algo así.
Jemima se llevó la mano a su propia melena, la tocó un instante, sonrió y me dio las gracias por el cumplido.
—Pero Poppy dijo que hoy querías algo bastante corto, así que siempre podemos empezar con el corte y después trabajar el color.
Me senté pesadamente en la silla y, al otro lado de la habitación, a Jack se le cayó una taza que se hizo añicos en el suelo. Lo miré y él me miró a mí, intercambiando expresiones de horror.
—Lo siento —dijo, mirándome antes de dirigir los ojos al peluquero.
—No te preocupes —contesté, encontrando palabras entre el pánico de mi cabeza.
Solo sé firme, me dije. Dile que no lo quieres corto. Entonces Martin empezó a reírse.
—Madre mía, te has quedado blanca como el papel. ¡Solo estaba bromeando, cariño! Tienes un pelo precioso y Poppy ya me dijo que te gusta llevarlo largo. —Lanzó una mirada a Jack, que ahora también parecía bastante aliviado—. Algo me dice que a alguien más le gusta que lo lleves largo.
—No —empezó a balbucear Jack—. No, no es eso. Es solo que yo… ya sabes… ella… ella quiere llevarlo largo y le preocupaba que se lo cortaran. Solo eso. Nada más.
—Aah, ya veo —dijo Martin, volviéndose hacia mí con una sonrisa enorme.
Negué con la cabeza, intentando no sonreír.
—Tengo la sensación de que eres un buen pieza.
Él se llevó una mano al pecho y emanó inocencia antes de guiñarme un ojo. Al otro lado de la habitación, Jack recogió los restos de la taza de porcelana fina y los tiró a la basura.
Cuando todos tuvieron su bebida, Jack nos saludó con la mano y dijo que iba a sacar a Clive a dar un buen paseo y luego lo dejaría en casa de Félix.
Ellos se quedaban con el perro aquella noche, aunque yo esperaba no volver demasiado tarde al día siguiente.
La editorial había reservado habitaciones para nosotros en un hotel cerca del recinto y, aunque a mí me habría bastado con volver a casa, quizá estaría bien alojarse en un hotel pijo por una vez.
Hacía mucho que no hacía nada así. Podría tomar un desayuno tranquilo en la habitación antes de pedir a la editorial que mandara el coche para volver a casa.
Una vez que Martin cortó mi pelo dándole lo que se dice un estilo —algo que no tenía desde hacía mucho—, pero manteniendo el largo como había prometido, Jemima empezó a enseñarme imágenes de distintos maquillajes y a sugerir lo que creía que me quedaría mejor.
Poppy subió un momento a mi habitación y bajó el vestido para que se hicieran una idea del conjunto.
Los dos soltaron exclamaciones de admiración.
Les expliqué que en realidad el mérito era de las habilidades como compradora de Poppy, pero que me hacía ilusión ponérmelo, aunque no tenía claro si iba a acordarme de cómo se caminaba con tacones tan altos. Hacía mucho que tampoco usaba de esos.
—Son preciosos —dijo Jemima, mirando las sandalias de tiras que Poppy había traído también—. Van a quedar espectaculares cuando se vean al andar, con ese vestido.
—Estoy de acuerdo, y, por lo que tengo entendido, tu acompañante de esta noche es tu encantador mayordomo. —Martin examinó los tacones de quince centímetros—. Él es bastante alto, así que estos me parecen la elección perfecta. Vas a estar impresionante.
Me reí del uso tan encantador que hacía Martin de la palabra «acompañante».
—No es ni mi acompañante ni mi mayordomo. Y menos mal, porque esa taza que ha roto era bonita. Ya estaría en la calle.
—Solo te chincho, cariño. Sé que es el jardinero en realidad. Todo muy El amante de Lady Chatterley, ¿no te parece? —dijo Martin, estremeciéndose de emoción.
Solté una carcajada.
—No. ¡No es eso en absoluto! Nada que ver.
—Una pena —dijo él, con una sonrisa amplísima—. Sería un Mellors perfecto.
—Más bien al revés —añadió Poppy, acomodándose en el sofá y recogiéndose las piernas.
—¿Cómo que al revés? —preguntó el peluquero, levantando la vista del cuenco de aluminio en el que estaba mezclando una especie de brebaje con algo parecido a una brocha de pintar.
—Jack es el hijo mayor de un conde. Cuando su padre pase a mejor vida, el título será para él.
—¿De verdad?
Jemima escuchaba ahora boquiabierta, con un dedo suspendido sobre la pantalla en la que me estaba enseñando tonos de pintalabios.
—Sí. Y que conste que no le hace ninguna gracia.
—Estoy segura de que sería un lord estupendo —dijo Jemima, con un punto de ensoñación.
—Estoy bastante seguro de que sería estupendo en lo que se propusiera —añadió Martin con descaro, guiñándome un ojo—. ¡Y ahora, hora del color!
—Creo que voy a llorar —dijo Poppy a mi lado, las dos plantadas frente al espejo.
—Ni se te ocurra —repliqué—. Sabes cómo me pongo cuando alguien llora, y con este maquillaje no puedo. No volvería a quedar igual en la vida.
—Jemima te ha puesto máscara de pestañas resistente al agua, al menos. Algo es algo.
—Eso es verdad.
Jemima había hecho un trabajo impresionante, igual que Martin.
Mi pelo, al que le había quitado un par de dedos resecos que pedían a gritos un corte, ahora parecía más sano, seguía siendo largo y caía en ondas suaves sobre los hombros y la espalda.
Las mechas que había añadido brillaban al coger la luz, dándole más volumen.
El maquillaje de Jemima era perfecto, literalmente de revista. Me sentía como salida de una portada.
—¡Parezco retocada con Photoshop! No sé cómo lo hace, pero es absolutamente brillante. Y encima es un encanto.
—Está encantada con la colección de ejemplares firmados que le has dado.
—Sí, ya me quedó claro cuando se puso a llorar.
Al principio no sabía si había metido la pata hasta el fondo, así que me alivió mucho ver que sonreía.
No estaba segura de qué hacer con Martin, pero no me parecía bien darle algo solo a Jemima.
Quedaba un poco vanidoso endilgarle libros a alguien a quien a lo mejor ni le gustan.
—Él está encantado con la suscripción a la ginebra de boutique que le has pagado.
—Eso fue gracias a ti, que te curraste la investigación para averiguar qué le gustaba. Gracias por eso, Poppy.
—Creo que habría estado todavía más encantado si hubieras podido conseguirle una cita con Jack.
—Creo que tienes razón.
—No estoy segura de que hubiéramos podido convencer a tu mayordomo —dijo, riéndose mientras nos acercábamos a la puerta.
—Por el amor de Dios, no le digas a Jack que Martin le llamó mayordomo —dije, abriendo la puerta del dormitorio.
—¿Tu mayordomo? —preguntó Jack, levantando una ceja oscura, con un deje de diversión en los labios.
—Yo… no sabía que estabas ahí.
—No, está claro. —La sonrisa se le ensanchó.
—Martin solo estaba… ya sabes, bromeando.
—¿Puedo ofrecerle algo, señora?
Poppy soltó una risa ahogada a mi espalda y Jack miró por encima de mi hombro, intercambiando con ella otra sonrisa.
Puse los ojos en blanco y salí de la habitación, con Poppy detrás.
—¡Estás fabuloso! —dijo ella, dándole un repaso a Jack—. Muy elegante.
—Gracias. —Sonrió, ajustándose un momento los puños de la camisa sin necesidad, como si de pronto no estuviera seguro de cómo encajar el cumplido.
Aun así, «fabuloso» se quedaba cortísimo para lo increíblemente guapo que estaba.
Recién afeitado, el pelo corto, oscuro y perfecto, y aquel traje desde luego no era de grandes almacenes.
Se notaba que era a medida de algún sitio caro y tengo que decir que habían tomado las medidas muy, muy bien.
—¿Vais a salir o habéis decidido quedaros aquí toda la tarde? ¿A qué hora llega el coche? —preguntó Poppy mientras yo dudaba en el rellano.
—Debería de estar al caer —respondió Jack—. Por cierto…
—¿Hm? —Levanté la vista hacia él.
—Guau. Tenía ganas de decirlo desde que has abierto la puerta y lo del mayordomo ha sido una tentación demasiado golosa, pero en serio: guau.
La cara de Poppy se abrió en una enorme sonrisa.
—¿A que está impresionante? —Prácticamente vibraba de emoción a mi lado.
—Lo está. —Los ojos de Jack seguían fijos en mí y su voz sonó suave—. Estás increíble.
Me rasqué la nuca mientras miraba hacia la entrada.
—Los amigos de Poppy son unos auténticos magos —dije, con una risita que no sonó del todo natural. Mi cuñada me dio un codazo bastante más fuerte de lo necesario.
—Se dice «gracias» —me susurró tan alto que pensé que en la casa de al lado, que estaba a varios kilómetros, probablemente la oirían.
—Perdón. Sí. Gracias. Tú también estás muy guapo —añadí, sintiéndome de pronto como una adolescente torpe en su primer baile de fin de curso.
Jack me dedicó una sonrisa suave y luego extendió el brazo para mirar la esfera de un Patek Philippe sencillo pero elegante.
—El coche debería de llegar en un par de minutos. ¿Estás bien?
—Perfecta. —Mi voz sonó mucho más aguda de lo normal y tuve la sensación de que una bandada entera de mariposas acababa de despegar dentro de mí y chocaba contra todas mis paredes interiores buscando una salida.
Dios mío, ¿lo estaba haciendo bien? Quizá debería haber empezado por ir a unas cuantas cafeterías locales yo sola o algo así.
Pero no, mis primeros tanteos de vuelta a la vida social tenían que ser una fiesta ofrecida por un conde en la mansión local y el estreno de una gran película.
Desde luego, lo de hacer las cosas a medias no era lo mío.
—Será mejor que me vaya ya —dijo Poppy, poniéndose una chaqueta ligera cuando llegamos al pie de las escaleras—.
Los dos estáis guapísimos… ¡y aún más juntos!
—dijo con una sonrisa maliciosa antes de abrazarnos, rozándome las mejillas con un beso al aire para no estropear el maquillaje y plantándole a Jack un beso sonoro en la cara.
—Gracias por todo, Poppy. —Le tomé la mano—. No habría podido hacer nada de esto sin ti.
—Estoy encantada de formar parte de todo. Félix y yo estamos tan orgullosos de ti… Sabemos que es duro, pero lo estás haciendo y eso es fantástico, y es lo que te mereces. —Abrió la boca para decir algo más, pero levanté la mano libre.
—Tienes que parar ya; si no, me voy a poner a llorar y voy a acabar igual que la niña del GIF que te mandé, por mucho que haya trabajado Jemima.
Poppy se rio, con una lágrima deslizándose por su propia mejilla.
—Vale, vale. Paro. Pero no veo la hora de que me lo cuentes todo cuando vuelvas. —Nos lanzó más besos y salió hacia su coche.