Solo se vive una vez Capítulo 21
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Capítulo 21

«Necesito ayuda».

Le mandé un mensaje a Poppy un par de días después.

El estreno se acercaba más deprisa de lo que me habría gustado y, a pesar de haber pasado horas viendo tutoriales de maquillaje en YouTube —tiempo que debería haber dedicado a escribir—, simplemente no lograba conseguir nada que pareciera remotamente presentable para una ocasión tan elegante.

Al repasar vídeos e imágenes de otros estrenos en los que los invitados lucían peinados, ropa y maquillaje perfectos, sin mencionar los cuerpos, empecé a alterarme.

Varias veces, mis dedos flotaron sobre el teclado, dispuestos a enviarle a Zinnia un correo para decirle que al final no asistiría.

Pero en algún lugar del fondo de mi mente, las palabras de Jack seguían resonando.

Tenía razón. Me había esforzado mucho para esto y no había muchos escritores que tuvieran esa oportunidad.

No había ninguna garantía de que volviera a vender los derechos cinematográficos de alguno de mis otros libros solo porque este hubiera funcionado bien.

Hacía tiempo, me habían invitado a un pase privado de la película, pero, por supuesto, puse excusas y rechacé la invitación.

Ahora deseaba haber sido valiente y haber ido.

¿Y si llegaba al estreno y odiaba lo que habían hecho con el libro?

Dios mío, no solo necesitaba ayuda con el maquillaje, también necesitaba clases de interpretación inmediatas para no meter la pata hasta el fondo.

Pero, claro, también podía encantarme. Me quedé mirando el espejo.

—Me va a encantar. Va a ser maravillosa —me dije. Clive se acercó un poco más a la silla. Alargando la mano, le rasqué la cabeza—. Eso es, ¿verdad, Clive? Todo va a salir bien.

Quizá si lo repetía lo suficiente, engañaría a mi cerebro para que se lo creyera.

Volví a mirar el espejo. No había engaño posible ni para mi cerebro ni para mis ojos: no podía creerme que aquello fuera el supuesto look de noche/ahumado que el tutorial me prometía.

Era la cuarta vez que lo intentaba y la cara me escocía de tanto borrar y volver a empezar.

A ese ritmo, me quedaría sin maquillaje antes de acertar.

En cuanto a las pestañas postizas, hacía rato que literalmente habían salido volando por la ventana.

Tenía que acordarme de ir a recogerlas del césped antes de que a Clive se le ocurriera comérselas.

Todos los vídeos lo hacían parecer tan fácil, pero ahora sabía la verdad. ¡Mentían!

«¿Qué pasa? ¿Estás bien?»

«No».

Respondí, con el emoji de cabeza explotando y luego un GIF de una niña pequeña que había encontrado el neceser de maquillaje de su madre.

«Oh… No te preocupes. Creo que tengo un plan. Te llamo en un rato».

Le mandé una ristra de emojis de abrazo, me levanté y bajé a recuperar las pestañas traicioneras del jardín, con Clive trotando detrás de mí. Tras encontrarlas y convencerle de que no eran un manjar delicioso, fui a darle un premio de verdad y luego me dirigí a mi despacho para volver al trabajo.

Un par de horas más tarde, la cara de Poppy apareció en mi pantalla. Deslicé el dedo para contestar y me la encontré con una sonrisa enorme.

—Tú pareces feliz.

—Tú también lo estarás cuando te cuente lo que he organizado —dijo.

—¿Me va a gustar?

—Te va a encantar.

—Venga, entonces —sonreí, contagiada por su entusiasmo—. ¿Cuál es el secreto?

—Vale, supongo que los tutoriales no han ido muy bien, ¿no?

—¿Ese GIF que te mandé?

—¿Sí?

—Eso era una mejora respecto a los resultados que estaba sacando. Estoy bastante segura de que Clive podría hacer un trabajo mejor.

—Oh.

—Exacto. No me había dado cuenta de lo desentrenada que estaba en lo de llevar maquillaje. No es que antes llevara mucho, la verdad. No sé… ¿Se ha vuelto más difícil o algo?

—Yo sí creo que han subido el listón y las aspiraciones. Las adolescentes ahora se pasan tantísimo tiempo perfeccionando el maquillaje y el pelo, gracias a YouTube y a las influencers, que de repente da la sensación de que nos hemos quedado atrás. Y eso antes de mirar las revistas y todo lo demás.

—Espero de verdad que tengas la solución, entonces.

—La tengo. ¡Acabo de llamar a una amiga del cole! Es maquilladora profesional ahora. Trabaja en desfiles de pasarela y pelis y de todo. Va a venir a tu casa a arreglarte la cara para el estreno.

—¿En serio? —Sentí que se me abría un poco la boca.

—Sí.

—¿Quiere que le pague en efectivo? Ya sabes, sin factura.

Poppy frunció el ceño.

—¡Ah! No, no quiere que le pagues.

—¿Cómo?

—Lo que oyes. Lo va a hacer gratis.

—No puede.

—Puede, y lo va a hacer. Es superfan de tus libros, así que se ha puesto contentísima cuando le he preguntado si tenía un hueco.

—No sé qué decir.

—Puedes decir: «Queridísima Poppy, eres una absoluta genia».

—Queridísima Poppy, eres una absoluta genia.

—Gracias. Y eso no es todo. Se trae a una amiga que es una peluquera fantástica, así que podrás tener el pack completo.

Me quedé un momento en silencio, a la vez abrumada y tremendamente conmovida de que dos completas desconocidas fueran a hacer eso por mí.

Sí, la mujer era amiga de Poppy, pero aun así.

Sabía que no iba a ser cosa de cinco minutos y ahora tenía a alguien para el pelo también.

Era como una mezcla entre ponerse una armadura y salir de la crisálida que yo misma me había fabricado en todos esos años desde la muerte de Mike.

—¿Estás bien?

—Sí. Sí —repetí—. Muchas gracias, Poppy. No sé cómo darte las gracias por organizar todo esto y ayudarme con el vestido y con todo. No creo que pudiera estar haciendo nada de esto sin ti, que estás todo el rato sosteniéndome y resolviendo problemas.

Se me humedecieron los ojos al darme cuenta de nuevo de cuánto me había cerrado.

Del tiempo y las experiencias que me había perdido con la gente a la que quería.

Sabía que tenía que esforzarme más al menos con mi propia familia.

Eran todo lo que tenía y los quería tanto. Se merecían mucho más de mí.

—Es un placer, Lils. Lo digo en serio. Estamos tan contentos de que estés haciendo esto… Te mereces una noche especial y cualquier cosa que pueda hacer para que te sientas más cómoda dando ese paso no es ningún esfuerzo.

—Pero tú vendrás con ellas, ¿verdad? Las estilistas —pregunté, presa de repente de pánico ante la idea de que me preguntaran por colores, estilos y formas y de verme sentada en la silla mirándolas como un conejito frente a una cosechadora, con las inevitables consecuencias.

—Por supuesto. Aunque quisieras, no podrías librarte de mí —rio.

—¿Estás bien? —preguntó Jack, temprano en la mañana del estreno—. Pensé que hoy venían las chicas del pelo y el maquillaje.

—Sí.

—Ya. Es que tienes más pinta de estar esperando a un pelotón de fusilamiento.

—Es que me siento un poco así.

—Es solo porque está fuera de tu zona de confort.

—Siento que últimamente todo está fuera de mi zona de confort. No estoy segura ni de poder ver la zona desde aquí.

—Lo estás haciendo muy bien. —Me apretó el hombro—. Madre mía, tienes los músculos como si te los hubieran soldado.

—No hace falta que me lo digas tú —dije, llevando la mano al cuello para intentar aliviar parte de la tensión clavando los dedos. Lo único que conseguí fue que me subiera un dolor punzante hacia las sienes, así que paré.

—Anda, deja —dijo Jack, colocándose detrás de mí.

Se detuvo un instante, pero, como no protesté, siguió adelante.

Unas manos grandes y cálidas se apoyaron con suavidad a ambos lados de mi cuello antes de empezar poco a poco un movimiento rítmico, con los dedos y los pulgares ejerciendo una ligera presión sobre mis músculos agarrotados.

—¿Qué tal así? —preguntó, sin dejar de moverse.

—Muy bien…

—Ven, siéntate un momento. Me será más fácil hacerlo si estás sentada.

—Seguro que tienes cosas mejores que hacer ahora mismo.

—Seguro que no. Anda, siéntate. Van a estar aquí en nada y vas a estar sentada en esa silla durante horas.

Tenía razón, así que me acerqué a una silla de respaldo bajo y me hundí en los cojines mullidos mientras Jack volvía a colocarse detrás y a iniciar de nuevo ese movimiento relajante y reconfortante que de algún modo era una mezcla de dolor y placer que resultaba increíble.

—Parece que se suelta un poco. ¿Te notas algo más ligera?

—Si digo que sí, ¿significa que paras?

—No necesariamente.

—Si digo que no, ¿significa que paras?

—Lo mismo. ¿Quieres que pare?

—No. No sé de jardinería, pero podrías labrarte una nueva carrera en el mundo de los masajes. —Abrí los ojos, que se me habían cerrado solos, y eché la cabeza hacia atrás hasta encontrar directamente la mirada de Jack—. No sé si ha sonado raro. No pretendía que fuera raro. ¿Ha sonado raro?

—No —rio, colocándome la cabeza entre las manos con cuidado para volver a inclinarla hacia delante y poder llegar a mis hombros—. Pero sé lo que quieres decir, así que gracias.

—¿Me atrevo a preguntar cómo te hiciste tan bueno en esto?

—Te sorprenderías si te lo dijera.

—Ahora tengo una necesidad absoluta de saberlo.

—No estoy muy por la labor de contártelo.

—Con una introducción así, ya no puedes no contármelo. Venga, me servirá para distraerme.

—Ja, chantaje emocional. Vale, pero que conste que ahora soy mucho mejor persona.

—Esto ya suena intrigante.

—Aprendí a hacerlo para impresionar a las chicas.

Ya sabes, ellas decían que les dolía el cuello o la espalda o los hombros, y yo decía: Oh, yo puedo ayudarte con eso, ven aquí.

Les hacía un masajito y preguntaba qué tal se sentían y…

ya sabes, a menudo una cosa llevaba a la otra.

Pero como te digo, no es algo de lo que esté orgulloso, y de hecho ha resultado útil.

Usar la técnica con jugadores de rugby de metro noventa y noventa kilos no era exactamente lo que yo tenía en mente cuando perfeccioné mis habilidades, pero si puedes ayudar a un colega, lo haces, ¿no?

Me quedé pensando en su respuesta.

—Estás peligrosamente callada. Casi puedo oír cómo me juzgas desde aquí.

—Entonces necesitas que te revisen el oído, porque no te estoy juzgando en absoluto. Solo estaba pensando que esas fueron exactamente las palabras que usaste conmigo.

—Sí, pero teniendo en cuenta que ahora he madurado, me importa realmente cuál es tu respuesta y te prometo que no lo hago para conseguir ninguna otra recompensa que la de verte un poco más cómoda.

—Lo sé. Solo te estaba tomando el pelo. No sabía que habías aprendido habilidades especiales para potenciar tus artes de donjuán.

De pronto, la voz de Jack, profunda y suave, sonó muy cerca de mi oído.

—No creerías algunas de las habilidades que tengo.

No pude evitar reír.

—Y ahí está. Sabía que era demasiado bonito para ser verdad que habías madurado del todo.

—Solo expongo los hechos —dijo, enderezándose y volviendo a apretar con los pulgares en la base de mi cuello, soltando la tensión que se estaba acumulando allí.

Tensión que no se veía precisamente aliviada por el roce de su aliento cálido contra mi oreja ni por la súbita e injustificada oleada de imágenes que me cruzó por la cabeza.

Puede que Jack Coulsdon-Hart hubiera madurado, pero daba la sensación de que quedaba algo del antiguo Jack. Y quizá eso no era algo tan malo.

Un par de minutos después sonó el timbre. Noté la pérdida repentina del calor de las manos de Jack y solté un suspiro sin querer.

—Intenta disfrutarlo —dijo Jack mientras yo me levantaba y le daba un tironcito a la bata que me habían mandado ponerme después del baño aquella mañana.

—Lo haré. Estoy tan agradecida a Poppy por esto… —El timbre volvió a sonar—. Saldrá bien, ¿verdad? —Levanté la vista de golpe hacia Jack mientras una avalancha de preocupaciones empezaba a arrollarme—. No querrá dejármelo corto ni nada de eso, ¿verdad?

—Si quiere y tú no, se lo dices. Es tu pelo. No dejes que haga lo que le dé la gana y Poppy estará ahí de apoyo.

Jack posó la mano con suavidad en mi brazo, le dio un apretón rápido y luego se fue hacia la puerta. Yo me recompuse y le seguí un par de momentos después.