Solo se vive una vez Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando llegué a casa, me encontré a Jack leyendo en la cocina-comedor, con sus largas piernas estiradas en el sofá y buena parte de ellas colgando por el extremo. Algo que olía de maravilla se estaba haciendo a fuego lento en la placa, bajo la tapa de una de mis cazuelas de hierro fundido.

—Hola.

—Hola. Se te ve muy cómodo. ¿Qué tal tu día?

—Bien, gracias. ¿Has salido?

—¡He salido! —dije, mientras me quitaba el abrigo y salía al recibidor para colgarlo en el armario antes de volver a la cocina.

—Genial. ¿A algún sitio bonito?—Simplemente más adentro en el campo. Me he ido a dar un paseo, he tomado aire fresco de verdad y he hecho algo de ejercicio.

Dejó el libro sobre su ancho pecho.

—¿Y qué tal?

—¿El qué? —Me reí—. ¿Quieres decir volver a salir de casa?

Jack puso una expresión de «podría ser que sí, podría ser que no».

—Tranquilo, ya he tenido ese discurso de mi hermano. Y sí, sé que no es lo normal, pero, para responder a tu pregunta, creo que me ha sentado bien.

—¿Solo has andado?

—Paré a desayunar y a leer mi libro, luego me di un buen paseo largo y vigorizante, y después encontré un sitio donde tomarme una taza de té muy necesaria, donde leí otro rato y luego volví a casa.

—Suena a un día perfecto y, además, completo.

—Completo para mí.

—Tienes mejor aspecto —dijo Jack.

—No estoy muy segura de cómo tomarme eso.

—Tómatelo como un cumplido, que es como iba. Tenías buen aspecto antes, que conste —aclaró—, pero ahora tienes… no sé… como un… brillo. —Hizo un gesto con la mano—. No sé. Es evidente que te ha hecho bien. Eso es todo lo que intento decir.

—Gracias. ¿Qué has hecho tú hoy?

—He vuelto a casa de mis padres y luego también me he ido a dar un paseo largo, muy necesario después de la Parte A del día.

—Madre mía. ¿No ha ido bien?

—Todo lo bien que cabía esperar —dijo, dejando el libro a un lado, levantándose del sofá y cruzando la cocina hasta donde yo estaba en unas pocas zancadas—.

Siguen queriendo que ocupe mi lugar al frente de la familia y que me case con la mujer adecuada, con el nombre adecuado y la sangre adecuada.

Pensé que haber estado tanto tiempo fuera les habría dado margen para asumir que eso no es lo que quiero ni lo que va a pasar —añadió, destapando la cazuela y removiendo el guiso que había debajo.

—Dios, qué bien huele.

—Gracias. Con toda la emoción de hoy seguramente se te habrá abierto el apetito. O eso espero, y también espero que te guste, porque he hecho cantidad para varias comidas.

—No tenías por qué cocinar para mí.

—Lo sé. Y tú tampoco tienes por qué cocinar para mí, pero es agradable cuando lo hacemos.

Alcé la mirada hacia él. Lo era. Cuanto más a menudo cenaba con Jack por las noches, más me daba cuenta de cuánto mi alma había echado de menos el sencillo arte y placer de conversar con otra persona.

Sí, tenía eso con mi familia, pero nuestras charlas se veían interrumpidas regularmente por niños pequeños, como suele pasar en las comidas familiares.

Con Jack la conversación resultaba fácil, a veces ligera y a veces sorprendentemente profunda.

—¿Y cómo lo habéis dejado?

Di un paso atrás.

—Perdona. No es asunto mío, no debería ni preguntar.

Ya te he dicho que soy demasiado curiosa para mi propio bien.

—Prefiero verlo como interesada —bromeó, con los ojos verdes chispeando de diversión—.

Y me gusta que preguntes. Me gusta hablar contigo.

No me juzgas. Solo escuchas. No me había dado cuenta de cuánto necesitaba eso.

Me dedicó una sonrisa breve, con el más mínimo matiz de vergüenza. Imaginaba que debía de ser bastante difícil para alguien como Jack admitir que necesitaba algo, así que agradecí sus palabras el doble.

—Siéntate a la mesa y yo llevo esto. Hay una botella de vino blanco en la nevera, si quieres cogerla de paso.

Obedecí, cogiendo también un par de copas.

—Uy, qué cosa más fina —dije, mirando la etiqueta mientras iba a la mesa.

—Bueno, no queremos que corra el rumor de que el primogénito de un conde solo trae vino peleón a las cenas.

—Oh, no. Eso nunca. Tranquilo, me encargaré de que todo el mundo sepa que solo traes opciones de primera.

—Te lo agradecería en el alma —dijo, con una sonrisa traviesa jugueteando en unos labios peligrosamente sexis—, en tu próximo acto social.

—Ya sabes que tengo un montón.

—Lo sé, y me alegro de tener la oportunidad de robarte la compañía esta noche.

—Somos viejos amigos. Sería de mala educación por mi parte no hacerte un hueco en mi trepidante agenda social.

Sus ojos brillaron de risa mientras se sentaba, dejando mi plato delante de mí.

—Lasaña de lentejas y verduras mediterráneas. Espero que te guste. Bon appétit.

—Oh, cielos, encima hablas idiomas. Me temo que mi humilde educación no está a la altura de Eton y Cambridge.

Puso una cara que venía a decir que no fuera tan listilla.

—Guau, está buenísimo —dije, levantando la mano delante de mí mientras hablaba con la boca llena.

El calor de su sonrisa me rodeó y parecía genuinamente complacido por el cumplido.

También había en su expresión un ligero deje de sorpresa, y me pregunté cuánto llevaba sin sentir que alguien le hiciera un cumplido de verdad.

Eso me entristeció un poco por él, pero la sonrisa estaba ahí, y algo dentro de mí quiso asegurarse de que se quedara un rato más.

—¿En qué piensas? —preguntó, bebiendo un sorbo de vino y observándome por encima del borde de la copa—. Tienes una expresión muy pensativa.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—En nada, en realidad. Solo pensaba en lo agradable que es esto.

—¿La cena?—Todo. La cena, la compañía, y estaba esperando que te sintieras relajado aquí.

Bajó la vista al tomar otro sorbo, pero asintió.

—Lo hago —dijo, concentrándose ahora en cargar el tenedor con el siguiente bocado—. ¿Cuánto has acabado caminando al final?

Si no lo conociera mejor, habría dicho que Jack estaba cambiando de tema.

—¡Cariño! —Mi agente me saludó en la videollamada, con un sonoro sorbo de café—. Esto es maravilloso. No podría ser mejor publicidad.

La miré, un poco desconcertada.

—Perdona, ¿el qué no podría ser mejor publicidad?

—Tú y ese hombretón divino tuyo, todo el tema del nidito de amor. Y solo quería decirte —su voz perdió un momento el tono teatral— que me alegro de verdad por ti. Nadie merece más que tú ser feliz. Dios sabe que has esperado lo suficiente.

—Lo siento, Zinnia. De verdad que no sé de qué me hablas.

Frunció el ceño un instante antes de alzar un periódico, mostrándome una foto mía en la mansión con Jack inclinado hacia mí, con la mano en mi espalda.

En realidad había sido un gesto inocente, él diciéndome algo en medio del ruido de las conversaciones a nuestro alrededor, pero viéndolo en blanco y negro era fácil interpretarlo como algo con mucha más carga de significado.

Mis ojos fueron al titular: «¿La trágica autora romántica finalmente tendrá su final feliz? ».

—Dios mío. ¿Es el periódico de hoy?

—Lo es. ¿No lo habías visto?

—No compro el periódico.

—También está por todas partes en internet. Me extraña que no lo hayas visto.

Solté un gemido y dejé caer la cabeza entre las manos.

—He estado dale que te dale con el libro todo el día, ni siquiera me he conectado. Oh, esto es horrible.

Mi agente me lanzó una mirada.

—¿Qué tiene de horrible? Primero, está claro que has salido de casa, lo cual es un buen paso. Segundo, estás con un hombre absolutamente impresionante, con pinta de haber nacido para el pecado y para romper corazones. Es uno de tus héroes icónicos hecho realidad. De momento no veo el lado negativo.

—No lo es. Es solo un amigo de la infancia. De hecho, es amigo de mi hermano.

—Incluso más romántico. ¡Reencuentro con un amor de infancia!

—Para nada es un amor de infancia. Tal como dices, es un rompecorazones.

Alzó una ceja, perfectamente dibujada, llena de interés.

—No el mío —me apresuré a aclarar—. Pero sí el de la mayoría de las chicas jóvenes del pueblo, y de algunas no tan jóvenes. No me lo puedo creer. ¿Por qué la gente no puede dejar en paz la vida de los demás? Mira, si no hubiera salido, nada de esto habría pasado.

—Cariño, no puedes pasarte la vida encerrada entre esas cuatro paredes. ¿Y qué importa que la gente hable de ti? Mañana estarán hablando de otra persona, créeme. Mientras tanto, es una publicidad estupenda para el próximo estreno de la película y para tus libros.

—Es mi vida, Zinnia. No quiero verla esparcida por los periódicos, y menos cuando no es verdad. Ya fue bastante malo cuando tuve mi primer gran éxito y todo el mundo hurgó en las circunstancias de la muerte de Mike.

—No lo leas. Ya se pasará. Siempre hay alguien más de quien hablar.

Le echó otro vistazo a la foto.

—Tengo que admitir que esperaba que fuera verdad.

—Siento decepcionarte.

Volvió a mirarme.

—Como te he dicho, te mereces ser feliz. Solo me refería a eso.

Me pasé una mano por el pelo.

—Sí, lo sé. Perdona. No quería saltar así. Es que detesto esta parte del trabajo.

—Lo sé. Te dejo volver a tu libro y hablamos pronto.

Me tiró un beso y yo levanté la mano en un gesto de despedida antes de cerrar la sesión.

Cuando Jack entró por la puerta más tarde aquel mismo día, me bastó con echarle un vistazo a la cara para saber que él también había visto el artículo.

—No he tenido nada que ver —dije de inmediato, con las palabras atropellándose unas con otras al salir.

Se descalzó, dejando las botas junto a la puerta, y cruzó hasta donde yo estaba, retorciendo un pulgar con la uña del otro.

Jack alargó las manos, tomó las mías entre las suyas y se plantó muy cerca de mí.

Avergonzada, mantuve la vista fija en el botón de su camisa que quedaba a la altura de mis ojos.

—Mírame —dijo, con voz suave pero un matiz de autoridad.

Yo seguí mirando el botón.

—He dicho que me mires.

Esta vez obedecí, alzando la cabeza hasta encontrarme con su mirada.

—Sé que no has tenido nada que ver. —Una sonrisa asomó a sus labios—. No se me ocurre nadie a quien le haga menos ilusión ese artículo que a ti, así que la idea de que tú estés detrás me parece de risa.

—Aun así, lo siento. Estoy segura de que no habrá ayudado a mejorar las cosas con tu familia. Ni siquiera sabía nada hasta que me ha llamado mi agente para decirme que es una publicidad estupenda para la película nueva.

—¿Eso es lo que piensa?

—Por lo visto sí. Que encaja con la épica romántica del libro o algo así. A pesar de que no hay nada de cierto en ello. Siento haberte arrastrado a todo esto. Seguro que es lo último que necesitas ahora mismo.

Él ladeó la cabeza, con gesto pensativo, sin soltar mis manos.

—Veamos: estar románticamente vinculado a una mujer preciosa y con éxito. Sí, entiendo por qué podrías pensar que eso me molestaría.

En vez de con mis manos, que seguía sujetando, le di un empujoncito con el hombro en el pecho.

—Muy gracioso. Sabes a qué me refiero. Tu madre se va a poner morada como la vea.

—Ya la ha visto.

—Dios mío. ¿De verdad?

—Oh, sí.

Le estudié la cara.

—¿Estás metido en un buen lío?

Jack me sostuvo la mirada, serio, con los ojos muy atentos.

—Estoy castigado sin salir un mes.

Le empujé con las manos, separándonos.

—Muy gracioso. Idiota. Era una pregunta seria.

—Y no debería serlo. Soy un adulto. Veré a quien me dé la gana, y eso es exactamente lo que le he dicho a mi madre. Otra vez.

—Pero le habrás dicho que no estamos saliendo, ¿no?

—Que el artículo fuera cierto o no, no entró mucho en la conversación, que yo recuerde.

—Yo habría pensado que sería lo primero que le dirías en cuanto te hablara.

—Ya. Eso habría sido lo lógico, ¿verdad? Pero le encanta lanzarse a sus discursos, y de verdad que cuesta tanto esfuerzo llevarle la contraria o siquiera intentar exponer tu punto de vista hasta que se queda sin fuelle…

—¿Pero se lo dijiste después? ¿Cuándo lograste meter una palabra?

—No exactamente.

Puse las manos en las caderas.

—¿Cómo que «no exactamente»? Es una respuesta de sí o no. No hay zona gris. O se lo has dicho, o no se lo has dicho.

—Entonces, en ese caso, no, no se lo he dicho. ¿Qué importa lo que piense? Al menos ya sabe que no eres mi casera.

Le lancé una mirada por encima del hombro mientras me giraba para coger algo. Él se limitó a encogerse de hombros.

—Por otro lado, Edward se alegra mucho por mí y espera que sea feliz, pero también está indignado de que te haya robado.

—Por el amor de Dios. Sois igual de pesados los dos. ¿Puedes venir a cogerme esto de la repisa? No llego.

Jack cruzó hasta donde estaba y alcanzó sin esfuerzo la lata del armario sobre mi cabeza, colocándomela con cuidado en las manos.

—Gracias.

—Un placer, querida. ¿Puedo hacer algo más por ti?

—Sí. Puedes quitar esa sonrisita de tu cara y dejar de ser tan pesado.

—No sé cómo puedes decir palabras tan crueles al héroe que viene a llevarte en volandas.

—Te voy a hacer volar de una patada como no salgas de mi camino.

Él hizo una reverencia formal y salió de la cocina hacia atrás, riéndose mientras lo hacía.

Yo seguí preparando la cena, todavía frustrada y molesta por la intromisión en mi vida privada, pero desde que Jack había entrado en la casa me resultaba imposible enfadarme tanto como lo había hecho antes.

Otra perspectiva y la distracción de la compañía parecían haber reducido el impacto y el shock iniciales de ver el artículo del periódico.