Solo se vive una vez Capítulo 14
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Capítulo 14

Cuando Jack bajó a cenar más tarde aquella noche, se acercó a mí con mayor seriedad que antes.

—Lo entiendo, ¿sabes? Sé que te gusta tu intimidad y que lo pasaste mal cuando empezaste a ser un nombre más conocido y la gente escarbó en tu pasado y convirtió tu dolor en noticia.

No me lo tomo a la ligera. Solo quiero que esta vez no te hagan tanto daño.

Que entiendas que esto no es más que cotilleo y que mañana habrá otra persona de moda de la que hablar.

—Lo sé. Y te lo agradezco. Si no hubieras estado aquí…

—pensé un momento—. Bueno, si no hubieras estado aquí, nada de esto habría pasado, pero también, si no hubieras estado aquí, probablemente me habría sentado a rumiar toda la noche, dándole vueltas una y otra vez hasta que se convirtiera en lo único en lo que podía pensar, así que gracias.

—De nada.

—Y siento que tu madre te haya dado la lata de más por esto.

Su amplia sonrisa calentó la estancia y también partes de mí que no iba a reconocer ahora, ni probablemente nunca.

—Créeme, a mi madre puedo manejarla perfectamente a estas alturas, y estoy bastante seguro de que tú también.

—Preferiría no tener que hacerlo.

—En eso estamos de acuerdo. Anda, siéntate. Yo sirvo. Has tenido un día bastante completo.

Le lancé un paño de cocina al trasero y me fui hacia la mesa.

Las semanas siguientes transcurrieron sin grandes incidentes.

Hice todo lo posible por apartar de mi mente los artículos de prensa y los cotilleos de internet y me mantuve alejada de la red siempre que pude.

Con suerte, como decían los demás, la gente ya habría encontrado algo mucho más interesante de lo que hablar.

No había vuelto a salir más allá de la seguridad de mi jardín.

No es que no quisiera, pero aún había algo que me retenía.

Había tenido un arrebato de valentía acompañando a Jack a casa de sus padres y luego explorando un poco más el mundo, pero parecía haber retrocedido un paso.

La historia del periódico sobre Jack y sobre mí había puesto palos en las ruedas y reavivado inseguridades.

En algún lugar de mi cerebro, una parte lógica decía: si te mantienes fuera de la vista, no hablarán de ti.

Pero otra parte estaba enormemente frustrada y con ganas de darle una patada a la primera.

Mientras tanto, había horneado varios pasteles, cargados de calorías, con la esperanza de reunir determinación suficiente para caminar y quemarlos.

Hasta ahora, sin embargo, solo había acabado dando vueltas al jardín.

Jack saludó con la mano al pasar ante la ventana de la cocina. Una gorra de visera le hacía sombra en los ojos bajo el atardecer de un precioso día de primavera, y yo estaba lavando una ensalada en el fregadero cuando entró. Giré para saludar y me quedé paralizada.

—¿Qué es eso?

—Ese es Clive.

Le dediqué una mirada paciente que probablemente no tenía nada de paciencia.

—Clive parece un golden retriever.

—Clive es un golden retriever, ¿verdad, chico? —dijo, mimando al perro, que parecía estar sonriendo. ¿Podían sonreír los perros?

—Vale —retomé—. Reformularé la pregunta. ¿Qué hace Clive en mi casa?

—Necesita un hogar.

—¿Qué le pasa a su hogar actual? —pregunté, mientras Jack sacaba una toalla pequeña del bolsillo trasero y le limpiaba con cuidado las patas a Clive, que levantaba cada una por turnos, preparado para el proceso.

—Su hogar actual es un hogar de acogida. Ha tenido un comienzo un poco malo, pobre. La criadora no lo quería porque tenía un problema… —se detuvo y señaló vagamente hacia su propia entrepierna.

—Dios. Demasiada información antes de cenar.

—Así que pensaba sacrificarlo.

Le dirigí una mirada horrorizada.

—Lo sé. La mujer para la que estoy trabajando lleva un pequeño refugio de animales.

Logró convencer a la criadora para que se lo diera, y lo recolocó.

Por desgracia, la gente que lo adoptó no entendía nada de perros, como sus necesidades de ejercicio para evitar el aburrimiento, etcétera.

Luego se preguntaban por qué, después de estar encerrado en un piso sin jardín y sin ejercicio durante cinco días, el perro, digamos, rediseñó algunos muebles.

—Así que lo has traído aquí para que mastique los míos. Genial.

—No. Lo devolvieron al refugio. La dueña lo ha estado acogiendo desde entonces, entrenándolo y esperando a que llegara la persona adecuada. No quería que fuera dando tumbos de un hogar inadecuado a otro.

—Ya. Mira, sé que te dije que trataras esta casa como tuya, pero habría sido buena idea hablar conmigo antes de decidir traer un perro. ¿Puedes conseguir que deje de mirarme así?

—¿Así cómo?

—Con esa cara de cachorro mojado.

—Es un cachorro. Así mira.

—Muy gracioso. Sabes a qué me refiero.

—En realidad, ya no es un cachorro. Tiene dos años y medio y está muy bien adiestrado. Ha estado siguiéndome las últimas semanas mientras trabajaba en la casa de esta señora.

—Todo eso es muy bonito. Pero sigo pensando que deberías haber hablado conmigo antes de decidir traer un perro.

—Clive no es mi perro.

—Así que vuelve mañana.

—No exactamente. Al menos, eso espero. Lo traje para ti.

Me dejé caer pesadamente en la silla de la cocina.

—¿Perdón?

—Es tu perro. O debería serlo.

Miré a Jack, miré al perro y volví a mirar a Jack.

—¿No comí suficiente hoy a la hora de la comida? ¿Estoy alucinando?

—Mira —Jack se agachó frente a mí. El perro lo siguió y se sentó obediente a su lado—.

Es un gran perro y te haría compañía. Podría ayudarte a volver a salir al mundo.

Dijiste que disfrutaste de esos paseos y, ¿qué mejor excusa que tener un perro para sacarlo a pasear?

Te haría compañía y te obligaría a salir.

—¡Dijiste que se comía los muebles!

—Fue solo una vez.

—¡Una vez es suficiente!

—Fue hace mucho y estaba aburrido. No lo trataban bien. Tú sí lo harías. Tienes un jardín precioso para que corra y lo pasearías. Aquí sería feliz, y creo que te haría bien.

—No.

—¿Cómo que no?

Me levanté, obligándolo a apartarse, haciendo todo lo posible por mantener la calma.

—Quiero decir no. No quiero un perro y no quiero que la gente tome decisiones por mí pensando que sabe lo que es mejor para mí sin siquiera consultarme. No soy una niña.

—Nadie ha dicho que seas una niña, pero eso no significa que no quiera ayudarte.

—No necesito ayuda.

—Todo el mundo la necesita alguna vez. Y dijiste que disfrutaste de aquellos paseos, pero desde que ese estúpido artículo salió en los periódicos, te has vuelto a encerrar.

—No tiene nada que ver con eso —solté, sintiendo cómo el color me subía por el pecho, como siempre que intentaba mentir.

Jack se apoyó en la puerta, mirándome, y sentí como si me viera por dentro.

—No lo tiene. Mira, me alegro de que estés aquí y hasta ahora todo ha ido bien, pero no puedes ir por ahí tomando decisiones por mí, creyendo que sabes lo que me conviene cuando apenas me conoces.

—Te conozco mejor de lo que crees, aunque no se lo pongas fácil a nadie.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que te encerraste en ti misma desde que murió tu marido y cerraste también tu corazón. Hay gente buena ahí fuera y lo único que quiere es ayudarte.

—No necesito ayuda —repetí.

—Ya. Así que vas a quedarte aquí sentada, año tras año, desperdiciando la vida que te concedieron aquel día.

Se quitó la gorra de un tirón. Su voz había subido de volumen y sus ojos se habían oscurecido de ira.

—Si eso es lo que elijo, es mi decisión. No tiene nada que ver contigo y no tienes ningún derecho a opinar.

—¿Crees que es así como tu marido querría que vivieras?

—¡No te atrevas a meter a mi marido en esto! ¡No sabes nada de él!

—Sé que, si te quería, y está claro que así era, no querría que vivieras así. Querría que disfrutaras de la vida que tú pudiste conservar.

—¡Quizá no quería conservarla! —escupí—.

¿Se te ha ocurrido pensar en eso? ¿Se te ha ocurrido pensar que día tras día, noche tras noche, desearía haberme quedado en aquella mesa para no tener que soportar este dolor ni vivir así?

Encontré a la persona para mí y el mundo me la arrebató.

¿Cuál fue el sentido? ¿Cuál fue el sentido de toda aquella felicidad si iba a ser arrancada de golpe?

Habría sido mejor para todos si me hubiera quedado en aquella mesa con él.

—No digas eso.

La voz de Jack fue ahora suave; dio un par de pasos hacia mí, pero retrocedí, manteniendo la distancia. Lo entendió y se detuvo.

—No lo entenderías. No puedes.

—Tienes razón, y no pretendo hacerlo. Pero mereces vivir, Lily. Nada de eso fue culpa tuya.

—¡Elegí yo el restaurante! —le grité, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Así que sí fue culpa mía. Si hubiéramos estado en cualquier otro sitio, nada habría pasado. ¡Fue todo culpa mía!

—No puedes pensar así —replicó Jack, con tono sincero—.

No fue culpa de nadie. Fue una horrible cadena de circunstancias en la que os visteis envueltos.

No puedes vivir culpándote. Y no, no conocí bien a Mike, pero vi cómo te miraba, y después de ver eso sé que no querría que sintieras nada de esto.

Tienes que soltarlo, Lily. Tienes que dejar ir esa culpa.

Caminé hacia Jack, alcé la cabeza para mirarlo directamente y hablé con voz baja, pero fría como acero.

—No tienes derecho a decirme lo que tengo que hacer.

Dicho esto, salí de la cocina, subí a mi habitación y cerré la puerta con llave.