Capítulo 11
—Quien deja sola en una barra a una mujer tan guapa se merece perderla. Está claro que aún no se han enterado de que el hijo pródigo ha vuelto y, por lo que parece, ha retomado viejas costumbres.
Intercambié una mirada con la camarera con la que llevaba un rato charlando y luego incliné ligeramente la cabeza hacia el hombre que había hablado.
—Estoy bastante segura de que puedo manejar a Jack.
—Palabras valientes. ¿Te invito a algo?
—Solo un zumo de naranja, gracias. ¿No es un poco cruel hablar así de tu hermano mayor?
Se volvió, sorprendido.
—¿Y cómo sabes que soy de la familia?
—Porque sé que lo eres, Edward. Me crie en este pueblo hace ya mucho.
—No puede haber sido hace tanto —replicó, con soltura.
Me eché a reír.
—Veo que las frases cursis vienen de serie en esta familia, aunque a Jack los viajes le han sentado bien en ese sentido. —Edward tomó asiento a mi lado y me observó como si fuera un espécimen bajo un microscopio.
—Estaba prácticamente seguro de conocer a todas las mujeres guapas del pueblo. ¿Cómo es que te has escapado a mi radar?
—Pura suerte, supongo. —Sonreí, le di las gracias por el zumo y di un sorbo.
Él hizo una pausa y luego soltó una carcajada franca.
—Y para mí, pura mala suerte, por lo que veo. Ya que estoy en desventaja, ¿me dirías al menos tu nombre?
—Pero así es mucho más divertido.
Volvió a reír y fingió deslizarse del taburete.
—Me arrodillo si hace falta, delante de todo el mundo.—Ni se te ocurra, o te echo este zumo por encima.
—No lo dudo ni un segundo, pero, por favor, dime tu nombre.
—Seguramente recuerdes a Lily Madison, hermanito. —Jack le pasó un brazo por los hombros con gesto despreocupado—. Tuviste una buena temporada colado por ella, si no recuerdo mal.
Los ojos de Edward se abrieron como platos.
—¿Lily Madison?
—La misma. Aunque ahora es Thomas.
—Ah. Estás casada.
—Sí. Bueno… —Carraspeé, mientras intentaba no prestar atención al codazo y la cara de reproche que Jack le dedicaba a su hermano—. En realidad, soy viuda.
—Ay, Dios, claro. Ahora que lo dices, recuerdo lo que pasó. Lo siento muchísimo. Debes de pensar que soy un idiota insensible.
Le sonreí y le toqué brevemente el brazo para tranquilizarle. Él me devolvió una sonrisa algo incómoda.
—Con razón no te han hecho gracia mis frases baratas y mi acento de pijo.
—Me temo que tendrás que buscar a alguien que no sepa todos los trucos de los Coulsdon-Hart de memoria.
—La noche es joven, hermanito.
—El problema es que casi todas las mujeres de por aquí tienen el corazón roto por culpa de este zoquete y no quieren saber nada de mí solo porque compartimos apellido. En serio, me arruinó la vida.
—Si te consuela, a mí no me rompió el corazón.
—Ah, ¿no? Eso sí que es interesante. —Edward alzó la vista hacia Jack. Jack puso una mueca.
—No. Creo que todas tuvimos un pequeño encaprichamiento con él, pero eso venía de serie. Hormonas adolescentes y todo eso; cuando creces quieres algo un poco más… sustancioso. —Le dirigí a Jack una sonrisa dulcísima.
Él me devolvió la mirada.
—Ya te he dicho que veo perfectamente lo que hay detrás de esa capa de azúcar. Ahí dentro se esconde una mujer dura y terrible.
—No me creo ni una palabra —saltó Edward en mi defensa.
—¿De verdad estabas colado por mí? —le pregunté.
—Ay, Dios, sí. Muchísimo.
—¿Por qué nunca viniste a decirme hola?
—Era bastante tímido entonces, aunque cueste creerlo.
Y, claro, tenía a este plantado delante como la sombra de Rodolfo Valentino la mitad del tiempo.
Un par de chicas a las que conseguí invitar a salir solo aceptaron para ver si así conseguían acercarse a Jack.
Después de eso, la verdad, lo dejé por imposible.
Pensé en ir a hablar contigo en la fiesta de verano, pero entonces te vi acercarte a él.
—Ay, no, ¿de verdad? —Una nueva oleada de humillación adolescente me recorrió de arriba abajo.
Él me miró por debajo de las pestañas.
—Sí.
Jack se refugió en su vaso de whisky, sin apartar la mirada de la copa.
—Sabes que me dijo que no, ¿verdad?
—¿Qué?
—Solo me atreví porque llevaba demasiados cócteles encima. Jamás habría ido a por él estando sobria.
—Me estás haciendo sentir estupendamente —protestó Jack.
Le hice un gesto para que no dramatizara y volví a enfocarme en Edward.
—Tendrías que haber venido. Me habría gustado.
—¿Le dijiste que no? —Edward se volvió hacia su hermano, con la expresión confundida—. Pero si tú dijiste que…
—¿Hablamos de otra cosa? —le cortó Jack—. ¿Has conseguido convencer a papá de que te ceda el título y así librarme a mí?
Edward alzó una ceja, cansado.
—¿Tú qué crees?
Jack puso los ojos en blanco y dio otro trago. Edward se volvió de nuevo hacia mí.
—¿Cómo es posible que no supiera que habías vuelto al pueblo?
—Porque ella vive escondida para que pesados como tú no la atosiguen —le informó Jack, y se llevó un codazo en las costillas a modo de recompensa.
—En parte tiene razón. Vivo en la casa de Meadow Blossom, pero salgo poco.
—Pensaba que ahí vivía una escritora rara y vieja.
Jack se pasó la mano por la cara mientras a mí se me dibujaba una enorme sonrisa.
—Esa escritora rara y vieja soy yo.
—No, no, no. Esa es una mujer que, por lo visto, tiene muchísimo éxito. No puedo decir que haya oído hablar de ella, pero no suelo leer ese tipo de cosas.
Jack apoyó el codo en la barra y dejó caer la frente sobre el hombro de su hermano.
—Yo que tú lo dejaría aquí, tío.
La comprensión se encendió en el rostro de Edward.
—Ay, Dios. Eres tú, ¿verdad?
Asentí.
—Pero alguien me dijo que era mayor. Quiero decir, que tú no eres mayor… pero la mujer que vivía ahí. Supuse que… quizá lo supuse yo solo. Ay, cielo santo.
—Te dije que pararas —insistió Jack.
—No pasa nada —dije, riéndome—. Seguro que circulan toneladas de rumores sobre mí por el pueblo, pero como me paso el día dentro de mis cuatro paredes, no los oigo, así que no me afectan.
—No deberían afectarte ni aunque los oyeras —dijo Jack. —No. Es verdad. Pero es todavía más fácil ignorar algo cuando ni siquiera sabes que existe. —Tiene razón —admitió Edward—. ¿Me perdonas?
Edward me caía bien. Siempre me había caído bien, aunque era claramente el más callado de los dos hermanos y no había tratado demasiado con él de niña.
Ahora desearía haberlo hecho más. Era divertido y encantador, y guapo también, pero de una forma más serena, menos llamativa que su hermano mayor.
No es que Jack pudiera evitarlo, pero sí que había sabido aprovechar sus atributos en los años de juventud.
—Claro. Aunque lo de la frase de ligue de antes me va a costar más perdonártelo.
—No, en eso estoy de acuerdo. Eso no tiene perdón posible. No te culpo por nada. A veces los nervios pueden conmigo.
—Creo que te va a ir mejor si simplemente eres tú mismo.
—Lo tendré en mente.
—Entonces, deduzco por el hecho de que le estabas lanzando frases a Lily que no hay nadie especial en tu vida ahora mismo —dijo Jack—. ¿Qué pasó con aquella chica de la que me escribiste?
—Al final no era el amor de mi vida.
—Lo proclamaste a los dos días de conocerla.
—Soy intenso. ¿Qué quieres que le haga?
—Ese es un modo de llamarlo.
Edward le dirigió una mirada de soslayo a su hermano y dio un sorbo al champán.
—Supongo que ya habrás tenido el placer de conocer a mis padres.
—Oh, sí.
—Mamá le ha dejado caer que no hacía falta que trajera a la casera como acompañante, que ella tenía mujeres mucho más apropiadas en cartera. —Jack lo resumió.
Edward puso cara de horror y yo sonreí, negando ligeramente con la cabeza.
—Te dije que no iba a desistir. Se puso morada de rabia cuando escribiste para decirle que te habías casado.
Te lo juro, todo el servicio se escondió.
¡Yo también! Y, por supuesto, cuando llegó la noticia del divorcio, iba por ahí diciendo que ya sabía ella que no duraría y que era cuestión de tiempo que entraras en razón.
Jack soltó un suspiro largo y profundo y se inclinó hacia la barra para decirle algo al camarero, que le sirvió otra copa.
—¿A ti también te aprietan las tuercas? —le pregunté a Edward.
—¿A mí? Qué va. Soy el segundón. No cuento mucho. A no ser que a este se lo carguen, claro, y entonces habrá que casarme a toda prisa. —Asintió en dirección a Jack, que reía ahora con el barman por algo, distraído de nuestra charla.
—¿Y eso cómo te hace sentir?
—¿El qué?
—Todo. Una cosa y la otra.
—No le doy muchas vueltas. De pequeño me moría de envidia de Jack por la suerte que tenía con todas las mujeres tirándose a sus pies, pero también me daba pena.
Su vida nunca fue del todo suya. No deberías tener que huir al otro lado del mundo para alejarte de tus propios padres.
Yo no creo que quisiera irse, de verdad; siempre era que si conoce a lady esta, o te he preparado la cena con lady aquella.
Entiendo que al final sintiera que no le quedaba otra salida.
—Le echaste de menos, ¿verdad?
—Horrores. Pero, por Dios, no se lo digas. Bastante grande tiene ya el ego.
—Y tú no le digas esto, pero creo que ese ego ha adelgazado bastante durante su exilio.
—¿De qué conspiráis los dos?
—Créeme, de nada interesante —intervino Edward, dándome una mirada cómplice—. ¿Qué tal va el negocio?
—Bien, la verdad. Mejor de lo que habría imaginado.
Bastantes clientes han vuelto a llamarme y otros me han recomendado a amigos y familiares.
El hermano de Lily, Félix, y su familia han sido increíbles, corriendo la voz a diestro y siniestro, y eso ha traído trabajo extra.
Incluso tengo un despacho de verdad, aunque sea temporal.
—¿Sí? Eso está genial. —Sí. Lily tiene un estudio en el jardín que no estaba usando y ha tenido a bien cedérmelo hasta que pueda organizar algo por mi cuenta, sin estorbarla. Tener un sitio al que ir hace que parezca un compromiso real, como si todo estuviera encajando.
—Me alegro mucho, Jack. De verdad. Sé que nuestros padres tienen sus cosas con tu decisión, pero quiero que sepas que yo no las comparto.
—Lo sé. —Jack sonrió—. Siempre lo he sabido.
Di un sorbo a mi bebida y miré por la ventana hacia el jardín iluminado con cuidado.
Una gran fuente doble lanzaba agua al aire quieto de la noche; las gotas atrapaban los haces de luz y brillaban como pequeñas luciérnagas sobre el estanque en el que caían.
Estaba claro que Jack había echado de menos a su hermano pequeño tanto como Edward le había echado de menos a él, aunque dudaba que ninguno de los dos fuera a decirlo nunca en voz alta.
El sonido de una copa de cristal golpeada con plata maciza resonó por el salón y el murmullo se apagó. El conde asintió a su esposa y dio un paso atrás. Podría tener él el título, pero quedaba clarísimo quién mandaba allí.
—Señoras y señores, queremos darles las gracias por venir esta noche a celebrar el regreso de nuestro hijo mayor al redil y al cálido seno de su familia.
Edward se atragantó con la bebida y yo empecé a darle palmadas firmes en la espalda mientras Jack cambiaba el peso de un pie a otro, mirando al suelo, como si deseara que se abriera un agujero para tragárselo.
—Estoy segura —continuó su madre— de que todos querrán unirse a mí para dar la bienvenida a Jack y estarán deseando oír unas palabras del propio protagonista. Ven aquí, Jack, cariño. —Le hizo un gesto majestuoso desde el lugar en que estaba. Jack permanecía rígido, casi vibrando de la frustración.
—Ahora tienes que hacerlo —susurró Edward—. Ya habrá tiempo de discutir luego.
Jack siguió mirando al suelo unos segundos, como si calibrara sus opciones, antes de levantar la cabeza, esbozar una sonrisa y cruzar la sala hacia su madre, que le esperaba.
Se inclinó, le dio un beso en la mejilla exactamente como me imaginaba que le habían enseñado a hacerlo desde niño.
Encajaba a la perfección en la imagen: un hombre atractivo, impecablemente vestido, con un porte de perfecto caballero y, encima, arrebatador con el esmoquin.
Pero ahora yo sabía que todo aquello era una actuación, igual que, según me había confesado, lo habían sido su fanfarronería y sus conquistas en la juventud.
Mantener un papel todo el tiempo era agotador, y lo sabía bien.
Yo había pasado dos años intentando fingir que podía seguir con mi vida como antes, que podía avanzar, como decía la gente, después de que Mike muriera.
Pero lo único que conseguí fue ser todavía más infeliz.
Era como vivir dos vidas, ser dos personas, una de las cuales ni siquiera conocías.
Observé a Jack mientras improvisaba un discurso perfecto para la ocasión, haciendo reír cuando tocaba y alabando a quien convenía.
En resumen, cumpliendo con todo lo que su madre esperaba de él.
Pero, cuando desvió la mirada hacia mí, vi con claridad que por dentro estaba detestando cada segundo.
Sostuve su mirada, intentando hacerle llegar que no estaba solo, por mucho que lo sintiera así.
Al terminar, él apartó la vista, pero volvió a girarse hacia mí para alzar la copa y supe que la sonrisa que vi en sus ojos era solo para mí.