Solo se vive una vez Capítulo 10
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Capítulo 10

Aquella noche, mientras estaba sentada en la cama, pensé en lo agradable que había sido la velada.

Disfrutar de la compañía de mi familia era una cosa, pero la noche con Jack había sido distinta.

Había conversación, y también silencios, pero eran silencios fáciles, que ninguno sentía la necesidad de llenar.

Hacía mucho que no experimentaba esa comodidad sencilla y, la verdad, no creía que fuera a sentirla nunca más.

Quizá, de forma inconsciente, me había repetido que no debía volver a sentirme así, y esa idea era la que ahora me removía el estómago.

Jack me caía bien, pero no sentía ninguna inclinación romántica hacia él.

Apreciaba que tuviera porte de estrella de cine y un cuerpo de infarto, pero era como apreciar una obra de arte por su belleza.

Era fácil entender la atracción, pero yo no quería colgarlo en mi pared.

Le había dicho que le conocía, pero las últimas semanas demostraban que Jack Coulsdon-Hart había cambiado, y esos cambios eran, sin duda, para mejor.

Quizá, como él decía, este había sido siempre el verdadero Jack.

Solo que antes estaba sepultado bajo expectativas, fanfarronería y la facilidad de poder escoger mujeres sin darle mucha importancia.

Supongo que todos habíamos cambiado hasta cierto punto.

El tiempo hace eso contigo. Las circunstancias hacen eso contigo.

Pero Jack parecía haber crecido a partir de sus experiencias.

No estoy segura de poder decir lo mismo de mí.

Pero yo estaba a gusto donde estaba. Tenía a mi familia y mi trabajo, con el que había tenido la suerte de alcanzar suficiente éxito como para comprarme un sitio precioso donde vivir.

Echaba de menos a Mike todos los días, pero no había nada que pudiera hacer para traerle de vuelta, y había mucha gente en situaciones mucho peores que la mía.

Era consciente de todo lo que tenía y estaba agradecida.

Nunca dejaría de pensar que había sido de una crueldad insoportable que me arrancaran a mi marido, pero estaba agradecida por el tiempo que sí habíamos tenido juntos.

Nada podría empañar esos recuerdos ni ese amor.

Jack quizá tuviera razón al decir que el universo podía darte más de un alma gemela, pero yo no estaba dispuesta a correr el riesgo.

Ya me habían hecho añicos el corazón una vez y no pensaba volver a pasar por eso.

—¿Sigues dispuesta a venir a ver a mis padres? —preguntó Jack.

Difícilmente podía decir que no, sabiendo que el estreno se acercaba, y el alivio en la cara de mi agente cuando le dije que existía la posibilidad de que fuera un rato había sido evidente.

—Las editoriales van a estar encantadas, cariño. Esto nos dará mucha más visibilidad y más margen de maniobra a la hora de negociar tu próximo contrato.

Intenté no agobiarme con la palabra «visibilidad» y centrarme en el hecho de que no tenía por qué quedarme mucho tiempo y de que contaba con el apoyo moral de Jack.

A menos, claro, que desapareciera con alguna estrellita/modelo/ambas cosas.

No había considerado cuánta gente guapísima me rodearía, y decidí que mejor no seguir por ese camino.

—Te dije que iría.

—Lo sé. Es solo que creo que es justo advertirte de que…

—Ay, Dios. Eso suena fatal. ¿Es tan malo?

—Si dejas de entrar en pánico un momento, te lo cuento.

Me senté de inmediato y le miré, sintiendo los ojos muy abiertos mientras esperaba la noticia.

—A mis padres les ha parecido que lo más apropiado, después de años sin ver a su hijo mayor, era convertir la ocasión en una reunión social. Parece que han invitado a unas cuantas personas.

—¿Cuántas son «unas cuantas»? —pregunté.

Cambió el peso de un pie a otro y se esforzó en no mirarme directamente.

—Treinta y tantas —murmuró, de pronto fascinado por el atizador de la chimenea.

—Perdona, ¿cuántas?

Soltó un suspiro.

—Cuarenta o así.

—Eso no es una reunión. —Pegué un salto—. ¡Eso es una maldita fiesta!

—Doscientas es una fiesta para ellos.

—Ay, Dios. Es muchísima gente.

—Si te sirve de consuelo, habrá mucha más gente que esa en el estreno.

Le lancé una mirada y alzó las manos.

—Perdón. Solo decía.

—Lo entiendo, pero lidiar con una multitud allí forma parte de mi trabajo. Se supone que esto es apoyo moral para ti, para reencontrarte con tu familia, no una visita a medio maldito condado.

—Eso es exagerar un poco.

—Para alguien que apenas sale de casa, créeme, se siente como si fuera todo el condado. Así que medio es generoso.

—Punto para ti.

Empecé a mordisquearme la comisura del labio.

—No tienes por qué venir. Lo siento. Me he enterado hace nada. No es lo que aceptaste. Te prometo que esto no va a influir en lo del estreno. Ya me comprometí a ir contigo y no voy a echarme atrás.

Miré por la ventana el crepúsculo que se extendía sobre el jardín y el campo. Las primeras estrellas empezaban a brillar en el cielo y, en algún lugar, los restos de una hoguera anterior aún dejaban escapar hilos de humo; el tenue olor a brasas flotaba por la ventana, que seguía abierta.

—No. He dicho que iría y voy a ir. Tú te ofreciste a acompañarme. Lo justo es que yo cumpla mi promesa también. ¿Qué es lo peor que puede pasar? —Forcé una carcajada que se me atragantó en cuanto miré a Jack y vi la expresión de su cara.

Vaya. Así de malo…

—Señor Jack. Qué alegría volver a verle.

La sonrisa del mayordomo parecía auténtica; los ojos de un azul intensísimo contrastaban con el pelo blanco, cortado muy corto y peinado con raya al lado, pegado a la cabeza con lo que sospeché firmemente que era Brylcreem.

—Hola, Dawkins. Me alegro de verte. —Jack alargó la mano y, tras un instante de sorpresa que el hombre supo ocultar con rapidez y absoluta profesionalidad, el mayordomo se iluminó cuando Jack estrechó su mano con entusiasmo, cubriéndola con la izquierda—.

De verdad, me alegro de verte. No sabía si seguirías aquí.

Es bueno ver una cara amiga. Puede que sea la única que vea esta noche.

—Le guiñó un ojo y el mayordomo negó con la cabeza.

—Se le ha echado mucho de menos, señor Jack. Se lo aseguro. Todos.

Eché un vistazo a mi acompañante. No parecía convencido, pero me cayó bien aquel hombre por esforzarse en ayudar.

—Esta es mi amiga Lily, Dawkins. —Jack se inclinó un poco hacia él y, en un susurro teatral, añadió—: Apoyo moral.

—Encantada. —Sonreí.

El mayordomo me devolvió una sonrisa cálida y una pequeña reverencia, formal pero encantadora.

—Un placer conocerla, señorita Lily. Creo recordar que es usted la hermana del joven Félix, ¿me equivoco?

—No se equivoca. ¿Cómo lo sabe?

—Recuerdo a su familia trayendo y recogiendo al señor Jack de vez en cuando. A veces venía usted también. Y nunca olvido una cara.

Llamó a otro miembro del servicio, que se hizo cargo de nuestros abrigos. A regañadientes, nos despedimos de Dawkins con una inclinación de cabeza y seguimos el sonido de las risas, el tintineo de las copas y las conversaciones.

—Nunca había conocido a un mayordomo de verdad —Solté una risita de repente.

Jack se detuvo y se volvió, mirándome hacia abajo.

Estaba guapísimo hasta decir basta aquella noche y, la verdad, las brasas de un fuego extinguido mucho tiempo atrás habían prendido de nuevo y amenazaban con convertirse en un incendio desde el momento en que lo vi aparecer con el esmoquin, recién afeitado y con el pelo oscuro cortado y arreglado.

Me quedé un momento plantada, volcándome mentalmente un embalse entero antes de que hablara.

—Estás preciosa —dijo.

En ese punto, perdí la capacidad de articular palabra, asentí y agité la mano en su dirección en lo que debió de parecer un intento de gesto elegante rematado con un pulgar hacia arriba. Sí, un pulgar hacia arriba. Y no, yo tampoco acabo de creérmelo. Vergonzoso.

—¿Lista? —preguntó Jack, deteniéndose cuando nos acercábamos al ruido.

—No mucho, pero ya que hemos venido, no pienso dejar que entres tú solo en la arena.

Entonces sonrió y envié inmediatamente una llamada de auxilio telepática para que las dotaciones de bomberos acudieran.

No pasa nada. Solo es que no estás acostumbrada.

Llevas mucho tiempo sola y es un hombre muy atractivo.

Pero es Jack. Solo Jack. Aunque esa última parte no ayudaba demasiado.

De hecho, si era sincera conmigo misma —cosa que, obviamente, no iba a hacer—, lo empeoraba.

—Gracias por hacer esto.

—No pasa nada. Como dices, es un buen entrenamiento para lo de la película.

—Exacto. Si sobrevives a esto, sobrevives a todo.

—No estás ayudando.

—No. Es verdad que, dicho en voz alta, no suena como yo esperaba. Me callo ya. Solo quería que supieras cuánto agradezco que estés aquí.

Su mirada recorrió mi vestido verde esmeralda, de corte al bies, que caía sobre las escasas curvas que tenía y las realzaba.

Hacía tanto tiempo que no me arreglaba así, que no tenía ni idea de si mis trajes de noche aún me quedarían bien o si serían un horror.

Pero este era un clásico y nunca pasaba de moda, y, por suerte, seguía cabiendo en él.

Volver a ponerme tacones resultaba rarísimo y necesitaba un poco de práctica, aunque al menos me acercaban un poquito más a la cara de Jack, algo sobre lo que no tenía nada claro si era bueno o todo lo contrario.

—Estás realmente espectacular.

—Ya estoy aquí. No hace falta que me hagas la pelota.

Negó ligeramente con la cabeza.

—No es peloteo. Ya no voy de eso. Solo digo la verdad. Y la verdad es que estás guapísima.

Con eso, apoyó una mano grande en la parte baja de mi espalda y entramos juntos en el salón.

Hubo un murmullo de silencio en cuanto la primera persona se fijó en la presencia de Jack, luego otra, y otra. Yo agradecí infinito el calor sólido de su mano. A mí ya me resultaba desconcertante aquella atención; no quería ni imaginar cómo debía de sentirse él.