Capítulo 9
A la mañana siguiente me desperté vestida debajo del edredón, sin recordar en absoluto cómo había llegado allí.
Al girarme, miré el reloj. Eran casi las diez y media y yo debería haber estado sentada ante el escritorio una hora antes.
Me incorporé de golpe y me arrepentí al instante, llevándome una mano a la frente cuando la resaca inevitable del champán de la noche anterior se manifestó con toda su fuerza.
Jack Coulsdon-Hart era una mala influencia.
Media hora después, ya me había duchado, me había lavado el pelo, había logrado comer algo de desayuno y estaba sentada ante el escritorio, mirando por la ventana de mi despacho.
El cielo dejaba entrever algunos parches azules, pero caía una lluvia constante de primavera y, por la ventana entreabierta, escuchaba el repiqueteo suave de las gotas sobre las hojas.
El sonido era delicado y reconfortante, y me quedé unos minutos escuchándolo y empapándome de esa sensación antes de encender el portátil y sumergirme de nuevo en la novela en la que estaba trabajando.
Entré y salí un par de veces de la cocina para prepararme la taza de té que tanto necesitaba y un tentempié, pero, como había cogido buen ritmo, la siguiente vez que levanté la vista, el crepúsculo ya había caído sobre el jardín y mi estómago dejó escapar un gruñido sonoro.
Cerré la tapa del portátil, me levanté, me estiré y me acerqué a las puertas acristaladas de suelo a techo que daban del despacho al jardín.
Al otro lado, vi una luz encendida en el estudio.
Parecía que Jack ya había empezado a instalarse allí y me alegró.
Llevaba tiempo con un runrún en la cabeza que me recordaba todo el dinero invertido en algo que se había quedado vacío cuando mi idea original no funcionó, así que era un alivio que por fin se le estuviera sacando provecho.
Apagué la luz del despacho y me fui a la cocina a ver qué encontraba para cenar.
Al poco, Jack entró por la puerta trasera.
—Hola —dije, sacando una pizza del horno—. Justo iba a llamarte. ¿Quieres un poco?
—Tiene una pinta estupenda. Voy a lavarme las manos.
—He visto la luz encendida ahí abajo. ¿Te apañas bien? ¿Te falta algo?
—Está genial. ¿Seguro que no quieres usarlo tú para trabajar?
—Segurísima —contesté—. Me encanta oír la lluvia, pero lo de cruzar el jardín mientras cae no me hace tanta gracia. Estoy muy a gusto en mi despacho.
—Yo estoy acostumbrado a trabajar bajo la lluvia, así que un trotecito hasta la oficina no va a matarme.
—Eso es verdad. En realidad no sé muy bien por qué lo mandé construir, porque me gusta mi despacho.
Tengo mi sofá, mis libros, todo el material de consulta.
No necesitaba el edificio. Pero con lo preciosas que pueden ser las oficinas de jardín, es fácil dejarse llevar por el espacio y por lo que crees que necesitas.
—Nos pasa a todos —repuso, secándose las manos con el paño—. Creo que todos nos dejamos arrastrar por eso de vez en cuando hasta que terminamos dándonos cuenta de que lo que de verdad necesitamos es justo lo contrario a lo que estamos haciendo.
Me dio la impresión de que estábamos a punto de pisar un terreno peligroso, así que le dediqué una sonrisa breve y dejé caer la pizza en la mesa.
—¡Que aproveche!
—¿Tuviste un buen día? —preguntó entre bocado y bocado.
—La verdad es que sí. Ha mejorado mucho en cuanto se me ha pasado la resaca, claro.
Elevó un instante las cejas.
—Sí, quizá no deberíamos haber abierto aquella segunda botella de champán. —Su sonrisa desmentía las palabras.
—Para que conste, fue idea tuya.
—Lo acepto.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Eso suena amenazador.
—No, no mucho. Solo me intriga… cómo llegué exactamente a la cama anoche. Es que no recuerdo haber subido las escaleras y nunca duermo vestida.
—Fui yo. Te quedaste frita aquí abajo y no había manera de despertarte. Admito que tampoco insistí mucho, estabas tan tranquila, así que te llevé arriba.
—¡Oh! No hacía falta. Podías haberme dejado aquí.
—Podía, es verdad. Pero pensé que dormirías mejor en tu cama.
Tenía razón. Ya me había quedado dormida aquí otras veces y me había despertado a mitad de la noche, helada y con el cuello contracturado.
—Espero que te pareciera bien. No quería tomarme demasiadas confianzas y estuve veinte minutos dándole vueltas a qué hacer. Pensé que esa era la mejor opción, pero fue literalmente llegar y dejarte.
—Ni que fuera un saco de patatas. —Me reí.
—Hablas bastante mientras duermes, ¿lo sabías?
—Ay, Dios, ¿sigo con eso? Mike siempre decía que hablaba más por la noche que de día.
—Creo que tenía razón.
—¿Y qué dije? Espero que nada demasiado vergonzoso.
—En su mayor parte no entendí nada. —Vaciló un segundo.
—Ay, no, ¿qué ha sido?
—Nada malo. —Me tocó el brazo en gesto tranquilizador—. Dijiste su nombre.
—¿Quién?
—Mike.
Sentí que algo me caía en el estómago como una piedra.
—¿Sí? —pregunté en voz baja—. ¿Oíste lo que dije?
Negó con la cabeza.
—No. Solo dijiste su nombre.
Nos quedamos unos instantes en silencio.
—No debería haberte dicho nada. Ahora te he puesto triste.
—De verdad que no —respondí—. Me alegro de que me lo hayas contado.
Jack me miró, con una pregunta en los ojos.
—¿Qué pasa?
—No sé. A veces me da miedo que se estén difuminando los recuerdos. Mike murió hace más de diez años y a veces temo que las imágenes ya no sean tan nítidas como antes.
—No vas a olvidarle nunca. Está claro que lo tienes muy presente, incluso dormida.
—Sí. ¿Crees en las almas gemelas?
—Creo que sí.
—¿Piensas que solo se tiene una por vida?
—No. Y creo que pueden venir de muchas formas. Puedes tener almas gemelas platónicas y románticas.
Lo observé un instante.
—¿Qué?
—No sé. Supongo que no esperaba oír eso de ti.
—Eso es porque sigues viéndome como el que era, o el que fingía ser, cuando me fui.
En aquel entonces no me planteaba nada de almas gemelas ni de sentar la cabeza.
Como te dije, pensaba que hacía lo que se suponía que tenía que hacer, pero, mirándolo ahora, creo que estaba buscando la atención que no tenía en casa.
—Se rio sin alegría, pasándose la mano por la frente—.
Suena patético cuando lo digo en voz alta, pero espero que no me juzgues demasiado.
—No voy a juzgarte. Como has dicho, hacemos lo que creemos que debemos hacer en cada momento.
Es muy fácil que los demás nos digan lo que creen que tenemos que hacer o que nosotros miremos atrás con la perspectiva del tiempo, pero en el momento no tenemos toda la información y solo podemos actuar con lo que sabemos.
A lo mejor necesitabas quemar esa etapa para poder conocer a la persona adecuada y tener algo que realmente importara cuando te fuiste al extranjero.
—Puede. ¿Por qué has preguntado por las almas gemelas? —Su voz encajaba con la luz suave de la cocina.
—No sé. Mike y yo hablábamos a veces de ello.
—¿Y qué pensaba él?
—Era muy lógico. Muy científico. No creía en nada que no se pudiera explicar, tocar o ver.
—Y aun así estaba perdidamente enamorado de ti. Se veía de lejos.
Alcé la vista del trozo de servilleta con el que estaba jugando entre los dedos.
—Gracias.
Jack se encogió de hombros.
—Quiero decir, está claro que creía en el amor, aunque no sea algo tangible. Es una sensación.
—Nunca pensé en preguntárselo. Supongo que para eso sí estuvo dispuesto a hacer una excepción.
—Creo que supo ver lo que tenía delante y no iba a dejar que la ciencia o la lógica se interpusieran.
Le sonreí para agradecerle aquellas palabras amables, mientras enredaba un mechón de pelo alrededor de un dedo.
—Las cosas de las que te habría gustado hablar o las preguntas que te habría gustado hacer siempre aparecen tarde, ¿verdad?
—Creo que muchas veces damos por hecho que tenemos tiempo de sobra para hacer esas preguntas.
—Es verdad. Pero nunca sabemos cuánto tiempo nos queda, ¿no?
—No, no lo sabemos —dijo—. Supongo que por eso, cuando queremos de verdad algo, tenemos que buscar la manera de conseguirlo, o por lo menos de intentarlo. Así no te quedas con el «qué hubiera pasado si…».
—¿Eso fue lo que te trajo de vuelta a Inglaterra?
—En parte, sí. Y en parte solo quería volver a casa.
—¿Y ahora que estás de vuelta?
—Siento que ha sido la decisión correcta.
—Me alegro —dije, y era verdad. Tenía la sensación de que aún me quedaba mucho por descubrir de Jack, pero sí sabía que quería que estuviera bien.
—He visto que esta noche echan un documental sobre Jane Austen. ¿Pensabas verlo?
—Sí, tenía intención. Pero si tú quieres ver otra cosa, no pasa nada, me subo y lo veo en la tablet en la cama.
Jack se rio.
—Esta es tu casa, Lily. Si hay un conflicto de intereses con el mando a distancia, el que debería subir al cuarto soy yo, no tú.
—No me importa. Me gusta estar cómoda en la cama.
Jack no contestó enseguida; se levantó y empezó a retirar los restos de la cena, llevándolos al lavavajillas. Cuando cerró la puerta, se volvió hacia mí.
—¿Qué te parecería si lo viéramos juntos? —preguntó.
Levanté la cabeza, sorprendida, pero Jack pareció malinterpretar mi expresión y, de pronto nervioso, soltó atropelladamente:
—Digo, aquí abajo, claro. No en la cama.
Me quedé mirándole, intentando no sonreír.
—¿Estás rojo?
—No digas disparates —replicó, dándose la vuelta.
—Madre mía. ¿Qué dirían ahora las señoritas del pueblo? No pensaba que fueras capaz de sonrojarte.
Se volvió hacia mí.
—¿Te lo estás pasando bien? —Había una sombra de sonrisa que se esforzaba por ocultar.
—La verdad es que sí. Gracias por preguntar.
Ahora sí le vi la diversión en los ojos verdes.
—No pensaba que te interesara Jane Austen.
—Ahí es donde te equivocas. Soy más de lo que parece.
Solo lo que se veía a simple vista ya era más que suficiente para la mayoría; añadirles profundidad de carácter y sentido del humor a todos sus atributos empezaba a volver la situación un poco injusta.
—Recuerdo perfectamente que la pusiste a caldo cuando éramos adolescentes. A la inimitable Jane. Algo que puede que no te perdone jamás.
—Nunca es mucho tiempo.
—No tienes ni idea de hasta qué punto adoro a Jane Austen.
—Me voy haciendo una idea, pero leí algunos de sus libros cuando estaba fuera.—¿Sí? —Me incorporé un poco más en la silla—. ¿Y qué te parecieron?
—Muy a mi pesar, tenías razón. Me encantan. Es una escritora brillante. Retiro todo lo que dije en su momento. Creo que entonces solo lo decía por chincharte. Sabía cuánto la idolatrabas.
—Eso fue bastante cruel por tu parte.
—Totalmente. Pero era la única manera de conseguir que me dirigieras la palabra. La mayoría de las veces, cuando yo iba a la casa, me ignorabas.
Noté cómo se me encendían las mejillas.
—Lo siento. No pretendía que te sintieras ignorado. Es solo que… no sé. Tú eras el heredero, el rompecorazones oficial del pueblo, y yo solo era yo. Nunca sabía qué decirte y, siendo sincera, tampoco pensaba que te dieras cuenta de si estaba o no.
—Me daba cuenta.—Vale, pero no del modo en que a mí me habría gustado que te dieras cuenta —añadí con rapidez—. En ese entonces, obviamente.
—Claro. —Asintió.
—En fin, supongo que era parte de toda la fiebre hormonal adolescente. No me hacía ninguna ilusión ser un nombre más tallado en el cabecero de tu cama.
—No creo que tú pudieras ser solo un nombre más para nadie.
—Créeme que sí. Solo que entonces no lo veía.
Jack se puso serio.
—Pues debía de ser un idiota.
Incliné la cabeza y sonreí.
—Estoy de acuerdo. Pero no hace falta que me eches flores. No voy a echarte de casa.
Se aclaró la garganta y se pasó la mano por el pelo.
—Más vale asegurarse —dijo, sonriendo.
—Prefiero la sinceridad. —Le devolví la sonrisa—. No olvides que ya te conozco. No hace falta que intentes impresionarme. Bueno, ¿a qué hora es el documental?
Jack miró el reloj.
—En unos cinco minutos.
—Vale. Ve tú buscando el canal y yo preparo algo de beber. ¿Té o café?
—¿Qué vas a tomar tú?
—Contesta a la pregunta, Jack.
—Café, entonces. Gracias.
—Vale, entonces. Te lo llevo.