Solo se vive una vez Capítulo 8
28%

Capítulo 8

Jack me vio dejar la copa y, sin decir palabra, me la volvió a llenar.

—Tenía sed —dije a modo de explicación.

Con ganas de desviar la atención de mí, le pedí a Jack que me contara cómo le había ido el día, y la conversación fue derivando en que me hablara de cómo avanzaba la reconstrucción de su negocio, de la gente a la que había conocido hasta ahora y de los planes que tenían ellos y él para seguir adelante.

Entre una cosa y otra, me elogió varias veces la cena, de la que ya se había servido un segundo plato.

Con el mío terminado, me quedé sentada escuchándole hablar, encantada con el entusiasmo que irradiaba cuando hablaba de su trabajo.

Se notaba que le daba una enorme alegría, y era una pena que su familia nunca lo hubiera apoyado en su elección.

Como era inevitable, al final la conversación acabó girando precisamente en torno a ese punto.

—¿Sigues sin verlos, entonces?

—No, aunque solo puedo seguir posponiéndolo durante un tiempo. Creo que esperaban que ya se me hubiera pasado esta fase de jardinero. Les horrorizó bastante enterarse de que seguía feliz como una lombriz entre la tierra.

—¿Qué es exactamente lo que no aceptan? Eres un paisajista reconocido que se formó en Kew, por el amor de Dios. No se puede aspirar a mucho más. Has tenido un éxito enorme y haces feliz a la gente.

Soltó una risa sin pizca de humor.

—Hacer feliz a la gente es lo último que se tiene en cuenta en mi familia. Lo importante es la tradición, las apariencias, hacer lo correcto. Todo eso es lo que cuenta. Que la gente sea feliz o no está muy abajo en la lista de prioridades.

—Vale, en ese caso, estás haciendo lo correcto. Lo correcto para ti.

—Ay, querida —dijo marcando y exagerando su acento pijo original hasta convertirlo casi en una caricatura de la voz de su padre—. Qué poco entiendes estas cosas. Sí, se trata de hacer lo correcto. Pero lo correcto para la familia, no para ti en lo personal.

—Todo el tiempo nacen nuevas tradiciones —dije, dando un sorbo a mi tercera copa. Volví a mirar el cristal dos veces. ¿De verdad era la tercera? ¿Cómo había pasado eso?

—En la finca de los Coulsdon-Hart no nacen muchas tradiciones nuevas, precisamente.

—Me parece una pena. Se han estado perdiendo tu compañía todos estos años. La gente no vive para siempre.

—No, no vive. No creo que ellos sientan que se han perdido nada conmigo, pero te agradezco que lo digas.

—Pues entonces la pérdida es suya si ni siquiera son capaces de entender todo lo que se han perdido.

—¿Eso es un cumplido? —Una comisura de su boca ancha se levantó en una sonrisa burlona.

—No digas tonterías. Te conozco de sobra y sé perfectamente que no necesitas más cumplidos de los que ya te hacen.

—¿Quién dice que me hacen cumplidos?

Casi se me salió el champán por la nariz.

—Loable intento de modestia, pero dejemos claro que los dos sabemos que siempre fuiste el rompecorazones del pueblo y, si los cotilleos que escuché el otro día son indicio de algo, eso no ha cambiado. Obviamente, ninguna de ellas sabe lo pesado que puedes llegar a ser.

Me devolvió una mirada tranquila.

—¿Ah, sí?

—Ajá. Como tú mismo has dicho, te pasabas la vida en mi casa como mejor amigo de Félix y mis padres te adoraban, aunque nunca entendí por qué.

—Porque soy encantador, evidentemente.

—Bueno, a ellos los engañaste. Yo no necesitaba que me advirtieran de que me mantuviera lejos de ti. El reguero de corazones rotos por las calles del pueblo ya era advertencia suficiente. Y además estabas tan seguro de ti mismo…

—Más bien todo lo contrario.

—¿Cómo dices?

—No creo que estuviera nada seguro de mí mismo.

Sabía quién se suponía que tenía que ser y en qué se suponía que debía convertirme, pero creo que no empecé a descubrir quién era de verdad hasta que me fui a Londres a buscar la vida que yo quería, sin la bendición de mi familia, desde luego.

Aun así, seguía siendo una lucha, y las cosas solo se aclararon cuando me fui al extranjero y tuve libertad absoluta para explorar la persona en que podía convertirme, la persona que quería ser.

En cuanto al resto, seguramente tengas razón.

Y no te culpo por no estar interesada en mí, salvo aquella noche de la fiesta.

—Sus ojos chispearon con picardía a la luz tenue.

Di un sorbo a la copa y me escondí un momento tras el cristal para ganar tiempo.

Una sonrisa perezosa se dibujó en el rostro de Jack al verme hacerlo.

—Pero lo demás… todo era pura fachada. Me sorprende que Félix no te lo haya contado. Él se dio cuenta muchos años antes. Creo que por eso éramos tan buenos amigos y seguimos siéndolo. Con Félix nunca tuve que fingir. Podía ser yo mismo y, cuando me pasaba de imbécil, me lo decía.

—Eso suena totalmente a Félix. Me alegro de que al final te hayas encontrado.

—Yo también.

—¿Entonces cuándo vas a ir a ver a tus padres?

—Creo que ya lo he pospuesto tanto como podía.

Voy a tener que tragar saliva e ir, sin más.

—Se bebió de un trago lo que le quedaba en la copa antes de dejarla sobre el posavasos.

Con las manos abiertas sobre la mesa, las estudió un momento antes de volver a mirarme—. No sé si considerarías venir conmigo.

—¿Yo? ¿Por qué querrías que fuera contigo?

—Apoyo moral.

—No estoy segura de saber qué decirles.

—Eso nos pasa a los dos. Y está bien si no quieres venir. Créeme, te entiendo perfectamente. —Se echó a reír.

Levanté la copa y le di un sorbo al líquido dorado y frío, con las burbujas haciéndome cosquillas en la nariz.

Jack había aceptado acompañarme al estreno, suponiendo que yo decidiera ir, casi sin protestar, y eso era un paso muchísimo más grande que ir a una casa.

Vale, era una casa enorme, pero seguía siendo el hogar de alguien, no el circo de un gran estreno de cine.

Como siempre, la idea de salir de la seguridad de mis cuatro paredes se enroscó a mi alrededor y fue apretando un nudo lento en el estómago.

Pero me estaba pidiendo un favor y sentía que no podía decir que no.

—Vale, iré.

Jack había estado contemplando sus dedos largos, aún apoyados sobre la mesa. Al oír mis palabras, alzó la cabeza de golpe y sus intensos ojos verdes, abiertos de sorpresa, se cruzaron con los míos.

—Tampoco hace falta que pongas esa cara de asombro. —Me reí—. No soy tan terrible.

Bueno, sí lo era, pero no hacía falta admitirlo tan claramente.

—No, es solo que… vale, estoy sorprendido. Pero en el buen sentido. En un muy buen sentido.

—Buen apaño —dije, alzando la copa hacia él en señal de reconocimiento.

—De verdad que no tienes por qué hacerlo, lo sabes, ¿no?

—Lo sé. —Empujé la silla hacia atrás y me levanté, llevándome los platos hacia el lavavajillas.

Mientras empezaba a guardarlos, Jack se situó a mi lado y apoyó las manos un momento sobre las mías.

Un latigazo de electricidad me recorrió el cuerpo con ese contacto y me aparté como pude, intentando que pareciera algo natural.

—Perdona, no quería asustarte.

Por lo visto, no había sido tan natural, pero si Jack iba a interpretar mi reacción como un sobresalto, a mí ya me iba bien.

—Solo iba a decir que lo hago yo. Que ya has hecho bastante por hoy.

—No pasa nada, solo me queda terminar esto…

Jack me quitó el plato de las manos, lo dejó en la encimera y luego, con sus manos apoyadas con suavidad en la parte alta de mis brazos, me condujo hasta el otro extremo de la cocina-comedor, donde tenía un sofá acogedor, cubierto de cojines y con una manta.

—Siéntate —dijo.

—¡No soy un perro!

—¿Te sientas, por favor?

Le hice caso y lo vi cruzar de nuevo la cocina en unas pocas zancadas y, al cabo de unos instantes, volvió a mi lado con mi copa de champán otra vez llena.

—No debería estar bebiendo tanto entre semana.

—Te prometo que no se lo diré a nadie. —Me dedicó una sonrisa que, si yo estuviera escribiendo la escena, habría descrito como endemoniadamente sexy, pero, claro, esa descripción aquí, en la vida real, no venía a cuento.

Volvió a la cocina, tarareando bajito, y terminó en un momento la tarea que yo había empezado.

Mientras lo hacía, yo miraba el jardín, y una sensación de calma y satisfacción me iba calando por dentro; el ruido de Jack trasteando en segundo plano en la cocina parecía intensificar esa calma.

Sentada allí, me fijé en una hilera de lo que me pareció lavanda, bordeando el sendero que llevaba al edificio-estudio que había comprado y nunca había usado.

Mandé a los contratistas levantar el edificio y hacer el camino, pero hasta ahí había llegado mi empeño paisajístico.

—¿Puedo? —Jack se había colocado al lado del sofá.

Me arrimé un poco. El espacio resultó más ajustado de lo que yo había calculado y mi cadera quedó pegada a la de Jack. Di un trago al champán y procuré no pensar en ello.

—¿Has plantado tú las flores del sendero?

Jack bebió un sorbo de su copa antes de volverse hacia mí con una expresión algo culpable.

—Sí. Lo siento, me vine un poco arriba. Tendría que habértelo consultado.

—No, me gusta. ¿Es lavanda?

—Sí. Pensé que estaría bien meter algo que atrajera más polinizadores. Y luego, si decides usar el edificio, tendrás el aroma cuando roces las flores al pasar. —Volvió a mirarme—. Estás sonriendo, así que quiero creer que eso es buena señal.

—Lo es. Curiosamente, era lo que había pensado hacer. Pero, igual que con el resto, nunca llegué a la parte práctica de la idea. Gracias. Aunque tendrás que decirme cuánto te debo y darme tu número de cuenta, para hacerte la transferencia.

—No quiero que me pagues las plantas. A mí me salen a precio mayorista, de todas formas.

—Eso da igual. Sigue siendo dinero que has adelantado por mí.

—Igual que la cena que has preparado hoy. No podemos pasarnos la vida llevando cuentas. Mejor lo dejamos en tablas.

—No están en tablas si tú sigues gastando dinero en mí.

—No es en ti —dijo, girándose un poco hacia mí—. Es en tu jardín. Eso es distinto.

—¿Ah, sí?

—Totalmente.

Le eché una mirada y me dejé caer contra el respaldo del sofá.

—¿Qué tal va todo, por cierto? El trabajo, quiero decir.

—Muy bien. Mejor de lo que podía esperar.

—¿Tienes espacio suficiente arriba para todo lo que tienes que hacer? Papeles y demás.

—Sí, estoy bien.

Una idea llevaba rondándome por la cabeza un par de días y en ese momento terminó de tomar forma.

—He estado pensando.

—¿Ah, sí?

—El estudio está equipado con calefacción, luz, enchufes y todo eso, y ahora mismo lo único que hace es acumular polvo. ¿Por qué no lo usas tú como oficina? Así podrías separar lo que es trabajo y lo que es casa.

—No podría. Sería como alquilarte dos sitios y ya sé de sobra que no vas a aceptar que te pague por eso tampoco.

—No digas tonterías. Prefiero que se use. Es un poco un elefante blanco ahí plantado sin más.

Se removió un poco en el sofá, rozando mi muslo con el suyo al hacerlo. Yo seguí con la mirada fija en el jardín.

—¿Estás segura?

—Totalmente. Solo te pediría una cosa: si vas a recibir a clientes ahí, que pensemos en algún tipo de pantalla, ya sea con plantas, con vallas de mimbre o esa cosa que vi una vez en «El mundo de los jardines», para que no les resulte tan fácil ver hacia la casa o el resto del jardín. Ya sé que seguramente suene ridículo.

—En absoluto. Es tu casa. Es normal que tú, o cualquiera, quieras proteger tu intimidad. Pero no te preocupes, no voy a tener reuniones ahí; aun así, puedo poner algo de pantalla si te quedas más tranquila.

—No hace falta. Aunque podríamos plantar cosas alrededor, suavizar un poco las líneas. Ese tipo de cosas.

Me sonrió.

—Las mentes brillantes piensan igual. ¿Tienes algo concreto en mente?

—El diseñador eres tú. —Me reí.

—Eso no quiere decir que tú no tengas buenas ideas. Como has dicho antes, ya habías pensado en la lavanda.

—Es verdad. Vale, me gustan esas plantas de aspecto tropical, ya sabes, con hojas enormes. Pero también estaría bien poner algo de color salpicado por ahí. ¿Tiene sentido?

—Mucho. Seguro que podemos conseguir algo así sin problema.

—Pero solo si pago yo las plantas. Ese es el trato —dije, con mi mejor mirada de osito Paddington.

—No sabes negociar en pequeño, ¿eh?

—No te olvides. —Brindé con él.

Chocó su copa con la mía y volvió a recostarse en el sofá, ocupando el espacio con casi todo el largo de su cuerpo apoyado ya contra el mío, aunque no había tensión alguna.

Estaba completamente relajado y algo de eso pareció transmitirse poco a poco a mí, soltándome los nudos del cuerpo y dejándome los músculos blandos y descansados.

Claro que también podía ser el champán. Fuera lo que fuese, era una sensación agradable y, por una vez, intenté no darle vueltas y limitarme a absorberla y dejarme llevar por el momento.