Capítulo 7
—No ha sido idea mía —solté de repente—. Y no espero que tengas que hacerlo tú tampoco. Yo todavía intento librarme como sea. Si encuentro la forma, la usaré.
—¿Por qué?
—Porque no es lo mío.
—¿Ser increíblemente exitosa y celebrarlo no es lo tuyo?
Le lancé una mirada fugaz.
—Sabes que no me refiero a eso.
—Entonces ¿a qué te refieres?
—A todo el circo publicitario que se monta alrededor. Las películas van de los actores, los directores y a veces los productores. A nadie le importa la escritora.
—Precisamente por eso deberías dejarte ver en el estreno. Intenta cambiar un poco esa tendencia, por ti y por los demás escritores.
—No creo que mi presencia vaya a cambiar gran cosa.
—Todo tiene que empezar en algún sitio. Eres un nombre conocido y quién te dice que no vayas a inspirar a alguna escritora que esté viendo la retransmisión, que te vea ahí y piense: «Yo quiero estar ahí; si ella ha podido, yo también».
Ya inspiras a gente, Lily. Esto solo es un paso más.
Si no lo haces por ti, hazlo por tus lectoras y por escritoras de todo el mundo.
Sin presión, claro.
—Sé que tengo mucha suerte de estar en esta posición, y que otros autores se matarían por una oportunidad así. No es que no lo valore.
—Lo sé —contestó con naturalidad—. Y también sé lo difícil y aterrador que te resulta la idea de ir a algo así.
Puse cara de que no tenía ni idea.
—Sí que lo sé —repitió, con más énfasis—. Se nota en cada fibra de tu ser que no quieres ir. Que te da miedo ir. Pero no puedes pasarte la vida teniendo miedo, Lily.
—No tengo miedo a la vida —le solté.
No dijo nada, pero sus ojos verdes se quedaron fijos en mí, desafiándome a seguir discutiendo.
—No lo entenderías. —Me aparté, dispuesta a salir de la cocina, pero su mano me sujetó la muñeca, suave pero firme, deteniéndome.
Alcé la vista, preparada para preguntarle qué demonios se creía que hacía, pero su expresión me frenó. Había en ella una ternura que no esperaba y mis palabras se quedaron en el aire.
Sus ojos se engancharon a los míos.
—Ayúdame a entenderlo —dijo, en voz baja y suave.
Casi imperceptiblemente, su mano apretó un poco más y sentí una oleada dentro de mí, algo que no había experimentado en muchos años.
Algo que dudaba que volviera a sentir jamás.
Algo que no estaba segura de querer volver a sentir.
El cuerpo me latía y la mente me iba a mil por hora.
—Yo… no puedo —dije, apartándome. Ni siquiera sabía muy bien a qué me refería con que no podía.
Eché un vistazo furtivo a Jack; ahora que había distancia entre nosotros me resultaba más fácil.
Seguía tranquilo, relajado. Lo único que quería de mí era una explicación de por qué, según él, tenía miedo al mundo.
Pero mi mente, o quizá mi cuerpo, se habían adelantado y habían salido disparados como un caballo desbocado.
Me di un tirón mental de orejas y le recordé a mi imaginación que el romance y el picante se quedaban para las novelas y no debían meterse en mi vida real.
—Estaré aquí cuando estés preparada —dijo.
Me quedé de espaldas a él, mirando al jardín, del que ahora se veía mucho más después del anochecer gracias a la iluminación suave que Jack había empezado a instalar allí fuera.
No respondí.
—Y si quieres que alguien te acompañe, si al final decides ir al estreno, solo como apoyo moral, por supuesto, ya sabes dónde encontrarme.
—Gracias —dije, antes de darme la vuelta y salir de la habitación.
Añadí varias verduras y un par de frutas a la cesta, pensando que debería venir a comprar aquí más a menudo, porque los productos tenían mucha mejor pinta que los que me traían del supermercado.
Y además así apoyaba a los negocios locales.
El problema era que implicaba salir de casa y ver gente.
Por suerte, la tienda no estaba muy llena y casi había terminado, así que pronto volvería al refugio seguro del coche para conducir de vuelta.
Cuando había entrado no había nadie en la caja, así que ya me había librado de una conversación.
Me detuve ante la pequeña selección de libros y revistas de la tienda del pueblo y eché un vistazo rápido. Ya iba a moverme hacia la caja cuando oí a dos mujeres, fuera de mi vista, empezar a hablar.
—He oído que el señorito del caserón ha vuelto.
—¿El viejo Charles? No sabía que se hubiera ido a ninguna parte.
—Charles no, alma de cántaro. El hijo pródigo, Jack.
Me giré, sabiendo que debería hacer notar mi presencia antes de que siguieran, pero fui incapaz.
—¿Ah, sí?
—Sí, ¿no te has enterado? Está viviendo con la señorita Lily, ahí arriba, en la casa de Meadow Blossom.
—No me digas. No he visto ni rastro de un hombre desde que se mudó ella, aparte de su familia. Qué pena todo lo que pasó. Es normal que se haya encerrado así. Debe de haber sido todo tan traumático.
—Jack siempre tuvo un imán para las mujeres. Y ahora está todavía más guapo, si eso es posible. Normal que ella se haya enamorado. Solo espero que no le rompa el corazón. Ya ha tenido bastante de eso en la vida.
La otra mujer hizo un ruido de acuerdo mientras yo miraba mis manos y veía cómo se me ponían blancos los nudillos apretando la cesta de mimbre.
Debería ir a la caja. Pero entonces sabrían que lo había oído todo y sería espantoso.
Tampoco podía quedarme escondida allí todo el día.
Maldito Félix. Tenía que haber previsto que habría chismes si Jack se quedaba conmigo.
Ni se me había pasado por la cabeza hasta ese momento.
—Dejó un reguero de corazones rotos cuando se fue. Mi sobrina estuvo encaprichada de él casi un año.
—No fue la única.
—Me pregunto por qué ha vuelto.
—¿No será que el viejo Charles está en las últimas?
—¿Crees?
Hubo un silencio y solo pude suponer que la primera se encogía de hombros.
—A no ser que haya sido el amor lo que lo haya traído de vuelta. Igual tienen un noviazgo a distancia. El hermano de ella es su mejor amigo, ya sabes. Desde hace años. Se pasaba media vida en su casa, así que alguna confianza cogerían.
—Yo no recuerdo que salieran juntos, ¿y tú?
—No, dudo que le interesaran demasiado las calladitas.
—No lo recuerdo tan exquisito en su selección, la verdad. Todo valía con tal de inflarse el ego.
—Ay, Marge, cómo eres. Si hubieras sido unos años más joven, tú también habrías estado en la cola. —Se echaron a reír, las dos.
—Yo no creo que fuera muy feliz en su casa. Estos aristócratas pueden ser raros, ¿eh? Ella entra aquí de vez en cuando, su madre, como si fuera la señora del lugar.
—Es la señora del lugar, Marge.
—Ya me entiendes.
—No me extraña que pusiera tanta distancia. No me imagino que tuviera una infancia muy cariñosa. A lo mejor por eso acabó buscando consuelo en brazos de tantas mujeres.
Eché la cabeza hacia atrás y miré al techo, preguntándome cuánto tiempo podía esconderme allí, siendo realista. No quería oír esa conversación y habría querido irme mucho antes. Cuanto más me quedaba, peor era. Respiré hondo y me dirigí hacia la caja.
—Me pregunto si…
Vi la sorpresa fugaz en la cara de las dos antes de que intentaran disimularla a toda prisa cuando aparecí por el pasillo.
—Hola, cariño. Qué alegría verte. ¿Lo has encontrado todo?
—Sí, gracias. —Sonreí.
—¿Algo que celebrar? —preguntó Marge mientras pasaba por el lector el champán que había cogido.
No era ninguna maravilla de marca, pero era lo mejor que tenía la tienda y ahora mismo ojalá lo hubiera dejado en la estantería.
La verdad era que lo quería para hacer gelatinas de champán, que a Félix y Poppy les encantaban, pero después de haber oído su conversación solo podía imaginar las ideas que estarían cruzando ahora por sus cabezas al verme comprar esa botella.
—No, qué va. Es para hacer gelatinas de champán. A mi familia le chiflan. —Me decidí por la verdad, aunque dudaba bastante de que fueran a creerla.
—¡Qué rico! —dijo Marge mientras seguía pasando artículos.
Hice como que miraba al monedero mientras sacaba la cartera, pero no se me escapó la mirada que intercambiaron.
No se lo creían. En absoluto. Bueno, poco podía hacer ya. Con suerte, mañana habrían encontrado otro tema de conversación.
Pasaron unos días antes de ver a Jack más que de pasada.
La gente se había enterado de que había vuelto y de que estaba disponible para trabajar.
Tenía la impresión de que también se corría la voz de que estaba disponible para otras cosas y esa quizá era otra razón de sus ausencias.
No me molestaba. De hecho, casi me alegraba.
Si se sabía que estaba saliendo con alguien, las cotillas tendrían menos ganas de hablar de mí y yo podría volver a mi vida tranquila.
—No hace falta que me dejes comida preparada cada vez, ¿sabes?
—La voz grave de Jack me hizo dar un salto.
Estaba sirviendo un pastel de carne en raciones individuales, congelando un par y dejando otras dos para calentarlas para la cena, con la cabeza en otra parte, dándole vueltas a una posible trama.
La cuchara cayó al suelo. Jack la recogió antes de que me agachara, fue al fregadero a enjuagarla y limpió rápidamente la zona donde había caído.
—Gracias —dije, cogiéndola de nuevo y reanudando lo que estaba haciendo.
—¿Has oído lo que te he dicho? —preguntó.
—¿Te estás quejando?
—Claro que no, las comidas están siempre de muerte, pero no es esa la cuestión.
—¿Y cuál es la cuestión? —pregunté, apartándolo un poco para terminar y agacharme a por las etiquetas en el cajón de detrás.
—La cuestión es que no tienes por qué cocinar para mí. No era ese el trato.
—Tampoco quedamos en lo contrario. Y este tema ya lo hemos tratado.
Una risita grave y suave vibró a mi alrededor.
—Siempre tienes respuesta para todo. Siempre ha sido así. No me sorprendió enterarme de que te iba de maravilla con la escritura. Siempre encuentras las palabras adecuadas.
—No sé yo —respondí—, pero en este caso, ya que cocino, la única consecuencia es que queda una ración menos en el congelador, y eso me da igual. Más vale que te la comas tú. Mejor eso que tener que cocinar al llegar tarde o tirar de comida preparada.
—Me quedaría más tranquilo si me dejaras pagar la habitación y la comida.
—Solo si me dejas pagar todo el trabajo que estás haciendo fuera. Y la estantería que has puesto en mi estudio, y no creas que no me he dado cuenta de que la puerta del lavadero ha dejado de chirriar. Y me cuesta pensar que el cobertizo se haya pintado solo.
—La pintura estaba ahí —dijo Jack.
—Sí. Y llevaba ahí dos años. Y ahora está en el cobertizo, que es donde tenía que estar, ahorrándome tiempo si lo hiciera yo o dinero si tuviera que pagarle a alguien. Deja ya de dar la lata con el alquiler. Creo que estamos en paz.
—Sigo pensando que yo salgo ganando, pero está claro que no voy a ganar esta batalla, ¿verdad?
—No. Y me alegro de que, por fin, te hayas dado cuenta, así podemos cambiar de tema. ¿Estás listo para cenar o vas a salir?
—No. No tengo planes.
—Yo iba a servirme ya, pero puedes cenar más tarde si quieres.
—Encantado de cenar contigo, si no te estorbo.
—Claro que no. Siéntate.
—¿Te saco algo de beber? —preguntó Jack.
—Genial, gracias.
Abrió la nevera.
—¿Champán? ¿Hay algo que celebrar?
—Ni tú empieces. —Le dediqué una sonrisa fugaz mientras dejaba los dos platos en la mesa.
—Eso suena a historia —contestó, devolviéndome la sonrisa, más amplia.
Lo miré un segundo, luego miré al champán y otra vez a él.
—Bah, qué más da. Pero no abras ese. Hay uno mejor en el frigorífico pequeño de abajo. —Saqué dos copas de champán del armario y las dejé en la mesa mientras él sacaba una botella de Veuve Clicquot del botellero, la abría como un experto y llenaba las copas con el líquido dorado y burbujeante.
Cogí el tenedor para empezar a cenar, pero me di cuenta de que Jack levantaba la copa. Dejé de nuevo el tenedor y agarré la mía.
—¿Entonces sí que hay algo que celebrar?
—Siempre hay algo que celebrar si lo miras bien.
Incliné la cabeza como diciendo «sí, pero tampoco te pases».
Jack me miró con paciencia.
—Yo quiero brindar por ti.
—¿Por mí?
—Sí. Por ti. Por abrirme las puertas de tu casa y hacer mucho más fácil un cambio que podría haber sido muy duro. Sobre todo sabiendo que habrías estado encantada de estamparle algo a Félix por ofrecer tu casa sin preguntarte.
—¿Y quién te dice que no fue idea mía desde el principio?
Tenía una risa espléndida, y me encantaba cómo llenaba la cocina de calor y de alegría. Mi intento de mantener el gesto serio duró exactamente dos segundos.
—Por tu cara en la pantalla el otro día estaba clarísimo que no era idea tuya.
—Qué bobadas dices, no me conoces lo suficiente como para juzgar eso.
—Te sorprenderías. Me pasé media vida en tu casa y te vi crecer.
—Oh, anda ya. Ni te fijabas en que estaba. Tus ojos siempre estaban puestos en la siguiente chica mona.
—Puede —dijo Jack con calma—. ¿Puedo hacer el brindis ya?
—Adelante.
—Por ti. Por todo lo que eres.
No apartó los ojos de mí mientras hablaba y noté cómo el calor me subía por el pecho bajo su mirada y bajo aquella atención, a las que no estaba acostumbrada.
Vi algo que interpreté como diversión cruzar por su rostro antes de que inclinara la copa para chocar con la mía; sonó el tintineo del cristal y levantó su copa para mojarse los labios. Yo, en cambio, me vacié la copa entera.