Capítulo 6
—¿Siempre te levantas tan pronto? —pregunté, aceptando la taza de té recién hecho que Jack me ofreció cuando bajé de nuevo, ya vestida con algo más apropiado para tener compañía.
—Depende —dijo—. Creo que tengo el reloj interno hecho un lío ahora mismo. El desfase horario y esas cosas.
—¿Esas cosas?
—Debo de tener muchas cosas en la cabeza, supongo.
Di un sorbo a mi té.
—Suéltalo —dijo Jack con una sonrisa.
Tragué el té.
—¿Perdón?
—La pregunta, no el té. —Sonrió—. Se nota que te mueres por preguntarme algo, así que dispara.
—No. No es asunto mío.
—He caído en tu casa, he invadido tu intimidad con poquísima antelación, y, conociendo a Félix, probablemente con poca opción por tu parte, así que creo que tienes derecho a hacerme unas cuantas preguntas.
—Vale —dije, sentándome en la silla de enfrente en la mesa—. ¿Por qué te fuiste de Inglaterra?
—Mis padres me estaban volviendo loco intentando casarme con lady esto o lady aquello, diciéndome cómo tenía que ser mi vida, cómo debía vivirla y con quién.
No aguantaba más, así que compré un billete al sitio más lejano que se me ocurrió, cerré el negocio y me largué.
Probablemente no fue la decisión más sensata, pero…
—se encogió de hombros—. Ya no soportaba tanta presión.
—A veces solo necesitas marcharte de todo. Lo entiendo.
Torció un poco la cabeza.
—Ya. Creo que eres de las pocas personas que pueden entenderlo.
—¿Tengo derecho a otra pregunta?
Me dedicó de nuevo aquella sonrisa y ojalá dejara de hacerlo.
—¿Por qué ibas a quedarte en una sola?
—¿Por qué has vuelto a Inglaterra?
—La echaba de menos. Me encantaba Nueva Zelanda, pero ahora soy mayor y supongo que echaba de menos mi casa.
Cuando mi matrimonio se rompió hace unos años, sentí que ya no tenía nada que me atara allí.
Llevo tiempo pensando en volver, pero a mi mujer no le hacía ninguna gracia y lo entendía.
Toda su familia y sus amigos estaban allí, su trabajo.
No tenía ningún motivo para mudarse y yo estaba perdiendo los motivos para quedarme.
Ya nos íbamos distanciando desde hacía tiempo, y creo que llegó a su final natural.
—Lo siento.
—No lo sientas. En seis meses conoció a otro y se volvió a casar.
—Sí, pero tú no.
Esbozó una pequeña sonrisa.
—Eso es verdad. Pero nunca digas nunca, ¿no?
—Seguro que en alguna parte hay una lady algo esperándote.
—Ojalá que no.
—¿No volverías a casarte?
—Como te digo, nunca digas nunca. Es solo que no me interesa ese estilo de vida aristocrático.
—Vas a ser conde algún día, Jack. A no ser que pienses renunciar al título. ¿Se puede hacer eso?
Se encogió de hombros.
—Procuro no pensarlo demasiado.
Puse una mueca.
—Esa siempre es una buena estrategia: ignorarlo y a lo mejor se va solo.
—Veo que sigues siendo una listilla, ¿eh?
—Parece que tú sacas lo mejor de esa faceta mía.
—Hago lo que puedo.
Puse los ojos en blanco, le quité la taza vacía que tenía delante y me levanté para meterla en el lavavajillas.
—Tenemos que hablar del alquiler.
—No, no tenemos que hacerlo —dije, aún de espaldas.
Oí el ruido de la silla al arrastrarse por el suelo y, cuando volvió a hablar, lo hizo más cerca.
—Sí que tenemos que hacerlo.
Me giré para protestar y me quedé sin aliento al ver que Jack estaba más cerca de lo que pensaba.
—Estás trabajando en el jardín para mí —dije, evitando mirarlo mientras me escurría por el hueco.
—Eso no compensa ni de lejos lo que pagaría por el alquiler y la comida.
—Claro que lo compensa. Me habría costado una pasta que alguien viniera a hacer lo que tú ya has hecho, sobre todo alguien de tu nivel, pero así no tengo que dejar entrar a extraños en mi casa. Eso lo hace aún más valioso para mí.
—Yo soy un extraño.
—No, tú solo eres extraño. Es distinto.
Su risa llenó la cocina, calentándola, y sentí cómo me vibraba en el pecho.
—¿Tienes más reuniones hoy?
—Empiezo en casa de la señora Wembley a las dos. Probablemente estaré allí hasta las cinco más o menos.
—Genial. Te tiras a la piscina de cabeza.
—Sí. Pero hasta entonces, soy todo tuyo.
Alcé una ceja.
—Qué afortunada.
Negó con la cabeza, con una sonrisa en la comisura de los labios.
—Gracias por el té.
—Lo has hecho tú.
—Me ha parecido que debía, después de mandar volando el primero esta mañana.
—A partir de ahora, quizá deberíamos estar de acuerdo los dos en ir con un poco más de cuidado por dónde vamos mientras estés aquí.
—Trato hecho. Voy a salir otra vez al jardín.
—No, ya has hecho suficiente, sobre todo si esta tarde trabajas también. No quiero que llegues agotado a tu trabajo de verdad.
—Estoy bien —me aseguró, con una mano en el pomo de la puerta—. El ejercicio me sienta bien y me encanta lo que hago.
Con un gesto rápido, se despidió y salió, cruzando el jardín a zancadas y adentrándose en la maleza.
Lo seguí con la mirada, con sus palabras dándome vueltas en la cabeza. A juzgar por lo que había visto esa mañana cuando se arrancó la camiseta ardiendo, ejercicio era precisamente lo que no le hacía falta a Jack. Desde donde yo estaba, su cuerpo estaba de puñetera madre tal cual.
—¿Entonces? —preguntó Poppy, mirando hacia donde Félix y Jack se dedicaban a hacer girar a los niños en el jardín—. ¿Sigue pareciéndote atractivo tantos años después?
—Por supuesto que no —dije, sin darle importancia—. Era solo un enamoramiento adolescente. Prácticamente todas las chicas del pueblo se enamoraron de él en algún momento.
Notaba su mirada clavada en mí mientras preparaba la masa de las galletas.
—¿Qué? —pregunté sin alzar la vista.
—Está bien, ¿sabes?
Aparté con el canto de la mano un mechón que se había soltado del clip y se me pegaba a la frente.
—¿El qué está bien?
—Tener sentimientos por otra persona. Mike no habría esperado que te quedaras sola para siempre. Sería lo último que querría.
—Ahora se trata más de lo que yo quiero, ¿no te parece? —respondí, más brusca de lo que pretendía.
Poppy se echó hacia atrás.
—Perdona, no quería pagarlo contigo. No quiero que tú ni nadie penséis que aquí hay más de lo que hay.
Sí, Jack es guapo, no estoy ciega, pero tampoco tengo ningún interés en otra relación.
Y teniendo en cuenta el estado en que me vio el otro día por la mañana, creo que podemos afirmar sin ninguna duda que él tampoco tiene interés en tener una relación conmigo.
—¿Oooh? ¿En qué estado te vio? —Poppy se volvió a inclinar hacia delante.
—Tranquila. —Me reí—. Estaba medio dormida y se me olvidó que estaba aquí, así que salí al jardín sin peinarme, con mi batín viejo hecho polvo, las piernas peludas y esos zapatitos de plástico para el barro.
—Nunca se sabe, quizá es justo lo que le gusta —replicó Poppy con una sonrisa traviesa.
—No creo que el lobo pierda las mañas, ¿no crees?
—No lo sé, pero sí sé que ha madurado mucho en el tiempo que ha estado fuera.
Recordé las frases llenas de filosofía de los últimos días y no pude evitar darle la razón.
Sin embargo, seguía sin haber ninguna posibilidad de que me planteara tener una relación con Jack Coulsdon-Hart.
Tenía mi rutina, mis libros y mi familia.
No necesitaba nada más. Ya había probado otra cosa en el pasado y no pensaba, no podía, volver a pasar por ese dolor.
—¿Eres feliz? —Poppy me observaba mientras extendía la masa sobre la encimera fría.
—Sí, claro.
Y era feliz. ¿Verdad?
—¡Cariño! Tienes que ir sí o sí. —Zinnia, mi agente, agitaba un dedo adornado con un enorme anillo de zafiro al otro lado de la pantalla.
—No, no tengo que ir sí o sí, Zinnia. No hago estas cosas. Recuerda que ya lo hablamos. Varias veces.
—Lo sé, cariño. No es lo tuyo y lo entiendo, de verdad que sí. Pero esto es distinto. Tienes que verlo. Es un estreno con grandes nombres de Hollywood. No puedes rechazarlo.
—Puedo y creo que ya lo he hecho, varias veces.
—Sí, bueno, no he transmitido exactamente ese mensaje, claro.
—¿No puedes ir tú en mi lugar? A nadie le importa quién es la escritora.
—Bueno, en este caso sí, porque Bella Dupree se deshizo en elogios hacia tu libro incluso antes de comprar los derechos. Probablemente esto hizo que se revalorizasen, así que deberías darle las gracias.
Miré a Zinnia con una expresión que dejaba claro que eso no iba a pasar.
Estaba, por supuesto, agradecida de que mi libro hubiera sido seleccionado para convertirse en una superproducción de Hollywood.
Más que agradecida. Pero tampoco pensaba hacer reverencias y arrastrarme ante las grandes luminarias por el mero hecho de que se hubieran dignado a fijarse en mí.
Sin gente que escribiera esas historias, los actores se quedarían sin trabajo, así que en mi opinión la cosa quedaba bastante equilibrada.
—Será un fantástico empujón publicitario, cariño.
Ya sé que no eres muy amiga de eso —dijo, dominando el arte del eufemismo—, pero esto podría ser muy importante para tu carrera.
Están saliendo autores nuevos todo el tiempo.
Lo sabes, y sé que tienes un público fiel, pero hay que mantenerse arriba.
Que Bella se haya fijado en este libro puede traer un público nuevo a tus novelas y es importante que aprovechemos la oportunidad.
—Estoy de acuerdo. Lo que no comparto es la idea de que pasearme por una alfombra roja vaya a ayudar.
—Cariño, cariño. A veces hay que dejarse ver. Está muy bien cultivar esta imagen de romántica ermitaña, y nos ha funcionado, lo del aire de misterio y tal.
—No es una imagen, Zinnia —dije, intentando mantener la calma.
—No, no. —Agitó la mano con naturalidad, cada dedo con un enorme anillo de un color distinto, todos lanzando destellos que formaban un arcoíris sobre su escritorio—. Ya me entiendes, pero no podemos dormirnos. Es una oportunidad magnífica y, si quieres seguir así, tenemos que currárnoslo.
—Lo pensaré, ¿vale?
—Estupendo, cariño. Tienes las entradas, ¿verdad? Pediré a la editorial que te mande un coche y te reservaré una suite en el hotel de lujo más cercano.
—No hace falta, puedo…
—Tengo que dejarte. Me alegro tanto de que vayas a hacerlo…
—No he dicho que fuera a… —Dejé la frase en el aire porque Zinnia ya había colgado hacía rato.
Mierda. No quería, de verdad que no quería, ir a un estreno lleno de glamour en Londres. No me apetecía ni ir a la tienda del pueblo, así que ¿cómo iba a apetecerme ir al West End?
—Llévate a Jack. —Se encogió de hombros Félix cuando, al día siguiente, le conté mi dilema.
—¿Qué? No. ¿Por qué iba a hacer eso?
—Para que te acompañe. Así al menos no estás sola. Sé que la gente de la editorial y tu agente estarán allí, pero no sé, quizá te ayude tener a alguien contigo con quien puedas relajarte.
—No estoy segura de poder relajarme con él más que con los demás. Y sé que acabaré de pie allí, como una idiota, sin que nadie me haga caso, y todo esto no va nada conmigo.
—No puedes quedarte aquí encerrada toda la vida, Lils. Esto te vendrá bien. Te dará ocasión de arreglarte, de salir.
—Por si no te has dado cuenta, esas dos cosas han bajado bastantes puestos en mi lista de prioridades.
—Quizá deberían subir de nuevo —replicó Félix.
—¿Y eso qué se supone que significa?
—Significa que no puedes quedarte encerrada en esta casa el resto de tu vida solo porque Mike ya no está. —Su voz sonó inusualmente dura—. Lo siento, Lils, no quiero hacerte daño, es lo último que quiero, pero nos mata ver que te limitas a existir. Te salvaste aquel día; quizá había un motivo.
—¡Yo no quería salvarme! —Golpeé la encimera con la mano con tanta fuerza que me dolió—.
No te puedes imaginar las veces que he deseado no haberme levantado de esa mesa y así no tener que enfrentarme a nada de esto.
No habría tenido que enterrar a mi marido ni quedarme en las fiestas sin saber dónde meterme mientras la gente me miraba sin saber qué decir o hablaba de mí a mis espaldas.
—Nadie hizo eso.
—Sí que lo hicieron, Félix. Menos de un año después de la muerte de Mike, oí a alguien decir que ya era hora de que pasara página.
Me miró fijamente.
—Pero ahora ha pasado bastante más de un año, Lily. Nadie dice que tengas que convertir ir a fiestas en costumbre, pero has conseguido algo increíble. Han adaptado tu libro a una gran película de Hollywood y deberías sentirte orgullosa.
—Lo estoy.
—Pues demuéstraselo al mundo. Enséñales quién es la mujer increíble que hay detrás de ese libro brillante.
Como ha dicho tu agente, es buena publicidad, y eso nunca viene mal, sobre todo en un mundo tan competitivo como el tuyo.
Tienes que mantener tu nombre presente y ¿qué mejor manera que aparecer en un evento como este?
—No lo sé, Félix. Sé que tienes razón, pero es que…
—¿Da miedo?
—Un poco.
—¿Está a años luz de tu zona de confort?
—Muchísimo.
Me abrazó.
—No quiero hacerte daño nunca, pero creo que necesitas hacerlo. Y estoy de acuerdo: ir sola a un sitio donde no conoces a nadie da miedo. Así que, como te digo, llévate a Jack; una noche fuera le vendría bien.
—¿Llevar a Jack adónde? —Los dos nos giramos al oír la voz grave.
Recién duchado, con el pelo húmedo peinado hacia atrás, una camiseta suelta y un pantalón corto de punto, descalzo, Jack era la imagen misma de la relajación, por no mencionar lo sexy que estaba.
No quería, de verdad no quería, fijarme en lo de sexy.
Si con una camiseta y un pantalón corto ya se veía así, mejor no pensar en cómo estaría con esmoquin.
—¿Qué te parecería acompañar a mi hermana al estreno de una película?
Jack desvió la mirada hacia mí, despacio.
—Creo que dependería de lo que opinara Lily sobre que la acompañe.
—No sería una cita —me apresuré a decir. Y, mientras lo decía, me di cuenta de que quizá me había apresurado demasiado—. Quiero decir, no es que eso fuera algo malo para otra persona, claro.
—Claro —repitió él.
—Es solo que me he visto atrapada en esto y preferiría no quedarme ahí plantada sola como una idiota.
—¿Cómo podría rechazar una oferta así? —dijo Jack con una sonrisa.
Félix me miró y negó con la cabeza, resignado.
—Tengo que irme. Os dejo a los dos con el tema. —Me dio un beso rápido en la mejilla, dio una palmada suave en el hombro de Jack y salió por la puerta que daba al jardín.
Al menos no nos había dejado en un momento incómodo ni nada por el estilo…