Capítulo 5
Paseamos juntos por el jardín durante la siguiente media hora, con Jack nombrando plantas que yo olvidaba al instante, y haciéndome preguntas sobre lo que pensaba de esto o de aquello. Cuando me quise dar cuenta, se nos había pasado el tiempo y ya estábamos de vuelta hacia la casa.
—¿Y eso para qué lo usas? —Jack señaló una caseta pequeña con una tarima delante.
—Para nada, ahora mismo. Mi idea era convertirla en despacho, pero poco después de montarla nos cayeron unos temporales de lluvia y tormentas, y la idea de salir de la casa, aunque solo fuera cruzando el jardín, dejó de atraerme.
Así que decidí quedarme en pantuflas y trabajar dentro.
—Me encogí de hombros—. No es como si tuviera que huir de nadie ni buscar un rincón de silencio.
—Eché un vistazo a la caseta y volví a mirarlo—.
Se me dan bien las grandes ideas que luego resultan no ser tan buenas. Ahora es poco más que un trasto caro.
Jack contempló la construcción un rato largo.
—Dejémosla así de momento y veamos —dijo por fin—. Puede que se te ocurra una idea mejor para ella.
Le lancé una mirada escéptica y retomé el camino a la casa. Él se puso a mi lado.
—Este sitio es precioso. Entiendo por qué decidiste venirte aquí.
—Félix y Poppy no lo vieron tan claro al principio.
Si soy sincera, creo que aún no están del todo convencidos, pero a mí me gusta.
—Observé la parte trasera de la casa, protegiéndome los ojos de un rayo de sol con la mano—.
Probablemente es demasiado grande para que una sola persona ande rebotando de habitación en habitación, pero sabía que quería terreno alrededor y no es fácil encontrar una casa de dos dormitorios con esta extensión.
Jack se encogió de hombros.
—Sabías lo que necesitabas. Está claro que este sitio te dio buena espina cuando viniste, así que hiciste lo que tenías que hacer.
Los demás pueden querer lo mejor para nosotros, pero al final, las decisiones importantes tenemos que tomarlas nosotros y somos quienes sabemos lo que nos hace sentir bien. ¿Por qué sonríes?
—Por ti.
—¿Me atrevo a preguntar por qué?
—No sé. Simplemente no te tenía catalogado como el tipo de persona que va repartiendo sabiduría filosófica.
Hizo un breve gesto con la cabeza.
—Para ser justos, probablemente lo era menos antes de marcharme, pero la vida pasa, aprendes y cambias. —Me miró de soslayo—. Esperemos que a mejor.
—Supongo que depende de lo que te toque vivir. Sé que yo he cambiado, pero hay quien diría que no precisamente para mejor.
Jack asintió con un ligero movimiento, pero no dijo nada. No supe muy bien cómo interpretarlo.
—Será mejor que vayas pensando en tu primera cita. No querrás llegar tarde.
Miró el reloj.
—Tienes razón. ¿Sabes el nombre de alguna compañía de taxis buena por aquí?
—Hay una que utiliza Félix, pero ahora mismo no me acuerdo del nombre. Seguro que puedo encontrar una. ¿Para qué quieres un taxi?
—Para ir a la reunión. Mañana Félix me va a ayudar a buscar coche. No esperaba poder concertar citas tan pronto, así que estoy un poco a medias.
—Bueno, tampoco podías decir que no. No te preocupes por el taxi.
Mi coche viejo está en el garaje. Puedes usarlo un tiempo si quieres.
Solo está ahí parado, así que le vendrá bien que lo saquen a rodar.
Debería venderlo, en realidad… otra de esas cosas que me dan pavor.
—Puse una mueca—. Pero funciona, lo saco una vez a la semana y doy unas vueltas a la entrada a toda velocidad. La verdad es que es bastante divertido.
Él bajó la vista hacia mí, sonriendo.
—Rallista clandestina. Estás llena de sorpresas.
—Ja, ni que lo digas. En cualquier caso, ahí tienes la oferta. Le vendrá bien un buen paseo.
—Genial, si estás segura.
—Lo estoy. Solo necesito que me des unos datos para incluirte en el seguro. Lo hacemos ahora y ya lo tienes.
Diez minutos después, mi viejo coche estaba asegurado para que lo condujera Jack. Lo saqué del garaje mientras él iba a cambiarse para la cita y acababa de darle un repaso rápido al parabrisas cuando volvió.
—Estás… hum… elegante. —Escondí el trapo detrás de la espalda y lo retorcí entre los dedos hasta el punto de casi cortarme la circulación.
Jack estaba bastante más que elegante y yo no estaba preparada para el efecto que me causó verlo con aquel traje gris plomo entallado.
La piel bronceada resaltaba aún más con la camisa blanca impecable y la corbata azul pálido.
—¿Crees que voy bien? —preguntó, con un matiz de inseguridad sorprendentemente encantador en la voz.
—Absolutamente. Perfecto. Muy bien.
Cállate, Lily.
Le hice el gesto de los dos pulgares arriba para completar el pleno de torpeza.
Jack tironeó de uno de los puños antes de llevarse la mano al nudo de la corbata.
—No sé… Hace tanto que no me pongo traje que se me hace rarísimo. —Empezó a pasarse un dedo por dentro del cuello de la camisa. Le cogí la mano.
—Para ya. Estás muy profesional. —Y peligrosamente atractivo. Carraspeé e intenté despejarme la cabeza—. Pero lo vas a estropear todo si sigues manoseándolo.
La mirada de Jack bajó a mis manos, que seguían sujetando la suya. Yo también miré y la solté de golpe, como si me hubiera quemado.
—Perdona.
—Tranquila —replicó con una sonrisa—. ¿Siempre eres así de mandona?
—Normalmente estoy sola, así que lo de mandar es complicado. Y no soy mandona, solo intento ayudarte.
—Y te lo agradezco mucho.
—No se nota —murmuré en voz baja.
Él soltó una carcajada, honda, cálida y grave, echando la cabeza hacia atrás, los dientes blancos brillando a la luz de la primavera.
Era un sonido agradable y de pronto fui consciente de lo silenciosa que solía estar la casa.
No es que no me gustara el silencio, pero una parte diminuta de mí reconocía que la compañía de Jack aquella mañana había sido agradable.
Que fuera un regalo para la vista tampoco estorbaba, pero había algo más: un fondo que no le había visto antes.
O quizá nunca lo había conocido de verdad.
Había más en Jack Coulsdon-Hart de lo que yo pensaba, y me alegraba poder echarle una mano.
No sabía qué lo había traído exactamente de vuelta, pero si quería levantar de nuevo el negocio, estaba claro que pensaba quedarse una temporada.
Yo tuve la suerte de tener a mi familia rodeándome cuando necesité ayuda.
Jack tenía familia, pero no precisamente apoyo.
Él siempre había estado ahí para Félix y Félix siempre había estado ahí para mí.
Esta era mi forma de agradecerle a mi hermano el apoyo que me había dado.
Me despedí de Jack con la mano y volví a la casa, camino del despacho.
Estaba preparando la ensalada para acompañar la cena cuando oí un coche por la entrada. Unos minutos más tarde, llamaron a la puerta de la cocina. A la luz moribunda de la tarde de principios de primavera, vi la silueta de Jack recortada contra el cristal. Le hice un gesto para que entrara.
—No hace falta que llames.
—Me ha parecido lo más educado.
—Tonterías, ahora vives aquí. Quiero decir… temporalmente, claro.
¿Era eso una sonrisa?
—Claro —repitió.
—Anoche se me olvidó darte las llaves, por cierto, pero ya te he dejado un juego ahí. —Se las señalé sobre la mesa—. ¿Has comido algo?
—Todavía no, pero puedo hacerme algo yo. No tienes por qué cocinarme.
—Ya lo sé. Que no te acostumbres, pero ahora mismo hay comida y parece que has tenido un día largo, así que lávate las manos y siéntate. —Obedeció.
—¿Qué tal te ha ido hoy? —pregunté mientras servía la lasaña humeante, rebosante de salsa blanca y queso fundido.
—Tiene una pinta increíble.
—Gracias. Espero que te guste. Hay ensalada para acompañar y algo de pan de ajo.
Jack volvió a soltar esa risa profunda y rica.
—Si quieres que me vaya, este no es el método más eficaz.
—No quiero que te vayas. Quiero decir… todavía no. No hasta que estés listo. Espero no haber dado esa impresión. Además, solo es lasaña.
—Es deliciosa, es lo que es —dijo, llevándose otra buena porción a la boca—. Y no, no me has dado esa impresión. Es solo que tampoco es un secreto que te gusta tu privacidad. Eres un poco misteriosa por aquí, ¿lo sabías?
—¿Ah, sí?
—¿La escritora ermitaña que vive en la casa grande? Oh, sí. —Se echó en el plato ensalada y un par de rebanadas de pan de ajo.
—Dios.
Jack negó despacio con la cabeza mientras terminaba de masticar.
—No te preocupes. La gente siempre busca de qué hablar.
—Ya. Preferiría que no fuera de mí.
—Perdona. No debería haber dicho nada. No lo pensé.
—No pasa nada —suspiré—. Pero hablemos de algo más interesante.
—Tú eres interesante.
—Ajá. ¿Qué tal hoy?
Jack empezó a contarme lo bien que habían ido las reuniones. Incluso había conseguido colar una extra y ya tenía tres clientes cerrados, y a través del cotilleo del pueblo había salido otro par de citas para la semana siguiente.
—¡Es genial! —dije, realmente contenta por él.
—Gracias. Yo también estoy muy satisfecho. Sabía que era arriesgado volver aquí e intentar empezar de cero. Tenía una buena cartera de clientes antes, pero tampoco podía esperar que todos volvieran a necesitarme.
—Estoy segura de que hay mucha gente nueva por aquí desde que te fuiste. Y ahora parece que hay mucho más interés por los jardines, la jardinería y los espacios exteriores en general. Tengo muy buen presentimiento.
—¿Ah, sí? —dijo, recostándose en la silla.
—Sí. ¿Estás listo para el postre?
—No sé si me cabe —respondió, dándose una palmada en el estómago y riéndose.
—Tonterías, claro que sí. Tienes que compensar lo poco que has comido estos días.
Esas comidas de avión no dan para mucho, y menos para alguien de tu tamaño.
Además, si vas a trabajar en este jardín, sumado al trabajo que ya estás acumulando, vas a necesitar energía.
Siempre puedes decir que no, claro —añadí, dejando en medio de la mesa un plato con pudin de dátil con tofe humeante y natillas, con la cara más inocente del mundo.
Jack alzó la vista, con la comisura de la boca levantándose.
—Claro —dijo—. Siempre podría decir que no. —Y cogió la cuchara.
A la mañana siguiente salí al jardín, todavía medio dormida, con las manos alrededor de una taza de infusión y los pies dentro de unas feas, pero prácticas, zapatillas de goma.
Lo bueno de vivir sola es que no tienes que preocuparte por ir hecha un pincel, ni siquiera por ir mínimamente presentable.
Doblé la esquina y me estampé de lleno contra un Jack que venía de frente a toda velocidad.
Él se apartó aún más deprisa hacia atrás mientras se quitaba la camiseta, empapada del té caliente que acababa de derramarle por encima.
Ah, cierto. Ahora no vivía sola, y ahí estaba yo, con un pelo de recién levantada digno de película de terror, un batín que ya había visto días mejores, las piernas pidiendo una depilación a gritos y zapatillas de goma.
Justo enfrente, un Adonis tostado y medio desnudo.
Me quedé mirándolo un segundo. A primera hora nunca he sido experta en conversación, pero aquel día el nivel de dificultad era aún mayor.
—¡Ponte algo de ropa! —solté de golpe.
Jack seguía dándose golpes en el pecho con la camiseta.
—¡Tenía ropa puesta hasta que me has tirado agua hirviendo encima!
—No ha sido a propósito, y solo la pongo a noventa grados para la infusión.
Me lanzó una mirada que dejaba claro que ninguna de esas aclaraciones ayudaba demasiado en ese instante y se fue hacia la casa. Volvió unos minutos después con una camiseta limpia.
—Lo siento —dije—. Me has dado un susto. No esperaba ver a nadie por aquí a estas horas.
—No pasa nada. Tú me has hecho una quemadura de tercer grado, así que estamos en paz.
Le hice una mueca y él dejó escapar la sombra de una sonrisa.
—¿Estás bien? —Hice un gesto vago hacia la zona del pecho, intentando no mirarle precisamente el pecho, aunque estaba bastante segura de que la imagen se me había grabado a fuego en la retina.
—Sí. Bien. Ha sido tanto culpa mía como tuya. No esperaba verte por aquí tan pronto y no estaba mirando por dónde iba.
—¿Y qué haces por aquí, entonces?
Bajó la vista y sonrió.
—Ven conmigo —dijo.
—Eso se lo dirás a todas.
Se echó a reír.
—Últimamente no. Anda, ven.
Justo al girar la esquina había un montón enorme de ramas y verde que ya empezaba a ser marrón.
Detrás, una parte diminuta de mi jardín había dejado de parecer un desastre fuera de control.
Me vi de golpe transportada a la primera vez que vine a ver la casa, cuando me enamoré del edificio, del jardín y de la tranquilidad que prometía.
Una oleada de emoción me sacudió y me giré, de espaldas a Jack, para que no viera las lágrimas que me estaban subiendo a los ojos.
—¿He hecho algo mal? —preguntó, con voz dolida.
—¡No! Ay, no, por favor, para nada. Está increíble. Gracias.
—Entonces ¿por qué lloras?
—¡No lloro! —repuse con una voz que sonaba exactamente a la de alguien que estaba llorando.
Noté que Jack se acercaba. Se inclinó, con la mejilla casi rozando la mía mientras se asomaba por encima de mi hombro.
—Mentirosa.
Se me escapó una risa pequeña que alivió la tensión entre ambos.
Jack se irguió de nuevo.
—¿Segura de que estás bien?
Asentí.
—Sí. Y gracias por esto. Creo que pensaba que aquí ya no había nada que hacer, pero me has demostrado que quizá todavía queda algo que se puede salvar.
—Me gusta pensar que siempre queda algo que salvar, incluso cuando parece que no hay esperanza.
Me giré hacia él, olvidándome por un momento de mi pelo, mi batín y todo lo demás.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con el verdadero Jack Coulsdon-Hart?
Jack soltó otra carcajada.
—Te dejé muy mala impresión, por lo que veo.
—Mientras no vuelvas a darme palmaditas en la cabeza, estoy dispuesta a darte el beneficio de la duda.
—Yaaa… —alargó la palabra—. No manejé aquello demasiado bien, ¿verdad?
—¡Oh, Dios mío! ¡Sabía que te acordabas!
Sonrió.
—Claro que me acuerdo, para mi desgracia. Pero no pensé que te hiciera gracia que lo sacara delante de Félix y Poppy el otro día.
—No, no me habría hecho ninguna gracia, así que gracias por eso, al menos. —Me volví hacia la casa—. Aún no me creo que me dieras palmaditas en la cabeza.
Él volvió a reír.
—Ni yo. Normalmente solía ser bastante más elegante. Me pillaste fuera de juego.
Solté un bufido poco glamuroso.
—Ya sabía yo que acabaría siendo culpa mía.