Solo se vive una vez Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Otra vez con el tacto. —Me reí—. Pero tienes razón.

Sé que Félix se mete mucho conmigo por ello, pero me gusta esa sensación de salvaje y libre que me da el jardín tal como está ahora.

Aunque también sé que, idealmente, sería mejor si fuera una especie de naturaleza controlada, en lugar del «todo vale» vegetal que es ahora mismo.

Intenté cuidarlo, de verdad. Ya sé que no lo parece, pero literalmente no tenía ni idea de lo que hacía.

Estoy segura de que Poppy ya te ha contado lo de la planta tan cara que arranqué pensando que estaba muerta.

—Ha salido en la conversación una o dos veces.

—Bueno, a partir de ahí perdí la confianza y todo fue literalmente creciendo desde entonces.

—Vale, pero todo tiene arreglo. Si tienes tiempo, ¿vemos ahora el jardín juntos?

Acepté.

—Cuando quieras, nos vemos fuera y así valoramos la situación.

Vacilé.

—¿Qué pasa?

—Es que creo que vas a tener mucho más trabajo del que imaginas y más pronto de lo que crees.

Cuando empecé a buscar diseñador y ayuda, no fue nada fácil encontrar un paisajista decente por aquí.

El mero hecho de que tus clientes de hace diez años estén deseando que vuelvas dice mucho.

Solo me cuesta imaginar que te apetezca volver de un trabajo para ponerte con otro.

—Esto no sería un trabajo. Sería algo que haría en mi tiempo libre.

Por gusto. —Se encogió de hombros y traté de no fijarme en cómo se le marcaban los músculos bajo la camiseta blanca.

Me di una bofetada mental. Ya no era una adolescente y, desde luego, no pensaba volver a suspirar por Jack Coulsdon-Hart.

—Solo si estás seguro, pero por favor, no sientas que estás obligado a nada mientras estés aquí. Y, por supuesto, lo que hagas te lo pagaré a tarifa completa.

—No, no lo harás.

—¿Perdona?

—Me has oído.

—Sí que te he oído, por eso mismo he dicho «perdona».

—Sabes que no tiene sentido, ¿verdad?

—Claro que sí. Significa «no digas tonterías, por supuesto que te voy a pagar».

—Perfecto. —Abrió las manos, rotó los hombros y ladeó la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, soltando los músculos tras el viaje—. Por cierto, tu alquiler está en un sobre junto a la panera.

Alcé la cabeza para mirarlo. Sus ojos verdes me devolvieron la mirada, desafiantes y tranquilos.

—Le dije a Félix que te informara de que no iba a aceptar alquiler, que esto era un favor a un amigo.

—No sabía que tú y yo también éramos amigos. Es agradable saberlo. Pero en cualquier caso, sigo sin aceptar dinero por el trabajo que haga en el jardín.

—Entonces quizá no te deje hacer ningún trabajo en mi jardín —contesté, estirándome hasta mi imponente metro cincuenta y ocho de altura, unos treinta centímetros menos que él.

Sonrió de oreja a oreja, los dientes perfectos destacando contra el bronceado, aparentemente divertido, y supe sin duda que aquello de que solo tenía lado bueno era una majadería.

Diez minutos más tarde, estaba paseando por mi jardín con Jack. Al cabo de unos minutos, se detuvo y yo di unos pasos más antes de darme cuenta de que ya no caminaba a mi lado.

—¿Hay algún problema? —pregunté.

—Tú.

El comentario sonó innecesariamente directo y crucé los brazos sobre el pecho.

—Iba a decir «antes de que te pongas a la defensiva», pero visto cómo estás plantada, llego tarde.

—No estoy a la defensiva. No he dicho nada. Todavía.

Parecía contener la sonrisa.

—No hace falta que digas nada. Como te digo, la forma en que estás ahí plantada y cómo me miras lo dice todo.

Solté un resoplido de desacuerdo.

—Tal vez debería haber sido más claro. Cuando he dicho «tú», quería decir que, si vamos a hacer esto, tienes que dejar de disculparte cada dos segundos por cómo está el jardín.

Es evidente que aquí hay algo precioso y también es evidente cómo se puede descontrolar.

Es una parcela grande. Es mucho trabajo para una sola persona, sobre todo si no tiene ayuda.

—No es que estuviera en contra de tener ayuda, exactamente.

Pensé que podría con ello, que me vendría bien como distracción y algo de ejercicio, aire fresco…

todo eso. Pero se me fue de las manos antes de lo que creía y luego me daba pánico tener que explicar lo que quería a un completo desconocido, cuando yo misma no tenía claro qué quería…

—Dejé la frase en el aire y la rematé con un encogimiento de hombros.

Jack asintió.

—Lo entiendo. Pero no hay nada de lo que avergonzarse aquí.

Mi cara debía decir lo contrario.

—De verdad que no —insistió—. Además, los jardines siempre están cambiando y evolucionando. El jardín que había cuando compraste la casa podría ser precioso, pero tú tienes planes para ir más allá y hacerlo aún más bonito. ¿Esto estaba ya cuando llegaste?

Habíamos llegado al prado de flores silvestres, que empezaba a dar los primeros indicios de vida.

—No. Es mi único intento de hacer algo con los terrenos. Con el nombre de la casa y todo eso, pensé que debía tener un prado. Pero ahí tuve ayuda de la familia.

Jack volvió la vista del prado a mí, apoyando la espalda en la verja y el talón de un pie en el travesaño más bajo.

—¿Por qué crees que tener ayuda es algo malo?

—No es que lo crea. No sé. Es difícil de explicar.

—Quieres demostrarle a la gente que eres capaz de hacer las cosas por ti misma.

—Supongo. Sé que la gente quiere ayudar, pero después de…

—Tardé un segundo en encontrar las palabras—, de todo lo que pasó, solo quería hacer las cosas sola.

Hacer cualquier cosa con alguien que no fuera Mike me resultaba mal, de algún modo.

Y como ya no podía hacer nada con él, decidí que tenía que hacerlo todo yo.

—Eché una mirada al jardín desbordado—. Creo que quizá me equivoqué.

Jack aspiró hondo y miró por encima de mi hombro a la casa.

—Lily, no voy a fingir que sé por lo que has pasado y me preocupa que te hayan presionado para dejarme quedarme aquí.

Si quieres que me vaya, me iré sin rencor.

Pero si quieres que me quede, te ayudaré a convertir este espacio increíble en lo que tú quieras.

Solo cuando estés lista para que alguien te ayude, eso sí.

Mientras tanto, puedo recortar lo peor para que al menos tengas caminos por los que pasear, pensar y disfrutar del sitio con más facilidad.

Lo último que quiero es obligarte a nada o hacerte sentir incómoda.

Como en todo, tienes que estar preparada para este cambio.

Lo observé un momento. Tranquilo, relajado, a gusto consigo mismo.

Hacía años que no lo veía, desde el funeral de mamá, y apenas crucé palabra con él, salvo para darle las gracias por venir.

El tiempo fuera no solo había mejorado su aspecto, también le había añadido una capa de algo más.

Una lucidez que antes no estaba. El resentimiento que siempre había llevado a cuestas por las expectativas familiares parecía haberse reducido mucho, si no desaparecido del todo.

Evidentemente, las cosas no eran precisamente idílicas en la mansión Coulsdon-Hart, a juzgar por el hecho de que hubiera pedido a mi hermano que lo recogiera en el aeropuerto y de que se alojara conmigo en vez de en alguna de las muchas habitaciones de la casa familiar.

Pero claramente había encontrado una forma mejor de manejarlo y me alegraba por él.

Eché otra mirada al jardín y respiré hondo.

—Estoy preparada —declaré.