Capítulo 4
A la mañana siguiente, asomé la cabeza por la puerta del dormitorio, con cautela, escuchando. Como no oí ningún ruido, me calcé unas pantuflas peludas y bajé a la cocina.
—¡Hostia!
Jack, con una camiseta lo bastante ajustada como para marcar un cuerpo muy trabajado, pero no tanto como para parecer que debía estar en una boy band , unos vaqueros muy usados y los pies descalzos, levantó la vista desde el taburete de mi isla de cocina, con el periódico abierto delante.
—Buenos días para ti también. —Me dedicó una sonrisa que me imaginaba que muchas mujeres habían visto a primera hora, después de haberse dejado seducir por ella la noche anterior. Me blindé contra ese hilo de pensamiento y me até la bata con más fuerza.
—Lo siento, estaba todo tan silencioso que no pensé que hubiera nadie abajo.
—Me alegra saber que soy un huésped silencioso.
Alcé una ceja.
—Que tus ronquidos no hicieran temblar los cristales anoche y seas capaz de leer el periódico en silencio no significa que ya tengas el oro al mejor huésped, que conste.
Volvió a esbozar aquella sonrisa. Ojalá dejara de hacer eso.
—Siempre viene bien tener algo a lo que aspirar. —Cerró el periódico y se bajó del taburete—. ¿Te preparo algo de beber?
—No, pero gracias. —Fui hasta el armario de la vajilla, saqué un cuenco y me dirigí a la nevera a por el yogur—. ¿Has desayunado ya? Aparte del café. —Hice un gesto hacia la taza vacía.
—Sí, he encontrado muesli en el armario. Espero que no te importe.
—En absoluto. Ya te dije que, si está aquí, lo uses. Pero ¿seguro que con eso te basta? Puedo hacerte algo si quieres.
—Ni hablar. —Se echó a reír—. Ya sé que te han reclutado a la fuerza para alojarme, así que no pienso permitir que encima me prepares el desayuno.
Eché un buen chorro de miel dorada en el centro de mi montaña de yogur griego y cogí una cucharilla del cajón.
—Podemos aceptar de una vez que, sea como sea que haya pasado, ya estás aquí y punto, ¿no?
Él asintió.
—De acuerdo.
Llevé mi desayuno hasta la isla y me subí al taburete, intentando a toda costa no enseñarle el muslo al hacerlo, y coloqué el cuenco delante de mí.
—¿Tienes planes para hoy?
—Sí. Tengo tres citas con antiguos clientes que quieren volver a contratarme y otras dos más adelante en la semana. Entre medias, necesito actualizar la web por completo y estaba pensando en diseñar un folleto para repartir por la zona a ver si consigo atraer más trabajo.
—Parece que lo solucionaste a toda velocidad.
Quizá te convenga pasarte a ver a Marge en la tienda del pueblo.
Seguro que, cuando tengas los folletos, te cuelga uno, y mientras tanto, estoy casi segura de que hay algún grupo de Facebook del pueblo o algo parecido.
Como habrás deducido, no soy miembro, pero Marge lo será fijo y no creo que le importe poner algo sobre tu negocio de diseño de jardines y los servicios que ofreces.
—Me vendría genial, Lily, gracias. Haré todo eso.
—Y, obviamente, Félix y Poppy estarán preparando el terreno por todas partes por ti. Seguro que, en nada, tendrás más trabajo del que puedas abarcar.
—Eso esperamos, ¿no? Así al menos dejaría de estorbarte por aquí.
Alcé la cabeza del yogur de golpe, dejando caer una cucharada de vuelta al cuenco.
—No lo decía por eso.
—Ya lo sé. Solo era un comentario. —Encogió un hombro.
Por lo visto, estaba clarísimo para todo el mundo que a mí me habían pasado por encima con una apisonadora para que le cediera alojamiento a Jack en su regreso a Inglaterra, pero empezaba a preguntarme si no habría sido él también arrollado en el proceso.
Quizá habría preferido de verdad la soledad de una habitación de hotel mientras reconstruía su vida al otro lado del mundo.
—¿Has visto ya a tus padres?
—No. —Soltó un suspiro largo y preocupado—. Me preguntaba cuánto podría retrasarlo.
Le dediqué una sonrisa comprensiva.
—Supongo que vuestra relación no ha mejorado precisamente con los años, ¿no?
—No exactamente —contestó—. No están de acuerdo con nada de lo que he hecho desde que tenía unos quince años.
Lo de casarme en Nueva Zelanda no les hizo ninguna gracia, así que cuando la cosa se fue al traste, solo vieron confirmadas las malas decisiones que, según ellos, he tomado en mi vida.
Para ellos, si me hubiera casado con alguna de las lady-esto o lady-aquello con las que insistían en presentarme, no estaría en el lío en el que estoy ahora.
Puse cara de disgusto.
—No estás en ningún lío. La vida se dedica a fastidiar nuestros planes cuidadosamente trazados.
A veces no es culpa de nadie, y tanto si les gustaron tus decisiones como si no, a la larga el resultado es que tú las tomaste y ahora estás tomando otras nuevas.
Estoy segura de que solo quieren lo mejor para ti —añadí, porque me pareció lo diplomático.
Jack soltó una carcajada fría, sin pizca de humor.
—Quieren lo mejor para el nombre Coulsdon-Hart, para el legado. Y, por supuesto, encima vuelvo sin heredero que amortigüe el golpe, lo cual no ayuda nada a la paz familiar.
—Todavía hay tiempo y, además, ahí está tu hermano pequeño.
—No sé si tendré hijos. De momento me quedo con la parte divertida: jugar con Ruby y Freddy y devolvérselos a sus padres cuando se ponen insoportables.
—Sí, es un buen trato.
Sabía a lo que se refería. Mike y yo no habíamos tomado una decisión sobre los niños y pensábamos que teníamos unos años para ver cómo iban las cosas. Éramos felices los dos solos y, por culpa del accidente, la vida decidió por nosotros.
—A Ed le apetece mucho ser padre, pero aún no ha encontrado a la mujer adecuada, por lo visto.
A mis padres les habría gustado tenerlo todo claro y asentado ya, y está claro que yo les he salido rana, pero Edward vendrá al rescate, seguro.
Tiene una habilidad innata para que todo le salga bien.
—Lo dijo con resignación más que con rencor.
Félix me había contado que Jack y su hermano eran muy cercanos a pesar de la distancia y sabía que había ido a visitarlo.
Me alegraba que, al menos, un miembro de su familia estuviera en su bando.
—Lo siento, no debería haber preguntado por tu familia.
—Creo que esa frase clásica, «no estamos enfadados, solo decepcionados», se ajusta bastante a la situación.
—Esa siempre funciona.
Jack esbozó una media sonrisa que, esta vez, sí llegó a los ojos.
—Siento mucho lo de tus padres —dijo—. Eran personas maravillosas.
—Gracias. Hay días en los que parece que fue hace mucho tiempo y otros, como si hubiera sido ayer. Fue un shock que se fueran con tan poca diferencia, pero supongo que nunca es un buen momento, ¿no? Siempre quieres más tiempo con alguien.
—Desde luego.
—Gracias por venir a sus funerales. No lo esperábamos. No es que te pillara muy a mano.
—Siempre fueron muy especiales para mí. Ni se me pasó por la cabeza no ir a despedirme. Su familia ya había pasado por demasiado.
Le dediqué una sonrisa y miré la foto de mamá, papá, Félix y mía que Mike había hecho y había mandado enmarcar unos meses antes de morir. Un par de años después, mamá y papá también se habrían ido.
—Creo que pasé gran parte de mi juventud en tu casa. Estaba tan a gusto allí y, si esos palitos de queso de anoche son una muestra, está claro que has heredado el talento de tu madre para la repostería.
Me levanté del taburete.
—Los cumplidos no te van a servir de nada —dije con una risa, antes de darme cuenta de que me había despistado y mi batín de seda se había abierto lo justo para regalarle a Jack una breve panorámica de tobillo a muslo.
Lo volví a cerrar a toda prisa. Por suerte, no pareció haberse dado cuenta.
Llevé los restos de mi desayuno al lavavajillas y me giré hacia Jack, esta vez con una mano bien aferrada al cinturón del batín—.
Estoy segura de que mis padres habrían intentado adoptarte si hubieran creído que los tuyos lo permitirían.
Mamá siempre estaba diciendo lo encantadores que eran tus modales.
Está claro que solo te vio el lado bueno.
—Solo tengo lado bueno —replicó con una sonrisa maliciosa que contradecía al instante lo que acababa de decir.
—Te conozco de hace años. A mí no me vengas con esas.
—La gente cambia.
Eso era difícil de discutir. La gente cambia. Pero con la cara y el cuerpo de Jack Coulsdon-Hart, me costaba creer que solo tuviera lado bueno ahora. Y, en el fondo, pensaba que si fuera verdad, era casi un delito.
—¿A qué hora es tu primera cita?
—Hasta las diez y media no—contestó. En algunas palabras se le escapaba un ligerísimo acento neozelandés, otra cosa que, seguramente, no les haría ninguna gracia a sus padres.
A mí me gustaba, le pegaba—. Si tienes un rato, podrías enseñarme el jardín y, cuando no esté trabajando, quizá pueda ayudarte a hacerlo un poco más manejable.
No pude evitar sonreír.
—Veo que en tus viajes has aprendido algo de tacto.
—Siempre he sido muy diplomático.
No estuve de acuerdo, pero la única forma de discutirlo era sacar a colación la noche de mi humillación adolescente, así que me mordí la lengua.
—Sé que el jardín está un poco desmadrado y que debería haber llamado a alguien hace tiempo, pero… —dudé—. No me apetecía lidiar con ello. Y cuanto más lo dejaba, más difícil se hacía, y ahora me da vergüenza que venga alguien.
—¿Por qué te da vergüenza? —preguntó Jack.
—Supongo que ya habrás asomado la cabeza por la puerta y habrás visto la jungla que hay ahí fuera. Era precioso cuando me mudé.
—Sigue siendo precioso —dijo, mirando por la ventana—. Solo que de una manera distinta a como probablemente era.