Capítulo 3 #2
Para cuando Félix llegó con Jack un par de días más tarde, yo había limpiado la casa de arriba abajo, había encargado una compra grande para rellenar la despensa y la nevera y había preparado una lasaña enorme con su ensalada correspondiente, por si Jack quería cenar algo después del viaje.
Después de verlo en aquella habitación de hotel tan insulsa y de escuchar el comentario de Félix sobre la cantidad de tiempo que había pasado en sitios así, me esmeré al preparar el cuarto que había reservado para él, procurando que resultara lo más acogedor posible.
Puse una jarra de cristal con agua en la mesilla, unas flores tempranas que había cortado de la jungla de mi jardín en un jarrón sobre la cómoda y una selección de artículos de aseo de lujo en el baño en suite.
No tenía ni idea de cómo se llamaba ninguna de las flores, ni siquiera de si alguna era venenosa.
Pero mientras no se le ocurriera comérselas, no debería haber problema.
Si miré el reloj una vez aquel día, lo miré cien. Tenía el estómago hecho un nudo y no me concentraba ni en escribir ni en ninguna otra tarea. Malditos Félix y Poppy. Sabía que era una idea pésima.
Esa noche, cuando Jack Coulsdon-Hart cruzó el umbral detrás de mi hermano, me bastó una mirada a su cara exhausta para ver que llevaba escrita una historia entera, una historia que yo no conocía y quizá no llegaría a conocer nunca.
Lo que sí vi fue que ahora mismo necesitaba algo más que otra habitación de hotel sin alma.
Félix dejó en el suelo un par de las bolsas que llevaba y se inclinó para darme un beso en la mejilla, susurrando un «gracias» al oído. Detrás de él, la mole que era Jack llenaba prácticamente la puerta, dudando en entrar.
—¡Pasad, pasad! —Intenté tapar mis propios nervios e inseguridades con una sonrisa y un tono alegre.
Jack dejó la maleta en el suelo en cuanto cerré la puerta y, al girarme, nuestras miradas se cruzaron al instante y supe que me había calado por completo.
Me esforcé en mantener la sonrisa. «Finge hasta conseguirlo», me dije, o algo por el estilo.
—¿Qué tal el vuelo?
—Bien, gracias. Bastante largo.
—Desde luego. ¿Has comido algo? —pregunté mientras los guiaba hacia la cocina.
—He picado algo en el avión, pero vamos, da igual, no tengo mucha hambre. Tengo el reloj biológico completamente desajustado ahora mismo.
—Está bien —dije—. He hecho una lasaña, pero la podemos dejar para mañana si te parece. ¡Ah! Tenía que haber preguntado antes si eras vegetariano o algo.
—No —contestó, riéndose—. Me temo que sigo siendo carnívoro, para disgusto de mi exmujer.
Esperé un instante, por si planeaba añadir algo, pero aquello parecía ser toda la frase.
—No tenías que cocinarme nada —añadió.
—No pasa nada. Pero no te acostumbres. —Solté una risita—.
Esto es algo excepcional. El resto del tiempo, te las apañas tú, aunque eres libre de usar la cocina.
Mañana por la mañana llega la compra, así que estará todo repuesto, pero si hay algo concreto que quieras que pida, solo tienes que decírmelo.
Cambió el peso de un pie a otro, con un gesto momentáneo de incomodidad.
—De verdad que no quería darte tanto trabajo. Te prometo que será por poco tiempo. Ya estoy buscando sitios de alquiler.
—Lo sé. Pero no es razón para que estés incómodo ahora, y tampoco es tanto trabajo. Sé que harías lo mismo por Félix si estuviera en tu situación.
Félix asentía con la espalda vuelta hacia nosotros porque acababa de descubrir los palitos de queso que había horneado esa tarde. Cogió un par y se los ofreció a Jack.
—Toma, prueba, están de muerte.
—¡Félix!
—¿Qué? —preguntó con la boca llena, esparciendo migas en el proceso.
Jack había dejado el palito a medio camino de la boca. Puse los ojos en blanco.
—Da igual. —Miré a Jack y señalé el hojaldre—. Ya que te lo ha dado, cómetelo.
Los dos desaparecieron en cuestión de segundos y Jack emitió un gruñido de aprobación.
—Están buenísimos.
—Ya —dijo Félix—. Menos mal que tu curro es movidito, colega. Vivir con Lily y su cocina podría hacerte engordar una barbaridad.
—No vive conmigo —lo corregí, sintiéndome de pronto incómoda y necesitada de aclarar el punto, aunque no tenía claro para quién exactamente.
Esta vez fue Félix quien puso los ojos en blanco.
—Ya me entiendes —protestó, alargando la mano hacia la lata donde guardaba el resto de mis galletas. La aparté y le puse la tapa. Mi hermano soltó un suspiro de mártir.
—Bueno, ¿necesitas algo más, Jack? Me voy yendo.
—No, gracias, Félix. Te agradezco muchísimo todo. Y a ti también, claro, Lily. —Nos sonrió a los dos.
—Tampoco he hecho gran cosa —bromeé—. Igual en una semana estás arrepentido de todo esto.
La sonrisa de Jack subió de intensidad. Se la había visto un momento al otro lado de la pantalla, en la llamada de Skype, pero había olvidado el impacto que podía tener en persona.
—Lo dudo mucho.
Me giré, jugueteando con un paño de cocina.
—Ya veremos.
Nos despedimos de Félix, con abrazo incluido, y le mandamos recuerdos para Poppy y los niños. Cerré la puerta corredera detrás de mi hermano y, al volverme, encontré a Jack de pie en mitad de mi cocina, un poco cohibido. Era una cocina grande, pero su presencia la llenaba igual.
—¿Seguro que no quieres nada de beber?
—Seguro, gracias. Félix y yo hemos tomado un café de camino desde el aeropuerto.
—Vale. Lo mejor será que te enseñe tu habitación para que te puedas acomodar. Arriba tienes agua en la mesilla por si quieres. ¿Llevo algo?
Jack se cargó la última bolsa al hombro y levantó la maleta.
—No, lo tengo, gracias.
Le guié fuera de la cocina y subimos las escaleras, él detrás.
Normalmente no soy de llevar vaqueros, pero hoy me había puesto unos, con una camiseta sencilla de mangas con volantes.
Suelo ir de vestido la mayor parte del tiempo, pero me había pasado media tarde dándole vueltas a qué ponerme.
Me obsesioné con que Jack pensaría que me había arreglado para él si me ponía un vestido, y esa era justo la impresión que no quería dar.
Así que opté por lo informal. Ahora estaba convencida de que había sido un error, porque subir delante de él por las escaleras significaba que mi culo le quedaba justo a la altura de la mirada.
No es que fuera un mal culo, pero no estaba acostumbrada a tenerlo tan a la vista, embutido en unos vaqueros ajustados.
Tendría que haberme puesto el vestido y no darle tantas vueltas. En fin.
Por suerte, llegamos al rellano y abrí la puerta del dormitorio de invitados que había elegido para Jack.
—Este es tu cuarto. Espero que te guste.
Jack entró, dejó el equipaje con cuidado en el suelo y fue echando un vistazo.
—¿Que si me gusta? —se rio—. Es precioso. No tendrías que haberte molestado tanto.
—No ha sido molestia. —De pronto me invadió una necesidad absurda de dejar claro que no recibía un trato especial—. No he hecho nada que no haría por cualquier invitado.
Sus ojos verdes, casi hipnóticos, se posaron en mí.
—Por lo que me cuentan, no eres precisamente fan del tema invitados, salvo si son de la familia.
Hice un gesto vago con la mano.
—No te creas ni la mitad de lo que te dice mi hermano. Ya sabes cómo es.
—Lo sé, pero también creo que los dos sabemos que en eso tiene razón. Y, además, está lo de que eres famosa como la escritora romántica ermitaña.
Me giré hacia la ventana, desde donde veía las vacas en un campo dos fincas más allá.
—Con la familia de la que vienes, deberías saber que no hay que creer todo lo que se lee en la prensa.
Sonrió cuando volví a mirarlo.
— Touché .
—En fin, por aquí está el baño —seguí con la visita—. Tienes geles y eso ahí, y hay más debajo, aquí. —Abrí un momento el armario del lavabo para enseñarle las reservas—. Si necesitas algo más, solo tienes que decírmelo.
—Lily, todo esto está genial, pero no eres un hotel. No tienes por qué hacer tanto.
—Como dije, quiero que estés cómodo. Y, hablando de eso, tienes cara de estar muy cansado, así que te dejo descansar. Si mañana por la mañana no estoy, sírvete lo que quieras de la nevera y los armarios para el desayuno.
Los dos sabíamos que lo de que yo estuviera fuera pasaba de higos a brevas, pero mantuve la ficción y Jack la siguió.
—Gracias, Lily. De verdad agradezco mucho que te tomes tantas molestias. Sé que no fue exactamente idea tuya.
—Bueno, eso ahora da igual, ¿no crees? Ya estás aquí y quiero que estés a gusto.
Además, Félix nunca me perdonaría que fuera borde contigo y, teniendo en cuenta que es de los pocos seres humanos con los que trato, me conviene tenerlo contento.
—Sonreí, medio en broma, medio en serio—. Buenas noches, Jack.
—Buenas noches, Lily.
Dicho esto, cerré la puerta y bajé a echar el cerrojo, dispuesta a darme un baño caliente y leer un rato. Cuando regresé al piso de arriba al poco tiempo, no se veía luz bajo la puerta de Jack y la casa estaba en silencio.