Capítulo 2 #2
Jack solía estar mucho en casa. Félix, leal como era, no hablaba demasiado de la vida familiar de Jack.
Creo que ni siquiera él conocía del todo la situación, pero resultaba difícil no darse cuenta de que Jack procuraba pasar el mínimo tiempo posible en su propia casa.
Se hicieron amigos al vivir en el mismo pueblito, pero cimentaron la amistad en la universidad.
Félix era listo y se esforzó mucho para entrar en Cambridge.
Jack también era listo, pero además, aunque nadie lo dijera en voz alta, contaba con la ventaja de haber ido a Eton y ser hijo de un conde.
Nunca hablaba de ello y la mayor parte del tiempo se nos olvidaba.
Hasta que aparecía un chófer en la puerta y, muy correctamente uniformado, anunciaba que su madre quería que regresara a casa.
Cada vez que eso ocurría, Jack parecía desear que la tierra se lo tragara.
A veces lo veía echar un vistazo por la ventana cuando venía a pasar el rato con Félix (no es que yo lo mirara mucho, por supuesto).
Cuando me sorprendía mirando, sonreía apenas con una expresión relajada.
Podría ser más pequeña, pero tonta no era.
Verlo ahora en la pantalla reavivó esos recuerdos.
La noche de la fiesta de verano del pueblo siempre era una velada estupenda.
Si no hubiera sido por la vergüenza que pasé, probablemente sería otro recuerdo adolescente más, perdido en algún rincón de la memoria.
Pero aquella noche, envalentonada por mis amigas y una cantidad claramente excesiva de piñas coladas, me acerqué a Jack con lo que yo consideraba una actitud sexy y coqueta.
Viéndolo con perspectiva, y también por la expresión de su cara, no fue ni lo uno ni lo otro.
El tiempo y el alcohol han borrado las palabras exactas, pero, madre mía, estoy segura de que fue alguna estupidez del estilo de lo bien que debía de venir ser tan alto para alcanzar cosas en los anaqueles de arriba.
Dios. Todavía me muero de vergüenza al pensarlo.
Él asintió y dijo que sí, que a veces venía bien.
Luego, convencida de que estaba en racha, me lancé a decirle lo guapo que me parecía, adoptando lo que yo asumía que era una postura sexy.
De nuevo, probablemente no. De hecho, seguro que no, si tenemos en cuenta que la respuesta de Jack Coulsdon-Hart fue darme unas palmaditas en la cabeza.
Sí. Me dio unas palmaditas en la cabeza, dio las gracias y se esfumó entre la gente como un espectro.
Mis amigas, que habían visto la catástrofe desarrollarse de principio a fin, acudieron a rescatarme mientras yo emprendía una retirada titubeante hacia una esquina del campo.
—Ni siquiera he merecido un «no puedo, eres la hermana de mi mejor amigo» —sollozaba, apurando más cócteles—.
¡Solo me ha dado unas palmaditas en la cabeza como a un perrito!
—Media hora después, lo vimos salir de la fiesta con la chica más guapa del pueblo.
Echó una mirada en nuestra dirección y siguió caminando, fuera de mi vida.
La noche lamentable culminó con varias horas abrazada a la taza del váter, alternando entre náuseas y llantos.
Desde entonces, me había esforzado mucho por evitar a Jack, y la estrategia había funcionado de maravilla.
Hubo, claro, breves encuentros en los bautizos de los niños, porque los dos éramos padrinos, pero procurábamos pasar el mínimo tiempo posible juntos.
Yo iba a la iglesia, hacía lo que me tocaba y poco más; sin Mike, no podía afrontar nada más.
Por suerte, Félix y Poppy lo entendieron.
O al menos lo intentaron, y siempre se lo agradecería.
Jack también se presentó en los funerales de mis padres, pese a vivir en el extranjero.
Por lo visto, también vino al de Mike, lo cual me pareció un gesto amable, aunque apenas tengo recuerdos de aquel día concreto gracias a una combinación de shock, dolor y Valium.
Había desterrado de mi mente el ramalazo de lujuria que sentí por Jack en aquella fiesta.
Hasta ahora, claro. Pero aquello quedó muy atrás.
Dudo que él siquiera lo recuerde y yo soy una mujer adulta y una novelista de éxito.
Jack Coulsdon-Hart ya no tiene ningún poder sobre mí, pensé, mientras la cara grande y guapísima ocupaba la pantalla de mi tele inteligente.
Pero ¿de verdad tenía que seguir siendo tan increíblemente atractivo?
A veces la vida era francamente injusta.
—¡Eh! —Jack levantó una mano con gesto un poco incómodo ante la decisión de Félix de plantarlo de golpe en mi salón en versión gigante.
Por un momento, me dio la impresión de que estaba tan incómodo como yo, pero el instante pasó y supuse que me lo había imaginado. Poppy rebotó en el sofá junto a su marido y le saludó con la mano, encantada. La sonrisa de Jack era cálida y auténtica.
—¿No hay niños esta noche o ya se han ido a la cama?
—Están con los abuelos —informó Félix—, así que estamos en casa de Lils, atiborrándonos de comida para llevar y viendo pelis horribles.
—Tú ves pelis horribles —corrigió Poppy—. Lily y yo estamos manteniendo conversaciones profundas y llenas de significado.
—Y un cuerno —bufó Félix—. No creas que no he oído ese comentario sobre lo arrogante que te parece ofrecer un apretón de manos en Bake Off como si fuera un premio.
Poppy se irguió.
—Bueno, sé que estás de acuerdo.
—Lo estoy, pero esa no es la cuestión.
—Hola, Lily —intervino Jack, poniendo fin al pequeño rifirrafe marital mientras levantaba la mano y sus llamativos ojos verdes parecían atravesar la pantalla.
—Hola. —Le dediqué una sonrisa pequeña—.
Voy a poner la tetera, ¿vale? —dije, levantándome y saliendo de la habitación antes de que nadie pudiera contestar.
La única compañía a la que estaba acostumbrada, física o virtual, era mi familia.
Ahora tenía a Jack Coulsdon-Hart metido en el salón vía satélite y resultaba raro.
Y no solo por eso: en lo más hondo del estómago noté un ligero chispazo de algo que creía muerto desde hacía mucho tiempo.
Descarté la sensación como un efecto secundario de haberme pasado con la comida india y me entretuve en la cocina todo lo que pude hasta que Poppy apareció.
—Vengo de avanzadilla. ¿Piensas volver?
—Sí, perdona. Me he liado —mentí—. Aquí está el té. ¿Félix ha terminado?
—No, siguen charlando.
El estómago se me encogió.
—Ah. Ya.
—Anda, yo llevo la bandeja y tú trae las galletas.
Obedecí y la seguí de vuelta al salón.