Capítulo 2
Después de atiborrarnos de comida para llevar, Félix, Poppy y yo estábamos despatarrados en los sofás del salón mientras mi hermano hacía zapping entre plataformas de streaming intentando encontrar una película que los tres quisiéramos ver.
Poppy y yo ya habíamos vetado varias versiones de un apocalipsis zombi y enésimas encarnaciones de superhéroes.
Saber que había montones de guiones brillantes ahí fuera, marchitándose en pilas de lectura mientras la industria del cine rehacía lo de siempre, era una de las muchas razones por las que había declarado que no pensaba poner tele cuando me mudara.
La cara de horror de mi hermano hizo que rectificara pronto y le diera carta blanca para encargar lo que considerara adecuado para la habitación, después de especificar, claro, que quería un televisor y no una pantalla de cine.
Ahora tenía una tele que, de hecho, usaba más de lo que había previsto, aunque solo fuera por tener compañía, y había encontrado una plataforma que ofrecía en su mayoría documentales, que a menudo me resultaban interesantes y de vez en cuando inspiradores, así que no había sido un desperdicio total.
Y, por supuesto, podía ver cosas divertidas como la saga de Toy Story con los niños.
También había soportado unas cuantas pelis de superhéroes con Freddy, mientras Ruby, con bastante sensatez, solía acurrucarse en mi regazo y quedarse dormida.
Pero incluso esas películas significaban tiempo con la gente a la que quería y eso, lo sabía bien, era lo más importante, porque nunca sabías de cuánto tiempo ibas a disponer.
Mi marido y yo pensábamos que teníamos décadas por delante cuando celebrábamos nuestro tercer aniversario de boda.
Al final, nos quedaban apenas unos minutos.
París estaba tan deslumbrante y romántica como siempre mientras paseábamos junto al Sena aquella noche, avanzando despacio hacia un restaurante del que había leído y que tenía muchas ganas de probar.
El sitio estuvo a la altura de la fama y, tras una cena estupenda y una botella de champán para brindar por nuestro aniversario, nos quedamos en nuestra mesa en la terraza, tomando café y viendo pasar la vida parisina.
Mike había propuesto otro paseo romántico junto a la Torre Eiffel, iluminada de forma preciosa, de camino al hotel de lujo en el que nos alojábamos y, teniendo en cuenta el champán y el café que llevaba encima, me disculpé para ir un momento al baño antes de salir, pasando al lado de nuestra camarera justo cuando llevaba el datáfono hasta la mesa para que Mike pagara.
Me estaba lavando las manos cuando oí el ruido: un estruendo enorme acompañado del estallido de cristales y luego, durante una fracción de segundo, un silencio absoluto, que se sustituyó enseguida por una cacofonía de gritos y chillidos. Más tarde me di cuenta de que uno de esos gritos era el mío.
La autopsia demostró que el conductor del coche que se subió a la acera y siguió de frente hasta empotrarse contra la fachada del restaurante había sufrido un infarto mortal.
Iba por su ruta habitual de vuelta a casa y, treinta segundos más tarde, habría girado por una callejuela lateral y desierta.
Aunque por desgracia habría muerto igual, no se habría llevado por delante a un hombre de negocios italiano, a la camarera que nos atendía y a mi adorado marido.
Ninguno tuvo la menor oportunidad. Según los testigos, todo ocurrió tan deprisa que apenas les dio tiempo a ver el coche antes de que los atropellara.
No recuerdo demasiado de los primeros días.
Hubo una llamada histérica y confusa a Félix que un paramédico francés muy amable, con un inglés excelente, acabó atendiendo por mí para explicarle los hechos tal y como los conocían en ese momento, que no eran muchos, pero sí suficientes.
Más que suficientes. El dato principal, el único dato en el que yo pensaba, quizá de forma algo egoísta, era que Mike, mi marido, se había ido.
Si no hubiera ido al baño, habría estado sentada en esa mesa también, y lo único que deseaba era volver el tiempo atrás y haberme quedado.
Tres años antes, justo ese día, habíamos prometido «hasta que la muerte nos separe».
Pero yo no quería que la muerte nos separara.
Quería irme con él. Quería haber muerto con él.
Tardé mucho en dejar de sentir eso y aún había días en los que esa sensación volvía a encenderse dentro de mí.
Ahora me doy cuenta de lo duro que tuvo que ser para mi hermano escucharme repetir una y otra vez el mismo lamento y me siento fatal por haberlos hecho pasar por eso a él y a Poppy.
No se lo merecían. Pero el resto del mundo quedaba fuera de mi campo de visión en aquel momento.
Solo conocía un vaivén interminable: de una especie de anestesia total a un dolor tan profundo y violento que deseaba volver a la anestesia.
La gente intentaba ayudar, pero yo me sentía como un autómata a su lado.
No era capaz de seguir las conversaciones.
Por terrible que suene, no me interesaba nada.
No me importaba su vida ni sus vacaciones ni sus hijos.
No me importaba mi propia vida y me costaba horrores fingir siquiera un mínimo interés por la suya.
Y cuando algunos amigos bienintencionados intentaron presentarme a un hombre diez meses después de la muerte de Mike, entendí que no podía lidiar con nada de aquello.
Dondequiera que mirara en Londres, en el piso, en las calles, veía un recuerdo de algo que habíamos hecho o algo que habíamos planeado y que ya nunca ocurriría.
No necesitaba recordatorios. Los tenía grabados en el alma y el Londres que una vez había adorado se había vuelto doloroso de contemplar, porque ya no lo contemplaba junto al hombre que lo había sido todo para mí.
Ese fue el día en que decidí marcharme de Londres y el día en que encontré la casa de Meadow Blossom.
Estaba echada en la tumbona, con una manta sobre las piernas, abrazada a una taza de chocolate caliente mientras miraba hacia el comienzo del crepúsculo y la belleza salvaje de mi jardín.
Tendría que contratar a un jardinero, pero la idea me llenaba de pavor.
Cuanto más tiempo llevaba apartada de la vida social, salvo por mi familia más cercana, peor me sentía cada vez que pensaba en tener que relacionarme con alguien.
Como le dije a Félix, sí que bajaba a la tiendecita del pueblo cuando me hacía falta, pero siempre me las apañaba para ir a las seis de la mañana, en cuanto abrían, porque había menos posibilidades de encontrarme con gente a esa hora.
No es que los vecinos fueran desagradables.
Al contrario: siempre tenían una sonrisa y unas pocas palabras amables.
Poppy me contó que, cuando me mudé, hubo bastante chismorreo durante una temporada.
La típica escritora ermitaña, escondida tras unas verjas altas y muros aún más altos.
Incluso para mí, con el miedo y la aversión naturales de una escritora a los tópicos, era evidente que me había convertido en uno.
Pero no había sido a propósito y tampoco es que nunca saliera de casa…
solo que no salía muy a menudo. Eso sí, veía a mi familia aquí constantemente.
Aunque, en este momento, ya no estaba tan segura de que eso fuera algo tan bueno.
Poppy y yo habíamos decidido abandonar las horrendas elecciones de Félix y dejarle a su aire.
Le lancé un par de auriculares inalámbricos y ahora estaba felizmente apoltronado en un sillón enorme y mullido, viendo algo que, por los vistazos que le echaba de vez en cuando, compensaba un argumento débil con océanos de sangre y vísceras.
Poppy y yo seguimos charlando sobre los niños, Bake Off y lo que esperábamos de la próxima temporada de Sewing Bee hasta que el móvil de Félix empezó a sonar.
Envuelto como estaba en la violencia de su pesadilla apocalíptica, no se enteró, así que Poppy se lo tiró, con un lanzamiento perfecto que lo hizo aterrizar sobre su estómago lleno.
Soltó un «uf», detuvo la carnicería y respondió a la videollamada.
—Jack, tío. ¿Cómo estás?
Poppy y yo volvimos a nuestra conversación hasta que mi hermano nos interrumpió:
—Espera. Voy a poner la llamada en la tele. Así podremos verte todos.
Lo miré, horrorizada por un instante.
—Esa tele tiene cámara —susurré—. ¡Él también podrá vernos a nosotros!
Mi hermano me echó una mirada que parecía cuestionar mi intelecto.
—Esa es un poco la gracia de las videollamadas, Lils.
Iba a contestar cuando la imagen de Jack Coulsdon-Hart, en gloriosa alta definición en cuarenta y dos pulgadas, llenó mi salón.
Lo había visto solo un par de veces, muy por encima, en todos estos años, de modo que el recuerdo más nítido que tenía de Jack seguía siendo de una noche de mis últimos años de adolescencia, en una fiesta del pueblo y, aunque recuerdo aquella noche con una mezcla de niebla y vergüenza vívida, él estaba, si acaso, aún más guapo que entonces. Por supuesto.