Solo se vive una vez Capítulo 1
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Solo se vive una vez

Solo se vive una vez

Por Maxine Morrey

© inepub.com

Capítulo 1

—Así que, obviamente, le dije que ningún problema.

—De ninguna manera —dije yo exactamente al mismo tiempo. —¿Eh? —Mi hermano dio un gran trago al café carísimo y horriblemente fuerte que compro para cuando viene de visita y cogió otra galleta del tarro.

—He dicho que de ninguna manera.

—Pero ya se lo he dicho.

—Pues tendrás que desdecirte. —Eché un vistazo por las puertas plegables abiertas que formaban una de las paredes de mi cocina comedor y miré hacia mi sobrino y mi sobrina, que jugaban en el jardín—. Hum. ¿Debería estar haciendo eso?

Mi hermano miró, puso los ojos en blanco y se acercó al umbral.

—¡Freddy! ¿Qué te he dicho sobre colgar a tu hermana boca abajo?

El diente se le caerá cuando toque, no porque tú intentes movérselo.

—Mi sobrino y mi sobrina nos miraron desde sus respectivos ángulos.

Freddy soltó un suspiro enorme al dejar a su hermana en el suelo.

Ella se incorporó, dio un par de tumbos como si saliera de un pub tras una buena noche y salió corriendo hacia el columpio.

—¿Por dónde iba?

—Por desinvitar a tu amigo a mi casa.

—También es amigo tuyo.

Le lancé una mirada a Félix.

—Bueno, al menos lo conoces.

—Conozco a mucha gente, pero eso no significa que vaya a invitarlos a quedarse en mi casa por un tiempo indefinido.

—No es indefinido.

—Vale, entonces —dije, con la mano en la cadera, mientras mi hermano rebuscaba en el fondo de la taza en busca de un trocito de galleta perdido tras un remojo fallido—. ¿Cuánto tiempo se quedaría?

—Solo hasta que vuelva a instalarse por aquí.

—¿Y eso cuánto llevará?

—No lo sé exactamente.

—¿Dirías entonces que, a día de hoy, el tiempo que tardará tu amigo en reactivar un negocio que abandonó hace años es indeterminado?

—Posiblemente.

—Lo que significa que su estancia aquí sería por un periodo no especificado. —Seguro que no sería mucho. Quiero decir, sin ofender, Lils, pero tú no eres precisamente el alma de la fiesta, así que querrá irse y montar su propio sitio cuanto antes.

—Entonces, maravilloso.

—¿Sí?

—Sí. Como bien señalas, mi compañía estaría muy por debajo del nivel de entretenimiento al que Jack Coulsdon-Hart está acostumbrado y, como dices, tendrá prisa por instalarse por su cuenta.

Así que será mejor saltarnos por completo la parte de «puede quedarse aquí» y pasar directamente a cuando compre o alquile algo suyo.

¿Te parece bien? Estupendo. Me alegro de que esté todo resuelto.

¿Has terminado con eso? —Agarré la taza vacía y la metí en el lavavajillas antes de barrer las migas de la encimera con la mano.

Félix miró el reloj y gritó hacia el jardín para que los niños entraran porque era hora de irse a casa.

—Pueden quedarse si quieren.

—¿Ellos sí, pero el pobre Jack sin hogar no? Qué poco caritativa.

Puse una mueca.

—No es lo mismo y lo sabes. La familia es diferente. Además, de pobre no tiene nada.

—Sabes que jamás toca el dinero de su familia. Y, por lo demás, Jack es como de la familia para mí. Para empezar, es el padrino de los niños.

—Lo sé, pero para mí no es familia.

—¡Niños! ¡A casa! ¡Ahora! —vociferó otra vez al ver que ninguna criatura apareció tras el primer grito.

—Menos mal que mis vecinos más cercanos son ovejas.

Félix hizo un «beeeee» muy alto y obtuvo varias respuestas.

—¿En serio? Me hacen más caso las ovejas que mis propios hijos.

—No sabes lo que te han dicho. Podría haber sido «largaos», que tú sepas.

—Siempre es posible. Mira, si encuentras a mis… ¡ahí estáis! ¡Pensé que os habíais perdido para siempre en la jungla! —dijo mi hermano, revolviendo el pelo de Freddy y sacándole una ramita a su hija.

—No está tan mal ahí fuera —dije, sintiéndome obligada a defender mi jardín.

—Claro.

—¡Que no! —protesté—. Es natural. Estoy… reforestando. Está de moda, ¿sabes?

Félix olfateó el aire.

—Supongo que estarán esparciendo estiércol en alguna granja cercana. —Su mirada pasó del jardín a mí, con una ceja arqueada.

Freddy olfateó varias veces.

—Yo no huelo nada.

—Quizá haya cambiado el viento, campeón. Vamos, a casa y al baño. Los dos parecéis listos para un casting de El señor de las moscas .

—¿Qué es eso?

—Un libro para el que aún eres demasiado pequeño —afirmé mientras metía a mi sobrino en el abrigo que se había quitado mientras corría por el jardín.

—¡No le digas eso! —bufó mi hermano—. Ahora querrá leerlo seguro.

—¿Hay hadas? —preguntó Ruby.

—No, cariño. Nada de hadas.

—Bien —dijo Freddy.

—No es un libro para tu edad, cielo.

—Pero leo muy bien. Mi profesora lo dijo, ¿a que sí, papá?

—Lo dijo, pero la tía Lily tiene razón. No es un libro infantil. Cuando seas mayor, podrás leerlo y decidir si te gusta.

Freddy frunció el ceño.

Me agaché para subirle la cremallera.

—Si dejas de fruncir el ceño, la próxima vez que vengas miramos en la web de la librería local a ver si hay libros nuevos que te puedan gustar. ¿Qué te parece?

Freddy deshizo el puchero.

—Ve a ponerte los zapatos, por favor. Voy enseguida. —Los niños, que habían abandonado las botas de agua que guardaba para el jardín, salieron disparados hacia el recibidor.

—También podrías llevarlos tú misma a la librería —dijo Félix.

—¿Podemos no tener esta conversación de nuevo?

—Nunca quieres tener esta conversación.

—Exacto. Así que quizá sea una pista de que no quiero hablar de eso.

—No puedes esconderte aquí para siempre.

—Lo sé. Salgo.

—Apenas. Y solo cuando no te queda leche.

—Eso cuenta como salir.

—No, Lils. No cuenta. En fin, no tengo tiempo ahora. Debo llevarme a estos dos antes de que Poppy piense que hemos huido.

—Dale un abrazo de mi parte.

—Se lo daré, pero puedes dárselo tú misma el sábado. No olvides que toca pedir comida. Los padres de Poppy se quedan con los críos este fin de semana.

—Entonces, ¿por qué no salís los dos? A quemar la noche.

—Eso haremos el viernes y, desde que tenemos hijos, nuestra resistencia es limitada. Para el sábado estaremos agotados y con caer rendidos aquí con comida nos bastará.

—Vale. Si estáis seguros.

—Sí. ¿Alguna preferencia?

—No. Pedid lo que os apetezca, pero invito yo.

—Esta vez no. Siempre encuentras una manera de pagar. Pago yo.

—Muy bien. Entonces quiero langosta Thermidor , con caviar de entrante. —Hice una pausa—. Ya pensaré el postre.

—Muy graciosa. Sabes que sé que no soportas el caviar. Y no he olvidado que la última vez que comiste langosta la devolviste muy apresuradamente.

—Puedes ser terriblemente molesto, ¿lo sabías?

—Soy tu hermano. Está en el contrato.

—Vete a casa antes de que tu mujer se dé cuenta del engaño y descubra que hay opciones mucho mejores.

Félix sonrió y me besó en la mejilla.

—Nos vemos.

—¡Adiós, tía Lily! —corearon los críos mientras Félix llegaba a la puerta principal.

—Hum, disculpad, creo que algunos se han olvidado de algo.

Los dos corrieron hacia mí y me abrazaron entre risas.

—¡Te queremos!

Me incliné hacia ellos y les llené la cabeza de besitos.

—Yo también os quiero. Hasta pronto.

Esperé junto a la puerta hasta que el coche desapareció a mitad del camino, luego la cerré, intentando no pensar en el silencio que volvió a envolverlo todo.

Sabía que irme de la ciudad había sido la decisión correcta después de todo lo que pasó, y seguía encantada con este lugar.

Me enamoré en cuanto lo vi. Desde fuera, parecía genuinamente georgiano, una construcción de un arquitecto apasionado de ese estilo como proyecto personal para un cliente que le había dado carta blanca.

Pero el cliente, llegado el momento, decidió que no quería eso, sino lo último en tecnología por dentro y también un exterior moderno que lo reflejara.

La casa, nunca habitada, salió al mercado el mismo día en que yo decidí marcharme de la ciudad.

A diferencia del cliente original, a mí me encantó la idea de disfrutar de todas las comodidades modernas y la eficiencia energética envueltas en una casa fiel al periodo.

No miré nada más. Supe que era la correcta en cuanto entré.

Sentí paz y seguridad, y sus amplios terrenos me daban la privacidad que anhelaba.

Sabía que Félix y Poppy tenían sus dudas, pero, al mismo tiempo, estaba mucho más cerca de ellos y de los niños, y usé sin pudor ese argumento para convencerlos.

No es que fueran a impedirme comprarla: ya había pagado la fianza cuando se lo conté, pero sirvió para calmar su miedo de que yo deambulara sola por una casa enorme y que fuera demasiado para mí.

Les prometí que contrataría a alguien para la limpieza y a un jardinero, y parecieron satisfechos.

Obviamente, no hice ninguna de las dos cosas.

Pensé que quizá era buen momento para iniciarme en la jardinería.

Se han hecho estudios sobre los beneficios físicos y mentales de ese pasatiempo y lo intenté.

Simplemente no tenía ni idea. ¿Debía cortar eso?

¿Estaba muerto o tenía que tener ese aspecto?

Cuando Poppy me dijo, con mucha delicadeza, que acababa de arrancar una planta que costaría alrededor de mil libras y que no estaba muerta, solo entrando en inactividad, me rendí.

Por eso el jardín, antaño precioso, se parecía ahora a ese proyecto de reforestación que intenté venderle a mi hermano, sin éxito.

Era un desastre. Tendría que volver a intentar poner orden: empaparme de episodios de Gardener’s World y hacer mi mejor imitación de Monty con las tijeras de podar.

Miré otra vez hacia la jungla; un machete sería más útil. ¿Por dónde empezar?

Regresé a la cocina luminosa que daba al jardín y a los campos.

Había un prado de la propiedad, pero lo ocupaban dos caballos pertenecientes a alguien del pueblo.

Por suerte, Félix estaba cuando vinieron a preguntar si podían usarlo como establo.

Lo engatusé para que gestionara todo salvo fijar el precio, que estipulé como mínimo.

Durante la charla, de la que me escondí en el despacho alegando un plazo de entrega (siempre tenía un plazo, así que era excusa perfecta), escuché que la mujer utilizaba los caballos para terapias con niños discapacitados.

Yo no necesitaba el dinero y el prado estaba vacío, así que tenía sentido alquilarlo a alguien que pudiera aprovecharlo.

Y que además ofreciera ayuda y alegría a familias que lidian con dificultades constantes hacía que la decisión fuera evidente.

Quise cederlo gratis, pero cuando se lo comenté a mi abogado, soltó un discurso larguísimo sobre…

la verdad, no sé sobre qué. Tras las primeras frases de jerga legal mi cerebro se apagó y solo volví a escucharlo cuando dejó de hablar.

Le pregunté cuál era el mínimo que podía cobrar cumpliendo sus requisitos y, a regañadientes, me dio una cifra.

Le pedí que redactara el contrato. Me habría encantado hacerlo todo sin intermediarios, pero, como señaló Félix, esa parcela era parte de mi casa y convenía dejar claros los términos para evitar problemas.

Tenía razón: lo último que quería era líos.

Félix señaló que me había costado más redactar el contrato que lo que cobraría de alquiler al año, pero le recordé lo de los niños y él se encogió de hombros, dijo «vale» y lo dejó pasar.

En un arrebato de inspiración jardineril de hace unos años, Poppy y yo convertimos el otro campo en un prado de flores silvestres.

Lo hicimos en familia, limpiando la hierba y sembrando.

Al principio fue algo pobre, pero tres años después estaba asentado y, en verano, era un estallido de colores y zumbidos de insectos.

A los niños les encantaba y yo encontraba calma al pasear y descansar en la valla, rodeada de naturaleza y dejando el mundo fuera.

Viví en nuestro piso de Londres más de un año tras el accidente que mató a mi marido, pero, lejos de encontrar alivio, cada día traía otro recuerdo de nuestra vida juntos, abriendo una herida que ya costaba cerrar.

Mi hermano y su mujer fueron un apoyo total, visitándome y quedándose conmigo incluso cuando yo no quería a nadie cerca.

Se negaban a dejarme sola mucho tiempo, y fue lo mejor.

Lo que pensaba que quería y lo que necesitaba eran cosas distintas.

Los amigos llamaron al principio y enviaron tarjetas, pero cuando venían o yo me obligaba a aceptar invitaciones, notaba su incomodidad tanto como la mía.

Andaban con pies de plomo, evitando cualquier cosa que pudiera afectarme.

No sabían cómo comportarse conmigo, cuando lo único que yo quería era cierta normalidad, fuera lo que fuese.

Tenían buena intención, pero ninguno disfrutaba esas veladas.

Creo que ellos se aliviaron cuando empecé a declinar invitaciones, y yo me alivié cuando dejaron de proponérmelas.

Miré el jardín. Los primeros indicios de primavera asomaban: crocus empujaban la hierba, reemplazando a los narcisos tardíos y a las campanillas que se habían abierto antes de tiempo.

Había algo fiable en un jardín, en la naturaleza.

Fue una de las cosas que me atrajeron de este lugar, aunque supiera que no sería buena cuidando sus terrenos.

Pasara lo que pasara, los árboles desplegaban hojas, los narcisos bailaban en oleadas, las campanillas asomaban para anunciar el inicio de todo.

Incluso cuando tu vida se rompe, el ciclo de la naturaleza sigue y, cuando no encontraba consuelo en nada, lo encontraba en eso.